Tierra de vino y sal 3
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—¡Aquí están, señoritas! —exclamó el ama de llaves en cuanto vio a las muchachas aparecer, por fin, en la casa de campo—.

¿Pero de dónde vienen con las mejillas tan arreboladas?

Estas temperaturas no son buenas para andar por ahí brincando como animalillos salvajes.

Cualquier día les dará un vahído y el señor Espinosa me culpará a mí y me despedirá.

—Calma, Paca —le dijo Marga colocándole una clavelina sobre la oreja—. Mi tío te tiene en m ás consideración a ti que a nosotras.

Francisca sonrió porque se sabía una empleada imprescindible para don Bernardo. No obstante, no deseaba tentar a la suerte.

—Calle, zalamera —le respondió devolviéndole la flor—. Y no se hagan más de rogar, que el pobre de Pascual lleva largo rato esperándolas en la carretela.

Las damas entraron a la cocina a beber agua fresca y a limpiarse los zapatos con un trapo húmedo, mientras Francisca se despedí a de las empleadas de la finca y les daba indicaciones para arreglar las goteras.

Y es que, a pesar de que las criadas se afanaban por tenerlo todo limpio y ordenado, el estado de la casa en los últimos tiempos distaba mucho del que había tenido cuando el abuelo Bernardo vivía y se encontraba al frente de los negocios.

Don Bernardo hijo casi nunca visitaba la hacienda y pasaba la mayor parte del tiempo en el palacete, desde donde podía acudir al teatro y participar de la vida cultural de la localidad.

Tal era su desinterés, que delegaba todo el trabajo en sus personas de confianza: Francisca, la guardiana de la casa; Sebastián Martínez, el mayordomo; Diego Saucedo, el administrador y, por último, Juan Morales, el capataz.

No era un secreto para nadie que al nuevo terrateniente no le interesaba el negocio del vino más que para cosechar los beneficios al final de cada ejercicio econó mico.

—Vamos, vamos, chiquillas, que se hace tarde —las apremió Francisca al tiempo que les devolvía a cada una su sombrero y las hacía salir de la cocina.

Las muchachas la obedecieron con reticencia. La mañana de paseo por el campo había terminado y era hora de volver a sus quehaceres, aunque, en su caso, no eran demasiados.

***

El centro de la ciudad se encontraba a una legua y media de distancia y el cochero tardó casi tres cuartos de hora en recorrer los caminos y veredas que se abrían entre los campos y huertas hasta desembocar en las chozas de los suburbios del casco urbano.

El traqueteo del veh ículo le había provocado a Emilia un gran sopor y se había echado sobre la portezuela para mirar por la ventanilla.

Isabelita, en cambio, venía cantando un romancero que se había popularizado en España desde que el pasado mes de junio falleciera de tifus doña María de las Mercedes, la esposa del rey Alfonso XII, y que decí a así:

¿Dónde vas Alfonso XII?

¿Dónde vas, triste de ti?

Voy en busca de Mercedes,

que ayer tarde no la vi…

—Isabel, cállate, que el pueblo está de fiesta, no de funeral —la regañó Marga, dándole un puntapié.

—Déjela que cante, niña, que parece un ángel —contestó Francisca, todavía conmovida por la muerte de la joven reina.

Merceditas ya está muerta,

muerta está, que yo la vi,

cuatro duques la llevaban

por las calles de Madrid.

Su carita era de cera…

Una nube ocultó el sol durante unos instantes y a Emilia se le puso el vello de punta. De repente, tuvo la certeza de que su vida estaba a punto de cambiar. Juliana, por su parte, pareció sentir lo mismo, porque se frotó los brazos como si un escalofrío le hubiera recorrido el cuerpo.

Pascual enfiló entonces por la calle Ribera del Río, 2 una v ía ascendente donde las lujosas viviendas burguesas de dos, tres y hasta cuatro plantas miraban hacía el río Liro, y se detuvo en el número 6.

Las inmensas hojas de roble estaban abiertas de par en par.

Sebastián Martínez las esperaba con la solemnidad que lo caracterizaba.

El mayordomo las ayudó a bajar de la carretela y las mujeres se perdieron en el interior de la casapuerta.

Marga atravesó el patio central y el comedor en dirección al jardín, deseosa de ofrecerle los suculentos jaramagos al canario, mientras que las dem ás se dedicaron a repartir las flores que habían recolectado en los jarrones y a llenarlos de agua.

No hacía falta que ellas se ocuparan de esos menesteres, por descontado, pero a menudo estaban tan aburridas que se divertían con tareas tan simples como aquella.

Emilia, sin embargo, se deshizo del sombrero, escogió los claveles que le parecieron más vistosos y se los llevó a la biblioteca para prensarlos entre libros.

Giró la manilla con sigilo y el olor del papel y de la tinta le inundó las fosas nasales.

La estancia era de las m ás amplias de la vivienda.

Estaba repleta de estanterías, además de contar con un enorme globo terráqueo y un recio escritorio de caoba frente al que, en esos momentos, se hallaba sentado su progenitor.

—Buenas tardes, padre —lo saludó antes de acercarse y darle un beso en la mejilla.

—Emilia —contestó el caballero, pero no levantó la vista del libro que tenía en frente: un manual sobre herá ldica abierto por la página que mostraba el escudo de armas familiar—. ¿Te he dicho ya que el apellido Espinosa se remonta a la época del rey Carlos I?

—Sí, padre —contestó la muchacha, que deslizó la mirada por el conocido árbol de sinople lleno de espinas sobre campo de plata.

—Es un apellido castellano de pura cepa, originario del pueblo de Espinosa de los Monteros, en Burgos. Su nobleza está más que probada en…

—… en las Órdenes Militares —terminó su hija por él.

Todos sus conocidos sabían que ellos no poseían ningún título nobiliario.

No eran duques ni marqueses ni condes ni barones.

Pertenecían a la burgues ía terrateniente y comerciante gaditana, que no era poco, pero a su padre nunca le había bastado y se empeñaba en ennoblecer sus raíces a cualquier precio.

—Perdóname, hija. Me estoy volviendo un viejo pesado.

—Ni es un viejo ni un pesado, padre. No exagere. Lo que pasa es que yo soy su hija y ya me sé todas sus historias.

El hombre le dio un par de toquecitos en la espalda, cerró el libro y dobló en dos el pliego en el que, poco a poco, iba agrandando el ya de por sí enorme árbol genealógico de la familia.

Llevaba años recopilando información de las partidas de nacimiento y defunción de sus antecesores y no le había importado recorrer toda España en busca de una fecha, un nombre o cualquier dato, por nimio que fuera, que pudiera arrojar luz sobre su ascendencia.

Contemplándolo, Emilia se había preguntado por qué Bernardo Espinosa le daba tanta importancia al recorrido de su estirpe, mientras que había personas en el mundo que vivían felices sin siquiera saber el nombre de sus padres.

—Padre… ¿es por vincularnos con la aristocracia que usted pretende aceptar como yerno al marqués de Bermeja?

—¿Qué? No, hija… —respondió atusándose las canas del bigote, pensativo—.

Además, todaví a no sé si aceptaré. No obstante, el marqués es un caballero refinado y una persona excelente.

Si se casan, tu hermana vivirá como una reina.

Sus casas serán más lujosas que las nuestras, al igual que sus carruajes y sus ropas.

Subirá un escalón en la sociedad y ¿no es eso lo que cualquier padre desea para su hija?

Emilia se separó de él.

—Supongo que sí. Pero, padre, el marqués es mayor que usted…

Él se puso de pie y rodeó el escritorio dándole la espalda a su hija para contemplar el cuadro que presidía la biblioteca. El lienzo, de grandes proporciones, mostraba al abuelo Bernardo en una pose grandilocuente, con el mostacho rubio rizado en las puntas y una inquisitiva mirada de ojos grises.

—¿Crees que no lo sé , Emilia? —dijo sin volverse—.

Pues claro que lo sé. Por eso no he aceptado antes.

Sin embargo, ¿cuántas propuestas de matrimonio crees que recibirá Juliana?

Es una muchacha de buena posición, joven, bonita y dulce; toca el piano, habla francés y borda de maravilla. Pero debido a su enfermedad…

—Ya está recuperada —lo cortó ella —. Don Ignacio dijo que le esperaba una larga vida por delante —añadió, refiriéndose al doctor que la había tratado desde que era niña.

—¡Está tullida! —exclamó su padre dándose la vuelta y sobresaltá ndola.

—No es cierto. Solo cojea un poco —le rebatió ella.

—Muchos la rechazarían por menos. Su salud es frágil. La gente piensa que quizá sea infértil. —Y, al parecer, él también lo pensaba.

Emilia bufó, incr édula.

—¿Y nadie piensa en la infertilidad del marqués? Dudo que ese señor tenga el vigor necesario para engendrar hijos.

Don Bernardo demudó la expresión.

—¡Emilia! —espetó, dando un golpe con el puño sobre la mesa—. Te prohíbo que hables así .

Ella se mordió los labios y asintió, cabizbaja. En realidad no estaba muy al tanto de lo que un esposo y una esposa debían hacer en la alcoba para que la esposa se quedara encinta, pero había oído que el brío masculino era una parte esencial del proceso.

—Es injusto, padre. ¿Por qué las mujeres no podemos decidir sobre nuestro futuro?

—se quejó con menos ímpetu. «A ti te tienen otro arreglo», le vinieron a la mente las palabras de Marga y estuvo a punto de sacar a colación el asunto de Enrique, pero se contuvo.

No deseaba discutir con su padre y albergaba la esperanza de que solo fueran suposiciones de su prima.

El patriarca de la familia se acercó a ella, la abrazó con ternura y le besó la cabeza.

—Porque los mayores sabemos lo que os conviene a los jóvenes y porque los hombres de la familia debemos velar por nuestras mujeres. Así se ha hecho y así se hará siempre, mi niña. Y ahora, vamos a almorzar. La cocinera ha preparado un delicioso estofado con las liebres que cacé ayer.

Emilia claudicó.

—Como usted diga, padre.

***

El estofado caliente no era el plato más apropiado para la época del año en la que se encontraban, pero Honoria se hab ía ocupado de preparar también una limonada que sirvió bien fría.

Además, en la intimidad del hogar, las muchachas se habían retirado los polisones y las sobrefaldas y se habían aflojado los corsés, por lo que se sentían mucho má s cómodas.

—¿Cómo estaba todo por la finca? —preguntó don Bernardo entre bocado y bocado, a ninguna en particular. Él no bebía limonada, sino un vino tinto de una cosecha añeja del abuelo con la etiqueta «Espinosa & Hijos».

Las señoritas se miraron entre s í, rememorando en silencio a los vendimiadores medio desnudos que se lavaban a jicarazos.

—Muy bien, el campo está precioso —respondió Emilia con voz átona.

Marga ahogó una risilla con la mano.

—No sé por qué os gusta tanto ir, con el calor que hace y la cantidad de mosquitos que hay. —Don Bernardo cortaba su trozo de carne sin levantar la mirada—. He oído que hay muchas charcas infecciosas y los vinateros piensan que el alcalde deber ía secarlas.

—Será por la sensación de libertad, tío —intervino Marga—. En el centro del pueblo todos nos conocen, mientras que en el campo podemos pasear a nuestras anchas.

Después de almorzar, las sirvientas se afanaron en recoger la mesa y fregar los platos y el suelo mientras que las damas y don Bernardo se retiraron a dormir la siesta.

No fue el caso de Emilia, incapaz de pegar ojo durante el día, puesto que su cerebro siempre estaba trabajando, ideando algún relato o imaginando una escena de una futura novela.

Eran las cuatro de la tarde cuando caminó de puntillas por la habitación, pasó por delante de su prima Marga —que roncaba en el chaise longue con un abanico en el regazo— y se asomó al balcón.

Apoyó los codos en el barandal y contempló el paisaje en silencio.

El río discurrí a con mansedumbre y apenas circulaban personas por las dos orillas.

Frente a ella se encontraba el Puente de Isabel II, una gran mole de piedra a la que los chiclaneros habían bautizado como «Puente Grande», en contraposición al «Puente Chico», una pasarela de madera al final de la calle.

«El Puente Grande es mucho puente para el Liro», solía decir don Bernardo, y puede que tuviera razó n, porque en aquel momento el caudal era tan escasoz que bien se hubiera podido cruzar a pie.

Sin embargo, la joven sabía que cuando las lluvias y la pleamar lo hacían crecer y los márgenes se desbordaban, solo Dios podía salvar a los chiclaneros.

Pensar en Dios hizo que Emilia evocara una cruz de madera sobre un pecho fornido.

Se sorprendió visualizando la sonrisa torcida del vendimiador que no la había delatado ante sus compañeros y se preguntó por qué le habrí a guardado el secreto.

Cerró los ojos y, de nuevo, los iris color tierra del muchacho la observaron con curiosidad.

«Es… una liebre», lo oyó decir.

2 . Actual calle Carmen Picazo.