Tierra de vino y sal 2
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Nunca en su vida habí a visto unos ojos más enigmáticos que los de la muchacha escondida tras los arbustos.

Grandes, redondos, de un celeste grisáceo que le recordaba al mar en los días nublados.

«¿Quién será ella?», se preguntó Álvaro.

Por sus ropas, era evidente que se trataba de una señorita de bien, pero é l no la conocía.

Era su primer año como jornalero en las tierras de los Espinosa y todavía tenía que familiarizarse con sus señores.

—¡Al tajo! ¡Basta ya de holgazanear! —gritó Juan Morales sacándolo de sus tribulaciones. El capataz era desagradable con todos, pero especialmente con él por ser sobrino de Rom án, quien había ocupado su cargo al frente del cortijo hasta hacía muy poco.

De inmediato, los cinco jóvenes pusieron rumbo al lugar de trabajo. El enorme viñedo parecía pintado al óleo y hasta las carretas que salían por el camino de rueda entre las viñas resultaba pintoresca y bucólica. Sin embargo, la faena bajo el sol inclemente poco ten ía de romántica.

Álvaro había oído que en otras fincas se trabajaba por la tarde, cuando las temperaturas descendían, pero no era el caso de los Espinosa; al menos, no desde que Juan Morales dirigía a las cuadrillas.

En cuanto se reunieron con sus compañeros, los jóvenes se distribuyeron por parejas en cada hilera de vides. Álvaro, todav ía turbado por el inesperado encuentro con la dama, se situó en el lado derecho de la cepa mientras que su compañero Miguel lo hizo en el izquierdo.

—¿Sabes que los señores van a emparentar con marqueses? —cuchicheó Miguel, que cortaba los racimos con el tranchete y los depositaba en su capazo de esparto de manera automática.

—¿Quiénes? ¿Los Espinosa? —se interesó Á lvaro, haciendo lo propio con su navaja de punta curva. Apenas llevaba unos días trabajando y aunque realizaba la faena con soltura, ponía mucho cuidado en sus movimientos. No olvidaba las palabras de su tío: «Un buen vino comienza en las viñas».

—¡Claro, chaval! No voy a ser yo —respondió el otro—. Parece ser que un señor muy rico, al que llaman marqués de Bermeja, se ha prendado de una de las hijas de don Bernardo.

—De una de sus hijas… ya. ¿Y cuántas hijas tiene?

—¡Qué perdido estás, Alvarito! Tiene dos. Dos bellezas. Aunque parece que una de ellas está enferma y coja, o eso dicen.

—¿Y a cuál de ellas van a casar con el marqués?

A Álvaro jamás le hab ían interesado los chismes de señoras alcahuetas, pero no podía quitarse de la cabeza la mirada de la joven escondida tras los arbustos. De repente, todo lo que tuviera que ver con las señoritas le concernía.

—Sepa Dios.

No les dio tiempo a más. Enseguida se les acercó Juan Morales fusta en mano.

—¡A trabajar, curita! —gritó en la nuca de Álvaro.

Álvaro odiaba que lo llamase curita , y a menudo tenía que contener los puños a los costados para no incrustar uno de ellos en la nariz del capataz. Ya no se callaría más. De lo contrario, el encargado de la finca le haría la vida imposible durante toda la temporada de vendimia.

—¡Acaso no estoy trabajando! —respondió con chulerí a, poniéndose de pie.

El encargado, aunque grande y grueso, se vio bajito en comparación.

—Lo harías más rápido si no estuvieras de palique, curita —repitió muy cerca de él; tanto que el joven pudo distinguir las marcas de la viruela de su rostro.

—Que sea la última vez que me llama curita —se atrevió a amenazar el jornalero—. Soy Á lvaro Alcázar.

El hombre cerró los ojos diminutos y soltó una carcajada. Las patillas canosas y despeinadas se movieron al compás de las mandíbulas.

—¡Alcázar! ¡Y vives en una choza! —se burló.

Á lvaro tensó los maxilares. Estaba a punto de cometer una estupidez, pero la mano de Miguel sobre su hombro lo detuvo a tiempo.

—Déjalo, Álvaro —le bisbiseó, conciliador. Y mirando al capataz, añadió—: Disculpe, señor Morales, ha sido culpa mía. Tengo la lengua muy larga.

El de la fusta escupió al suelo, muy cerca de las botas de Á lvaro. Se limpió la boca en la muñequera de cuero y siguió su camino por entre los cuadros productivos.

—La próxima vez le borro la sonrisa —masculló Álvaro.

—No merece la pena. Tú piensa en el trabajo y en los reales que te vas a embolsar —le aconsejó su amigo.

Cuando la jornada terminó, el muchacho se despidió de sus compañeros hasta el día siguiente y volvió a casa de sus tíos en la tartana de Bartolomé, un vecino que tenía la suerte de contar con un mulo de carga muy resistente.

El tío Román vivía en una modesta casa ubicada en la calle Luna, entre el Hoyo de Membrillo y la extensa huerta de las Delicias.

Tení a, además, un trozo de tierra sembrado de vides que pudo comprar después de trabajar durante décadas para los Espinosa.

Se había convertido, por fin, en un mayeto, un pequeño propietario minifundista que vendía su cosecha a los grandes bodegueros.

Algunos se alegraban por sus progresos, como el bueno de Bartolomé, pero otros muchos, entre los que se incluía Juan Morales, le profesaban una gran inquina.

—Ay, hijo, por fin llegas —lo saludó Manuela, la esposa de Romá n, y lo besó en las mejillas—. Dile a tu tío que venga a almorzar, que a mí no me hace caso y con este calor va a enfermar. ¡Que ya no tiene veinte años!

Álvaro soltó la pequeña capacha de esparto que llevaba cruzada al pecho y atravesó el patio en direcci ón a las viñas. Encontró a su tío agachado, cortando racimos que iba depositando en el interior de una cesta con la delicadeza de una madre que deja a su bebé dormido en la cuna.

—¿No son preciosas? ¡Ya casi puedo oler el mosto! —exclamó Román cuando lo oyó acercarse. A pesar del cansancio y del sudor que perlaba su rostro curtido al sol, el hombre estaba entusiasmado.

—Tío, si me dejara trabajar aqu í con usted, no tendría que deslomarse tanto.

Román negó con la cabeza haciendo bailar el breve sombrero de paja que lo cubría.

—De sobra sabes que yo no puedo darte los quince reales que te pagará don Bernardo por la temporada.

—No me importan los reales, bastante hace con dejarme vivir en su casa.

El hombre se puso en pie, se retiró el sombrero y se secó el sudor de la frente.

—No digas sandeces. Ahora que eres un hombre como cualquier otro querrá s comprar tu propia casa, buscar una esposa, tener hijos…

Y para eso hay que ahorrar. Esto es cosa mía.

Yo me metí en esta empresa y no contrataré a ningún jornalero hasta que pueda permitírmelo.

Venga, vamos a almorzar, que seguro que tu tía te ha enviado a buscarme.

El hombre vació el contenido de la cesta en una carreta dispuesta bajo la sombra de un techado y sonrió.

—Ya tengo sesenta y dos arrobas. ¡Otra carretá ! 1 —exclamó con satisfacción—. Luego la acercaré al lagar de El Sanatorio. —Echó un brazo por encima del hombro de Álvaro y le palmeó la espalda—. Ojalá algún d ía la suerte me sonría y tenga mi bodega para elaborar mis propios caldos.

—Seguro que sí, tío.

Los dos hombres caminaron de vuelta al hogar charlando y riendo. Se lavaron las manos y la cara en la pila de la cocina y se sentaron a la mesa.

—Me gusta veros tan contentos —comentó Manuela mientras servía el guiso de garbanzos con acelgas en tres cuencos de barro cocido—. Aunque estoy deseando que acabe la vendimia para que descanséis un poco.

—Mujer, que esto acaba de empezar. Ya habrá tiempo de descansar cuando el Señor venga a por nosotros —le respondió su marido—. Ahora lo importante es conseguir un buen producto. La uva está en su punto.

Manuela trajo una hogaza de pan moreno y un melón que depositó sobre la mesa; después, se sentó con ellos. La conversación fue agradable y el ambiente distendido. Álvaro todavía tenía mucho que aprender, pero era un zagal muy avispado y no tardaría en dominar el oficio.

—Así que el viento de poniente, que viene del mar, refresca la viña, mientras que el de levante la seca y la protege —recapituló Álvaro—. Y eso hace que nuestras uvas sean tan especiales.

—Así es, sobrino. Aquí, el vino no solo lo crea la tierra, sino tambié n el mar.

Por eso no es aconsejable regar las viñas.

Nuestro suelo es albarizo, el agua salada late a pocos metros de profundidad y penetra en la uva, dándole un sabor particular.

Pero además del viento, de la tierra y del mar, los frutos necesitan mimo.

—Y guiñándole un ojo a su esposa, añadió—: Ese es el ingrediente secreto, el amor.

Álvaro asintió mientras se cortaba una tajada de melón.

—Es increí ble todo lo que sabe usted, tío. No me extraña que Juan Morales le haya tenido siempre tan mala voluntad. Él solo sabe gritar y pegar con la fusta.

—Y dime, ¿cómo ha estado hoy el Gorrino? —quiso saber Román.

—Tan jovial como siempre —ironizó el muchacho, restándole importancia. Y de repente se acordó de otro tema que le resultaba m ás tentador—. Tío, ¿sabe usted que don Bernardo va a emparentar con marqueses? Miguelito dice que va a casar a una de sus hijas con un caballero de alta alcurnia.

—Ah, sí. Algo han comentado las criadas en la casa —confirmó Manuela después de retirar con un cuchillo las pepitas de su tajada de melón.

La mujer trabajaba como lavandera, planchadora y costurera en varias casas burguesas, y a veces el ama de llaves de los Espinosa la requería como refuerzo—.

Se trata de Juliana, la mayor. Es lo l ógico: casar primero a la de mayor edad.

—¿Y cómo es esa Juliana? —preguntó Álvaro sin poder evitarlo.

—Las dos hijas de don Bernardo son muy bonitas.

Salieron a Catalina, que en paz descanse —explicó Manuela—.

Pero, para mí, la más hermosa es la menor, por el contraste de su pelo oscuro con los ojos tan claros.

Eso sí, los ojos son los del abuelo don Bernardo, a quien Dios también tenga en su gloria. —Se persignó.

El rostro suplicante de la joven escondida tras los matorrales acudió a la mente de Álvaro. El cabello oscuro, la piel de nácar, los ojos de turmalina. Todo coincidía.

—¿Y cómo… cómo se llama la menor? —preguntó en un tono indiferente, que, sin embargo, le hizo ganarse la mirada inquisitiva de su tío.

—Emilia —contestó Manuela.

«Emilia…», repitió él mentalmente. Le gustó la musicalidad del nombre.

La mezcla de la «m», la «l» y las vocales suaves como la «e» y la «i», seguidas de una contundente «a».

Se imaginó a sí mismo susurrándoselo a la dama al oído mientras le acariciaba la mejilla con sus dedos curtidos…

Sacudió la cabeza. Ella no pertenecía a su mundo.

Ten ía que cortar esos pensamientos.

1 . Una carretá equivalía a 690 kilos de uva, unos 500 litros de vino. Fuente: Centro de Interpretación del Vino y la Sal (Chiclana).