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Hací a más de dos años que le habían concedido el título de ciudad y, sin embargo, Chiclana de la Frontera seguía siendo más rural que urbana y muchos todavía la llamaban villa .
Ubicada en el sur de España, en pleno litoral gaditano, era el lugar favorito de veraneo de las familias de bien de toda la provincia.
Familias como los Espinosa; aunque, en su caso, hací a un par de generaciones que se habían instalado de manera definitiva en la localidad, desde que el gran patriarca, don Bernardo Espinosa I, decidiera dedicarse al negocio del vino.
Era mediodía cuando los miembros más jóvenes de la familia, tres señoritas y una niña, salieron a pasear por el campo.
Hacía un calor asfixiante, pero a ellas no les importaba.
Se abrían paso por la floresta dando pequeños puntapié s a las faldas de sus aparatosos vestidos y charlaban, cómo no, sobre la inminente fiesta de la Virgen de los Remedios y sobre lo entusiasmados que se mostraban los parroquianos por el comienzo de la vendimia.
A Marga le encantaba el olor a mosto que inundaba las calles por esas fechas, mientras que Juliana no soportaba a los mosquitos que zumbaban alrededor de las pieles de las uvas.
Emilia, por su parte, veía en las tradiciones una fuente de inspiración para sus relatos.
En cuanto a Isabelita… A la pequeña, cualquier celebración le parecía apasionante.
Hacía un buen rato que las damas habían perdido de vista al ama de llaves, quien se había entretenido intercambiando cotilleos con una empleada de la finca vecina, pero ninguna se mostraba interesada en encontrarla, sobre todo cuando la conversació n viró hacia asuntos que tenían que ver con el corazón.
—Deberías oponerte al matrimonio —aconsejó Marga a la mayor de las muchachas—. Tu padre parece comprensivo. Lo entenderá…
Pero Juliana, de eterna expresión distante, se recolocó un mechón de pelo pajizo en el mo ño y negó con la cabeza.
—Por supuesto que no voy a negarme, prima —respondió—. Mi deber como hija primogénita es hacer una buena boda, ampliar la riqueza de la familia, administrar bien mi casa y darle nietos a mi padre.
Marga frunció la nariz, y las pecas de sus mejillas, tan grandes como moras, se convirtieron en una gran mancha bajo sus ojos.
—El marqués de Bermeja es un señor valetudinario que más que tu padre, podrí a ser tu abuelo. Y luego está el asunto de sus flatulencias —dejó caer.
Isabelita soltó entonces una carcajada que la institutriz habría censurado, como siempre que reía los comentarios mordaces de su hermana.
—Es el esposo que mi padre ha elegido para mí —siguió Juliana, que agachó la mirada a las puntas de los zapatos que asomaban bajo su vestido, tal vez para evocar su gran defecto: la cojera que padecía desde que sufrió unas terribles fiebres en la infancia.
Marga alzó tanto las cejas que casi se unieron a su flequillo de color jengibre.
—Sin duda influenciado por nuestra perniciosa tía Augusta —aseveró.
—¡Margarita! ¡No hables así de la tía! —la reprendió Emilia, que habí a permanecido largo rato en silencio, con el rostro oculto bajo el ala del sombrero y los pensamientos enredados en las metáforas que se le habían ido ocurriendo durante el paseo—.
Todas sabemos de sus tejemanejes, pero no está bien que hablemos en esos términos de un miembro de la familia.
Marga hizo otro mohín.
—Y tú cállate, Emilia, que a ti te tienen otro arreglo —soltó a bocajarro.
—¿A m í? ¿Con quién? —preguntó ella con repentino temor.
—¡Con quién va a ser, con el primo!
En el fondo, a Emilia no le sorprendió la respuesta.
En la familia Espinosa alguna que otra vez se hab ía hablado de la conveniencia de que Enrique y ella se casaran, puesto que el día que don Bernardo II falleciera sin un heredero varón, todas las propiedades —viñas, bodega, cortijo y palacetes— pasarían a su sobrino, el único hijo de Augusta, viuda desde hacía años y con una ya de por sí holgada posición econ ómica.
No obstante, Emilia nunca se lo había tomado en serio.
Era lo típico que se decía en todas las casas de bien: «Algún día mi hijo se casará con tu hija», pero solía ser m ás una chanza que un propósito real.
—Eso decían cuando éramos niños, pero nadie lo piensa de verdad —dijo para restarle importancia.
—Anda que no. En cuanto Enrique llegue de su viaje por Europa te va a pedir matrimonio.
La seguridad de Marga hizo que la desazón se apoderase de Emilia.
Enrique acababa de terminar sus estudios en la facultad de Medicina de Cádiz y como premio a sus buenas calificaciones, la tía Augusta le había pagado un largo viaje por distintos paí ses europeos junto con unos compañeros de clase; un viaje que estaba a punto de finalizar.
—Puede que se lo sugieran, pero Enrique no me lo pedirá. Más que primos, somos hermanos. Nos queremos de manera fraternal.
La pelirroja se rio con burla.
—Nunca te fíes de un varón. Mi padre siempre dice que una mujer y un hombre no pueden ser amigos porque él siempre acaba queriendo algo más.
Emilia hizo un aspaviento con la mano y decidió ignorarla.
Arranc ó una vinagreta del camino y chupó la base del tallo para absorber su jugo ácido, tal y como había visto hacer a muchos campesinos.
Meditaba en silencio mientras las demás recogían las clavelinas, los claveles y las margaritas que habían sobrevivido al intenso verano.
Marga hizo acopio de jaramagos para llevárselos a Piti, el canario, e Isabelita se entretuvo soplando dientes de león.
Poco después divisaron el muro encalado de blanco de la finca familiar y se dirigieron hacia all í con desgana.
La verja estaba abierta de par en par y los eucaliptos, que otrora mandara sembrar el abuelo Bernardo, les dieron la bienvenida como centinelas gigantes.
Seguían el sendero hacia la gran casa de campo cuando unas voces masculinas y unas carcajadas las hicieron detenerse. Marga fue a ver de qué se trataba y, parapetada tras unos matorrales, llamó a sus compañeras de paseo:
—Mirad, esos mozos se están lavando a jicarazos —bisbiseó.
Amparadas tras la oportuna vegetación, las cuatro damas se permitieron contemplar la escena que se desarrollaba más allá del sendero.
Bajo un sombrajo hecho con palos de madera y paja, varios jóvenes sin camisa bromeaban mientras se echaban agua de una alcarraza en la cabeza y en el pecho.
Los zajones que cubrían sus pantalones los delataban como vendimiadores.
—Deben de ser los nuevos jornaleros —dedujo Marga, pero nadie la escuchó.
El recipiente llegó entonces al último de los mozos, que se acercó el pitorro a los labios para saciar su sed.
Un hilo de agua resbaló por sus amplios pectorales en dirección hacia el ombligo al tiempo que mantenía los poderosos bí ceps en tensión, lo que provocó que a Marga se le escapase un suspiro.
—Ah, ¿qué se sentirá al verse cobijada por unos brazos como esos? —se preguntó la pelirroja.
—Marga, qué cosas dices —se escandalizó Juliana, que se santiguó como si estuvieran frente a cinco demonios recié n salidos del averno—. Dios nos libre de ser abrazadas por uno de esos peones brutos y sucios.
—Ya sé que no pertenecen a nuestro mundo —continuó la prima en voz baja—. Pero la belleza no es algo que nos pertenezca a los ricos, ni siquiera algo que se pueda comprar. Unos la poseen y otros no, y nada se puede hacer al respecto.
Juliana no daba crédito.
—¿Insinúas que ese joven es hermoso?
«Es… proporcionado como una estatua clásica», pensó Emilia, pero se abstuvo de hacer comentarios.
—Vamos, Juliana, no seas mojigata. Es el muchacho más bien plantado que hemos visto jamá s en Chiclana. ¿O es que no sabes distinguir lo bonito de lo feo?
La mayor de las cuatro seguía negando con la cabeza.
—¿Y tú qué piensas, Emilia? Estás muy callada.
—Yo… —acertó a decir—. Yo creo que tienes razón en eso de que la belleza no depende de la clase social.
Si los ricos pudieran comprarla —siguió, como si ella no perteneciera a la clase alta—, la acapararí an toda.
Sin embargo, como no pueden hacerlo, tienen que conformarse con abastecerse de exquisitas vestiduras, afeites para el rostro o perfumes caros.
—¡Exacto! —estuvo de acuerdo Marga, y uno de los jornaleros miró en su dirección.
De manera instintiva, las cuatro agacharon la cabeza—.
¿No os acordáis de Coquito? —continuó poco después, en susurros—.
Seguro que sus padres estarían dispuestos a entregar la mitad de su fortuna a cambio de tener un hijo apuesto, y, sin embargo, lo ú nico que pueden hacer con ese adefesio es comprarle corbatines de seda y encargarle chaquetas al mejor modisto.
Luisito Jiménez, al que entre ellas apodaban «Coquito» por el hartón de sultanas de coco y huevo que se había dado el verano anterior —atracón que le provocó unas intensas diarreas— era hijo de un acaudalado bodeguero jerezano.
De ojos saltones, nariz ganchuda y dientes apiñados, el joven no tenía nada que se pudiera salvar.
Su cuerpo, de extremidades delgadas y torso regordete, revelaba poca fuerza y añ os de vagancia.
Pero lo peor era el bigote, dos o tres pelos gruesos y largos que caían sobre su labio superior provocando escalofríos en las señoritas cuando les besaba las manos o las mejillas para saludarlas.
—¿Imagináis el aspecto que presentaría ese mozo bien aseado, afeitado y con un traje de buena factura? —continuó Marga, señalando al vendimiador con la barbilla.
Sí. Emilia podí a imaginarlo. Todas las damas suspirarían por él. Desearían que las sacara a bailar, que las cortejara, que las desposara y que les diera muchos hijos. Por el contrario, vestido de peón y con tierra entre las uñas, no podía inspirar más que rechazo entre las de su clase.
—Comprendo a lo que te refieres —estuvo de acuerdo Juliana para sorpresa de todas—. A veces las rosas más hermosas no crecen dentro del macetero más caro del invernadero, sino en medio del campo, donde nadie puede apreciarlas.
Isabelita, que hasta entonces habí a estado escuchando con atención la conversación de las mayores, dio un traspiés y pisó a Marga sin querer.
—¡Ay!
El grito alertó a los muchachos, que miraron hacia los arbustos como cazadores en busca de una presa. «¡Eh!, ¿quién anda ahí? », preguntó uno de ellos.
Isabelita, Marga e incluso Juliana con su dificultad para desplazarse salieron corriendo en el acto.
Emilia, siempre perdida en su mundo interior, tardó unos segundos en reaccionar y solo alcanzó a oír las carcajadas lejanas de sus acompañantes.
Unas pisadas se acercaban y dudó entre huir o quedarse donde estaba.
Era demasiado tarde para lo primero, así que optó por lo segundo.
Se puso en cuclillas y pegó el cuerpo a la parte m ás frondosa del matorral.
Le dio tiempo de rezar un padrenuestro a toda velocidad antes de que alguien asomara por encima del muro de maleza.
Una suerte de Espartaco con el pelo húmedo goteando sobre el torso bronceado.
A Emilia le llamó la atención la humilde cruz de madera que colgaba de un cordón en su cuello.
Era lo único que llevaba puesto, además de los pantalones y los protectores de tela gruesa.
Durante un instante, las miradas se encontraron. Iris oscuros contra claros.
—¿Liebre, gineta… o rata? —pregunt ó uno de los mozos desde la distancia.
El joven semidesnudo no apartó la mirada de Emilia, entre sorprendido y divertido. Un hoyuelo se marcó en su mejilla cuando sonrió de medio lado. Ella negó en silencio y movió los labios para formar dos palabras: «Por favor».
—Es… una liebre —contestó al fin el muchacho.
—Pues tráela y la guisamos, que tenemos hambre.
Una oleada de risas recorrió la cuadrilla de vendimiadores y el explorador, que parecía desconcertado ante su propia mentira, regresó junto a ellos. Solo entonces la hija más joven de don Bernardo Espinosa II se permitió suspirar de alivio. Esa fue la primera vez que Álvaro y ella se vieron.