Tierra de vino y sal
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PRÓLOGO
Emilia subió a la berlina sin esperar a que Pascual, el cochero, se apeara del pescante para abrirle la puerta y sostenerle la mano.
Solo cuando estuvo en el interior del vehículo, se permitió expulsar el aire que le oprimía los pulmones.
No sabí a cuánto tiempo llevaba conteniendo la respiración.
Seguramente desde que atravesó las puertas del gran salón de la casa de los condes de las Cinco Torres.
Cerró la cortinilla y se echó hacia atrás en el asiento.
Las voces y la música le llegaban amortiguadas y la penumbra la tranquilizó.
Por fin sola. Por fin a salvo de é l.
Pasó un rato así, recostada, con los ojos cerrados mientras paladeaba el silencio.
Una eternidad después, se descalzó y se masajeó los pies por encima de las medias de seda.
Las ballenas del corsé se le clavaban en las costillas y sus pechos, dos suaves colinas níveas, sobresalían del escote intentando escapar.
De repente, se sentía rid ícula con aquel vestido rojo que había creído deslumbrante y ahora le parecía provocativo y fuera de lugar.
Sacó un espejo pequeño de su bolso limosnera y se observó.
¿Tanto había cambiado desde la ú ltima vez que se vieron?
Había pasado casi una década. Su rostro ya no era tan redondeado, los rasgos se habían afilado y dos pequeñas arrugas en los extremos de los ojos atestiguaban una centena de preocupaciones más, pero seguía siendo ella.
Su tía Augusta solía decir que muchas mujeres estaban más hermosas a los treinta añ os que a los veinte, pero no sabía si era su caso.
Tal vez Emilia Espinosa, en particular, había perdido brillo, como la plata, que se ennegrecía si no se usaba.
Fuera como fuese, nada justificaba una indiferencia tan radical.
El salón de los condes era espacioso, pero no tanto como para no cruzarse con todos los invitados en algún momento de la velada; no tanto como para no intercambiar una mirada, aunque fuera por un instante, con cada uno de ellos.
Tal indolencia respecto a su persona solo podía significar todo lo contrario de lo que quería transmitir: que era a ella a quien él prestaba más atención en la fiesta.
Porque ignorarla de una manera tan tajante implicaba un esfuerzo colosal: abandonar la mesa del vino dulce cuando Emilia y su prima se acercaban a por una copa; marcharse, sin perder los buenos modales, en mitad de una conversación, antes de que alguien del grupo la invitara a participar o escabullirse de su ángulo de visión cuando ella se sentaba en un tresillo en la otra punta de la sala.
Tales acciones únicamente podían ser acometidas por alguien que la ten ía presente en todo momento; que se esforzaba por ser el polo opuesto de un imán a quien ella repelía.
¿Cuántos jóvenes, ancianos, damas o caballeros la habrían citado a ella o a su familia, aunque solo fuera para despellejarlos? ¿De verdad no se había dado cuenta de que estaba allí , en la misma estancia que él ?
A estas alturas de su vida, Emilia habría preferido el rencor, la inquina e incluso el aborrecimiento. Habría deseado las miradas de odio, los comentarios hirientes o la crítica más cruda; cualquier cosa antes que esa frialdad, ese desinterés, esa apatía contundente.
Y, sin embargo, ¿ qué esperaba de él? Si la última vez que se vieron lo había tratado con una insensibilidad que rozaba el sadismo; si le había arrancado el corazón de cuajo para pisotearlo después; si le había dicho que era menos que nada, menos que nadie, que no estaba a su altura y que nunca lo estaría.
Ahora, dos lustros despu és, allí se encontraban ambos, en el mismo lugar.
Y no solo eso, sino que él se había convertido en un invitado preferente, en un buen partido al que las jovencitas asediaban con insistencia.
De nobles modales, guerrera cargada de medallas, holgada posición económica y un atractivo físico que superaba con creces el de cualquier otro caballero.
Su antiguo amor se había vuelto irresistible para cualquier dama.
Las tornas habían cambiado tanto que parecía que el mundo se hab ía puesto del revés.
Como si el cielo fuera el suelo, los peces nadaran entre las nubes y los pajarillos volaran entre algas.
Ahora el deseado era él y la repudiada ella.
Ahora él era el centro de la fiesta y a ella la invitaban por compromiso.
La portezuela de la berlina se abrió de golpe y asomó la cabeza de su prima Isabel, una jovencita de bucles rubios y mejillas sonrosadas.
—¡Aquí está! —exclamó.
Por detrá s de ella se oyó la voz de su tía Prestola.
—Gracias a Dios —dijo con alivio.
Y luego, la de su tío Avelino, enfadado.
—Esta muchacha nos va a volver locos.
Subieron de uno en uno con ayuda de Pascual.
La prima se sentó a su lado y sus tíos en frente.
Venían acalorados, ya fuera por el moscatel, por las altas temperaturas de esa noche de primavera o porque habían estado buscándola por todas partes.
Su tí a comenzó a abanicarse la doble papada bajo la que se vislumbraba, de tanto en tanto, un collar de amatistas.
Su tío, tan aficionado a los dulces como su esposa, se aflojó el corbatín.
Su prima se observó los pies e, imitándola, se descalzó.
Después, los tres pares de ojos se clavaron sobre ella esperando una explicación.
—Me encontraba indispuesta —manifest ó Emilia, que volvió a echarse hacia atrás en el asiento y cerró los ojos.
Los tres le contestaron al mismo tiempo con apreciaciones distintas.
—Te has perdido el resbalón de Tinita Santamaría —comentó la prima.
—Así cómo vas a encontrar marido —se quejó la t ía.
—¿Y no podías habernos avisado? —le reprochó el tío.
Emilia solo podía pensar en él . En el capitán Alcázar.
En lo mucho que habí a cambiado. En lo bien que le sentaban los años, el uniforme y la barba.
En cuánto lo había echado de menos. En su desprecio hacia su persona.
Ya no pudo más. Se cubrió la cara con las manos y lloró.
Lloró como no lo había hecho en añ os. Con el corazón encogido.
Con el alma licuándose a través de los lagrimales.
«¿Soy vieja? ¿Ya no te gustó? ¿Por qué no me has mirado, Álvaro?
¿Por qué ni tan siquiera un saludo? ¿Por qué has vuelto?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ». Las dudas la torturaban.
Isabel la abrazó sin hacer preguntas.
—Ay, pobre muchacha. Creo que está en esos días del mes —dedujo Prestola—. Anda, vámonos a casa.
Don Avelino alzó el bastón y dio dos toques en el techo del carruaje. De inmediato, Pascual azuzó a los caballos.