Tierra de vino y sal EP
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EP

La pequeñ a Catalina dio sus primeros pasos por la orilla de la mano de sus primas Mili y Gertrudis, mientras que Clarita y Enriquito correteaban uno tras otro, salpicándose con los pies.

Emilia acababa de salir de la caseta de madera en la que había cambiado su pesado atuendo y su corsé por el traje de baño y lucía de lo más atrevida con ese vestido de lana azul hasta la rodilla y cuello marinero bajo el que se entreveían unos pantalones bombachos adornados con lazos.

Anduvo unos pasos y se reunió con su madrina.

A Emilia, sin embargo, aquel aspecto no le disgustaba. Todavía sentía pudor al exhibir su cuerpo y la mirada de los caballeros la intimidaba.

—Anda, deje a Álvaro allí, madrina, que cuando me ve en traje de baño no para de manosearme.

Las dos mujeres soltaron una carcajada.

—Sí, supongo que no hay prisa por mezclarse con los hombres, aunque… Si finjo ahogarme, ¿crees que el vigilante me insuflarí a aire en mis pobres pulmones? —comentó con picardía.

Emilia miró de soslayo al imponente nadador que contemplaba a las bañistas con los brazos fornidos cruzados. Aparentaba unos treinta años y solo una camisa de tirantes a rayas marineras le cubría el pecho. Era el único hombre al que se le permitía estar allí.

—Ay, madrina, usted siempre tan osada — bisbiseó.

—Las mujeres tenemos tanto derecho a disfrutar del sentido de la vista como lo tienen los hombres, querida, no lo olvides. —Le guiñó un ojo—. Lo que pasa es que con tu marido tú ya tienes el disfrute garantizado todos los días y te asquean los demás.

Emilia rio, ruborizada. Lo cierto era que le encantaba ver a su esposo haciendo gimnasia con el torso al descubierto, pero aquello pertenecía a la esfera del hogar y no lo admitiría en público.

— Cuánto me alegro de tenerla aquí, y de tan buen humor —dijo para cambiar de tema—. Vuelve usted a ser la de antes…

—Yo también me alegro, sweetie . Como diría tu tía Augusta: «Hierba mala nunca muere».

Emilia volvi ó a reír. Sin embargo, evocar a su tía le trajo a la mente algo que quería preguntarle a lady Elliot desde hacía años.

—Dígame la verdad, madrina. Fue mi tía Augusta quien la mandó a llamar aquella vez, en la fiesta de compromiso de mi hermana, ¿verdad?

La dama inglesa no lo ocultó más.

—Sí, fue por ella que te dije que te olvidaras de Álvaro, aunque también por mí. En aquel momento creía que hacía lo mejor. Yo estaba desencantada y la muerte de mi joven esposo me ten ía sumida en la depresión. Espero que algún día puedas perdonarme.

—No hay nada que perdonar —le dijo Emilia, que enlazó su brazo al de ella—. No puedo culparla de mi propia cobardía. Yo no supe luchar por él. Pero Dios me perdonó y me lo ha devuelto.

En ese instante los niños corrieron hacia ellas acompañados de Juliana y de la vieja cascarrabias de madame Lini, que venía protestando en francés. Por fortuna, ni Enrique ni la Condesita los acompañaban, pues el matrimonio se había ido de viaje a la India en un intento por recuperar su relación.

—¡Mami, mira! ¡Agua! ¡Agua! —señaló Catalinita con su diminuto dedo índice.

Emilia tomó a su hija en brazos y la besó repetidamente en las mejillas.

Se parecía mucho a ella, pero no había heredado los ojos grises de los Espinosa, como si, de esta manera, se hubiera librado del peso del apellido.

El amor que sentía por la pequeña era tan grande que la desbordaba y solo podía imaginar para ella un mundo mejor; una sociedad sin tantos prejuicios ni tabúes, sin diferencias de clases sociales ni de sexos.

Y ese amor era la mayor fuerza, la mayor motivación, para seguir luchando por la libertad.

—Madrina —dijo Emilia—, ahora que ha pasado el tiempo y usted ha recuperado sus ideales, ¿cree que se pueden tener ambas cosas en la vida? Me refiero a una familia… y también una profesión.

La dama inglesa acarició la mejilla de Catalinita y sonrió con dulzura.

—Hemos venido a este mundo a luchar, ¿no es así? —respondió—. Pues luchemos por ello, querida.