Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 41
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Vímara murió como muere un cantero que ha hecho bien su trabajo, sin aviso y a media tarea, con la mano todavía caliente de la última piedra; y le tocó morir, por una de esas simetrías que la vida teje sola y nadie cose, igual que había muerto su padre Froila una generación atrás, contra el mismo muro y por el mismo río, de modo que entre los dos, sin proponérselo, cerraron un círculo que ningún hombre solo abarca.

Tenía ya muchos años, los más de los que nadie recordaba en la peña, y trabajaba poco, que mandaba más con la mirada que con la voz y le había dejado a Ansur las bóvedas, los andamios altos, los cálculos finos del campanario.

Lo suyo era ya estar. Bajarse a la obra al sol de la mañana, recorrer despacio lo hecho, parar a un mozo con una palabra cuando veía la junta torcida, y callar el resto del día.

Los fríos se le habían metido en los nudillos para no irse, le costaba la rampa de la cantera, le faltaba el resuello en la escalera de caracol; pero la cabeza, al revés que el cuerpo, se le había ido aclarando con la vejez, como si todo lo que perdía abajo se le juntara arriba, y veía la obra entera de un vistazo, lo levantado y lo que faltaba, con la misma limpieza con que de joven leía un sillar recién bajado de la peña.

Aquella mañana de finales de otoño le había dado, sin saber por qué, por subir al campanario.

No le tocaba, que para eso estaba Ansur; pero le quedaba allá arriba una hilada del último cuerpo a medio sentar, que la cuadrilla había dejado la víspera para empezarla fresca, y a Vímara le entró el capricho de viejo de poner él una piedra de aquellas, una sola, las que ya casi nunca ponía.

Subió despacio, agarrándose, parándose a tomar aliento en cada vuelta de la escalera, y arriba el aire estaba frío y limpio y se veía la tierra entera abierta bajo el sol, los humos nuevos, los surcos, las primeras torres lejos en las lomas.

Se arrimó a la hilada. Cogió el sillar que esperaba al pie, le limpió la cama, lo giró en las manos buscándole por el tacto la cara que pedía la hilada, y lo asentó, con dos toques de maza, contra la plomada que colgaba inmóvil en el aire sin viento.

Y le dio el golpe de comprobar, con el mango, para oír por el son si había casado limpio; y sonó macizo, lleno, sin una brizna de hueco, el son de la piedra que ya es muro y no se moverá en mil años.

Se quedó con la palma abierta encima, sintiendo lo que el oído confirmaba, y no supo, ni le habría importado saberlo, que aquella era la última piedra que ponía, ni que su padre había muerto poniendo otra igual, ni que entre los dos gestos, el del padre y el del hijo, cabía el siglo entero de aquella obra.

Lo que sí pensó, oyendo subir desde abajo la voz de Ansur que repartía la jornada con el aplomo del que ya es maestro aunque nadie se lo haya dicho, fue que la peña marchaba sola.

Que el chico mandaba como hay que mandar, sin levantar la voz, y los hombres lo obedecían sin mirarlo, que es la única obediencia que vale; y que él, Vímara, ya sobraba en la obra, y aquello, que a otro padre lo habría entristecido, a él le supo a lo mejor que le había pasado en la vejez, porque un maestro no cría a su relevo para que lo necesiten, lo cría para sobrar, y el día que sobra de verdad es el día que puede irse en paz.

Bajó del campanario más despacio aún de lo que había subido, y en lugar de volver a la obra fue a sentarse al sol contra el muro de la iglesia, en el rincón abrigado donde se sentaban los viejos, y la piedra, que él había ayudado a labrar de mozo, le devolvió el calor del mediodía como quien paga una deuda vieja.

Cerró los ojos contra la luz. Le llegaban, mezclados, todos los sonidos de la peña viva: la cantera picando al fondo, el yunque de la fragua que era el reloj de Velagra desde antes de que él naciera, una orden de su hijo, risas de críos por la explanada, el agua de la fuente.

Y entre aquellos sonidos se le fue pasando por dentro, sin pena, la vida entera, que había sido una vida rara, a caballo de dos mundos.

Él era el último que recordaba la peña de antes, la del secreto, la que se hacía la muerta y picaba piedra a oscuras y enterraba la corona como un pecado; y era también el que había visto el otro mundo llegar, el de la luz, el de la tierra con nombre y la corona bajo el altar a la vista de todos.

Pocos hombres alcanzan a ver tanto cambio en una sola vida, pensó, ni a entender, como él había llegado a entender de viejo, que lo que sus padres guardaron temblando era justo lo que sus hijos podían ya enseñar sin miedo; y le pareció, en aquel duermevela al sol, que había valido la pena estar vivo el tiempo justo para ver las dos orillas.

Y con ese pensamiento, sin un quejido, sin sobresalto, se le paró el corazón de cantero, y se quedó quieto contra el muro, la cara vuelta hacia la cantera de donde había salido toda su obra, la mano abierta sobre el muslo, la palma callosa por fin sin nada que sujetar.

Lo encontró a media tarde un zagal que le llevaba agua, y lo creyó dormido, que muchas tardes lo veían cabecear al sol; pero había en aquella quietud algo distinto que el niño reconoció antes de poder nombrarlo, y salió corriendo a dar la voz.

Ansur subió sin correr, que ya lo sabía por la cara del crío, y se arrodilló a su lado, y no gritó ni lloró, que los de su casa no lloran a la primera.

Le tomó la mano abierta, todavía tibia, y se la tuvo un rato largo entre las suyas, mirando lo último que su padre había mirado, la cantera, el río, la tierra que se llenaba; y después se la cruzó él mismo sobre el pecho, despacio, con el cuidado con que se posa una clave de bóveda que ya no se va a tocar.

Lo lloró la peña, que pocos quedaban que no le debieran a aquel hombre o a los suyos el muro tras el que dormían.

Lo bajaron a hombros por la rampa de la cantera que él había subido y bajado toda la vida, y lo enterraron en la falda con los de su sangre y los de su oficio, con Froila y con Teudila y con Eilo, y al lado de Ledgarda, que se le había adelantado tres inviernos; y junto a ella le pusieron, porque Ansur encontró las dos cosas guardadas en el arca y supo lo que eran, la espiga seca y un pájaro de piedra tosco, los dos sellos de aquella paz vieja de la piedra y el pan, para que se fueran juntos a la tierra como sus dueños se habían ido.

Y fue Ansur quien labró la lápida, sin dejársela a ningún peón, durante días, despacio, como quien talla algo que ha de leer alguien dentro de mil años.

Puso el nombre y los pocos años que se sabían a ciencia cierta.

Y abajo, en una esquina, donde apenas se veía, donde solo daría quien supiera buscarla, grabó la seña de la cadena, la marca en eslabones que dice «uno de los nuestros», la que su padre grabó en la piedra de Froila y Froila en la de Teudila, atrás en el tiempo hasta donde ya nadie recuerda.

Y al ir marcando los eslabones, uno tras otro, sintiendo bajo la maza la misma piedra que tantas manos de los suyos habían labrado antes, entendió de golpe, sin que se lo dijeran, lo que aquel gesto callaba: que no estaba solo despidiendo a su padre, estaba ocupando su sitio; que la seña no se graba por fuera, como copia un escriba, sino por dentro, como se suelda un hierro al hierro de antes; y que en aquel instante, sin ceremonia ni testigos, pasaban a sus manos la peña, el oficio, el saber de las bóvedas, la hermandad que ya custodiaba a la luz lo que un siglo guardó a oscuras, y la corona dormida bajo el altar; todo de una vez, de uno a otro, como había pasado siempre, sin que se cortara el hilo.

Se quedó un rato con la mano sobre los eslabones recién abiertos, igual que su padre se quedaba con la mano sobre un sillar recién sentado.

Y no lloró sobre la piedra. Los canteros no lloran sobre la obra; lloran después, a solas, o no lloran, y lo dejan dentro de la piedra, que es donde aguantan las cosas.