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A Ansur le había enseñado su padre que la marca de cantero no se da, se reconoce; que un maestro no hace a un hombre de los suyos grabándole una seña, sino que la seña no hace más que decir por fuera lo que el hombre ya es por dentro, y que grabarla antes de que lo sea es como sellar un odre antes de llenarlo, mentira que se descubre a la primera.
Por eso había esperado tantos años a reconocerle a Ervigio la suya, no por dudar de él, que no dudaba desde hacía tiempo, sino porque las cosas de la cadena se hacen a su hora y no a la de las ganas, y la hora de Ervigio no había llegado del todo hasta aquella mañana de invierno en que Vímara, ya muy viejo, le dijo a su hijo que era tiempo.
Se lo dijo al sol, contra el muro de la iglesia, en el rincón de los viejos donde pasaba ya los días, envuelto en la manta, con las manos quietas sobre el regazo que toda la vida habían tenido un puntero o un sillar y ahora no tenían nada.
Estaba muy acabado el maestro aquel invierno; le costaba la voz, le costaba el resuello, no subía ya ni a la explanada sin que lo subieran, y la cabeza, en cambio, la tenía limpia como el agua de la cisterna, de esa limpieza de los muy viejos que ven el final y por eso ven lo demás sin la niebla de los que creen que les sobra tiempo.
Ansur se había sentado a su lado a darle conversación, que era lo que se hacía con él en aquellos días, hablarle de la obra para que siguiera estando en ella aunque ya no pudiera tocarla; y le contaba que la cuadrilla andaba con el último cuerpo del campanario, y quién picaba bien y quién no, y de pasada, sin darle peso, nombró a Ervigio, que había sacado una clave difícil sin que se le abriera, y dijo que tenía la mejor mano de los jóvenes después de la suya propia.
—La mejor mano —repitió Vímara, despacio, y se quedó callado un rato, mirando la cantera al fondo con los ojos entrecerrados contra la luz—. ¿Y cuántos años lleva ya en la piedra?
Ansur lo pensó. Diez, dijo, o cerca. Desde poco después del clímax, desde que se cerró la herida del torreón y la peña volvió a su ritmo y él, Ansur, le puso un día un puntero en la mano al muchacho sin discursos, como se le pone a cualquiera, por ver qué hacía con él.
Y el muchacho había hecho lo que hace uno de verdad del oficio, que no es lucirse, sino quedarse; aguantar la cantera en febrero, leer la piedra antes de golpearla, callar y repetir, año tras año, hasta que las manos se le hicieron de cantero y la cabeza se le fue limpiando del veneno con que entró, el de creerse condenado por la sangre de su padre.
Ansur lo había visto curarse en la piedra, golpe a golpe, sin decírselo a nadie y menos al muchacho, que esas cosas no se dicen porque se estropean dichas; y de tanto verlo había dejado de pensar en él como en el hijo del que vino a robar, y había empezado a pensar en él como en uno más de la cuadrilla, lo cual, entendía ahora, oyendo a su padre, era ya la respuesta a la pregunta que su padre no acababa de hacer.
—Diez años —dijo Vímara, y asintió, como quien suma una cuenta larga y le sale redonda—.
Tu bisabuelo Teudila decía que en diez años de piedra o sales cantero o sales otra cosa, pero ya no sales nada a medias; que la piedra no aguanta a un tibio diez años, lo echa antes.
Si lleva diez y sigue, es de los nuestros, lo lleve grabado o no.
—Volvió la cara hacia su hijo, despacio, que ya le costaba hasta eso—.
Tú eres el maestro. Yo ya no. Hace años que no, aunque la gente me siga llamando así por respeto a los huesos.
El que reconoce a uno de los nuestros eres tú, no yo.
Y yo te digo, porque es lo último que me queda por decirte de la cadena y quiero decírtelo mientras la cabeza me da: que a ese muchacho hay que reconocerlo.
No por lástima del huérfano. No por premio al que eligió la casa.
Por la mano. Porque la tiene, y porque la cadena no es de sangre, que si lo fuera ya se habría cortado mil veces, es de mano y de obra, y la suya vale.
Hazlo tú. Y hazlo pronto, que yo querría enterarme, y no me queda mucho.
Ansur bajó a la cantera aquella misma tarde, no a decirle nada todavía, que las cosas de la cadena no se anuncian, sino a mirarlo una vez más con los ojos con que se mira a quien se va a reconocer, que ven distinto de los de todos los días.
Ervigio estaba sacando una jamba, sentado al sol con el puntero y la maza, y no lo vio llegar, que cuando trabajaba no veía llegar a nadie; y Ansur se quedó a un lado, callado, mirándolo trabajar como su propio padre lo había mirado a él tantas veces sin decir palabra, que era la manera de la casa de aprobar.
Vio lo que Vímara veía. Vio la mano que se paraba antes de cada golpe a leer la piedra, a buscarle la veta, a no forzarla por donde no quería ceder; vio la paciencia, que no se enseña, la de no tener prisa por acabar un sillar que va a durar más que el que lo labra; vio el respeto, sobre todo, ese modo de tratar la piedra como a algo que no se domina sino que se convence, que era la señal verdadera del cantero y que no la tienen ni la mitad de los que llevan el puntero toda la vida.
Y vio, debajo de todo eso, lo que más le importaba aquella tarde: que el muchacho trabajaba en paz.
Que no había en su cara la sombra antigua, la de los primeros años, cuando saltaba una lasca y se quedaba mirándose la mano como preguntándose si aquel destrozo venía de su sangre torcida; ahora una lasca era una lasca, un reniego de oficio, y a otra cosa, y aquella paz, supo Ansur, era la prueba de que la piedra ya lo había curado, de que el oficio había hecho con aquel hombre lo que ningún perdón hablado podía hacer, devolverle el derecho a no mirarse con miedo.
Un hombre así estaba listo. No por lo que sabía, que lo sabía, sino por lo que había dejado de temer.
Habló aquella misma noche con la cadena, que eran ya pocos y se juntaban a la luz y no a oscuras, que aquel era el cambio entero; y no hubo discusión, porque todos habían visto al muchacho en la cantera diez años y todos sabían lo que sabía Vímara.
Y unos días después, una mañana clara, sin más ceremonia que la que siempre había tenido la cadena, que era ninguna, Ansur subió con Ervigio al torreón del ángulo, al mismo donde durmió la corona, con la excusa de mirar un asiento, como subía su padre, como subía el padre de su padre, que las cosas de la cadena se hacían siempre con una excusa de oficio por delante.
Arriba le dijo lo que era. Se lo dijo despacio, como se lo había dicho a él su padre y a su padre Froila, con la voz baja, porque hay cosas que pierden el peso si se dicen deprisa; le dijo lo que dormía bajo el altar y de dónde había salido, le dijo lo que era la cadena y desde cuándo, le dijo que la marca de cantero que Ervigio había estado grabando diez años en las piedras sin que nadie le explicara del todo qué decía, la de los eslabones, quería decir «uno de los nuestros», y que no era un adorno ni una firma de cuadrilla, era una palabra, la palabra de una hermandad que venía atándose de maestro a maestro desde antes de que ninguno de los dos naciera, desde Teudila, que la grabó el primero para quien supiera leerla dentro de mil años.
Ervigio lo escuchó sin decir nada, blanco, mirando a Ansur y mirando el muro del que le hablaba, atando por fin los cabos de diez años de señas grabadas a ciegas; y cuando entendió lo que le estaban ofreciendo, lo que de verdad le estaban ofreciendo, no la marca, sino el sitio, el ser de los que guardan y no de los que roban, el revés exacto de lo que su padre había querido ser, se le quebró algo por dentro que llevaba diez años aguantando, y no dijo palabra, que tampoco él era de palabras, pero le brillaron los ojos de un modo que en un cantero, que no llora sobre la obra, lo decía todo.
—Yo soy hijo del que vino a robar lo que vosotros guardáis —dijo al fin, con la voz rara—. Lo sabéis todos. ¿Y me dais a guardar a mí lo mismo que mi padre quiso llevarse?
—Por eso —dijo Ansur—. No a pesar de eso, por eso.
Una veta corre torcida en el bloque, dice mi padre, y no por eso se descarta el bloque: se busca por dónde entra el cincel para que la veta caiga del lado que carga y no del que se abre.
La tuya ha caído del lado bueno. Diez años de cantera lo dicen, no yo.
Y no hay mejor guardián de una casa que el hijo del que vino a quemarla, si elige bien, porque ese sabe por dentro de qué hay que guardarla, lo lleva en la sangre y lo tiene vencido.
Mi padre lo vio antes que nadie. Tú no eres la condena de tu padre, Ervigio.
Eres la última oportunidad que tuvo su sangre de salir, por una vez, en piedra que aguanta. Y ha salido.
Y allí mismo, en lo alto del torreón, Ansur cogió el puntero y le grabó a Ervigio la marca, no en una piedra del muro, sino donde se hacía con los de la casa, en una losa pequeña que se guardaba en el archivo con las de todos los de la cadena, una piedra por cada uno desde Teudila, una hilera de losas con la misma seña repetida por manos distintas a lo largo de cien años, que era el único registro que la cadena llevaba de sí misma, mudo, ilegible para quien no supiera, una genealogía de eslabones en vez de nombres.
Le hizo grabar a Ervigio el primer eslabón de su losa con su propia mano, guiándole el puntero como se le guía a un aprendiz el primer día, y soltarlo después para que rematara solo los demás; y Ervigio los fue abriendo uno tras otro, despacio, sintiendo bajo la maza la misma piedra que tantas manos antes que la suya, manos que lo habrían echado de la peña de haber conocido su sangre y que ahora, sin conocerla ya importar, lo soldaban a su hilera.
Y al ir marcando los eslabones entendió, sin que se lo dijeran, lo que la seña callaba: que la sangre del topo, la que su abuelo y su padre habían gastado en intentar robar aquella corona, quedaba aquella mañana injertada para siempre en la cadena que la corona guardaba, dada la vuelta como un guante, vuelta del revés, sirviendo a la casa por dentro lo mismo que había querido herirla por fuera; y que con aquel injerto se cerraba un arco que ninguno de ellos había trazado a propósito y que sin embargo cerraba limpio, como cierra una bóveda cuando la última dovela cae en su sitio y todo el peso, que parecía que iba a venirse abajo, se sostiene de pronto solo, por estar bien trabado.
Vímara se enteró. Ansur subió a contárselo aquella misma tarde, al rincón de los viejos, y el maestro escuchó con los ojos cerrados contra el sol, asintiendo despacio, y cuando Ansur acabó no dijo gran cosa, que ya le costaba; dijo solo que estaba bien, que así tenía que ser, que la cadena se le quedaba en buenas manos y con un eslabón más fuerte por torcido que venía.
Y se quedó callado, en paz, con la cara vuelta hacia la cantera de donde había salido toda su obra; y Ansur, mirándolo, supo que su padre había esperado a aquello, a saber que el relevo estaba completo y la cadena seguía, para soltar amarras, y que ya no le faltaba al viejo nada por ver.
Porque el oficio había cruzado otra vez el tiempo de una mano a otra, como cruzaba siempre, de Teudila a Froila, de Froila a Vímara, de Vímara a él, y ahora de él, ensanchándose, a Ervigio, el de fuera vuelto de dentro; y un maestro que ve eso, que ve la cadena pasar entera a la generación que sigue, con un guardián de más ganado al enemigo, puede ya cerrar los ojos al sol contra el muro tibio, que ha hecho su trabajo, y dejar que la piedra siga sin él, que para eso la dejó firme.