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Pasaron años, los que tardan en hacerse viejos los que eran jóvenes y en nacer los que llenan los sitios que dejan los muertos, y una tarde de verano, cuando ya bajaban por el río más familias de las que la peña sabía contar y la tierra de alrededor se había llenado de humos y de surcos y de las primeras torres nuevas recortándose lejos en las lomas de poniente, igual que Gélmiro había dicho que se llenaría, Ansur estaba sentado al sol contra el muro de la iglesia ya terminada, en el sitio de los viejos, el mismo donde había muerto su padre y nadie sabía cuántos antes, tallando despacio un canto de río que no le hacía falta a la obra, por el gusto de tener piedra en las manos, que era ya lo único que le quedaba por hacer en una jornada.
Porque la obra estaba acabada. Se había rematado el campanario el otoño anterior, la última piedra la había puesto un mozo de la cuadrilla sin saber que era la última, como debe ser, y Ansur, que ya mandaba poco y miraba mucho, lo había visto desde abajo y no había dicho nada, solo se le había venido a la garganta el nombre de su padre, que no llegó a verlo, y el de su abuelo Froila, que tampoco, y se había callado, que los canteros se callan lo que sienten y lo guardan en la piedra.
Velagra estaba entera por primera vez en cien años.
La muralla cerrada, la torre vieja, la iglesia coronándolo todo con su campanario, las cisternas, la cantera que ya solo se abría de cuando en cuando para una reparación.
Y, sin embargo, a Ansur no le parecía acabada, ni le habría parecido nunca, porque un cantero sabe que una obra terminada no existe, que en cuanto se pone la última piedra el agua y el hielo y los siglos empiezan a pedir la siguiente, y que la diferencia entre una obra viva y una ruina es solo que en la viva hay todavía manos que la siguen.
La peña de aquella tarde era un hervidero de gente, más que en ningún tiempo que él recordara.
Por la explanada cruzaban repobladores con sus aperos, mujeres con cántaros, mercaderes que ya subían a Velagra como se sube a un sitio que cuenta, no a un rincón olvidado; y entre todos ellos correteaban los niños, muchos, una camada que la peña no había tenido desde antes del desierto, críos que se criaban sin saber lo que era el hambre ni el miedo a una nube de polvo en el camino del río.
Uno de aquellos niños, un nieto de nadie y de todos, hijo quizá de un repoblador del norte y una moza de la peña, de esos en que ya no se sabía la sangre ni hacía falta, que correteaba entre el ripio y los sillares igual que habían correteado Froila y Vímara de críos, se paró delante de Ansur, sin aliento de tanto correr, y le preguntó, señalando con el dedo todo aquello, los muros, las generaciones de piedra, la torre vieja y la iglesia nueva, la tierra entera que se abría más allá de la muralla:
—¿Y todo esto cómo se llama?
Ansur dejó el cincel. Se enderezó despacio, que ya no era un mozo, y miró lo que el niño le señalaba.
Era la misma pregunta. La habían hecho otros niños a otros viejos en aquella misma peña, una y otra vez a lo largo de cien años, señalando lo mismo, los muros que crecían y no acababan, la obra que ningún hombre solo había visto empezar y terminar; y a esos otros niños se les había contestado siempre lo mismo, que todavía no, que la obra no tenía nombre del todo, que lo tendría, ya verás como lo tiene.
Ansur lo sabía, que se lo habían contado, que se lo contó su padre una vez al sol: que a él mismo, a Vímara, ya mayor, un crío como aquel le había hecho aquella misma pregunta señalando la misma fortaleza, y que su padre, que no podía darle todavía un nombre verdadero porque el nombre aún no estaba, le había dicho lo único honrado que se podía decir entonces, que todavía no tenía nombre del todo, pero que lo tendría, que ya lo vería tenerlo.
Cien años de niños preguntando lo mismo, y cien años de viejos contestando que todavía no.
Y esta vez sí lo tenía.
Ansur miró al niño, y miró lo que el niño señalaba, los cien años de piedra que tenía a la espalda y los que faltaban hacia delante, que no se ven pero se saben; y miró más allá de los muros, al horizonte de poniente, a las lomas pardas que ya no estaban vacías, donde se levantaban, una aquí, otra allá, recién empezadas algunas, con sus andamios, las primeras de las muchas torres que iban a cubrir aquella tierra de un río al otro, peñas guardadas, castillos, gente aprendiendo a llamar suya la frontera que cien años atrás un rey mandó vaciar.
Y supo que podía contestar lo que ningún Vímara ni ningún Froila había podido contestar nunca, porque a ellos les había tocado la espera y a él le tocaba el cumplimiento, que esa era toda la diferencia entre las generaciones, no quién trabajaba más ni quién sufría más, sino a cuál le caía en suerte ver la cosa hecha.
—Esto es Velagra —dijo Ansur, y le puso la mano en el hombro al crío, y le hizo volverse y mirar con él hacia donde se abría la tierra—.
La peña, digo, esto de aquí, los muros, la torre.
Eso se ha llamado Velagra desde antes de que naciera nadie que tú conozcas.
Pero lo que tú me señalabas, todo eso, la tierra, los castillos que ves allá lejos y los que vendrán detrás, eso es más grande que la peña, y eso también tiene nombre ya.
Antes se llamaba de otra manera, un nombre viejo de muertos que nadie sentía suyo.
Ahora se llama Castilla. —Y lo dijo despacio, saboreándolo, que era la primera vez en la historia de la peña que un niño preguntaba el nombre de la tierra y se le podía contestar uno de verdad, escrito ya en los fueros y dicho ya en todas las bocas—.
Lo escribió un clérigo en un papel, hace años, el primero que lo escribió.
Pero el nombre no lo inventó él, que los nombres de verdad no los inventa nadie de un golpe.
Lo fue haciendo la gente, andando estos caminos, viendo levantarse torres como la nuestra por toda la frontera.
Tierra de castillos. Así se llama lo que tú ves.
El niño miró las torres lejanas, y miró la peña, y miró a Ansur, y no entendió del todo, que aún era pequeño para entender lo que cuesta y lo que tarda que una tierra estrene nombre; pero guardó la palabra, que los niños guardan las palabras que les dicen los viejos al sol aunque no las entiendan, y la sacan años después, ya hombres, cuando les hace falta.
Y un día se la diría a otro niño que le preguntara lo mismo señalando lo mismo, y así, de boca en boca, como había viajado siempre, de viejo a crío al sol de una explanada, seguiría viajando el nombre por los siglos, que es como viajan las cosas que duran más que la piedra, que la piedra al fin se gasta y la palabra no.
Y Ansur, cuando el crío se fue corriendo a sus juegos entre los sillares, volvió a coger el cincel, que era su manera de decir las cosas y de callarlas, y miró por última vez aquella tarde la obra antes de seguir labrando.
La iglesia coronada y el campanario por rematar todavía, que su padre no lo vio acabado y él tampoco lo vería, y lo acabaría su hijo, o el hijo de su hijo, o ninguno, y daba igual.
La cantera abierta al fondo, que una obra no se cierra nunca del todo, que siempre queda un sillar más que sacar.
La corona de un reino muerto guardada bajo el altar, custodiada a la luz, sosteniendo el nombre de un reino que nacía, que era la única manera de que un símbolo dure, sirviendo a los vivos en vez de pesar sobre los muertos.
Cien años de piedra hacia atrás, desde la primera, la que sus mayores pusieron huyendo de un mundo que se caía, sin más plan que durar hasta el día siguiente; y hacia delante, una tierra de castillos que apenas empezaba, que ninguno de ellos vería cubierta de torres, que se llenaría sin contar con ellos, como se había llenado sin contar con los que la vaciaron.
No le dolió, lo de no verla acabada. Había aprendido de su padre, y su padre del suyo, hacia atrás hasta el primero, que las obras de verdad no las termina el que las empieza ni el que las hereda, que pasan de mano en mano cruzando el tiempo que ningún hombre alcanza, y que un cantero no trabaja para ver el remate sino para que lo vea, algún día, alguien cuyo nombre no sabrá nunca, alguien que ni siquiera ha nacido, que pasará la mano por una piedra que él sentó y no sabrá que fue suya.
Cogió la piedra del día. Le buscó el asiento, despacio, sin prisa, que la piedra no perdona la prisa ni la solemnidad.
Y siguió, que la obra seguía, inacabada, como tienen que ser las obras de verdad.