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Anderquina supo que iban a pedirle aquello antes de que se lo pidieran, que un señor que cuenta las fanegas y lee la tierra como un cantero lee un sillar aprende también a leer lo que se le viene encima por el camino del río; y cuando el conde Gatón, en su última visita, le dejó caer entre dos cuentas de tributo que una casa reconocida señora de su tierra hacía bien en sellar la alianza con el orden nuevo por la vía que sella las cosas de verdad, que era la sangre y no la tinta, ella supo de qué hablaba, y supo a quién tenía que decírselo, y se le hizo en el pecho un peso que no era el del grano.
No se lo dijeron como una orden, que ya nadie le daba órdenes a la señora de Velagra; se lo dijeron como se dicen las cosas que no tienen vuelta, envueltas en razones que ella misma habría dado de estar al otro lado.
Una alianza con un noble del condado, de los que el conde iba asentando por la frontera, ataba a Velagra al reino nuevo con un nudo que ningún pergamino igualaba; daba a la casa un pie en el orden que nacía, un yerno con tierras y con hombres, hijos que serían a la vez de la peña y del condado, sangre de los dos lados de la frontera nueva como ella era sangre de los dos lados del río viejo.
Era buen gobierno. Era, exactamente, lo que ella le habría aconsejado a un señor que no fuera ella misma.
Y por eso le pesaba tanto, porque no podía ni siquiera tener la razón de la cabeza en contra, solo la del pecho, que en aquella casa nunca había mandado y no iba a empezar a mandar con ella.
Lo había sabido siempre, en el fondo, y por eso nunca había dejado que aquello creciera más de lo que había crecido, que era poco por fuera y mucho por dentro.
Se habían criado los tres juntos, Ansur, Ervigio y ella, revueltos como potros de la misma cuadra, y de los tres había sido Ervigio el que se le quedó mirando de un modo distinto cuando dejaron de ser críos, y al que ella miró de vuelta sin que ninguno de los dos dijera nada, porque los dos sabían, antes de tener edad para ponerle nombre a lo que sabían, que aquello no llevaba a ninguna parte.
Ella era la heredera. Lo había sido desde la cuna, desde antes de entender qué quería decir, contando fanegas con su padre antes de saber leer, aprendiendo que un señor guarda y no se pertenece; y un heredero, le había enseñado Gélmiro sin decírselo nunca con esas palabras, no se casa con el corazón, se casa con la casa, que para eso le dan la casa, para que la sirva también con eso, que es lo que más cuesta servir.
Lo había visto venir, pues, como veía venir las crecidas del río, leyendo las nubes con tiempo; y aun viéndolo venir, ahora que llegaba, pesaba, porque una cosa es saber que va a helar y otra notar el hielo en los huesos la mañana que hiela.
Pensó, dándole vueltas a solas antes de bajar a buscarlo, en lo raro de su sangre y la de él, que se parecían por el revés.
Ella cargaba la sangre del que asedió la peña, el bereber del otro lado del río, metido en la línea de los señores hacía tres generaciones, y esa sangre, que un siglo había sido vergüenza que esconder, era ya la prueba de que la casa podía mezclarse y durar; la había levantado en alto con la corona y la decía entera sin bajar la voz.
Él cargaba la sangre del que vino a robar la corona, el topo, el traidor, y esa sangre seguía siendo la que era, no se había redimido en una mañana de adarve, no tenía un gesto glorioso que la diera la vuelta delante de todos; se la había ido trabajando él solo, callado, en la cantera, golpe a golpe, sin testigos.
Eran las dos caras de lo mismo, pensó, el enemigo injertado en la casa; pero el de ella había entrado por la sangre vieja y se honraba, y el de él habría entrado por el lecho y habría manchado, porque la frontera nueva, que perdonaba al bereber de hacía un siglo vuelto leyenda, no perdonaba todavía al traidor de hacía diez años con la herida fresca.
No era justo. Pero el gobierno no se hace con lo justo, se hace con lo que la gente está dispuesta a creer, y la gente no estaba dispuesta a ver a la heredera mestiza meter en su lecho al hijo del último topo, por mucho que el muchacho hubiera elegido la casa.
Lo habría visto como una recaída de la casa entera, no como un perdón.
Buscó a Ervigio una tarde de las últimas del verano, cuando la cantera quedaba sola y él se demoraba en ella afilando herramienta, que era su manera de estar a solas sin que se notara.
Lo encontró sentado en un sillar a medio labrar, con la piedra de amolar en una mano y un puntero en la otra, y la luz de poniente dándole de lado en la cara, aquella cara que era la de Adulfo de joven y que sin embargo no se parecía a la de Adulfo en nada de lo que importa, porque la había trabajado otra mano.
Él levantó la vista y supo, por cómo venía ella, sola, despacio, sin el aire de quien viene a tratar de la obra, que venía a decirle lo que los dos llevaban años sin decirse y sabiendo.
No hubo declaración, que ya no hacía falta, ni la había habido nunca con palabras, solo con los ojos a lo largo de los años.
Anderquina se sentó en el sillar de enfrente, a un brazo de distancia, la misma distancia a la que se habían tenido siempre, sin cruzarla nunca, y le dijo lo del conde, y lo de la alianza, y lo del noble del condado cuyo nombre ni mencionó porque daba igual y porque nombrarlo habría sido una crueldad de más; y lo dijo entero, sin adornarlo, como su padre le había enseñado a dar las malas nuevas, de frente y de una vez, que dosificarlas es alargar el daño.
Ervigio la escuchó sin interrumpir, con la piedra de amolar quieta en la mano, mirando el suelo, y cuando ella acabó no dijo en seguida nada, que era de los que se callan lo importante, como toda la gente de aquella peña.
—Lo sé —dijo al fin, y dejó la piedra de amolar en el suelo, despacio—.
Lo sé desde antes que tú, casi. Desde el día que te vi levantar la corona en el adarve.
—Levantó la cara, y no había en ella reproche, que era lo que la habría hecho insoportable, sino una cosa más serena y más honda—.
Aquel día entendí quién eras. No la muchacha de la cantera, la que me miraba y a la que yo miraba.
La que tenía la sangre justa y el sitio justo para sacar un reino de una piedra.
Y entendí, sin querer entenderlo todavía, que esa no se casa con el hijo de un arriero traidor, por mucho que la peña lo haya hecho de los suyos.
Que una cosa es que la casa me dé un oficio y un nombre, y otra que me dé a su heredera.
La primera me la ha dado. La segunda no podía dármela sin dejar de ser lo que es.
Anderquina no lo contradijo, porque no había nada que contradecir, y mentirle habría sido tratarlo como a alguien que no entiende, y él entendía mejor que nadie.
Le dijo, en cambio, la única cosa que era suya de verdad y que sí podía darle, que era la verdad de lo que sentía, sin que sirviera para nada y precisamente por eso.
—Si fuera por mí —dijo, y le costó la voz lo que le costaba poco, que era señora y las señoras no se quiebran—, sería contigo.
Que lo sepas. No por lástima del huérfano ni por premio al que eligió la casa contra su sangre, que esas son razones de fuera.
Por ti. Porque eres el único hombre de esta peña que sabe lo que pesa cargar una sangre que no se elige, porque lo cargas tú y lo cargo yo, cada uno la suya, y eso no lo comparto con ningún noble del condado por muchas tierras que traiga.
Pero no soy yo. Soy la casa. Y la casa, que me hizo lo que soy, me pide ahora que la sirva con esto, como te pidió a ti que la sirvieras plantándote en una puerta contra tu padre.
Tú serviste con eso. Yo sirvo con esto. No es distinto.
Ervigio asintió, despacio, mirando otra vez el suelo, porque era verdad y porque la verdad, cuando es entera, no deja sitio para discutir, solo para callar.
Pensó, y no lo dijo, en lo que ella no sabía y él sí, en lo que de saberse lo habría hecho imposible del todo aunque fueran libres los dos: que la sangre que él cargaba no era solo la de un traidor cualquiera, era la del enemigo de la casa de ella tres generaciones seguidas, la semilla misma que su estirpe había guardado la corona para que no la robara; y que injertar esa rama en la línea señorial, por mucho amor que la moviera, habría sido meter en la casa, por la puerta del lecho, justo lo que la casa había gastado un siglo en dejar fuera.
Mejor así, pensó, sin amargura, con la claridad fría que había aprendido golpe a golpe en la piedra.
Mejor que ella case por la casa y él se quede en la cantera.
La cantera no preguntaba de quién era hijo.
El lecho de la señora sí, y habría sido una pregunta sin buena respuesta.
—Está bien —dijo, y se agachó a recoger el puntero del suelo, y lo limpió en el muslo con un gesto que era ya el de pasar a otra cosa, el gesto del que cierra un trato y vuelve al trabajo—.
Está bien, Anderquina. Casa por la casa.
Tráete a ese noble y a sus tierras y a sus hombres, y ten hijos que sean de la peña y del condado, y gobierna esto como lo gobiernas, mejor que nadie de tu sangre lo gobernó.
Yo estaré abajo, en la cantera, sacando los sillares con que se levante lo que hagan falta.
—Sopesó el puntero en la mano, lo miró como se mira una herramienta que se conoce bien, y añadió, más bajo, sin mirarla, que las cosas más hondas las decía a la piedra y no a la cara—: Cada uno guarda la casa con lo que tiene en las manos.
Tú con la firma y el lecho. Yo con esto.
No es poco, lo mío. Una piedra bien sentada aguanta más que un señorío, que los señoríos se pierden en una batalla y un muro dura siglos.
—Y lo dijo sin rencor ninguno, como una verdad de oficio, que era su modo de quedarse con lo que le tocaba sin envidiar lo que no.
Anderquina se levantó, que ya estaba todo dicho y quedarse más habría sido alargar lo que no tenía vuelta.
Se quedó un momento de pie delante de él, a la misma distancia de siempre, sin cruzarla tampoco aquella última vez, que no cruzarla era ya la única manera que les quedaba de respetarse; y le puso la mano en el hombro, un instante, como se la había puesto su abuelo Gélmiro a él la mañana que eligió la casa, para quitarle un peso de encima que no se quita, solo se reparte.
Y se fue, peña arriba, a ser la señora que tenía que ser, sin volver la cara, porque volver la cara habría sido dejar abierto lo que tenía que quedar cerrado.
Ervigio se quedó solo en la cantera con la luz cayendo.
No la vio irse, que tampoco él volvió la cara, los dos a una sin haberlo hablado, como tantas cosas.
Cogió el sillar a medio labrar, le buscó por el tacto la cara que pedía, y le puso el puntero encima; y empezó a golpear, despacio, sin prisa, escuchando el son del hierro en la piedra buena, que era el único son que no le mentía nunca y que no le pedía nada que no pudiera darle.
Quedaba un poso, lo notaba en el pecho como se nota una astilla bajo la uña, hondo y sordo y para siempre; pero no era una herida que sangrara, era una de esas que se cierran en falso y se llevan dentro toda la vida sin volver a doler del todo, doliendo solo cuando se las toca, y él había decidido, dándole al cincel en la luz que se iba, no tocársela.
La piedra no le dejaba. Y en eso, en que la piedra no le dejaba tiempo para el poso, estaba la otra mitad de su cura, la que ya conocía: que un hombre con algo bueno entre las manos no se desangra por lo que no pudo ser, porque lo que sí puede ser le pide entera la cabeza, golpe a golpe, hasta que se hace de noche.