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Las trojes estaban llenas por primera vez en años, y Anderquina lo repasaba aquella mañana de otoño en la sala de la torre, fanega por fanega, con la cabeza gacha sobre las cuentas, como le habían enseñado de niña, antes incluso de leer, porque su padre Gélmiro decía que un señor que no sabe cuánto grano tiene en las trojes no es señor, es un cuento que la gente se cree mientras hay pan.
Pensó, sumando, que su padre, si la viera, no diría nada, que era su manera de aprobar, igual que el padre de Ansur con la piedra.
Gélmiro ya no contaba fanegas. Estaba viejo, muy viejo, sentado al sol del adarve casi todo el día con la manta sobre las piernas, los ojos negros del sur apagándose despacio en una cara que había llevado toda su vida la sangre cruzada de la frontera.
Anderquina había crecido oyendo, sin entenderlo de niña, que aquella cara de su padre era un peligro y un secreto, algo que se callaba, que se explicaba a los forasteros con lo de la abuela morena; y había sido ella misma, ya mujer, la que le había quitado a aquella cara el peso de secreto, el día que levantó en alto la corona del último rey godo, ella, mestiza como su padre, no para esconderla ni venderla sino para fundar con ella, delante de un conde que venía a predicar la pureza, un mundo que ya no se la creía.
Desde aquel día su padre miraba distinto.
No más alegre, que no era hombre alegre, pero sí más derecho, como quien ha soltado por fin una carga que llevaba tanto tiempo encima que la había tomado por su propia espalda.
Le había pasado el mando a ella sin ceremonia, como se pasaban las cosas en aquella casa, de un día para otro, dejando de hacer él lo que ella ya hacía mejor.
Y lo que ella hacía era gobernar una tierra que no se parecía a ninguna de las que habían gobernado sus mayores.
La peña de su bisabuela Adosinda fue una fortaleza sola en un desierto, sitiada, a punto de caer cada estación.
La de su abuelo Gundemaro, una isla escondida que se hacía la muerta, que repartía hambre y enterraba viejos y se agachaba delante de cada forastero para que nadie la creyera digna del viaje.
La suya, la de Anderquina, era otra cosa, una cabeza de comarca en una tierra que volvía a llenarse, y gobernarla no era resistir, como les tocó a ellos, era ordenar lo que crecía, que es trabajo más difícil, porque resistir solo pide aguante y ordenar pide cabeza, y se equivoca uno más, porque hay más que decidir.
Salió de la sala a media mañana y bajó a la explanada, que era donde se gobernaba de verdad, no en la torre.
Y la explanada de aquel otoño era el retrato de la tierra nueva.
Había godos viejos de la peña, de los de siempre, con sus nombres de reyes muertos, gente que llevaba allí tres generaciones y que miraba a los recién llegados con el recelo del que estaba antes.
Había gente del norte, bajada a poblar, con el acento espeso de los montes, que rezaban al mismo Dios pero lo decían distinto y araban distinto y guardaban costumbres de allá arriba que aquí no servían.
Había, río abajo, en las aldeas que volvían a la vida, familias que nadie sabía bien de dónde venían, mezcla de todo lo que la frontera había revuelto en cien años, con apellidos del sur y caras del norte y al revés, restos de aquellos que ni se fueron del todo con el desierto ni eran de los que ahora bajaban.
Y los pleitos que le traían a Anderquina eran de esa mezcla: un cristiano viejo y un repoblador nuevo disputándose un linde que cada uno medía con su vara; una costumbre de los montes que chocaba con una costumbre de la peña sobre quién hereda y quién paga; una boda entre dos que sus padres no querían porque venían de lados distintos de un río que ya no separaba nada y que ellos se empeñaban en que siguiera separando.
Aquella misma mañana le habían traído uno de esos, antes de subir a las cuentas: un repoblador del norte, recio, de manos grandes, que había roto a azada un pedazo de monte río abajo y lo reclamaba suyo por el derecho de haberlo trabajado, y un godo viejo de la peña que decía que aquel monte era de su casa desde antes del desierto, que lo había de su abuelo, aunque llevara dos generaciones sin que nadie lo arara.
Cada uno con su verdad y su razón. El del norte traía el derecho nuevo, el de la presura, el de quien rompe la tierra y la pone a dar; el viejo traía el derecho de antes, el de la sangre y la herencia, el de un papel que ya no leía nadie.
Anderquina los oyó a los dos sin cortarlos, que de su padre había aprendido que un hombre escuchado a medias sale más agraviado que uno que pierde el pleito; y luego sentenció, no a favor de la sangre ni a favor de la azada, sino partiendo, como partía su abuelo el majuelo: la tierra rota era del que la rompió, que un monte que no da no es de nadie, pero el viejo cobraría del nuevo, cada año, una parte corta de lo que diera, en reconocimiento de la herencia, hasta que se muriera; y muerto él, sin hijos que la trabajaran, la tierra quedaba entera para el del norte.
Ninguno de los dos salió contento del todo, que esa era la señal de una buena sentencia, y los dos salieron sin pegarse, que era lo que de verdad importaba en una tierra que tenía que aprender a mezclarse o a matarse.
Aquello era su oficio, sentenciar sobre la mezcla sin romperla, partir el majuelo en dos como hacía su abuelo, pero con más mundos dentro del majuelo.
Y lo hacía bien, y lo hacía, sobre todo, sin la angustia con que lo habían hecho sus mayores.
Ellos gobernaron una mentira, escondiendo lo que eran, callando la sangre, fingiendo pobreza, guardando una corona como un pecado que delata.
Ella gobernaba a cara descubierta. La sangre cruzada de la casa ya no era secreto que la pudiera derribar, era la prueba misma de que aquella tierra podía mezclarse y durar, y cuando un repoblador del norte, recién llegado, miraba de reojo sus ojos negros y soltaba lo de siempre, lo de la cara del sur, ella no contestaba lo de la abuela morena que habían contestado su abuelo y su bisabuela apretando los dientes; lo decía entera, sin bajar la voz, que sí, que de los dos lados del río, que así se había hecho aquella casa y por eso aún estaba en pie cuando los de sangre limpia se habían deshecho.
Un señor que no tiene que mentir gobierna con las dos manos.
Los suyos habían gobernado siempre con una sola, guardando la otra para tapar el secreto, y por eso se les iba la vida en aguantar y a ella le sobraba para ordenar.
Aquella tarde subió a sentarse un rato con su padre al adarve, que se lo debía y le gustaba, antes de que dejara de poder hacerlo, que se le iba, y los dos lo sabían sin decirlo.
Gélmiro miraba el río, por donde seguían bajando familias, mula a mula, el mismo río por el que un día bajaron treinta jinetes con un pendón a vaciar aquella tierra y por el que ahora bajaba el mundo a llenarla.
—Vienen más cada año —dijo Anderquina, por decir algo, sentándose a su lado.
—Vienen —dijo Gélmiro, y le costaba ya la voz—.
Y vendrán. Y se llenará todo esto de peñas como la nuestra, de torres, de gente guardándose unos a otros del que suba a hacer daño.
Yo no lo veré. Tú sí, y tampoco entero. —Señaló con el mentón, despacio, el horizonte de poniente, las lomas pardas donde no había nada todavía más que monte y sombra—.
Ahí. Y ahí, y en aquella otra. Levantarán castillos donde ahora no hay más que jara.
No por gusto, que la piedra cuesta sangre y años; por miedo, que el sur todavía sube de cuando en cuando a cosechar cautivos, y un castillo es donde se mete la gente cuando sube.
Pero los levantarán. Y un día, cuando tú seas vieja como yo ahora, esto será una tierra de castillos de un cabo al otro, tantos que ni se contarán, y nadie se acordará de que empezó con una peña que se hacía la muerta para que no la vieran.
Anderquina no dijo nada. Miró lo que su padre señalaba, el monte vacío que él veía ya cubierto de torres, y le creyó, porque su padre había acertado toda la vida en lo que veía venir por el río, que era el don de los señores de aquella casa, leer la tierra como un cantero lee un sillar.
No era una promesa, ni una profecía de las que se dicen para consolar a un viejo; era una cuenta, como las fanegas, hecha por alguien que sabía sumar lo que veía.
Vendrían los castillos. Vendría el condado pleno, los señores nuevos, las guerras y los repartos que ella no alcanzaría a ver, y un día, más allá de todo lo que su vista alcanzaba, una ciudad con nombre, allá abajo, donde se juntaran los caminos, que sería cabeza de todo aquello.
Quedaba al otro lado de su vida, como la torre del campanario quedaba al otro lado de la de Ansur.
Pero empezaba allí, en aquella explanada llena de mezcla, en aquella tierra que se llenaba; y a ella le tocaba lo que les toca a los del medio, no fundar ni rematar, sostener el tramo mientras cruza el tiempo, que es el trabajo más callado y el que nadie cuenta luego, porque las historias se acuerdan de los que empiezan y de los que acaban, y olvidan a los que aguantaron la obra por el medio, que son los que de verdad la sostienen.