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A Ansur le había dicho su padre, la única vez que hablaron de aquello a calzón quitado, que la corona no era el secreto, que el secreto era el muro; que cualquiera puede esconder una joya, y que el arte, el de verdad, estaba en hacer de la joya muro y del muro joya, de modo que ni quien la buscara supiera que la estaba tocando.
Estaban los dos en lo alto del torreón del ángulo aquella mañana de finales de verano, el padre sentado en un sillar al sol, que ya no subía andamios, y el hijo de pie sobre el antepecho cerrando con la mano la última junta del parapeto, comprobando por el tacto, como le habían enseñado, lo que el ojo a la altura del sol no acaba de decir.
Hacía bueno, uno de esos días en que la piedra recién labrada huele a piedra, a polvo de cantera y a agua de mojar el filo, y desde lo alto se veía la peña entera y la tierra abierta más allá, y a Ansur le costaba trabajar con tanto que mirar, que un cantero joven todavía levanta la cabeza del sillar, y solo de viejo aprende a no levantarla.
La obra estaba casi. No del todo, que del todo no estaría nunca, pero casi: la muralla cerrada, las dos cisternas, la torre vieja de los primeros, y encima de todo, nueva, la iglesia de piedra que coronaba la peña, con su bóveda ya cerrada y solo el campanario por rematar.
Lo que faltaba era poco y era de remate, lo que un maestro deja para el final no por difícil sino por delicado, las cosas que se hacen despacio porque ya no las va a corregir nadie.
Vímara miraba a su hijo trabajar y no le decía nada, que era su manera de decirle que estaba bien hecho.
Tenía ya los años muy cumplidos, los huesos torpes de las mañanas frías, la cabeza más clara que nunca, como si todo lo que el cuerpo perdía se le juntara arriba; y veía la obra entera de un golpe, lo hecho y lo poco que faltaba, y veía, sobre todo, que el que la estaba acabando ya no era él, era Ansur, y que eso, que a otro padre le habría dolido, a él le sabía a la única cosa que un maestro puede pedirle de verdad a la vejez, ver la obra seguir igual de bien sin tener que abrir la boca.
De cuando en cuando, sin embargo, le quedaba dentro algo que sí tenía que decir, no de la obra, que esa ya se la había pasado años atrás, sino de lo otro, de lo que iba por debajo de la obra y que no se podía grabar en la piedra ni explicar a un peón; y aquella mañana, en lo alto del torreón, al sol, viejo y en paz, sintió que era el momento, que las cosas que un padre tiene que decir una sola vez se dicen mejor arriba, donde no hay nadie que oiga.
—Aquí —dijo Vímara, y señaló con el mentón, sin levantarse, un sillar del paramento interior, uno como los demás, ni más grande ni más labrado, indistinguible para cualquiera que no supiera—.
Ahí está. La puso tu abuelo Froila con sus propias manos, hace una vida.
Y la dejaron de modo que para sacarla habría que abrir medio torreón.
Por eso aguantó. No por escondida, que escondidas estaban media docena de cosas en esta peña y las que se buscaron se encontraron. Por trabada.
Ansur dejó la junta y se acercó. Sabía cuál era, que su padre se lo había enseñado el año del clímax, cuando estuvo a un punto de tener que abrir aquel muro para defender la peña, y al final no hizo falta, porque la corona salió por la voluntad de Anderquina y no por el cincel.
La miró ahora con otros ojos, los de después.
Aquel sillar, idéntico a sus vecinos, con la misma pátina, la misma junta, había guardado durante tres generaciones lo que media frontera persiguió sin encontrar; y ahora la cosa que guardaba estaba a la vista de todos, en la peña, custodiada a la luz, y el muro ya no escondía nada, y seguía allí, sin tocar, indistinguible, como si no hubiera hecho en cien años el trabajo más callado de la obra entera.
—¿No la sacamos? —preguntó Ansur, no porque lo deseara, sino por oír a su padre decir lo que él ya intuía—. El sillar, digo. Ahora que la corona está bajo el altar. Podríamos abrirlo, dejar el hueco a la vista, que la gente vea dónde durmió.
—¿Para qué? —dijo Vímara—. Ya está sacada.
Ya se sabe lo que es y a quién legitima.
Lo que queda ahí es la huella, el sitio donde durmió cien años, y una huella no se enseña abriéndola, que abierta deja de ser huella y pasa a ser agujero.
—Se quedó callado un momento, mirando el sillar, y luego añadió, más bajo—: Hay cosas que valen más por dónde estuvieron que por dónde están.
Ese muro guardó un reino que no existía, esperándolo, y el reino llegó.
Déjalo cerrado. Que aguante. Que un día, dentro de mil años, alguien que pique ahí buscando otra cosa encuentre el hueco vacío y se pregunte qué cabía. Eso vale más que un letrero.
Y así lo dejaron. La corona se guardaba ahora en la iglesia nueva, en un arca de hierro bajo el altar, no escondida sino custodiada, vista por los que debían verla, sacada en las grandes fiestas para que la gente supiera que la legitimidad de aquella casa no era de boca sino de oro viejo de reyes; y la cadena, que un siglo había sido orden secreta de guardar lo enterrado, era ahora otra cosa, una hermandad a la luz que custodiaba lo que estaba a la vista, los mismos hombres con el mismo juramento dado la vuelta como un guante, que ya no juraban esconder hasta que volviera el reino, sino sostener el reino que había vuelto.
A Ansur le había tocado entrar en ella el día que enterraron a su madre, sin ceremonia, como entraban todos, soldándose al de antes; y todavía le sorprendía a veces, viendo la corona a la luz de los cirios en una fiesta, lo poco solemne que era de cerca lo que de lejos parecía tan grande, un aro de oro abollado y unas piedras, una cosa que cabía en las dos manos y que había pesado, sin embargo, sobre cien años de vidas.
Bajaron a media mañana, el padre apoyándose en el hijo en los peldaños de la escalera de caracol que un Froila trazó para que un solo hombre la defendiera contra muchos, tan apretada que dos no se cruzan, y salieron a la explanada, a la luz, donde la peña hacía su trabajo de siempre.
Y Vímara se paró a mirarla, como hacía cada vez más, despacio, sin prisa de viejo.
Vio la cantera al fondo todavía abierta, que una obra no se cierra del todo nunca, siempre hay un sillar más que sacar.
Vio a los canteros jóvenes, los de Ansur, repartidos por los andamios del campanario, oyó el cincel de cinco o seis de ellos picando a la vez, cada uno con su son, que un maestro reconoce a sus hombres por el golpe como una madre por la voz.
Vio, entre ellos, trabajando la piedra como uno más, a Ervigio, el hijo del que había venido a robarla, injertado en el oficio que su padre quiso traicionar; y se quedó mirándolo un rato, que de viejo se le iban los ojos a aquel muchacho más de lo que él habría querido confesar.
Lo vio sacar el filo de un sillar con esa paciencia que no se enseña, parándose a leer la piedra antes de cada golpe, sin prisa, sin alarde, y pensó Vímara que un cantero así no se hace en un par de años, que aquella mano había encontrado en la piedra algo que necesitaba mucho, un sitio donde no la juzgaran por la sangre.
Le había dado por pensar, las pocas veces que lo hablaba con Ansur, en lo torcido y lo recto de las cosas: que el abuelo de aquel muchacho, el topo Bermudo, había muerto rondando aquella peña para venderla; que el padre, Adulfo, había muerto queriendo robarle la corona; y que el nieto se ganaba el pan sacando de la misma cantera los sillares que guardaban lo que su padre quiso robar.
Era justo, le parecía a Vímara, y era más que justo, era hermoso a su manera dura, que la mejor manera de cerrar una herida vieja fuera esa, dar de comer al hijo del enemigo de la misma piedra que el padre persiguió; y aquello no lo había planeado nadie, ni la cadena ni el señor ni él mismo, había salido solo, como salen las cosas que tienen que ser, que son las que nadie organiza.
—Tu bisabuelo —le dijo a Ansur, parado al sol, hablándole sin mirarlo, que era como decía él lo importante— empezó esta obra huyendo de un reino que se caía.
La empezó para esconderse, para guardar entre piedras lo que quedaba de un mundo muerto, sin más plan que durar hasta el día siguiente.
—Señaló con la mano abierta la iglesia nueva, la corona dentro, la tierra de alrededor llenándose de humos—.
Y mira en qué acaba. No en esconder un reino, en fundar otro.
La misma piedra. Las mismas manos, de padre a hijo, sin que se cortara el hilo.
Lo que empezó tapando a un muerto termina sosteniendo a los que nacen.
—Calló, y luego dijo, más para sí, como quien cierra una cuenta larga—: Los canteros sabemos que la obra dura más que el sentido que uno le pone.
Tú la levantas para una cosa, y ella, sola, con el tiempo, sirve para otra que no soñaste.
Por eso no hay que aferrarse al porqué. Hazla bien, déjala firme, y que el porqué lo pongan los que vengan, que sabrán mejor que tú para qué les hace falta.
Ansur no contestó, que tampoco era de muchas palabras, los de su casa no lo eran.
Pero se quedó al lado de su padre mirando lo mismo, la iglesia, la cantera, la tierra nueva, y entendió, sin que se lo dijeran, que aquella conversación era de las que un hombre solo tiene una vez con su padre, y que lo que le estaban pasando, sin ceremonia, al sol de la explanada, no era la obra, que la obra ya se la había pasado años atrás sin decirlo; era el sentido de la obra, lo poco que había que saber para no terminarla mal, lo único que un maestro no puede grabar en la piedra y tiene que decir en voz alta una vez antes de callarse para siempre.