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A Vítulo le había dicho un maestro suyo, allá en el norte, en los años en que aún se creía que el oficio de escriba era copiar bien las letras, que un nombre no nace cuando se escribe sino cuando la gente lo dice sin pensarlo, igual que un río no nace en la fuente que dibujan los mapas sino más arriba, en cien hilos de agua sin nombre que nadie sabría señalar; y aquella mañana de feria, bajado de su celda a la explanada por una vez no a inventariar nada, sino a mirar, comprobó que el maestro tenía razón, y que él, que se tenía por el primero en haber escrito la palabra, había llegado tarde.
La feria era cosa nueva en Velagra, tan nueva que todavía no sabía bien serlo.
Había empezado casi sola, sin que nadie la decretara, el segundo otoño después del pacto, cuando un par de arrieros que bajaban a vender sal pararon en la explanada y descubrieron que en una peña con muros y señor reconocido se vendía mejor que al raso del camino, y volvieron, y trajeron a otros; y a la tercera vez ya había quien subía no de paso sino aposta, con género, sabiendo que en Velagra los días de luna nueva se juntaba gente con qué pagar.
Lo que un siglo había sido una peña que se hacía la muerta para que nadie la viera era ahora un sitio al que se subía a propósito, y Vítulo, que había leído en el archivo la historia entera de aquel esconderse, no se cansaba de la ironía: cien años escondiéndose para que no los hallaran, y bastaron tres de luz para que el mundo entero supiera el camino.
Aquella mañana la explanada era un revuelo de género y de voces.
Había puestos de sal y de hierro, de paño basto del norte y de cordobanes que venían de más al sur por manos que ya no preguntaban de qué lado del río salía la mercancía; había una mujer vendiendo miel en panales oscuros, un calderero remendando a martillazos delante de un corro de críos, cestas de manzanas tardías, un hombre con dos cerdos atados que regateaba a gritos con un carnicero.
Y por encima de todo aquel ruido subía, primera vez en la historia de la peña, el sonido que hace una plaza que cuenta: el de mucha gente que no se conoce hablando a la vez, comprando, mintiéndose un poco en los precios, casándose las hijas, el ruido de un sitio donde pasan cosas, que es el ruido contrario al del silencio cauteloso en que Vítulo había leído que vivió Velagra cien años.
Se paró delante del puesto mejor surtido, el de un forastero al que no conocía, un hombre de mediana edad, recio, con la cara curtida del que vive en los caminos y los ojos vivos del que vive de calcular.
Tenía género del norte y género del sur en el mismo tablero, paños y hierros y unas cuentas de vidrio azul que las mozas de la peña miraban de reojo sin atreverse a preguntar el precio.
Vítulo le preguntó, por hablar, de dónde subía, y el hombre le dijo que de todas partes y de ninguna, que se llamaba Brandila y que iba donde había con quién tratar; y que aquella peña, dijo, escupiendo de lado con el respeto del mercader que reconoce un buen mercado, aquella peña estaba subiendo, que tres años atrás no paraba allí ni un buhonero perdido y ahora ya valía la cuesta.
Lo dijo como elogio de oficio, el mayor que sabía hacer, y Vítulo lo agradeció en nombre de una tierra que no era suya y a la que sin embargo se sentía de pertenecer más que a la del norte donde nació.
Mientras hablaban, pasó por delante del puesto una comitiva corta y alegre que a Vítulo le explicó, mejor que ningún fuero, qué clase de tierra estaba naciendo.
Era una boda. La conocía, que había sido él quien la bendijo días atrás en la iglesia nueva: casaba una moza de la peña, godilla vieja de las de toda la vida, nieta de no sabía cuántas generaciones de Velagra, con un mozo del norte de los recién bajados, hijo de uno de los colonos que rompían monte en la vega, gente con el acento espeso de los montes y costumbres que aquí no servían.
Los padres de ella habían torcido el gesto al principio, que una cosa era dejar bajar a los del norte a poblar la tierra yerma y otra meterlos en la cama de la hija; y los del mozo habían recelado lo suyo, que para ellos la gente de la peña era godos antiguos de fiar a medias, con su corona escondida y su aire de saber más de lo que decían.
Pero los críos se habían querido, y la tierra apretaba a juntarse, y al final se habían casado, y aquella mañana subían a la feria del brazo, ella con una cinta nueva en el pelo y él colorado de vino temprano, a comprar lo que se compra cuando se empieza una casa; y detrás iban las dos familias, la de la peña y la del monte, todavía un poco tiesas la una con la otra pero ya emparentadas para siempre, mezclando la sangre que un río había separado cien años.
Vítulo los vio pararse en un puesto a regatear una olla, las dos suegras juntas opinando cada una a su modo sobre el cobre, y pensó que aquello, aquella olla discutida por dos mujeres que diez años atrás no se habrían dirigido la palabra, era la repoblación de verdad, la que no se escribía en ningún fuero y la que de verdad ataba la tierra, mucho más que los mojones que él clavaba con tinta.
Fue charlando con Brandila como oyó la palabra.
No la dijo el mercader queriendo; la dijo de pasada, contestando a otra cosa, cuando Vítulo le preguntó si subía mucho por aquellos pagos y si pensaba volver.
Brandila dijo que sí, que pensaba hacer la ronda dos o tres veces al año, que aquella estaba siendo buena tierra para el trato, que se estaba poblando deprisa y que donde se puebla hay con quién comerciar; y añadió, encogiéndose de hombros, señalando con el mentón el horizonte de poniente, las lomas donde empezaban a verse las primeras torres nuevas: «Toda esta tierra de castillos se está llenando.
Hace diez años no bajaba uno por aquí sin escolta y hoy bajan las familias solas con la mula.
Buen tiempo para vender, mientras dure.»
Tierra de castillos. Vítulo se quedó con la palabra en el oído, parado en mitad del ruido de la feria, mientras Brandila seguía hablando de precios sin notar que había dejado caer, sin darle importancia ninguna, lo que él llevaba meses sopesando a solas en la celda como se sopesa un sillar antes de bajarlo.
No todos en Velagra veían aquel ruido con los buenos ojos con que lo veía Vítulo.
Lo había notado en los viejos de la peña, los pocos que quedaban de antes del pacto, que andaban por la feria con una cara rara, entre el asombro de ver su explanada llena de género y de forasteros y un recelo sordo que no sabían explicarse.
Uno de ellos se lo había dicho, días atrás, con la franqueza de los viejos que ya no esperan nada: que él se acordaba de cuando en aquella explanada no entraba un forastero sin que la peña entera lo supiera y lo midiera, de cuando a Velagra se la guardaba como un secreto y un secreto bien guardado es una casa segura; y que ahora subía cualquiera, y se vendía y se compraba y se casaban con los de fuera, y la peña era más rica y estaba más segura que nunca, con su señor reconocido y sus muros en el mapa, y sin embargo a él le parecía que se estaba perdiendo algo que no sabía nombrar, algo que tenían cuando eran una isla y no tienen ya que son una plaza.
Vítulo lo había escuchado con respeto, que era hombre de escuchar, y le había parecido que el viejo no se equivocaba del todo, aunque tampoco tuviera razón: que se ganaba un mundo y se perdía otro, que la peña dejaba de ser isla para ser tierra y que ser tierra costaba dejar de ser secreto, y que en esa cuenta había una pérdida de verdad, la del que tenía un tesoro escondido y lo saca a la luz; lo gana para siempre, ya no se lo roban, pero deja de ser solo suyo.
Así era todo lo nuevo, pensó Vítulo: no venía gratis, venía a cambio de la soledad antigua, y había que ser muy joven o muy escriba para no echar un poco de menos lo que se dejaba atrás.
La había oído antes, la palabra, suelta, en boca de un arriero, y la había tomado por una de esas hablas de camino que cambian de un valle a otro; pero ahora la oía en boca de un mercader que venía de lejos y trataba con medio mundo, dicha sin énfasis, como se dice lo sabido, y entendió que ya no era el dicho de un arriero, que era el modo en que la gente de los caminos llamaba a aquella tierra cuando hablaba entre ella, sin esperar el permiso de ningún escriba ni de ningún conde.
Pensó, mientras se despedía de Brandila y echaba a andar entre los puestos, en lo que aquello le decía de su propio oficio.
Él se había creído, la mañana que escribió en el fuero la vieja Bardulia que ahora se llama de otra manera, que estaba haciendo algo grande, sacando a la luz un nombre, dándole cuerpo de tinta a lo que aún no lo tenía; y era verdad a medias, pero solo a medias.
El nombre no lo había hecho él. Lo había hecho aquel arriero, y Brandila, y cien bocas más por los caminos, viendo levantarse torres por la frontera y necesitando una palabra para nombrar lo que veían, y dando con ella sin pensarla, por el camino más corto, llamando a la tierra de los castillos por sus castillos, como se llama al monte por sus pinos o al vado por su agua.
Él no había abierto la compuerta. Él había llegado cuando el agua ya corría, y lo único que había hecho, lo único que sabía hacer, era recogerla en el cauce duro del pergamino para que no se la llevara el aire; que la palabra dicha vive mientras hay boca que la diga y muere con la última, y la palabra escrita aguanta aunque callen todas las bocas, esperando a que vuelva a haberlas.
Esa era toda su parte, y no era pequeña, pero no era la primera. La primera había sido de la gente.
Iba en esto, abriéndose paso entre el género, cuando lo paró un crío.
No de los de la peña, que a esos ya los conocía; uno forastero, hijo de algún repoblador recién bajado, de pelo claro del norte y los pies descalzos en el frío, que había subido con su padre a la feria y andaba suelto entre los puestos mirándolo todo con la boca abierta.
Se plantó delante de Vítulo, que iba con el hábito y el aire del que sabe cosas, y le preguntó, señalando con el dedo sucio toda la peña a la vez, los muros, la torre vieja, la iglesia nueva con su campanario a medio rematar:
—¿Esto cómo se llama?
Vítulo se agachó a su altura, que le gustaban los críos y le gustaba más aquella pregunta de lo que el crío podía sospechar.
Le dijo que aquello, la peña, los muros, se llamaba Velagra, que era nombre viejo, de antes de todos.
El niño lo miró con esa seriedad de los niños que aún no saben que una respuesta puede no bastar, y volvió a señalar, pero esta vez más allá de los muros, hacia la tierra abierta, hacia las lomas, hacia todo lo que se veía y lo que no:
—No. Eso no. Todo. Todo esto de aquí, ¿cómo se llama todo?
Y Vítulo se quedó callado un momento, en cuclillas delante del crío, con la feria bramando alrededor, porque la pregunta era la suya, la que él se había hecho en la celda con la pluma en el aire, la que la tierra entera llevaba años haciéndose sin saberlo; y porque entendió, mirando la cara del niño que esperaba, que aunque él ya hubiera escrito la palabra en el fuero, y aunque Brandila acabara de decirla en el puesto sin darle peso, todavía no estaba dicha del todo para aquel crío, que era lo mismo que decir que todavía no estaba dicha del todo para nadie.
Una palabra escrita una vez en un pergamino que el niño no leería nunca, y dicha de pasada por un mercader que no volvería a verlo, no era aún un nombre firme; lo sería el día, todavía por venir, en que aquel crío y los de su edad la dijeran sin acordarse de que alguna vez hubo que aprenderla, como decían el suyo propio.
Faltaba ese día. Estaba cerca, lo presentía Vítulo mirando la feria, mirando los puestos, mirando las torres de poniente; pero no había llegado, y un nombre que aún hay que explicarle a un niño es un nombre que aún se está haciendo.
Así que no le contestó deprisa. Le puso una mano en la cabeza rubia y lo hizo volverse hacia la tierra abierta, igual que años después otro viejo haría volverse a otro niño en aquella misma explanada, y le dijo que aquello, todo aquello que señalaba, estaba estrenando nombre justo en aquellos años, en aquella feria, en aquellas bocas; que él mismo lo había escrito una vez en un papel, pero que el nombre no era suyo ni del papel, que era de la gente, y que la gente lo estaba todavía aprendiendo a decir, y que cuando el niño fuera mayor lo diría sin pensarlo y no se acordaría de que un día le hizo falta preguntarlo.
El crío no entendió gran cosa, que era pequeño; pero se guardó la mañana, la feria, el clérigo agachado, y se fue corriendo a buscar a su padre entre los puestos.
Y Vítulo se quedó de pie en medio del ruido, mirándolo irse, pensando que la palabra ya estaba en el aire y en el pergamino las dos cosas, viva en las bocas y firme en la tinta, pero que todavía no estaba del todo en la tierra, que le faltaba el último paso, el más lento, el de hacerse tan común que ya no hubiera que enseñarla; y que ese paso no lo daría ni él ni Brandila ni ningún conde, lo darían los niños como aquel, creciendo, hasta el día en que uno de ellos, ya viejo, se la dijera a otro crío como cosa sabida desde siempre, y entonces, solo entonces, la tierra tendría de verdad su nombre.