Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 33
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A Gélmiro lo reconocieron señor de Velagra delante de toda la peña aquella misma tarde, con la corona del último rey godo sobre la mesa entre el conde y él, ni en la cabeza de uno ni en la del otro, sino en medio, a la vista, como lo que era ya: no una joya para llevar, sino un sello para fundar.

Lo escribió Vítulo, el escriba, que había subido con el conde a inventariar la comarca y se había quedado, sin querer, atrapado por aquella peña y su archivo y su linaje demasiado largo; y lo escribió de su mejor letra, en un pergamino que iba a durar más que todos los que estaban en la sala, porque el escriba creía, contra el oro y contra el hierro, que lo único que de verdad funda un mundo es lo que queda escrito.

Escribió que el conde Gatón, en nombre del rey de los astures, reconocía a Gélmiro y a su linaje señores de la peña de Velagra y de su tierra, dentro del condado, por fuero; que la peña guardaba de antiguo la corona de los reyes de Toledo, y que esa custodia, lejos de hacerla sospechosa, la hacía digna, porque había guardado la fe del reino caído cuando nadie más la guardaba; y que de allí en adelante Velagra era plaza del orden nuevo, con su señor confirmado y sus muros por fin en el mapa, no contra el reino que nacía, sino dentro de él.

Gélmiro firmó. Y al firmar, con los ojos negros que le venían de un abuelo bereber sobre el pergamino del reino cristiano, pensó en su padre Gundemaro, que murió creyendo que guardaban los cimientos de algo que no vería; en su abuela Adosinda, que enarboló aquel mismo oro sobre una brecha para que la peña no muriera; en la sangre que cargaba, la de las dos orillas del río, y que toda la vida había llevado como un secreto vergonzante.

Y entendió, firmando, la ironía entera, la que era la bisagra de todo: que la corona que se sacaba para legitimar a Velagra era el símbolo de la pureza goda, del reino limpio de Toledo, y que la levantaba y la heredaba una estirpe mezclada, mestiza hasta la raíz, godo y bereber, norte y sur, las dos sangres que la corona pregonaba incompatibles cosidas en una sola cara, la de su hija Anderquina.

Que la pureza que el oro decía la encarnaba, justamente, la mezcla.

Y que ahí, en esa contradicción, estaba la fuerza, no la flaqueza: porque el reino que nacía no era el viejo, no era de una sangre, era de todas las que la frontera había revuelto en cien años, y por eso, como había dicho su hija desde el adarve, iba a durar más que el que cayó.

El conde se quedó tres días en Velagra antes de subir al norte, y en aquellos tres días dejó de ser el poder que venía a tomar la peña y empezó a ser el socio que la sumaba al reino.

Recorrió la obra con Vímara, que le enseñó las cisternas talladas en la roca y las bóvedas y le explicó, a su manera seca de cantero, por qué un muro dura cien años o se cae en diez; y Gatón, que había quemado en su vida más torres de las que había visto levantar, miró aquello con un respeto que no fingía, porque un hombre que viene a fundar reconoce a otro que construye.

Habló con Vítulo de los fueros que habría que escribir, de los mojones que habría que clavar, de cómo encajar una peña que llevaba un siglo sin obedecer a nadie en un condado que empezaba a tener leyes.

Y entendió, en aquellos tres días, que había hecho el mejor negocio de su carrera de repoblador sin gastar una flecha: en vez de una plaza tomada por la fuerza, que habría que guarnecer y vigilar y que se le rebelaría a la primera, tenía un señor leal con muros propios que le guardaba la frontera de balde y a gusto, agradecido de que lo hubieran reconocido en vez de barrido.

Aquello valía más que diez coronas. Se fue contento, lo que no es poco en un hombre que baja a poblar un desierto.

Cuando el conde se fue, días después, con su pergamino firmado y un trato que a los dos les servía, Gélmiro subió por última vez aquella jornada a la cámara alta de la torre, a mirar el río como miraban los suyos las cosas grandes.

Lo acompañó Anderquina, que sería señora después de él, y que llevaba ya en la cara, sin saberlo, el porvenir entero de la peña.

Abajo, en el torreón del ángulo, Vímara y Ansur habían empezado ya a cerrar la herida que abrieron, a reponer los sillares descuajados, a sanar la obra; pero la corona no volvía al muro.

La corona se quedaba a la vista, custodiada por la cadena transformada, que ya no guardaba un secreto enterrado sino un linaje a la luz.

El juramento se había cumplido. Había vuelto a haber un reino donde ponerla; no el que esperaban, sino otro, recién nacido, de frontera y de piedra trabada.

—Lo hemos hecho —dijo Gélmiro, mirando el agua—.

Lo que mi abuela juró sin saber para qué, lo que mi padre guardó creyendo que era para nadie.

La corona ha salido. La peña tiene señor reconocido.

La sangre ha dejado de ser una vergüenza que esconder para ser la prueba de que el reino que viene es de todos.

—Se quedó callado un rato, oyendo abajo el repicar del cincel de Vímara cerrando el muro, el reloj de siempre de Velagra—. Solo queda una cosa.

—¿Cuál? —dijo Anderquina, que tenía la corona en las manos, dándole vueltas despacio al oro viejo a la luz que entraba por el vano.

—Que todo esto, la peña, la tierra, el condado, lo que estamos fundando esta semana sin darnos cuenta del todo, no tiene aún nombre.

—Gélmiro señaló con el mentón el camino del río, por donde bajaban ya más familias del norte a poblar, mula a mula, arado a arado, igual que bajó la primera el invierno que murió su padre—.

Velagra lo tiene. Yo lo tengo. Hasta esta corona, que es de un reino muerto, tuvo el suyo.

Pero todo aquello, la tierra entera que se está llenando de peñas guardadas y de torres como la nuestra, eso todavía no se llama de ninguna manera.

Y un mundo sin nombre no acaba de existir del todo, hija, por más muros que tenga.

—Miró a Anderquina, y a la corona en sus manos, y al río que se llevaba el agua hacia donde se la lleva siempre—.

Le falta el nombre. Eso es lo que les queda por hacer a los que vienen detrás de nosotros.