Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 32
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A Adulfo no lo derrotó el conde, ni la peña, ni siquiera su hijo, que no quiso matarlo; lo derrotó la lógica del pacto, que en un solo instante lo dejó fuera de todo, sin sitio en el reino viejo que perseguía ni en el nuevo que nacía, un hombre que había gastado la vida entera, y la de su padre y la de su abuelo antes que él, en una corona que, al salir por fin a la luz, no servía para nada de lo que los tres habían soñado con ella.

Lo vio en cuanto el conde mandó bajar el hierro.

Mientras la corona estuvo escondida, Adulfo era el único que sabía dónde, y eso lo hacía valer; mientras el conde quiso tomarla, Adulfo era el que se la entregaba, y eso lo hacía señor.

Pero en el momento en que Gatón decidió reconocerla en vez de robarla, Adulfo dejó de servir para nada.

No había corona que vender, porque ya estaba a la vista.

No había secreto que canjear, porque ya lo sabían todos.

No había conde que necesitara un sabueso, porque el sabueso lo había llevado justo a donde no debía, a un sitio donde robar costaba más que respetar.

De golpe, en mitad del patio, con el cuchillo todavía en la mano, Adulfo fue lo que su abuelo Bermudo había sido al final de su vida: un hombre que vivía de saber un secreto, el día que el secreto deja de valer.

Miró al conde, que ya no lo miraba a él; miró a Gélmiro, reconocido señor delante de toda la peña; miró a su hijo, que seguía plantado en la puerta del torreón, del lado de la casa, del lado contrario al suyo.

Y le subió la rabia entera de tres generaciones, la de Sisberto que pactó y cayó al sótano, la de Bermudo que huyó por la poterna y rondó la peña treinta años, la suya propia que había trepado del norte al sur buscando lo que ninguno de los tres alcanzó; y la volcó donde la tenía más a mano, contra el hijo que lo había puesto en la puerta.

—Tú —dijo, y se fue hacia Ervigio con el cuchillo—. Tú me lo has quitado todo. Criado de estos. Hijo de nadie.

Recesvinta se puso en medio. Salió del quicio del torreón y se plantó entre los dos hombres, entre el que se fue y el que se quedó, como llevaba toda la vida puesta entre ellos sin que ellos lo supieran, y le habló a Adulfo a la cara, por primera vez en veinticuatro años, sin miedo ya, porque el miedo se le había gastado de tanto cargarlo.

—Quieto, Adulfo —dijo—. Ese muchacho es lo único bueno que dejaste en esta peña, y lo dejaste sin saberlo, y yo lo crié para que no fuera como tú. No vas a deshacerlo ahora. Si quieres matar a alguien, mátame a mí, que fui la tonta que se casó contigo de moza. A él no lo tocas.

Adulfo titubeó un instante delante de ella, delante de la mujer a la que había dejado preñada y abandonada, y en ese instante Ervigio la apartó con suavidad, la puso detrás de él, y encaró a su padre.

Ervigio no sacó hierro, que no lo llevaba.

Lo había decidido arriba, en la peña, la noche que eligió la casa: que a su padre no lo mataría, porque matar al padre es quedarse con su sangre para siempre, y él quería justamente lo contrario, quitársela.

Esperó el golpe, lo desvió con el brazo como se desvía la caída de un sillar, y trabó a Adulfo, y los dos rodaron por el patio, el padre y el hijo, el viejo rencor y la sangre nueva; y fue corto, porque Ervigio era joven y fuerte y Adulfo era viejo y lo movía la rabia y no la maña.

Lo tuvo debajo en un momento, con la rodilla en el pecho y la mano en la muñeca del cuchillo, y se quedó así, mirándolo a la cara, a aquella cara que era la suya de viejo, y no lo remató.

—No —dijo, jadeando—. No os voy a matar, que sería haceros caso, ser de vuestra sangre hasta el final.

Os voy a dejar vivir, que es peor. Vais a ver desde lejos, lo que os quede, cómo esta peña que quisisteis vender se hace señorío con la corona que buscasteis, y cómo el hijo que disteis por perdido es de los suyos.

Eso es lo que os llevo, padre. Lo mismo que vos le quisisteis llevar a Velagra: que viváis para ver ganar a los otros.

Lo soltó. Adulfo se levantó despacio, sin el cuchillo, que Ervigio le había quitado y tirado al aljibe, y miró a su alrededor el patio que ya no era suyo y que nunca lo había sido, y vio en las caras de todos no odio, que el odio aún habría sido algo, sino lo que de verdad apaga el rencor: nada.

Indiferencia. Que ya no le tenían miedo ni rabia, que era un viejo vencido al que se deja marchar porque no vale ni el trabajo de echarlo.

El conde mandó a dos hombres que lo sacaran de la peña y lo llevaran al norte, fuera de la frontera, donde no pudiera ya tramar nada; y Adulfo, último de la facción, semilla de la semilla de Sisberto, salió de Velagra por el camino del río por el que su abuelo había soñado entrar triunfante, escoltado como un trasto, sin la corona, sin el hijo, sin el secreto, con las manos tan vacías como las tuvo el día que lo echaron de mozo.

Recesvinta lo vio irse desde la puerta del torreón, al lado de su hijo, y no sintió la pena que había temido sentir toda la vida para aquel día, sino una cosa rara, parecida al descanso.

Le puso a Ervigio la mano en el brazo, el brazo con que había parado el cuchillo de su padre, y no dijo nada, porque las cosas grandes se dicen mejor calladas; y los dos miraron bajar por el camino del río al hombre que se iba, y supieron, sin decírselo, que con él se iba la última brasa de una hoguera que llevaba tres generaciones quemando a Velagra, y que aquella brasa, lejos ya, en el norte, sin nadie que la atizara, se apagaría sola.

Y, sin embargo, no se apagaba del todo, porque una brasa de verdad nunca se apaga del todo, solo cambia de mano.

Lo que ardía en Sisberto y en Bermudo y en Adulfo, el rencor de no tener lo que tenían otros, no se había muerto: se había trasladado, sin que nadie lo viera, al hijo de Adulfo, donde ardía de otra manera, no como rencor sino como la voluntad fría de no ser nunca lo que su sangre le mandaba ser.

Esa era la única brasa que quedaba de la facción en Velagra, y estaba dentro de Ervigio, vuelta del revés, sirviendo a la casa en vez de quemarla.

La sangre del topo seguía en la peña. Pero injertada en otra cosa, como se injerta una rama torcida en un tronco sano para que dé un fruto que el árbol viejo no habría dado nunca.