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Recesvinta había visto venir aquella mañana tantos años antes de que llegara que, cuando llegó de verdad, con el conde y los hombres de armas subiendo por el recodo del río y Adulfo el primero, no sintió la sorpresa que sienten los demás, sino el cansancio sordo del que por fin oye caer la piedra que llevaba media vida oyendo crujir sobre su cabeza.
Estaba en la puerta del torreón del ángulo cuando empezó, no por azar, que en la peña nadie estaba ya en ningún sitio por azar aquellos días, sino porque allí la había puesto su hijo.
Ervigio le había dicho la víspera, bajo, sin que lo oyera nadie, que pasara lo que pasase no se moviera de la casa, que se quedara dentro con las mujeres y los críos; y ella le había dicho que sí con la boca y se había plantado al alba en el quicio del torreón, donde sabía que estaría su hijo, porque una madre que ha criado a un hijo entre el miedo no obedece la orden de un hijo de quedarse lejos del peligro, obedece la otra, la vieja, la de la sangre, que manda estar donde está él.
Y allí estaba cuando subió el conde, cuando se desplegaron los hombres de armas por el patio como se despliega el agua por una era en cuesta, buscando cada uno su sitio sin que nadie se lo dijera; y allí estaba cuando vio a Adulfo echar a andar hacia el torreón el primero, derecho, con la cara del que ha llegado al final de un camino largo, y se le heló la sangre en el cuerpo, no por ella, que ya no le quedaba miedo para ella, sino porque entre Adulfo y la puerta no había más que su hijo.
Lo vio venir y no pudo gritar. Tenía la garganta cerrada de aquella manera en que se cierra en los sueños malos, cuando uno quiere avisar del peligro y le sale solo un hilo de aire; y los dos hombres se encontraron en la puerta delante de ella, el padre y el hijo, el que se fue y el que se quedó, las dos mitades de su vida cara a cara a un brazo de distancia, y ella en medio, como había estado en medio veinticuatro años sin que ninguno de los dos lo supiera.
Oyó a Ervigio decir que no pasaba. Oyó a Adulfo decir aquel «tú eres» que no acabó.
Y supo, con la lucidez fría que da el espanto, que aquello iba a terminar mal hiciera ella lo que hiciera, que no había palabra suya capaz de meterse entre dos hombres que llevaban en la cara la misma sangre y en el pecho la voluntad contraria.
Después, todo fue deprisa, tan deprisa que Recesvinta lo recordaría siempre a trozos, como se recuerda una caída, sin el orden en que pasó.
Vio el cuchillo salir de la vaina de Adulfo, el brillo del hierro en el sol bajo de febrero, y oyó, antes de ver nada más, el ruido de la peña cerrándose.
Porque la peña se cerró de golpe. No fue una orden ni un grito ni una corneta, que en Velagra no había cornetas; fue que los hombres de la vega, que habían estado mirando el registro apoyados en las horcas con la cara cerrada de quien ve robar en su casa y se aguanta, soltaron las horcas a la vez, como un solo cuerpo, y se vinieron hacia el torreón.
No eran soldados. Eran labradores, canteros, pastores, gente de azada y de hoz que no había empuñado un arma en su vida más que contra el lobo; pero eran muchos, y estaban en su casa, y a una gente así, había dicho una vez Gélmiro, no la mide nadie bien hasta que se le toca lo suyo.
Y aquella mañana le tocaron lo suyo, y se vino entera contra los treinta hombres de armas del conde como se viene un alud contra una tapia, sin contar las fuerzas, porque el que defiende su puerta no cuenta.
Los hombres de armas echaron mano a su vez.
No esperaban aquello, se les leía en la cara; habían bajado a un registro tranquilo, a ver picar un muro mientras ellos guardaban el patio con la lanza al hombro, y de pronto tenían encima a una peña entera revuelta, sin formación y sin miedo, que es lo peor que se le puede echar encima a un soldado, gente que no sabe pelear pero no sabe tampoco rendirse a tiempo.
Empezaron los golpes. Recesvinta vio caer a un hombre de la peña, a Gundesindo, el mozo del norte que cortejaba a una de las del molino, con la cara abierta de un revés de lanza, y vio a tres de los de azada echarse sobre el que lo había derribado y traerlo al suelo a peso, sin maña, a puñados; vio volar una horca por encima de las cabezas, oyó el ruido seco de la madera contra el hierro, los gritos, el chillido de las mujeres que sacaban a los críos de la explanada hacia las casas, el relincho de un caballo asustado que coceaba en mitad del revuelo y abría un claro a su alrededor.
El patio que ella había visto barrer y regar toda la vida, el patio de las eras y de las fiestas, se había vuelto en el tiempo de sacar un cuchillo lo que el señor temía en sus peores noches, una matanza sin gobierno, el barranco del que Gélmiro hablaba sin nombrarlo.
Lo peor no era el hierro, comprendió Recesvinta sin pensarlo con palabras, sino que nadie mandaba.
En una batalla, de las que contaban los viejos, hay dos voces que gritan y dos masas que obedecen, y un hombre sabe dónde está el suyo y dónde el otro; allí no.
Allí estaba todo revuelto, los de la peña y los de armas mezclados en el mismo barro del patio sin línea que los separara, un labrador agarrado a la pierna de un soldado para tirarlo del caballo, un soldado partiéndole la cabeza con el cuento de la lanza a un cantero que ni hierro tenía, todos defendiendo y atacando a la vez sin saber del todo contra quién, porque en un sitio cerrado y lleno, cuando se rompe, no hay frente ni retaguardia, hay solo cuerpos apretados haciéndose daño.
Gélmiro lo había dicho en la celda, que los tres caminos llevaban al barranco; pero el barranco, vio Recesvinta, no era una decisión que se tomara, era aquello, aquel hervir de gente sin gobierno donde ya no decidía nadie, ni el conde, que miraba desde su caballo sin dar la orden de cargar ni la de parar, ni Gélmiro, que braceaba al otro extremo gritando a los suyos que se contuvieran sin que lo oyeran, ni nadie.
Una vez sacado el primer hierro, la cosa andaba sola, cuesta abajo, como el agua, y no había mano capaz de pararla hasta que se vaciara de sí misma en muertos.
Vio a Gélmiro intentarlo. El señor se había metido en el revuelo sin arma, con las manos abiertas, gritando, agarrando a los suyos por el brazo, por el sayo, tirando de ellos hacia atrás, repitiendo que pararan, que aquello era lo que el conde quería, que una peña que se mata sola se entrega sola; y los apartaba a uno y volvían dos, que la sangre caliente no oye razones, y Recesvinta vio en la cara del señor, un instante, antes de que la marea se lo tragara otra vez, el espanto del que ve hundirse en una mañana lo que tres generaciones tardaron un siglo en levantar, no la piedra, que la piedra aguantaba, sino la gente, que era de lo que estaba hecha de verdad la peña.
Porque los muros no se caían aquella mañana.
Se caían los hombres, que es lo que de verdad se pierde y no se reconstruye con cantería.
Y en medio del barranco, su hijo y el padre de su hijo, trabados.
No habían llegado al hierro todavía, gracias a que Ervigio no llevaba ninguno y a que Adulfo, viejo y movido por la rabia, fallaba el golpe; pero estaban enzarzados en el quicio mismo de la puerta, el muchacho parando con el brazo la mano del cuchillo, empujando, sin poder ni querer rematar, y el viejo escupiendo entre dientes una rabia de tres generaciones, y los dos pegados de tal modo que Recesvinta, a dos pasos, no podía meterse sin que el cuchillo la cogiera a ella.
Lo intentó. Metió las manos entre los dos cuerpos, se llevó un codazo que le partió el labio sin que lo sintiera, gritó al fin, recuperada la voz, que pararan, que era su madre, que era su mujer, las dos cosas a la vez en una sola boca, lo que no había dicho nunca; y ninguno de los dos la oyó, que los hombres trabados en la muerte no oyen, y la marea del revuelo la apartó de allí de un empujón, la separó de la puerta, la arrastró tres pasos atrás contra el muro, y desde el muro, sujeta por la espalda contra la piedra fría, vio lo que no quería ver y no podía remediar: a los dos hombres de su vida matándose en la puerta del torreón mientras alrededor la peña entera ardía.
La pelea de la puerta, en cambio, no la perdía de vista, que era la suya.
Ervigio aguantaba. Era joven y era fuerte y tenía la maña fría del que ha decidido de antemano lo que va a hacer y lo que no, y lo que había decidido, lo veía su madre con el corazón en un puño, era no sacar hierro y no matar; paraba, empujaba, trababa, gastaba al viejo sin herirlo, como se cansa a un toro viejo sin clavarle, esperando agotarle la rabia antes que la vida.
Adulfo, en cambio, iba a matar. Se le veía en la cara, en la manera de buscar el hueco con el cuchillo, en que no le temblaba la mano contra el hijo como le habría temblado a otro padre; la rabia de tres generaciones le había comido hasta eso, el reparo de la sangre, y Recesvinta entendió, mirándolos, que de los dos hombres trabados en la puerta el único que aún se acordaba de que eran padre e hijo era el hijo, que paraba sin devolver, y que el padre lo había olvidado del todo, que para Adulfo el muchacho de la puerta no era ya su hijo sino el último obstáculo entre él y lo que había perseguido la vida entera.
Y aquello, que un hijo se acordara y un padre no, le pareció a Recesvinta, en mitad del espanto, lo más triste de toda aquella mañana triste, más triste aún que la sangre del patio.
Fue entonces, apretada contra el muro, con el labio sangrando y la respiración rota, cuando Recesvinta tuvo el pensamiento claro en mitad de todo lo turbio.
Pensó en lo que había dentro. Lo sabía de poco, que se lo había dicho Ervigio la noche que eligió la casa, para que entendiera por qué iba a plantarse en aquella puerta; que la peña guardaba desde antes de nadie una cosa de oro de los reyes muertos, y que el conde la quería, y que por ella se mataban aquella mañana.
La corona. Estaba dentro, a la vista, en la herida que Vímara y Ansur habían abierto en el muro, sacada de su cámara y aún sin sitio nuevo, una joya suelta en mitad de un asalto.
Y Recesvinta, que no era de la cadena ni de la sangre ni del oficio, que era solo una mujer de la peña con el labio partido, vio con una claridad de espanto lo que ninguno de los que peleaban estaba en sitio de ver: que de un momento a otro la marea de la pelea entraría por aquella puerta abierta, y que la corona, el oro por el que se mataban, quedaría tirada al alcance de cualquiera, de un soldado que la cogiera por el brillo, de Adulfo si se zafaba de su hijo, del primero que tropezara con ella; y que entonces se habría perdido en el revuelo, a manos de quien fuera, todo lo que cien años de gente había guardado sin saber del todo para qué.
Quiso gritarlo. Quiso avisar a alguien, a Gélmiro, a Vímara, a quien fuera de los que sabían; pero Gélmiro estaba al otro extremo del patio intentando parar a los suyos con la voz, sin que lo oyeran, y Vímara, viejo, había sido apartado contra la pared como ella, y no había en aquel momento nadie en el mundo que pudiera entrar en el torreón a poner a salvo el oro, porque la puerta la tapaban su hijo y el padre de su hijo enzarzados en la muerte, y nadie iba a pasar entre aquellos dos cuerpos.
Nadie, pensó Recesvinta. Y se equivocó, que las cosas grandes las hace casi siempre el que nadie está mirando.
Porque en aquel instante, por el costado del torreón, por donde el revuelo dejaba un palmo de hueco junto al muro, una figura menuda y morena se deslizó pegada a la piedra, agachada, rápida, aprovechando que todos los ojos del patio estaban en la pelea de la puerta y ninguno en los lados; y Recesvinta, que la vio pasar a dos pasos de ella porque era de las pocas que no miraba a la puerta sino que miraba el dentro, la reconoció.
Era Anderquina. La heredera, la de los ojos negros, la muchacha que su hijo miraba de aquel modo que él no se atrevía a creer.
Pasó sin mirar a nadie, con la cara puesta en una sola cosa, y se coló por el costado del torreón hacia dentro, hacia la herida abierta del muro, hacia el oro suelto en lo oscuro; y Recesvinta, apretada contra la piedra, con la pelea bramando delante y los dos hombres de su vida trabándose en la puerta, abrió la boca para gritarle que no, que era peligro, que volviera, y no le salió la voz, y la muchacha ya estaba dentro.