Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 30
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Anderquina no había planeado lo que hizo.

Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo y porque, cuando miró alrededor en aquel instante en que todo se hundía, vio que la única que estaba en el sitio justo, con la sangre justa y sin nada que perder que no fuera ya común, era ella; y entró en la herida abierta del torreón, mientras los hombres se trababan fuera, y sacó de la piedra lo que su bisabuela Adosinda había sacado de la piedra dos generaciones atrás, por la misma razón y para lo mismo.

Tenía veinticinco años, los ojos negros del sur heredados de su abuelo Gundemaro y de un bisabuelo bereber del que en la peña apenas se hablaba, un comandante caído al otro lado del río del que su padre le había contado lo justo, y era la heredera de Velagra, la cuarta de su sangre, la mestiza que la peña iba a tener por señora cuando Gélmiro faltara.

Sabía lo de la corona desde hacía poco, desde que la cadena decidió sacarla y se lo contaron porque la necesitaban; y había visto a Vímara y a Ansur abrir el muro día tras día, apear, descargar, descuajar sillar por sillar la herida en lo más sano de la peña, hasta dejar a la vista, al fondo, la cámara pequeña del tamaño de un arca donde Froila la emparedó.

La corona estaba allí, en lo oscuro, esperando desde antes de que naciera nadie de los que ahora se mataban por ella en el patio.

Porque en el patio se mataban ya. El registro se había vuelto asalto en cuanto Adulfo sacó el hierro contra su hijo; los hombres de la peña, que no eran soldados pero eran muchos y estaban en su casa, habían cerrado contra los hombres de armas del conde; Ervigio y Adulfo se trababan en la puerta del torreón, padre y hijo, y Recesvinta gritaba, y la cosa entera se iba de las manos hacia el barranco que Gélmiro había temido.

Y Anderquina, que estaba dentro con Vímara y vio que de un momento a otro la marea de la pelea entraría por la herida y se llevaría la corona en el revuelo, a manos de cualquiera, de Adulfo o de un soldado o del conde, hizo lo único que se le ocurrió, que era lo que llevaba en la sangre sin saberlo.

Metió el brazo en la cámara oscura, hasta el hombro, y tanteó en el frío de la piedra, y tocó el metal.

Estaba helado, y pesaba, y tenía colgando las piezas que cuelgan de las coronas votivas, las que tintinean, y al sacarlo a la luz del vano sonó, un sonido pequeño de oro y de pedrería que en aquel torreón no se oía desde antes del asedio.

La corona del último rey godo, la del tesoro de Toledo, la que el conde Gundemaro descolgó del altar la última noche, la que había dormido vuelta piedra entre las piedras tres generaciones.

Estaba sucia de polvo de piedra y entera, intacta, con sus colgantes y sus letras y su pedrería opaca de tanto encierro, y a la luz que entraba por el vano alto soltó, de pronto, un destello que no soltaba desde que la enarboló Adosinda sobre la brecha, en la peor noche del asedio, dos generaciones atrás.

Anderquina no se paró a mirarla. No había tiempo, y además sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho con palabras, que la corona no era para mirarla.

Tuvo, eso sí, en el instante de tenerla en las manos por primera vez, fría y pesada y suya, un pensamiento rápido que decidió todo lo demás.

Podía hacer tres cosas con aquel oro, las mismas tres que su padre había nombrado en la celda y que ella había oído contar después: esconderlo otra vez, dárselo al conde, o sacarlo a la luz.

Y comprendió, con la mano cerrada sobre el metal, que esconderlo era condenar a sus hijos a guardar el mismo secreto que había encorvado a su padre y a su abuelo, una herencia de miedo que no se acababa nunca; y que dárselo al conde era perderlo todo de golpe.

Solo quedaba lo que hizo su bisabuela, que no enarboló la corona para guardarla ni para venderla, sino para que la viera el mundo entero y supiera de quién era; y Anderquina, que llevaba la sangre y el gesto en la mano sin haberlos ensayado, eligió lo mismo, no por valor, que el valor vino después, sino porque era lo único que no traicionaba a nadie.

Subió con ella por la escalera de caracol, la de los ciento y pico escalones que Froila trazó para que un solo hombre la defendiera, salió a la cámara alta del torreón y de allí al adarve de levante, al sitio más alto de la peña después de la torre del homenaje, al sitio desde donde se veía todo el patio y se veía desde todo el patio; y allí, sobre la pelea, sobre los hombres trabados y los gritos y el hierro, la levantó.

La levantó con las dos manos, en alto, por encima de la cabeza, como la había levantado Adosinda sobre la brecha a la luz de los incendios; pero no había incendios aquella vez, había sol de invierno, un sol bajo y limpio que dio de lleno en el oro y en las piedras y las encendió, y la corona ardió arriba sin fuego, sola, con la luz del día.

Y Anderquina gritó, con la voz entera de los veinticinco años y de la sangre de las dos orillas del río, lo que había que gritar, lo que su bisabuela gritó y lo que la cadena había guardado un siglo para que se gritara el día justo:

—¡Mirad! ¡Esta es la corona de los reyes de Toledo, la que se descolgó del altar la noche que cayó el reino, la que esta peña ha guardado cien años para el día que volviera a haber reino donde ponerla!

¡No está enterrada por oro, que el oro se vende!

¡Está guardada para fundar! ¡Y la levanta una hija de Velagra, de sangre de godo y de sangre del sur, las dos orillas en una sola cara, porque el reino que nace no es de una sangre, es de todas, y por eso va a durar más que el que cayó!

El patio se paró.

Se paró como se para una obra cuando el maestro grita que un muro cede, de golpe, todos a la vez, el hierro a medio camino, los puños abiertos, los gritos cortados.

Los hombres de la peña y los de armas del conde, Adulfo con el cuchillo en alto y Ervigio plantado delante de él con las manos vacías, todos volvieron la cara hacia arriba, hacia el adarve, hacia la muchacha morena que tenía el oro de los reyes muertos ardiendo sobre la cabeza al sol de invierno.

Era una imagen para no olvidarse, y ninguno de los que la vieron la olvidó: la corona en alto, sola contra el cielo limpio de febrero, encendida, con sus colgantes meciéndose despacio, y debajo de ella una peña entera parada en mitad de su propia pelea, mirando hacia arriba como se mira lo que no se entiende y se reconoce a la vez.

En aquel silencio, que fue el primer silencio entero que se hacía en Velagra en muchos años, la corona estuvo en alto, a la vista de todos, fuera del secreto por primera vez en tres generaciones, en las manos de una mestiza que no la enarbolaba para esconderla ni para venderla, sino para que el mundo entero viera, de una vez, de quién era la tierra.

Y la frontera, que llevaba un siglo contando junto al fuego la leyenda de la corona del asedio, tuvo aquella mañana, sin saberlo, el segundo capítulo de la leyenda, el que la cerraba: no la corona enarbolada para que una peña no muriera, sino para que naciera.