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Adulfo subió a Velagra con el conde y treinta hombres de armas una mañana de finales del invierno, con la cédula del registro en la mano y, debajo de la cédula, tres generaciones de espera que aquella mañana, por fin, creía que se le iban a pagar a él, el último de la sangre que la había esperado.
Había soñado aquello tantas veces que casi no se lo creía despierto.
Era nieto de Bermudo el topo, que huyó por la poterna la noche de la corona y vivió para contárselo, una y mil veces, las estaciones de feria en que lo fue criando para lo suyo en lo alto del muro: el oro en alto, la señora gritando que aquello era la corona de los reyes godos, el reino entero en un aro que estaba allí, en aquella peña, esperando a quien tuviera las agallas de cogerlo.
Adulfo se había criado con aquella imagen como otros se crían con un cuento de santos, mamándola de boca de un viejo amargado que le repetía que los Velagra les habían robado lo suyo a los suyos y que algún día un nieto bien nacido lo cobraría.
Lo habían echado de la peña por hacer lo que su abuelo, husmear de noche en los muros lo que la peña guardaba, dejando atrás a una mujer que era de la peña y no quiso seguirlo y a un hijo que aún no había nacido; había subido al norte con el rencor por toda hacienda, había servido a quien pagara, había trepado a costa de saber cosas que otros callaban, y al final, ya hombre, ya con canas, había encontrado al señor grande con el que su abuelo soñó sin alcanzarlo: el conde Gatón, que bajaba a poblar el Duero y necesitaba a alguien que conociera la frontera y sus secretos.
Y Adulfo le había vendido el suyo despacio, la gota siguiente cada vez, nunca el odre, como le había enseñado la sangre que no firma nada de golpe; hasta que el conde mordió entero y bajó con los hombres de armas a registrar la peña que escondía una corona.
—Está aquí —le dijo Adulfo al conde, cuando entraron en el patio de la torre y la peña los miró pasar con la cara cerrada de los que saben que vienen a robarles—.
En el torreón del ángulo. Lo sé. Lo sé desde niño.
Mi abuelo vio cómo la enterraban casi, y vio dónde la enarbolaron, y yo he atado los cabos toda mi vida.
Mandad picar el ángulo, mi señor, y os daré la corona del último rey de los godos, y con ella la frontera entera, que quien la tenga manda de aquí al mar.
El conde no dijo nada. Gatón era hombre de mirar antes de hablar, y miró la peña, la torre, los muros bien trabados, la gente que lo miraba sin bajar del todo los ojos, el ángulo que Adulfo le señalaba, con un ceño que Adulfo no supo leer y que no era de codicia, sino de la cuenta callada de quien empieza a sospechar que lo que le han vendido no es lo que le pintaron.
Pero mandó registrar, que para eso había bajado y para eso traía la cédula y los hombres; y los hombres de armas se desplegaron por el patio, y Adulfo, que llevaba la vida entera esperando aquel momento, echó a andar hacia el torreón del ángulo el primero, sin esperar orden, como va el perro al rastro que ha olido desde cachorro.
Y en la puerta del torreón se encontró a su hijo.
No lo conocía de trato. Lo había visto de lejos, en los meses de rondar la peña, y había sentido aquel pinchazo raro de mirar a un mozo y reconocerse sin saber por qué; pero no había hablado nunca con él, ni sabía, hasta que lo tuvo delante cerrándole el paso, que aquel muchacho de azada y de espaldas anchas era la cosa que había dejado en Velagra al irse, lo único suyo que la peña le había guardado.
Recesvinta apareció detrás del muchacho, en el quicio, blanca como la cal, mirando a los dos hombres que tenía delante, el que se fue y el que se quedó, el padre y el hijo, frente a frente en la puerta de lo que los dos querían por razones contrarias.
—No pasas —dijo Ervigio. No «no paséis». No le dio el padre. Le dio el tú del que ha decidido que aquel hombre no es nada suyo.
Adulfo se paró. Algo se le movió en la cara, algo que no había contado, que en toda una vida de soñar la corona no había metido nunca en el sueño a un hijo en la puerta. Por un momento, uno solo, fue padre, y dijo, con una voz que no era la del que venía a robar:
—Tú eres... —Y no acabó, porque no sabía cómo se acaba esa frase cuando se ha llegado tan tarde.
—Soy el que criasteis sin saberlo —dijo Ervigio—.
Y no por sangre vuestra, que la tengo y la maldigo, sino por la casa que me crió, no os dejo pasar.
Lo que hay ahí dentro no es vuestro. No es del conde.
Es de los que la han guardado mientras vos la buscabais para venderla.
Volveos, Adulfo. Volveos al norte. Aquí ya no os queda nada, ni siquiera yo.
Recesvinta no dijo nada. Estaba entre los dos como había estado toda la vida entre lo que fue y lo que crió, y miraba a su hijo plantado contra su padre con una mezcla de espanto y de orgullo que no le cabía en el pecho.
Y Adulfo, que era muchas cosas malas pero no un cobarde, miró a su hijo a los ojos, vio que no había en ellos un resquicio, ni el más pequeño, por donde colar la sangre, y entendió, en un segundo amargo, que la peña le había hecho el último y el peor de los daños: le había quitado al hijo sin que él lo tuviera nunca, lo había hecho de los suyos, lo había puesto en la puerta a defender contra el padre lo mismo que el padre venía a robar.
—Aparta —dijo, ronco, y ya no era padre, era el rencor de tres generaciones—. Aparta o te aparto. Esa corona la lleva mi sangre buscada desde antes de que tú mamaras. No vas a ser tú, criado de estos, el que me la quite en la puerta.
Echó mano al cuchillo. Y al echarla, en el segundo en que el hierro salió de la vaina, la peña entera, que había estado mirando la escena sin respirar, se cerró de golpe; los hombres de la vega que habían visto a Ervigio plantarse en la puerta dejaron las horcas y las hoces y se vinieron hacia el torreón, y los hombres de armas del conde, que no esperaban una peña que se defendiera sino un registro tranquilo, echaron mano a su vez, y lo que había bajado siendo una visita con cédula se volvió, en el tiempo de sacar un cuchillo, lo que Gélmiro había temido en la celda: el barranco.
Empezó el revuelo, los gritos, el primer choque, los hombres trabándose en el patio sin que nadie hubiera dado todavía la orden de empezar, porque aquellas cosas no necesitan orden, basta un hierro fuera para que todos los demás salgan detrás.
Y detrás de Adulfo, en mitad del patio que se le iba de las manos, el conde Gatón, que lo había visto todo, que había visto a un hombre sacar el hierro contra su propio hijo en la puerta de lo que venía a robar, y al hijo plantarse sin sacar el suyo, y a una peña entera cerrarse como un puño en torno a aquella puerta, frunció más el ceño.
No mandó cargar. Un hombre de menos seso habría mandado a sus treinta lanzas a barrer el patio y a picar el ángulo, y se habría llevado la corona entre los muertos; pero Gatón se quedó quieto, mirando, porque había aprendido en muchas plazas que una gente que se deja registrar no se parece en nada a una gente que se planta a morir en una puerta, y que cuando un pueblo entero defiende algo con las manos desnudas, ese algo vale más de lo que valdría tomado por la fuerza, porque tomado se rompe.
Empezó, sin saberlo aún del todo, a dudar de la mano de la que se había dejado guiar hasta allí; y aquella duda, nacida en el peor momento, en mitad del hierro, fue lo único que dejó una rendija por la que cabía algo que no fuera la sangre.