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Ervigio descubrió quién era su padre por la peor de las vías, que es oírlo de boca ajena cuando todos a tu alrededor ya lo saben, y aquella tarde, a sus veinticuatro años, dejó de ser uno más de la peña sin haber hecho nada para merecerlo, solo por la sangre que le había caído encima sin pedirla.
Llevaba toda la vida sabiendo que su padre se había ido al norte antes de que él naciera, que era arriero o cosa así, que su madre Recesvinta no hablaba de él y que no estaba bien preguntar.
Le había bastado. Tenía a la peña por familia, a Ansur por hermano de oficio aunque él fuera de azada y no de cincel, a Anderquina por algo que no se atrevía a nombrar todavía y que la sangre, sin él saberlo aún, iba a complicar; tenía un sitio, un nombre, unas manos que valían, y nunca había sentido la falta de un padre que no recordaba.
Se había criado con los otros dos como se crían los potros de la misma cuadra, revueltos, sin saber todavía cuál tiraría de qué carro: Ansur subido siempre a un andamio, con la cabeza llena de las bóvedas que le contaba su padre; Anderquina la heredera, de los ojos negros que la peña miraba con un respeto raro porque sabía, sin decirlo, que aquella muchacha mandaría un día; y él, Ervigio, el de en medio, el que no era ni del oficio ni de la sangre, el que segaba en la vega y cargaba la cantera y se sentía, sin embargo, tan de la peña como cualquiera, porque la peña no le había hecho nunca notar que viniera de fuera.
Era lo bueno de Velagra, que no preguntaba de dónde venía uno mientras arrimara el hombro.
Hasta que Adulfo volvió con el conde, y empezó a rondar la peña con la autoridad prestada del norte, midiendo los muros con los ojos de quien calcula por dónde tirarlos, y a Ervigio le entró por primera vez la curiosidad de mirar bien a aquel forastero que su madre evitaba como se evita una corriente de aire en invierno, con un cuidado que él tomaba por antipatía y que era miedo.
Lo supo por un viejo. No por maldad: por descuido, que es peor.
Un arriero de los que paraban en la peña, uno de los que habían conocido a Bermudo y rodaban por la frontera con la memoria larga de su oficio, lo vio pasar a Ervigio cargando un haz y lo miró de aquel modo en que se mira a quien se reconoce sin querer, y dijo, medio para sí, lo que no se debe decir: «La cara del padre.
Igual que Adulfo de mozo, cuando andaba con el viejo Bermudo.
¿Quién iba a decir que el hijo del topo se criaría aquí dentro, dándole de comer a la mano que su padre quiso vender? »
Ervigio soltó el haz. No entendió todo de golpe; entendió lo justo para que el suelo se le moviera.
El topo. Bermudo. Adulfo. El que vendía la peña.
Su padre. Fue a su madre, que es a donde se va con el suelo movido, y se lo encontró todo en la cara de ella antes de que abriera la boca, porque Recesvinta, que había guardado aquel secreto veinticuatro años apretándolo en el pecho como Adosinda apretó la corona y como Gundemaro apretó la hebilla de su padre muerto, no supo, llegado el momento, mentirle a su hijo a los ojos.
—Es verdad —dijo, y se le quebró la voz, y fue lo único que se le quebró, porque era mujer de la peña y la peña no se permite mucho más—.
Adulfo es tu padre. Me casé con él de moza, antes de saber lo que era.
Cuando lo echaron por traidor, yo me quedé, porque esta peña era mía y él no, y te crié sin su nombre para que no cargaras tú lo suyo.
Te lo callé por eso. No por mentirte. Por quitártelo de encima.
Ervigio salió de la casa de su madre y subió a la peña en lo alto, al adarve de levante, a estar solo con lo que le habían echado encima, y allí lo encontró el desgarro entero.
Porque no era solo que su padre fuera un traidor; era que su padre estaba vivo, abajo, rondando la peña con el conde, viniendo a quitarle a Velagra lo que Velagra escondía, viniendo a hacerle a la casa que había criado a su hijo el daño que llevaba tres generaciones intentando hacerle.
Y que él, Ervigio, llevaba esa sangre. Que la mitad de él era del que vendía y la otra mitad del que se dejaba vender.
Que la cara que veía en el agua del aljibe cuando se asomaba era la cara de Adulfo de joven, como había dicho el viejo, y no había manera de lavarse eso.
Estuvo arriba hasta que se hizo de noche, viendo apagarse las lumbres del caserío una a una bajo sus pies, la peña entera acostándose ajena a que uno de los suyos se acababa de quedar sin saber del todo quién era; y en lo oscuro le subió a la garganta, claro como nunca, lo que tenía que elegir, porque la sangre tira y la sangre llama, y un hombre puede convencerse de que un padre es un padre por encima de lo que haya hecho, y de que la sangre se debe a la sangre.
Lo pensó. Honradamente lo pensó, sentado en la piedra fría, que su padre era su padre y que quizá tuviera derecho a oírlo, a saber por qué se fue, por qué vendía, qué herida traía dentro; que a lo mejor, si bajaba a buscarlo, encontraba a un hombre y no a un monstruo, y entonces tendría un padre, que es cosa que nunca había tenido.
Era una tentación de verdad, no una de las que se apartan de un manotazo, porque debajo de toda ella había un niño que se había criado sin nadie a quien llamar así.
Y luego pensó en lo otro. En quién le había dado de comer.
En quién le había enseñado a segar, a cargar, a aguantar el frío de la cantera en febrero.
En las manos de la peña que lo habían criado sin saber de quién era hijo y que lo habrían criado igual de haberlo sabido, porque así era la casa.
En Ansur, que era su hermano sin sangre, más hermano que ninguno de sangre.
En Anderquina, que lo miraba de un modo que él no se atrevía a creer.
En Recesvinta, que se había quedado en la peña que era suya y había criado al hijo del traidor para quitarle de encima al traidor, y que llevaba veinticuatro años pagando en silencio el error de haberse casado de moza con quien no debía.
Y pensó en su sangre, en la otra mitad, la que venía de su padre.
Pensó en lo que le habían contado siempre de la facción, de Sisberto que pactó, de Bermudo que huyó, de los que vendían la peña de generación en generación como una herencia torcida; y se dio cuenta de que él era, sin haberlo elegido, el último de esa cadena de odio, el que tocaba ahora.
Que podía seguirla, bajar con su padre, ser el Sisberto y el Bermudo y el Adulfo de su tiempo.
O podía romperla. Y que romper una cadena de odio no era cosa de espada, sino de elegir, una sola vez, en lo oscuro, no ser lo que la sangre te manda ser.
Y eligió. No con rabia, que la rabia se gasta; con una claridad fría de las que ya no se mueven.
Que la sangre se hereda pero la casa se elige, y que él elegía la casa.
Que no era hijo de Adulfo por más que la cara dijera lo contrario: era hijo de Recesvinta y de la peña, y la peña no se vendía.
Bajó al alba a buscar a Gélmiro, y le dijo, sin adornos, lo que era y lo que había decidido ser.
—Sé de quién soy hijo —dijo—. Lo sabe ya media peña.
Vengo a deciros que lo sé, para que no penséis que estoy con él por la sangre.
No estoy con él. Estoy con la casa. Y si Adulfo viene a por lo que Velagra esconde, lo que sea, que yo no lo sé ni quiero saberlo, aquí me tenéis a mí enfrente de él. Decidme dónde, y allí estaré.
Gélmiro lo miró largo, con aquellos ojos negros suyos que conocían bien lo que era cargar una sangre que no se elige, y vio en la cara del muchacho, debajo de los rasgos de Adulfo, otra cosa que Adulfo no tuvo nunca, y le puso una mano en el hombro, como Froila se la ponía a sus oficiales para quitarles el peso de encima.
—Tu abuelo de mi padre era el moro que asedió esta peña —dijo Gélmiro, bajo, que era un secreto que no soltaba a cualquiera—. Y mi padre fue el mejor señor que tuvo Velagra. La sangre no manda, hijo. Manda lo que uno hace con ella. Anda, ven, que hay que abrir un muro.