Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 26
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Vímara no durmió aquella noche, y al alba, antes de que la peña despertara, subió solo al torreón del ángulo, el más viejo de la obra después de la torre del homenaje, con un candil y un puntero, a mirar de cerca el muro que su padre le había puesto en la cabeza una sola vez y que él llevaba veinte años sin tocar.

Conocía cada sillar de Velagra como un pastor conoce a sus reses, de uno en uno, por la cara; pero a aquellos no los miraba nunca, o los miraba como se mira de refilón una tumba que uno cuida y a la que no se asoma.

Froila lo había llevado allí la noche antes de morirse, ya muy enfermo, agarrándose a su brazo por la escalera de caracol con la mano que ya casi no obedecía, y a la luz de un candil le había ido señalando, en voz baja, como quien reza, la hilada, el sillar, la seña.

«Este. El de la marca pequeña, la que no se ve si no la buscas.

Aquí está. La emparedé yo con estas manos, la noche que la mudamos de la cripta, con el señor y el monje por todos testigos, y le puse encima cien sillares más para que ningún ladrón ni ningún conde la sacara sin tirar la torre, y la torre es lo que la guarda.

El día que haya que sacarla, no se pica de fuera, que de fuera es macizo y se tarda un mes y se ve.

Se entra por dentro, por aquí, por la jamba ciega de este vano que parece tapiado y no lo está del todo; se descuaja este, y este, y este, y se llega a la cámara que dejé hecha yo, del tamaño de un arca, donde duerme.

Acuérdate. No lo escribas. No lo digas. Y reza por no tener que hacerlo nunca. »

Lo había rezado, Vímara, veinte años. Y aquella mañana, con el puntero en la mano y el candil pegado a la piedra, leyó la seña pequeña en el sitio exacto donde su padre la había dejado, y la mano se le quedó parada encima, igual que se le paraba sola sobre el sillar que sonaba hueco, sin que él supiera todavía por qué.

Porque no era miedo lo que sentía, ni reparo de tocar lo sagrado.

Era otra cosa, más honda, de cantero. Era que aquel muro estaba bien hecho.

Era de los mejores trozos de obra de toda la peña, aparejado por su padre Froila en los años buenos, con sillares escogidos y juntas de menos de un dedo, un muro que no había cedido un cabello en tres generaciones y que no cedería en diez más si nadie lo tocaba; y a él le tocaba ahora descuajarlo, sillar por sillar, deshacer con sus manos viejas lo que las manos buenas de un muerto habían trabado para que durase mil años.

Un cantero defiende la obra de la prisa, del agua, del hielo, del peso, del tiempo; nunca de sí mismo.

Y allí estaba, midiendo con el ojo por dónde abrir una herida en lo más sano de Velagra, y sintiendo en el pecho lo que no había sentido nunca delante de una piedra, que era vergüenza.

Subió Ansur cuando el sol ya entraba por el vano alto, llamado por su padre sin que el padre le dijera para qué.

Era ya cantero hecho, de los mejores, gen cuarta del oficio, con las manos de Froila y la cabeza de Vímara y los años justos para creerse que sabía.

Miró el muro, miró a su padre agachado delante con el candil a aquella hora, y entendió que pasaba algo grande, porque Vímara no perdía la luz del día metido en un torreón a oscuras.

—¿Qué abrimos? —preguntó, que era cantero y para él un muro mirado así solo podía querer decir una cosa.

Vímara se lo dijo. No todo de golpe; se lo fue diciendo como Froila se lo dijo a él, despacio, con la voz baja, porque hay cosas que no se pueden decir deprisa sin que pierdan el peso.

Le dijo lo que dormía detrás, lo que la peña guardaba desde antes de que ninguno de los dos naciera, lo que era la cadena y por qué la marca de cantero que Ansur llevaba grabando toda su vida en las piedras sin saber del todo qué decía quería decir «uno de los nuestros».

Le dijo que la corona del último rey godo estaba a tres codos de su mano, dentro de aquel macizo, y que el conde la quería, y que la cadena había decidido sacarla antes de que la sacara el conde, y que el único que sabía por dónde abrir sin tirar la torre era él, Vímara, y que después de aquella mañana serían dos.

Ansur no dijo nada un rato largo. Miró el muro de otra manera, como se mira lo que de pronto pesa el doble. Y luego dijo lo único que un cantero podía decir, lo que decía que era de verdad de los suyos.

—Si la abrimos mal, se viene abajo el ángulo entero.

Y si se viene el ángulo, se lleva el lienzo de levante con él, que carga en él.

—Miró a su padre—. No es sacar una corona.

Es operar a Velagra de algo que tiene dentro sin que se desangre.

Hay que apear todo esto primero. Puntales, cimbra, descargar el peso de arriba antes de tocar un solo sillar de abajo.

Tres semanas de trabajo bien hecho. Y no tenemos tres semanas.

—No —dijo Vímara—. Tenemos las que el conde nos deje.

—Se enderezó despacio, que ya le costaba—.

Por eso lo empezamos hoy. Tú y yo, y nadie más por ahora, que cuantas menos manos sepan dónde está la herida, mejor.

Apeamos. Descargamos. Y cuando haya que descuajar el primero, lo descuajo yo, porque lo aparejó el maestro de mi padre y es justo que sea de la casa el que le ponga el puntero encima.

—Le pasó el candil a su hijo, y por un momento la luz les iluminó las dos caras iguales, la vieja y la joven, el oficio cruzando otra vez el tiempo de una mano a otra—.

Tu abuelo me enseñó a no asentar nunca una piedra con prisa.

Y ahora me toca quitarlas con prisa, que es peor.

Reza tú también, hijo, por que las manos se acuerden de lo que la cabeza tiene que olvidar: que esto que vamos a romper lo hicimos para que no se rompiera nunca.

Empezaron aquella misma mañana, padre e hijo solos, con la excusa de que el maestro quería reconocer un asiento del torreón que le sonaba flojo, que era de las cosas que Vímara hacía a menudo y a nadie extrañó.

Subieron la madera de la cabria, los puntales de roble que se guardaban para las cimbras de las bóvedas, las cuñas, los gatos, el ripio para calzar; y antes de tocar un solo sillar del muro de Teudila, apearon.

Apear era el arte de engañar al peso, de hacerle creer a la piedra de arriba que la de abajo seguía donde estaba mientras se le quitaba el suelo de debajo; se metían los puntales en cruz, se cargaba en ellos el lienzo de levante poco a poco, cuña a cuña, hasta que la madera gemía con el peso que antes llevaba la piedra, y solo entonces, con el muro sostenido por encima como se sostiene a un enfermo para operarlo, se podía tocar lo de abajo sin que se viniera todo.

Era un trabajo lento, callado, de los que no se ven y de los que dependen las vidas; y Vímara, que en treinta años de oficio había apeado bóvedas, vanos, arcos enteros para repararlos, no había apeado nunca nada con el corazón tan apretado, porque nunca había apeado para herir, sino para sanar.

Trabajaron tres días así, hurtándole horas a la luz, antes de que el muro estuviera sostenido y se pudiera descuajar el primer sillar.

Y cuando llegó el momento, al atardecer del tercer día, con el lienzo entero colgando de la madera y el torreón en silencio, Vímara le puso él mismo el puntero al sillar de la marca pequeña, el que su padre le había señalado la noche de su muerte, y le pidió a Ansur que sostuviera el candil.

No golpeó deprisa. Golpeó como le habían enseñado, leyendo la junta, buscando el punto donde la piedra quería ceder y no donde a él le habría gustado que cediera, con esa paciencia que es la única violencia que un cantero se permite; y el sillar, que llevaba medio siglo trabado para no salir nunca, salió al fin, despacio, soltando un polvo fino que olía a tiempo encerrado, a aire que no se respiraba desde antes de que ellos nacieran.

Detrás había oscuridad, y la oscuridad olía distinto.

Vímara metió la mano, tanteó, y tocó el principio de un hueco.

Estaba abierta la herida. Detrás, a tres codos, dormía la corona.

—Mañana seguimos —dijo Vímara, y le pesaba la voz—. Hoy ya hemos hecho bastante daño por un día.

Y se quedaron los dos un momento mirando el agujero negro en el muro de Teudila, el primero que se le abría en tres generaciones, padre e hijo, el viejo y el que seguía, con la sensación rara de haber tocado por fin lo que toda su sangre había trabajado para no tocar nunca.