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A Gélmiro le llegó la exigencia del conde una mañana de helada, traída por un jinete solo que no quiso bajar del caballo para darla, y el señor de Velagra entendió, antes de oírla entera, que el tiempo de dar largas, el arte en que se le había ido la vida como a su padre antes que a él, acababa de terminarse.
Estaba en la era cuando lo avisaron, vigilando cómo se aventaba lo poco que había rendido el último año, porque un señor de Velagra no era de los que mandan trillar desde la torre, sino de los que bajan a oler el grano y a saber, por el peso de un puñado, cuánta hambre les esperaba en febrero.
Lo había aprendido de su padre Gundemaro, que partía majuelos y contaba sacos y decía que señorear no era mandar, sino guardar; y aquella mañana de helada, con la escarcha todavía blanqueando la paja y el aliento de los bueyes humeando en el aire quieto, Gélmiro guardaba lo de siempre, el grano, la cara seria, el peso de una peña entera sobre los hombros, cuando subió un rapaz corriendo a decirle que en el último recodo había parado un jinete con un pendón y que no bajaba del caballo.
Dejó el puñado de grano donde estaba, se sopló las manos heladas y subió, despacio, sabiendo ya, por el modo en que el rapaz había dicho «con un pendón», que aquello no era un arriero perdido.
El jinete leyó el recado de carrerilla, sin mirarlo, con la voz monótona del que repite lo que no entiende: que el conde Gatón, en nombre del rey, requería de la peña de Velagra la entrega de la plaza y de su guarnición al fuero del condado, el alojamiento de sus oficiales dentro de los muros, y la puesta a disposición «de cuanto la dicha peña guardase de antiguo que tocase al derecho del reino».
Eso último lo leyó igual que lo demás, sin sospechar lo que pesaba, una cláusula más entre las cláusulas, atropellada en la prisa de un hombre que solo quería terminar y volver al calor; pero Gélmiro lo oyó caer como cae el sillar mal aparejado que se suelta de la honda, y sintió el frío de la mañana metérsele de golpe más adentro del sayo.
«De cuanto guardase de antiguo.» No decía corona.
No hacía falta. Adulfo había hecho su trabajo, el de toda su vida, el de gota a gota ir vertiendo en el oído del conde lo que su abuelo Bermudo le había vertido a él de niño; y el conde sabía ya bastante para no nombrar la corona y bastante para exigirla sin nombre, que era la peor manera de exigir, la que no deja al otro ni la salida de fingir que no entiende.
Despachó al jinete con buenas palabras y ninguna respuesta, que era lo único que aún sabía hacer, le mandó dar cebada para la bestia y vino para el camino, todo menos una contestación, y lo vio bajar por el recodo del río sin haber puesto pie en tierra, llevándose la helada y dejando lo otro.
Luego subió a la cámara alta de la torre a mirar el agua, que era donde su padre Gundemaro pensaba las cosas grandes y donde él había aprendido a pensarlas, de tanto verlo de niño subir solo y quedarse callado horas con los codos en el vano.
Tenía cuarenta años Gélmiro aquella mañana, los ojos negros del sur que le venían de un abuelo que nunca conoció y de una sangre que cargaba como se carga una piedra escondida en el zurrón, pesando aunque nadie la vea, y por primera vez en su vida de señor no se le ocurría una salida.
Las había habido siempre. Su madre, su padre, la cadena entera habían vivido de que las hubiera: esconderse, achicarse, parecer pobres, bajar la cabeza delante del forastero, hacer parar la cantera el día que había ojos mirando, desaparecer del mapa justo cuando el mapa los buscaba.
Era un arte, el de no ser nadie, y los suyos lo habían afinado durante tres generaciones hasta hacerlo el mayor saber de Velagra después del de la piedra.
Pero no se puede desaparecer de un sitio que ya está escrito en los pergaminos del conde, contado junto al fuego de las ferias del norte, dibujado en la cabeza de los presores que bajaban a poblar con un papel y un saco de simiente.
Velagra figuraba. Estaba en el mundo. Lo que los había guardado cien años, no figurar, se había acabado el día en que el reino que un día vació la tierra decidió volver a llenarla; y el problema entero, todo el problema de su vida y de la de sus hijos, cabía en esa sola palabra.
Figurar. Lo miró largo, el río, como si en el agua que se iba estuviera la respuesta, y el río se la llevó sin dársela, igual que se llevaba todo.
Mandó llamar a la cadena aquella misma noche, a la celda baja del archivo, que seguía siendo el único sitio de la peña donde tres podían juntarse a deshora sin que nadie preguntara por qué.
Eran los que quedaban. Vímara, viejo ya, el maestro, con las manos de cincel y la cabeza llena de la única obra de su vida; el monje del archivo, sucesor del sucesor de Honorato, joven y de pocas palabras; y él, Gélmiro, el señor, el de la sangre.
Tres, como habían sido siempre tres desde la primera noche en que Teudila y Adosinda juraron sobre el oro.
Se sentaron a la luz corta de un candil, y Gélmiro les contó el recado palabra por palabra, y dejó caer la última como la había dejado caer el jinete, sin adornarla, para que pesara sola.
—De cuanto guardase de antiguo —repitió Vímara, despacio, y no preguntó qué era. Lo sabía mejor que nadie vivo. Él era el único que sabía el sillar exacto.
—Sabe que existe —dijo el monje—. No sabe dónde. Si supiera dónde, no pediría: vendría con picos.
—Vendrá con picos igual —dijo Gélmiro—. Tarde o temprano. La pide por la ley porque la ley es más barata que los picos. Pero si le decimos que no, mandará los picos, y entonces no será solo la corona lo que pierda Velagra, será Velagra.
Se hizo un silencio en la celda, el silencio espeso de los que saben que cualquier cosa que digan los compromete. Gélmiro miró las dos caras a la luz del candil, la del viejo y la del joven, y se oyó decir en voz alta, por primera vez, lo que llevaba años pensando callado.
—Hay tres caminos, y los tres llevan al barranco.
Uno: entregarla. Le damos la corona al conde, se hace él señor de la frontera con el oro de los reyes godos en la cabeza, y nosotros quedamos de criados en nuestra propia peña, si quedamos.
Eso es traicionar el juramento, que era guardarla hasta que volviera a haber un reino donde ponerla, no regalársela al primero que baje con un sello.
Dos: esconderla mejor, sacarla de aquí, enterrarla en otro monte, negar que existe.
Pero ya no se puede negar lo que media frontera cuenta junto al fuego desde el asedio de mi abuela Adosinda, y el conde tiene a Adulfo, que la vio enarbolada de niño en boca de su abuelo y no ha hecho otra cosa en la vida que buscarla.
La negaríamos y nos llamaría mentirosos, y con razón, y vendrían los picos lo mismo. Y tres...
Se paró. El tercero era el que no había dicho nunca, ni a sí mismo del todo.
—Y tres —terminó—, sacarla nosotros. A la luz.
No para venderla ni para esconderla. Para usarla.
Para que diga lo que mi padre y mi abuela juraron que diría algún día: que esta peña, esta sangre, esta gente, son las que tienen derecho a la tierra, y no el que baja del norte con un pergamino fresco.
Para que la corona del reino muerto funde el nombre de Velagra en el reino que nace, antes de que el conde la use para fundar el suyo.
Vímara levantó la vista del suelo. El monje se quedó muy quieto.
—Eso —dijo Vímara, y la voz le salió ronca— es desenterrar lo que llevamos tres generaciones aprendiendo a no tocar.
Y desenterrarlo, además, lo tendría que hacer yo, porque el muro donde duerme lo aparejó mi padre y solo me lo dijo a mí, sillar por sillar, la noche antes de morirse.
Sacarla es romper el torreón. Es deshacer con estas manos un trozo de la obra que llevo treinta años defendiendo de que se le caiga una junta.
—Lo sé —dijo Gélmiro—. Por eso os he llamado a los dos.
No es decisión de un señor. Es de la cadena.
La corona no es mía. Es de todos los que la han guardado, y de todos los que la guardarán, y de la tierra.
Decidme vosotros. Pero decídmelo esta noche, porque el conde no va a esperar a la primavera, y la única cosa peor que sacar la corona es que la saque él.
El monje habló primero, que era el más joven y el que menos tenía que perder de su propia carne en aquello.
Dijo que él había leído el archivo entero, los pergaminos de Honorato y los de Vincencio y los que él mismo había ido sumando, y que en todos, debajo de los partos y las cosechas y los pleitos de lindes, latía una sola cosa repetida con cien letras distintas: que la peña guardaba la corona para un reino, no para sí.
Que enterrarla para siempre, esconderla en otro monte, sería traicionar no al conde, sino a los muertos, a Adosinda que la enarboló y a Froila que la emparedó y a todos los que se habían roto la espalda picando piedra sin saber del todo para qué.
Y que entregársela al conde sería peor, porque sería darle el premio al que llega tarde y se queda con lo que otros guardaron.
Quedaba el tercer camino, dijo, y aunque era el que daba más miedo, era el único que no traicionaba a nadie.
Vímara tardó más. Miraba la piedrecita del río que tenía entre los dedos, la manía que había heredado de su padre Froila, y al fin la dejó en el suelo con cuidado, como quien asienta un sillar, y dijo que él abriría el muro.
Que le dolía en sitios donde no sabía que un hombre podía dolerle por una piedra, pero que un cantero no guarda la obra por la obra, sino por lo que la obra guarda; y que si lo que aquel muro guardaba había llegado por fin a su hora, deshacerlo no era romper la obra, era terminarla, porque para eso se había hecho, para abrirse el día justo.
Lo dijo despacio, sin levantar la voz, y al acabar se quedó callado, viejo y conforme, como se quedaba Froila cuando daba una orden que no le gustaba pero que sabía justa.
Y así quedó decidido, sin votos ni juramentos nuevos, solo tres hombres en una celda fría diciendo que sí cada uno a su manera.
Fuera, el río sonaba en lo oscuro, el mismo que había sonado para Teudila y para Adosinda y para Froila, indiferente a todos ellos, llevándose el agua como se llevaba los reinos.
Y Gélmiro, mirando el candil, pensó que su padre había muerto creyendo que guardaban los cimientos de algo que no llegaría a ver.
Ahora el algo bajaba por el río, con arados y con sellos, y a él le había tocado decidir, en una celda fría, sobre tres caminos que llevaban todos al barranco, cuál de los tres barrancos era el bueno; y había escogido, no porque viera el fondo, que no se veía, sino porque era el único barranco al que se bajaba con la corona en las manos y no en las de otro.