Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 24
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Adulfo había esperado treinta años, y un hombre que ha esperado treinta años sabe, mejor que nadie, reconocer el día en que esperar más es perder.

Aquel día llegó al final del invierno, cuando le contaron que el escriba flaco subía a la torre del señor a solas y bajaba con cara de aliado, y que en la peña se hablaba, en voz baja, de reformar el torreón viejo para arrimarle una iglesia.

Adulfo ató los dos hechos en un instante, sin esfuerzo, que para atar hechos sueltos en la cabeza de otro había nacido y de eso había vivido.

El escriba flaco, el que se pasaba los días enterrado en el archivo, había encontrado algo en los papeles y se había pasado al bando del señor, eso lo decía la cara de aliado con que bajaba de la torre.

Y la obra, la dichosa iglesia, iba a abrir y recalzar justamente el muro del torreón viejo donde Adulfo sabía que dormía la corona.

Las dos cosas a la vez no eran casualidad: eran que Velagra se preparaba para sacar la corona por su propia mano, con calma, con el escriba escribiéndole una ley que la legitimara y el conde metido en el ajuste como testigo o como socio.

Y si la corona salía así, por la mano de la peña y no por la suya, Adulfo se quedaba fuera de todo: su trato con Recesvinta, el silencio del hijo a cambio de una parte, se le convertía en papel mojado, en nada, porque ya no tendría con qué amenazar; treinta años de palanca, de espera, de paciencia heredada del abuelo, tirados al río de un manotazo.

La corona iba a salir de la piedra, de eso Adulfo ya no dudaba lo más mínimo, lo veía venir como ve el labrador venir la tormenta por el color del cielo.

La única cuestión que quedaba abierta era para quién iba a salir, en qué mano iba a acabar; y Adulfo no había secado su vida entera esperándola para que, llegada la hora, fuera a parar a la mano de otro.

Pidió audiencia al conde Gatón, y se la dieron, porque un perro de caza que pide audiencia suele traer una pieza.

El conde lo recibió en la casa fuerte que se había hecho levantar río abajo, en el llano, junto a un vado, donde el agua y el camino mandaban poner un poder nuevo: una construcción grande de madera y de tapial, alzada deprisa el año anterior por carpinteros traídos del norte, y ya medio podrida por la base con la humedad del Duero, las vigas bajas oscurecidas, el tapial reventado por dos sitios y remendado de cualquier manera.

A Adulfo, que tenía buen ojo para la piedra de tanto rondar canteros que no le dejaban acercarse, aquella casa le pareció desde el primer día la prueba en carne viva de lo que él pensaba del norte: que llegaba con el poder pero no con el saber, con los hombres y las espadas pero no con los siglos, levantando en madera lo que en Velagra estaba en piedra, condenado a rehacerse cada generación mientras la peña de los ojos negros seguía allá arriba, en lo alto, siendo más vieja que todos ellos y dispuesta a ser más nueva.

Gatón era hombre de cincuenta y tantos, ancho de hombros, de barba roja entrecana y manos grandes de las que han tenido la espada antes que el sello, ambicioso de la ambición sana del que quiere dejar nombre y tierra a sus hijos y no solo llenarse la panza en vida; pero no tonto, que la ambición sin cabeza no llega a conde, y escuchó a Adulfo con el ceño fruncido, que era como escuchaba todo, hasta las buenas noticias, porque desconfiaba de su sabueso lo justo para no soltarlo del todo y lo bastante para no creerle nunca a la primera, que un perro que trae siempre pieza acaba inventándola para que no lo dejen de alimentar.

—En Velagra hay una corona —dijo Adulfo, sin adornarlo, que al conde no le gustaban los adornos—.

La corona votiva de los reyes godos, del tesoro de Toledo, que un conde descolgó del altar la última noche y trajo aquí cuando el mundo se acabó.

La vieron media frontera en lo alto del muro la noche del gran asedio, hace cuarenta años.

Mi abuelo entre ellos. Está emparedada en el torreón viejo de la peña, y el señor lo sabe, y la guarda, y ahora va a sacarla, porque la obra le obliga y porque un escriba vuestro, ese Vítulo, se ha pasado a su bando y le está escribiendo no sé qué fueros para quedársela con vuestra ley de por medio.

Gatón no contestó enseguida. Adulfo lo vio sopesar, y supo que había acertado el golpe, porque al conde no se le movió la cara de codicia, que ese movía la cara cualquier ladrón, sino la del cálculo, que era la que de verdad mandaba en aquel hombre.

—Una corona —dijo Gatón, despacio—. ¿Y para qué quiero yo una corona vieja de un reino que no existe?

—Para lo que habéis venido —dijo Adulfo, y aquí afinó, que era el filo de toda su jugada—.

Habéis venido a poblar esta tierra y a hacerla del rey y vuestra.

A fundar. Y el que funda necesita una cosa por encima del grano y de los muros: necesita que la gente le crea que tiene derecho.

Pues bien. El que tenga en la mano la corona del último rey godo de esta tierra, el día que se la enseñe a la gente de la frontera, no será un advenedizo que sube del norte a cobrar fanegas.

Será el que continúa el reino. La corona no es oro, mi señor, aunque oro tenga.

La corona es el derecho. Y ahora mismo el derecho lo tiene en el muro de su casa un señor de ojos negros que os da grano de fuera de la puerta y os escupe de la puerta para dentro, y que está a punto de escribirse con tinta vuestra que esta tierra es suya desde antes que vuestra.

Si llegáis vos primero, mandáis en la frontera.

Si llega él, mandaréis vos en las fanegas y él en las almas.

Y las almas, mi señor, pesan más a la larga.

Hubo un silencio largo en la casa fuerte, con el río sonando fuera en la noche y la madera nueva crujiendo de humedad, y Adulfo aguantó sin añadir palabra, que esa lección la sabía de su abuelo: que al pez no se le saca de un tirón, que se le deja morder, y el conde estaba mordiendo.

Gatón se levantó, dio dos pasos hasta el ventano, miró hacia donde la peña era de noche una mancha negra más alta que la noche, una sombra de piedra que llevaba allí cien años cuando todo lo demás era barro y tapial que se pudría, y Adulfo supo, por la quietud de aquella espalda ancha, que el conde estaba viendo lo mismo que él veía: que aquella peña no era una aldea que se sumaba, sino un poder más antiguo que el suyo, y que un poder nuevo no convive con un poder antiguo más que de dos maneras, tragándoselo o siendo tragado por él.

—Si me mientes —dijo Gatón, sin volverse—, te cuelgo del primer árbol que dé carga.

—Si os miento, colgadme —dijo Adulfo—. Pero abrid antes el torreón.

Gatón se volvió, y en su cara estaba ya tomada la decisión, la decisión que Adulfo había venido a sembrar y que el conde se creería suya, que así era como había que poner las decisiones en cabeza ajena, dejándolas brotar como si nacieran solas.

—Velagra me ha dado grano y me ha negado la casa —dijo el conde—.

Lo segundo se lo pasé porque me convenía un vasallo contento más que un enemigo arruinado.

Pero un vasallo que me esconde la corona de un reino no es un vasallo contento: es un rival que espera su hora.

—Apretó la mandíbula—. Subiré a Velagra.

No a pedir fanegas. A pedir la peña y lo que esconde, en nombre del rey, como se pide a una plaza que entra en el condado.

Y si el señor de los ojos negros me dice que no de la puerta para dentro otra vez, esta vez la puerta la abro yo.

Adulfo inclinó la cabeza para que el conde no le viera la cara, porque por primera vez en treinta años de oficio no pudo del todo con el gesto, no consiguió dejar la cara lisa como un sillar pulido, y lo que le subió a ella no fue la codicia, que la codicia la tenía domada de tanto usarla, ni el triunfo, que el triunfo se enseña y él no enseñaba nada, sino algo más viejo y más hondo que ninguna de las dos cosas: la imagen del oro en lo alto del muro, a la luz de los incendios, que su abuelo Bermudo había visto una sola vez en su vida mientras huía por la poterna con la peña ardiendo a su espalda, y que le había dejado en herencia, descrita mil veces, como otros dejan una viña o una casa, hasta que para Adulfo aquella corona que nunca había visto fue más real que la mitad de las cosas que sí veía.

Y ahora, por fin, después de toda una vida rondando, iba a salir de la piedra.

No pensó, en aquel momento, en que en aquella peña a la que acababa de soltar al conde tenía un hijo que no sabía que lo era, un muchacho que andaba con la hija del señor; ni en Recesvinta, blanca de terror, escurriendo la colada con las manos temblándole junto al lavadero; ni, sobre todo, en que el conde que él soltaba contra Velagra no era una herramienta que se coge y se suelta, sino un poder con voluntad propia que, una vez echado a andar hacia la corona, no se dejaría ya guiar de la mano por el perro que lo había puesto a oler.

No pensó en nada de eso. Pensó solo en la corona, como llevaba treinta años pensando solo en la corona, que era lo que lo había secado por dentro hasta dejarlo siendo nada más que aquella espera.

Y bajó de la casa fuerte a la noche húmeda del río, con la madera podrida crujiendo a su espalda, con la certeza dulce y antigua de que el cerco había empezado por fin, de que esta vez la piedra escondida iba a tener que enseñar lo que escondía dentro le pesara a quien le pesara y costara lo que costara; sin sospechar todavía, porque los que de verdad saben de la palanca saben de todo menos de sí mismos, que un cerco, una vez echado, deja de obedecer al que lo suelta, y que la corona que él había despertado de su sueño de cien años iba a salir de la piedra, sí, eso seguro, pero no para la mano que llevaba treinta años esperándola.