20
Ansur no había dormido la noche antes de descimbrar, y no era cosa que le avergonzara, porque su padre le había dicho, la primera vez que lo vio dar vueltas en el jergón la víspera de una pieza grande, que el cantero que duerme tranquilo la noche antes de quitar una cimbra es un cantero que no ha entendido todavía lo que está haciendo, y que el miedo, ese miedo concreto y frío de la víspera, no es flaqueza, es el oficio que vela por uno cuando uno quisiera descansar.
Tenía veintidós años aquella primavera y tenía sobre los hombros, por primera vez, una obra entera que era suya, no de su padre, porque Vímara había hecho con él lo que un buen maestro hace con el hijo que vale: le había dado el arco de la iglesia para que lo levantara solo, mirando de lejos, sin meter la mano, dejándolo equivocarse en lo pequeño para que aprendiera lo grande, presente para el desastre pero ausente para el acierto, que es la única manera de que el acierto sea del hijo y no del padre.
El arco era el del crucero, el que abría la nave hacia el ábside, el corazón de toda la traza, y de cómo aguantara aquel arco dependía que la iglesia coronara la peña o que se quedara en cuatro muros y un montón de piedra caída.
Lo habían levantado a lo largo del invierno sobre la cimbra, la gran armazón de madera que Ansur había trazado y armado pieza a pieza, un esqueleto de vigas y tablones curvado con la forma exacta que tendría el arco, sobre el cual se iban asentando las dovelas una a una, de los dos arranques hacia arriba, cada dovela apoyada en la madera mientras el mortero fraguaba, subiendo parejas las dos hileras hacia el cielo hasta encontrarse en lo alto, donde iría la clave, la pieza última, la que él mismo había tallado el verano anterior bajo la mirada de Ervigio y de Anderquina sin saber entonces que sería la clave de su primera obra de maestro.
La clave la habían asentado al fin del invierno, calzándola a golpe de mazo entre las dos hileras de dovelas hasta que entró apretada y el arco quedó cerrado, completo, perfecto a la vista.
Pero un arco cerrado sobre su cimbra no es todavía un arco.
Es un dibujo de arco que la madera sostiene.
El arco no nace, no es de verdad, no se sabe si va a vivir o a morir, hasta que se le quita la madera de debajo y se le deja solo con su peso, y se ve si las dovelas se aprietan unas contra otras y empujan hacia fuera contra los muros y se sostienen por la pura porfía de la piedra contra la piedra, que es el misterio del arco y la cosa más cercana a un milagro que un cantero hace con las manos, o si, por un cálculo errado, por una dovela mal cortada, por un empuje mal medido, el arco se abre por la clave y se viene abajo en un instante y se lleva por delante lo que haya debajo.
Descimbrar es eso: quitarle a un arco la madre que lo ha tenido en pie mientras crecía, y verlo andar solo o verlo caer.
Y se hace despacio, aflojando las cuñas que calzan la cimbra contra el suelo poco a poco, todas a la vez y por igual, para que la madera baje un dedo y el arco asiente sobre sí mismo un dedo, y luego otro dedo, y otro, dándole tiempo a la piedra a buscar su sitio y a tomar su carga sin sobresaltos, que un arco descimbrado de golpe es un arco al que se asusta, y la piedra, como las bestias, cuando se la asusta, cocea.
Ansur había dispuesto las cuñas la víspera, había repartido a sus hombres, a cada uno la suya, les había dicho lo que tenían que hacer y cómo y a qué voz, y se había ido a no dormir.
Amaneció claro, sin viento, que era buen agüero porque el viento mete en la madera vibraciones que engañan al ojo, y subió a lo alto antes que nadie, con el frío y el río, a tocar el arco una última vez como había visto tocar a su padre el muro del torreón, con la palma abierta, recorriendo las juntas de las dovelas para sentir si alguna se había movido en la noche, si el mortero había fraguado parejo, si la piedra le decía algo que el ojo no le dijera.
No le dijo nada malo. Llegaron los hombres, se persignaron, que aquello se hacía con Dios delante porque debajo del arco iban a estar ellos, y Ansur los puso a cada uno en su cuña, y mandó aflojar.
Aflojaron a la voz, todos parejos, un cuarto de vuelta cada cuña, y la cimbra bajó un dedo con un crujido largo de la madera al perder la carga, y el arco asentó, y aguantó.
Aflojaron otro cuarto, y otro dedo bajó la cimbra, y otro crujido, y el arco volvió a asentar y a aguantar, y Ansur, debajo, con la cabeza echada hacia atrás mirando la clave, sintió bajo los pies lo que un cantero siente y no sabe explicar, que la piedra estaba tomando su carga, que estaba aprendiendo a sostenerse, y por un momento creyó que iba a salir bien y limpio y que aquella sería su obra y que su padre lo vería desde donde lo estaba viendo, apartado, sin meter la mano.
Y entonces, a la tercera vuelta de las cuñas, cuando la cimbra ya no tocaba el arco más que por la coronación y el arco cargaba ya casi entero sobre sí mismo, una de las vigas de la cimbra, una de las que sostenían el costado de poniente, una viga que llevaba allí todo el invierno aguantando la carga y que se había ido pudriendo por dentro sin que se viera, por la humedad que se mete en la madera que está mucho tiempo quieta, esa viga reventó.
Reventó con un chasquido seco, no de los que avisan, de los que ya han pasado cuando se oyen, y el costado de poniente de la cimbra se vino abajo un palmo de golpe, y el arco, que estaba justo en el punto delicado, justo en el instante en que cargaba sobre sí mismo y aún no se había asentado del todo, sintió faltarle el apoyo de un lado y empezó a abrirse por la clave, despacio al principio, un crujido, una grieta de polvo de mortero cayendo de la junta más alta, el principio del fin de un arco, que cuando un arco empieza a abrirse por la clave ya no para, se abre del todo y cae, y debajo, justo debajo del costado de poniente que se había desplomado, estaba un peón, un rapaz de quince años, sobrino del molinero, que se había metido a calzar una cuña que no le tocaba por hacerse el hombre delante de los mayores, y que se quedó allí clavado mirando hacia arriba la viga partida y el arco abriéndose, sin moverse, paralizado del modo en que se paraliza un conejo ante el zorro, sin entender todavía que lo que veía caer le iba a caer encima.
Ansur lo vio todo en el tiempo que no es tiempo, el tiempo de los desastres, en que las cosas pasan despacio y la cabeza va más deprisa que ellas.
Vio la viga partida, vio el costado caído, vio el arco abrirse, vio al rapaz clavado debajo, y supo, con la parte de la cabeza que en esos momentos calcula sola sin pedir permiso, dos cosas a la vez: que el arco se le iba, que su obra se le caía, los meses de invierno, las dovelas, la clave que había tallado, todo abriéndose por lo alto para venirse al suelo; y que debajo había un crío que en un instante iba a estar muerto.
Y no dudó, porque no había tiempo de dudar, y porque su padre le había metido en el hueso, sin decírselo nunca con esas palabras, que entre la piedra y un hombre se elige el hombre, siempre, que la piedra se vuelve a levantar y el hombre no.
Lo que su padre no le había enseñado, porque no se enseña, porque o se tiene o no se tiene, fue lo otro, lo que Ansur hizo en aquel mismo instante sin pensarlo, que fue ver, en medio del desastre, cómo salvar las dos cosas a la vez, el crío y el arco, con un solo gesto, que es lo que separa al maestro del que solo es valiente.
No corrió a sacar al rapaz, que no le habría dado tiempo y habría muerto con él.
Gritó. Gritó una orden, una sola, a los dos hombres que tenía más cerca de las cuñas del lado de levante, el lado que aún aguantaba, que apretaran, que las metieran a fondo de un mazazo, lo contrario de lo que se estaba haciendo, lo contrario de descimbrar, volver a calzar de golpe el lado bueno para darle al arco, por un instante, por el instante que hacía falta, el apoyo que el lado malo le había quitado; y los hombres, que en una cuadrilla bien mandada obedecen antes de entender, porque para eso está mandada, metieron las cuñas de levante de dos mazazos brutales, y la cimbra del lado bueno volvió a subir el palmo que el lado malo había bajado, y el arco, que ya se abría, sintió volver el apoyo y se paró, se quedó quieto a medio abrir, sostenido en falso por un solo lado, temblando como tiembla lo que está entre caer y no caer; y en ese instante robado, en ese latido que la cuña de levante le había arrancado al desastre, Ansur sí corrió, agarró al rapaz por el pescuezo del sayo y lo sacó de debajo de un tirón que lo levantó del suelo, y los dos rodaron por el polvo fuera del vuelo del arco justo cuando el lado de poniente, sin viga y sin apoyo, se desplomaba del todo con un estruendo de madera y de cimbra rota.
Pero el arco no cayó.
El arco se quedó arriba. Abierto en falso un instante, sostenido por la cuña de levante un latido, encontró en ese latido su sitio, asentaron las dovelas unas contra otras, se cerró la junta que se abría, y la piedra, que solo necesitaba aquel instante para aprender a sostenerse, lo aprendió, y se quedó en pie sola, sin la cimbra de poniente que se había hecho astillas en el suelo, sin la viga podrida, sin más apoyo que su propia porfía de piedra contra piedra empujando hacia los muros, que era para lo que Ansur lo había trazado y para lo que la había tallado cada dovela.
Se hizo un silencio en lo alto de la peña, el silencio de después del estruendo, con el polvo del mortero y de la madera flotando en la luz de la mañana, y todos miraron hacia arriba, los hombres, el rapaz que jadeaba en el suelo agarrado todavía a Ansur, y vieron el arco entero, cerrado, en pie sobre el aire, sin nada debajo, andando solo por primera vez, y nadie dijo nada porque no había nada que decir ante una cosa así, que un arco que se sostiene solo la primera vez que se le quita la madre es de las pocas cosas que hacen los hombres ante las cuales hasta los hombres se callan.
Vímara lo había visto todo desde apartado, sin meter la mano, como había prometido.
Bajó despacio hasta donde su hijo se levantaba del polvo, sucio, con el rapaz a salvo lloriqueando de susto a su lado y la mano todavía temblándole por dentro aunque la tuviera quieta, y no lo abrazó, que entre canteros eso no se hace, ni le dijo que lo había hecho bien, que eso lo decía el arco solo allá arriba mejor que ninguna boca.
Le puso la mano en el hombro, le miró el arco y luego lo miró a él, y le dijo lo único que un maestro le dice al hijo el día en que el hijo deja de serlo del todo: que ya no tenía nada más que enseñarle de los arcos, que lo que él acababa de hacer no se enseñaba, que el resto del oficio lo aprendería solo y de la piedra, y que desde aquella mañana, ante la cuadrilla y ante quien preguntara, el maestro de la obra de la iglesia era Ansur y no Vímara, porque un hombre que salva al peón y al arco con el mismo gesto y no pierde ninguno de los dos ha dejado de necesitar maestro.
Y Ansur, que llevaba toda la vida queriendo oír aquello y que lo oyó al fin sin alegría, con el cansancio frío de después del miedo, miró el arco en pie y supo que su padre tenía razón y que aquel era el mejor día de su oficio.
Pero Vímara no soltó del todo la alegría, y Ansur lo notó, porque entre los dos las cosas se notaban sin decirse.
Su padre miró el arco, y miró luego, por encima del arco, más allá de la nave que crecía, hacia la esquina donde la traza de la iglesia se arrimaba al torreón viejo, a la mole oscura del primer día, y se le puso en la cara, un instante, aquella sombra que Ansur le había visto tantas veces sin saber del todo nombrarla, y que ahora, después de la celda y de la noche del juramento, sabía nombrar de sobra.
Porque el arco del crucero estaba en pie, sí, y la iglesia tenía ya corazón, y la obra de cien años se acercaba a su remate.
Pero el remate, el ábside, lo que faltaba para coronar la peña, pedía cargar sobre la base del torreón, y la base del torreón había que abrirla y recalzarla, y abrirla era arrimar el cincel a la piedra que ninguno de los dos podía tocar.
Ansur miró lo que su padre miraba, el arco glorioso de cerca y el torreón callado de lejos, y entendió, en su día más grande, que la obra que acababa de consagrarlo como maestro era también la obra que, para terminarse, iba a tener que tocar lo único que no se podía tocar; y que el arco en pie sobre el aire, su arco, no era el final del camino, sino la víspera del momento más difícil de todos, aquel en que la piedra que levantaban y la piedra que escondían iban a tener, por fin, que mirarse de frente.