Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 19
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Vímara había heredado de su padre Froila la idea de que una obra no se termina, que se abandona en el mejor punto que uno alcanza a dejarla, y que el maestro que sueña con poner la última piedra de su vida es un maestro que no ha entendido todavía que las obras de verdad cruzan el tiempo que ningún hombre alcanza.

Pero pasados los cuarenta, con la peña en pie casi entera y el oficio firme en la mano de su hijo, Vímara se había permitido un sueño que sabía que no vería cumplido y que para él lo justificaba todo: coronar la peña con una iglesia de piedra.

No una ermita de las que se hacían en la frontera, cuatro muros de mampuesto y un techo de troncos que se pudre con la lluvia y se quema a la primera aceifa y hay que rehacer cada generación.

Una iglesia de sillería de verdad, con su ábside de piedra trabada vuelto al naciente y su bóveda cerrada como la de la torre de su abuelo, una obra que dijera, a quien la mirara desde el río dentro de mil años, cuando no quedara ni el polvo de los que la hicieron, que aquí hubo gente que creyó que valía la pena hacer las cosas para durar más que la vida del que las hace.

Llevaba años con ella metida en la cabeza, juntando la piedra hilada a hilada en una era apartada, escogiendo la buena y descartando la helada, ensayando de noche las trazas con un palo sobre la tierra batida, robándole a las cuentas del grano y a los jornales lo justo para ir adelantando sin parar la cantera ni que la peña lo notara.

Y aquel verano, por fin, con la mano del oficio ya firme en su hijo y la peña entera en pie, se había permitido empezar a abrir los cimientos en lo alto, junto a la torre, en el único sitio de toda la peña donde la iglesia tendría el aire, la altura y la vista del río que él llevaba media vida queriendo para ella.

El único sitio. Ahí estaba el problema, el clavo que llevaba meses sin dejarlo dormir, y Vímara lo sabía desde antes de clavar la primera estaca, desde la noche misma en que la traza de la iglesia se le cerró entera en la cabeza y vio, con el gozo de quien por fin encuentra la forma de una cosa, que la forma le mandaba justo allí; y se lo había callado a todos menos a la cadena, porque era de esas cosas que un maestro no comparte con su cuadrilla, ni con su mujer, ni con nadie que no esté juramentado, por la misma razón por la que no se enseña una cantera nueva hasta tenerla comprada: porque dicho antes de tiempo, un secreto no se guarda, se reparte, y un secreto repartido ya no es secreto.

El sitio donde la iglesia quedaba mejor era el que pegaba con el torreón del ángulo.

Y el torreón del ángulo, el viejo, el que su padre Froila había levantado y rematado en sus años buenos, guardaba en el macizo de su muro, hecha piedra entre las piedras, la corona del reino muerto.

Vímara lo sabía como lo había sabido su padre, que se lo dijo una sola vez, llevándolo de la mano hasta el sillar exacto cuando él tenía la edad que ahora tenía Ansur, marcándoselo en la memoria con la solemnidad con que se entrega lo que no se puede entregar dos veces: «Aquí duerme.

La puse aquí yo, una noche, con el señor y el monje por testigos.

No es secreto que se cuente: es secreto que se hereda con la mano, no con la boca.

El día que tengas un hijo digno, lo traerás aquí y le pondrás la mano en esta piedra, y no antes.

» Vímara había llevado a Ansur a aquel muro el invierno pasado, le había puesto la mano en el sillar, le había dicho las mismas palabras, y había sentido al hacerlo el peso entero de la cadena pasarle por la mano a la del hijo como pasa la carga de un sillar de un hombro a otro.

Y ahora la iglesia que era el sueño de su vida le pedía abrir cimientos justo allí, ceñir el torreón, reforzar su base para cargar sobre ella el empuje de la nueva bóveda. Para coronar la peña con la obra de Dios había que tocar el muro donde dormía la corona.

Subió a verlo con Ansur una mañana temprana, antes de que la cuadrilla llegara, los dos solos en lo alto con el frío y el río, con el pretexto de medir la traza sobre el terreno, que era pretexto verdadero, había que medirla, pero no el único ni el principal.

La luz rasante del amanecer alargaba las sombras de los sillares del torreón y engañaba al ojo, y por eso Vímara no miró: tocó, que era lo primero que su padre le había enseñado, lo que su padre había heredado del viejo Teudila, el ojo se engaña con la luz y la mano no.

Recorrió con la palma abierta la base del torreón viejo, palmo a palmo, despacio, notando bajo los callos la junta, el asiento, la cama de cada hilada, el sitio donde el agua de cien inviernos había ido comiendo el mortero y royendo la piedra blanda, y le fue diciendo a Ansur en voz baja lo que la mano le decía, que era lo que un maestro enseña a otro no con palabras de libro sino con la piedra delante: que el muro estaba sentado sobre la roca viva y firme de arriba, que su abuelo Teudila lo había cimentado bien, que de cintura para arriba aguantaría mil años; pero que la base, las hiladas bajas, las que lamía el agua que escurría de la peña, estaban comidas, descarnadas, y que si encima de un muro descarnado por abajo se descargaba sin tiento el empuje de una bóveda nueva, el aparejo abriría por la junta más floja como abre un odre cosido por donde está más gastado el cuero, y la iglesia, en vez de honrar al torreón, se lo reventaría en cincuenta años.

Que para que aquello no pasara había que recalzar la base entera, descalzar y sustituir las hiladas bajas comidas, una a una, apuntalando con cimbras la carga mientras se sacaba la piedra mala y se metía la sana, abrir y rehacer, en fin, buena parte del macizo del muro por su pie.

Parte del macizo. Lo dijo despacio, sin subrayarlo, porque las cosas graves se dicen sin subrayarlas, y Ansur, que sabía exactamente dónde dormía la corona porque su padre se lo había puesto en la mano en aquel mismo muro el invierno antes, levantó la vista de la piedra y miró a su padre a los ojos, y no hizo falta que ninguno de los dos dijera en voz alta lo que los dos estaban pensando con las mismas palabras.

—¿Está en la parte que hay que abrir? —preguntó Ansur, bajo, aunque no había nadie en una legua a la redonda.

—No lo sé —dijo Vímara, y era la verdad, y la verdad le pesaba más que una mentira—.

Está cerca. El sillar que me enseñó tu abuelo está dos hiladas por encima de lo que yo tendría que recalzar.

Dos hiladas. —Pasó la mano por la junta, la junta exacta, sintiendo debajo de los dedos callosos la piedra que parecía una piedra y era un reino—.

Si abro la base con tiento, sin tocar lo de arriba, apuntalando cada hilada según la quito, la corona no se mueve.

Pero un recalce así no lo hago yo solo, ni lo hace tu cuadrilla a ciegas.

Hace falta gente metiendo el cincel justo debajo de donde no debe meterlo, día tras día, durante meses.

Y a esa gente no se le puede decir por qué tiene que parar el cincel dos hiladas antes de lo que el oficio le pide.

Un cantero al que le mandas dejar piedra sin labrar sin razón, pregunta.

Y un cantero que pregunta y no se le contesta, escarba.

Se quedaron los dos en lo alto, callados, con el río sonando abajo en la curva y la traza de la iglesia marcada con estacas y cuerda sobre la roca, las líneas blancas de la cuerda dibujando en el suelo una iglesia que todavía no existía y que se cruzaba, en una esquina, con la sombra real del torreón que sí existía y que guardaba lo que guardaba.

Y Vímara sintió por primera vez en toda su vida de maestro que su oficio y su juramento, que habían ido siempre del brazo, que para él eran la misma cosa desde que su abuelo Teudila grabó la marca de la cadena en una esquina de su propia lápida para quien supiera leerla dentro de mil años, tiraban de pronto en direcciones contrarias, cada uno hacia su lado, como dos bestias mal unidas al mismo yugo.

La cadena le mandaba no tocar aquel muro jamás, dejarlo dormir, morir él sin haberlo movido y pasarlo intacto al hijo.

El oficio le mandaba abrirlo y recalzarlo para poder coronar la peña con la obra que la haría durar mil años, la obra que era el sentido de cien años de cantería, de su abuelo y de su padre y de él.

No se podía obedecer a los dos. Y él, que había creído toda su vida, con la fe sencilla del que hereda una certeza sin examinarla, que servir a la piedra y servir al secreto eran el mismo servicio, descubría a los cuarenta años, con el cincel ya casi del todo en la mano del hijo, que aquello no era verdad, que había sido verdad cien años por suerte y no por ley, y que llegaba el día, su día, en que había que elegir entre la obra y lo que la obra escondía.

Y que para hacer la iglesia que coronaría cien años de cantería iba a tener que acercar el cincel, su propio cincel o el de su hijo, más de lo que ningún maestro de la cadena lo había acercado nunca, a la única piedra de toda la peña que ningún cincel debía tocar.

Bajó de allí sin haber decidido nada, que algunas cosas no se deciden en una mañana ni se deben decidir, pero con una certeza fría asentándosele dentro como se asienta un sillar pesado, despacio y sin remedio: que la corona, que había dormido cien años en la piedra solo porque a nadie le hizo falta moverla, iba a tener que moverse o a quedarse, sacarse o jugarse, por culpa de una iglesia que él había soñado para honrarla; y que la mano que lo decidiera, para bien o para mal, ante la cadena y ante los muertos, iba a ser la suya, y no había a quién pasarle aquella carga, porque era el único vivo que sabía el sillar exacto.