Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 18
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Adulfo había aprendido de su abuelo Bermudo, que lo tomó de mozo unas pocas estaciones de feria y cuyas lecciones le acabaron de llegar de boca de su madre, como se hereda un oficio, que un secreto no vale lo que sabes, sino lo que el otro teme que sepas, y que el arte de la palanca está en dejar siempre al contrario adivinando cuánto le falta a uno para destruirlo.

Habían pasado tres veranos y tres siegas desde que el conde subió por primera vez a la loma del nogal y la peña vio asomar al norte por el recodo del río; tres años en que los críos que entonces trepaban por la cantera se habían estirado en mozos, y la vega se había ido salpicando de casas nuevas como de hongos tras la lluvia, y Velagra había pasado de figurar de oídas a figurar escrita.

Llevaba Adulfo aquellos años con la palanca puesta, desde que volvió, y la había ido apretando con la paciencia de quien sabe que la prisa rompe la cuña y pierde el sillar.

Había vuelto a la comarca a la sombra del conde Gatón, que lo había recogido años atrás en el norte, en una venta del camino, cuando Adulfo subía sin oficio ni amo contando a quien le pagara un trago que conocía una tierra rica donde todos los del norte creían que no había más que ruinas y pastores; y el conde, que buscaba justamente eso, hombres que conocieran la tierra que iba a poblar, lo había tomado a su servicio sin preguntarle de dónde venía ni por qué se había ido, que esas preguntas no se le hacen a un perro útil.

Y Adulfo se había hecho indispensable al conde del modo en que se hace indispensable un perro de caza, no por bonito ni por leal, sino por oler lo que el amo no huele, por traer la pieza que el amo no ve.

Pero la palanca de verdad, la que de noche lo desvelaba, la que llevaba treinta años heredada, no la ponía contra el conde, que el conde no era más que el hacha con la que él pensaba derribar lo que quería derribar.

La ponía contra la peña, contra Velagra, despacio, sin prisa, sin enseñar nunca la mano entera, del modo exacto en que su abuelo Bermudo le habría enseñado a ponerla si hubiera vivido para enseñárselo de viva voz y no por boca de la madre: una gota cada vez, nunca el odre; dejar al otro adivinando cuánto le falta a uno para hundirlo; vender siempre la gota siguiente y guardarse el odre hasta el final.

Aquella tarde la puso contra Recesvinta, que era el sitio más blando del muro.

La buscó donde sabía que estaría sola, en el lavadero de abajo, junto al agua que bajaba de la cisterna alta y corría por una canal de piedra que el viejo Froila había tallado hacía una vida para que las mujeres no tuvieran que bajar al río.

Allí iban a la caída de la tarde, a la última luz, y ella se quedaba siempre la última, no por mandato de nadie, sino porque la gente, sin saber bien por qué, le hacía alrededor un hueco de soledad, como se le hace, sin decírselo, al que arrastra una desgracia que no se nombra.

Recesvinta tenía las manos rojas y agrietadas del agua fría y la espalda doblada sobre la piedra gastada del lavadero cuando oyó los pasos en el sendero, y supo, antes de volverse, antes de que la cabeza quisiera saberlo, de quién eran, porque hay pasos que el cuerpo reconoce de por vida aunque la cabeza pase veinte años queriendo olvidarlos.

Se irguió despacio, sin soltar la colada, que era lo único que la sostenía.

No le tenía miedo a Adulfo, se decía a sí misma que no, que lo que sentía era otra cosa, que el miedo se le tiene a un extraño y aquel hombre había sido suyo, padre de su hijo, casi marido en otra vida que ya no parecía la misma.

Pero era miedo, y del peor, del frío y exacto que siente la que sabe que un hombre tiene en la mano la única cosa capaz de romperle al hijo la vida entera, y que ese hombre es, para colmo de la desgracia, el padre de ese hijo, de modo que ni siquiera puede odiarlo limpio.

—Buenas tardes te dé Dios, Recesvinta —dijo Adulfo, y se sentó en la piedra de enfrente sin que nadie lo invitara, con la tranquilidad del que viene a quedarse—. Trabajas tarde. Siempre fuiste de las que aguantan.

—¿Qué quieres? —Ella no soltó la colada. Mantener las manos ocupadas era lo único que la sostenía—. No tienes nada que buscar aquí.

—Tengo un hijo aquí —dijo Adulfo, bajo, y vio con frío placer cómo a ella se le quedaba la colada quieta en el agua—.

Un hijo que no sabe que lo es. Un buen muchacho, dicen.

Anda con los del señor, con la hija del señor, dicen también.

—Dejó pasar el tiempo justo, que esa lección sí la había heredado entera—.

Sería una pena que un buen muchacho creciera con una mentira en la boca de todos menos en la suya.

Que fuera el último de la peña en saber quién es su padre.

Eso hace daño, Recesvinta. Lo he visto. Un hombre que descubre tarde de quién es hijo ya no se fía de nada, ni de los que lo criaron, sobre todo de los que lo criaron, porque son los que más le mintieron.

—No te atreverás —dijo ella, y la voz le tembló en la última sílaba y se odió por que le temblara, porque sabía que a un hombre como aquel un temblor de voz le decía más que un grito.

—No quiero atreverme. —Adulfo se inclinó hacia delante sobre la piedra del lavadero, y por un momento, solo por un momento, hubo en su cara algo que no era cálculo, una sombra vieja y casi tierna de cuando aquella mujer de manos rojas había sido suya y él era todavía un mozo de la peña, casi un hombre honrado, antes de que lo echaran y el rencor le secara por dentro lo poco bueno que tuvo; y Recesvinta la vio, aquella sombra, y eso fue lo peor, porque le recordó que el monstruo había sido hombre.

Y la sombra pasó, deprisa, y volvió el cálculo a los ojos, que en Adulfo el cálculo siempre volvía como vuelve el agua a su cauce—.

No quiero. No me hace falta. Lo que quiero es lo que es mío y me quitaron.

En esta peña hay enterrada una corona de los reyes godos, Recesvinta.

No me mires así, que lo sé desde antes de nacer, me lo dejó mi abuelo como otros dejan una viña.

La vieron media frontera en lo alto del muro la noche del asedio.

Está aquí. Y el que la tenga manda en esta tierra cuando el norte acabe de poblarla, que está al caer.

Yo no pido la corona. Pido que, cuando salga, que saldrá, haya una parte para el que ayudó a que saliera limpia y sin que el conde la robe entera.

Eso pido. Y a cambio, mi hijo sigue siendo hijo de la peña y no del traidor.

Es un trato bueno. Llévaselo a los que mandan.

Recesvinta no contestó, porque no tenía contestación que no la traicionara.

Sacó la colada del agua fría, la escurrió retorciéndola con las manos rojas y temblorosas, apretándola más de lo que hacía falta, descargando en el trapo lo que no podía descargar en él, y se fue lavadero arriba sin volverse una sola vez, despacio, midiendo cada paso para que no pareciera una huida, porque sabía con la certeza de la que ha vivido años a su lado que si se volvía, aunque fuera un instante, él le vería en la cara lo que ella no quería que viera: que el trato la había partido en dos por la mitad exacta, la madre contra la guardiana de la peña, y que cualquiera de las dos mitades que perdiera la dejaba rota.

Y un hombre como Adulfo no necesitaba más que ver esa cara una sola vez, un solo parpadeo de duda, para saber con precisión de cantero dónde estaba la junta floja y dónde meter la cuña la próxima vez.

Adulfo se quedó solo junto al agua, oyendo el chorro de la canal de Froila caer monótono en la pila, y no sonrió, porque los que de verdad saben de la palanca no sonríen cuando la cosa marcha, que sonreír es soltar, y él no soltaba nunca.

Pensó en la corona, que era lo único en lo que pensaba de verdad desde hacía treinta años, desde que tenía uso de razón, porque su madre lo había criado con aquella historia como otras crían a sus hijos con la del santo del pueblo: el oro en lo alto del muro, la noche del fuego, el abuelo huyendo por la poterna y mirando atrás y llevándose para siempre, en herencia, la certeza de que la corona de los reyes existía y estaba allí.

Y pensó que ya sabía, casi, dónde. Había pasado años rondando la peña con sus aparejos de arriero y su cara de viejo inofensivo, escuchando a los viejos en la borrachera de las fiestas, cuando la lengua se suelta y el secreto pesa menos que el vino, atando lo que su abuelo le había dejado dicho con lo que él mismo veía con sus propios ojos, y había llegado, despacio, sin prisa, por descarte y por olfato, a una certeza que su abuelo no tuvo: la corona no estaba enterrada en un sótano, como Bermudo creyó hasta morir, debajo de la torre.

Estaba en el muro. En algún sillar del torreón del ángulo, el viejo, el del rincón de poniente, aquel al que la cuadrilla del joven Ansur, que metía el cincel en todas partes, no le metía nunca mano, aquel que el maestro Vímara rondaba con una cara rara, deteniéndose a tocarlo con la palma cuando creía que no lo veía nadie.

Adulfo lo había observado bien, mejor que nadie, porque sabía leer una peña como su abuelo le había enseñado a leerla sin libros: por dónde no se trabaja, más que por dónde se trabaja, que en una obra lo que dice algo no es el sitio donde el cincel canta a diario, sino el sitio donde el cincel calla.

Y en Velagra había un torreón al que no se le metía mano, y un maestro que lo vigilaba como una madre vigila una cuna, y una corona que la noche del asedio había salido de las piedras a la luz de los incendios y a las piedras había vuelto a meterse.

La corona estaba en aquel muro. Adulfo lo habría jurado sobre la tumba del abuelo que se la dejó por toda viña y por toda herencia.

Solo le faltaba el sillar exacto, uno entre los cientos del torreón, y eso, se dijo subiendo el sendero a oscuras con el chapoteo de la canal apagándose a su espalda, eso ya no era cosa de saber, sino de tiempo y de palanca, y de las dos cosas tenía de sobra, que para algo había esperado treinta años.