Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 17
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Anderquina aprendió aquel otoño que hay cosas que se saben con las manos antes que con la cabeza, y que la suya, la cabeza, llevaba semanas corriendo detrás de lo que sus manos ya habían entendido la tarde de la clave, cuando levantó la vista y se encontró con Ervigio mirando la piedra y se le quedó mirando a él un instante de más.

Tenía diecisiete años y la certeza, que en su casa nadie le discutía, de que ella sabía quién era y adónde iba, que para eso su padre la había criado suelta por la peña y no encerrada a coser como a las otras hijas de casa noble de la frontera; y de pronto se descubría sin saber una cosa, la primera de su vida, y la cosa que no sabía era qué hacer con lo que sentía, que era nuevo y dulce y le estorbaba para todo y no se dejaba mandar como se dejaban mandar las demás cosas suyas.

La ocasión vino con la vendimia tardía de las cepas que la peña tenía en la solana de poniente, cuatro liños viejos y agarrados a la pizarra que daban un vino áspero y poco, pero que se vendimiaban igual cada año porque eran de la peña desde antes que nadie y porque en la frontera no se desprecia lo que da la tierra aunque dé poco.

Bajaba todo el mundo a la solana en aquellos días, los de la cantera y los del grano y las mujeres y los rapaces, que la vendimia era de las pocas faenas que no tenían dueño de oficio y en las que cabía todo el mundo, y se trabajaba con una alegría que no tenían las otras, cantando, robándose racimos, con el mosto pegado a los dedos y a las risas.

Ansur había bajado con su cuadrilla, dándose el día libre de la piedra, que aun los maestros se lo dan en vendimia; y Ervigio, que aquel año cumplía los diecisiete y empezaba a tener el cuerpo que tendría de hombre, ancho de hombros de tanto cargar para los canteros sin llegar a serlo nunca, andaba entre las cepas con un cuévano a la espalda, llenándolo de los racimos que las mujeres cortaban, subiendo y bajando la solana sin cansarse, por estar cerca, aunque no lo dijera, de donde estaba Anderquina.

Les tocó vendimiar el mismo liño al caer la tarde, cuando la cuadrilla se había desperdigado y quedaban en la solana los rezagados y los que no tenían prisa por subir, y trabajaron un rato los dos solos en silencio, ella cortando los racimos con la podadera y él recibiéndolos en el cuévano, las manos de los dos pegajosas de mosto, rozándose sin querer en cada racimo que pasaba de una a otro, y cada roce duraba un poco más de lo que dura un roce de trabajo, y los dos lo sabían y ninguno apartaba la mano.

Anderquina cortó un racimo grande, prieto, de los pocos buenos que daba aquella solana, y en vez de echarlo al cuévano se lo tendió a Ervigio en la palma abierta, mirándolo, y le dijo que lo probara, que aquel estaba dulce de verdad, y Ervigio lo cogió de la mano de ella, no del racimo, de la mano, y se quedaron así un instante, el racimo entre las dos manos juntas, y luego él arrancó una uva y se la comió y estaba dulce, y arrancó otra y se la tendió a ella, y ella la cogió con los labios de los dedos de él, despacio, sin dejar de mirarlo, y aquello, que no era nada, que era dos muchachos comiendo uvas en una solana al atardecer, fue para los dos más que todo lo que les había pasado en la vida, y lo supieron a la vez, y se les puso a los dos la cara seria de golpe, como se pone seria la gente cuando una cosa de juego deja de ser de juego.

—Cuando seas señora —dijo Ervigio, y se le quebró un poco la voz, y se calló, porque no sabía cómo seguir, porque la frase entera, la que le bullía dentro, no se atrevía a decirla.

—No digas eso —dijo Anderquina, deprisa, y se le subió el color a la cara morena, y miró cuesta abajo, al río que abrazaba la peña, por no mirarlo a él—.

No digas «cuando seas señora» como si eso fuera un muro entre tú y yo.

Aquí dentro a ti te quieren más que a la mitad de los hijos de casa noble que conozco, y eso no te lo ha dado tu sangre, te lo has ganado tú cargando para todos sin que nadie te lo pague.

Yo no veo el muro que tú ves. Será que a mí no me lo han enseñado a ver.

Ervigio no contestó enseguida, porque era humilde y los humildes tienen un instinto para las verdades incómodas que a los que mandan se les escapa, y aunque no sabía nada de lo que había debajo, ni de su sangre ni de la de ella ni de la raya invisible que pasaba entre los dos, intuyó, con ese instinto, que Anderquina estaba diciendo una cosa que ella creía verdad y que él no podía creerse del todo, porque él, que era el de abajo, sabía lo que ella, que era la de arriba, no había tenido nunca que aprender: que a la gente se la mide por lo que hace mientras no haga falta medirla por otra cosa, y que el día que hace falta, que siempre llega, lo que es uno pesa más que todo lo que ha hecho.

Lo intuyó pero no supo decirlo, y dijo en cambio lo único que sí sabía, que era lo más sencillo y lo más verdadero.

—Yo no soy nada, Anderquina —dijo, mirándola—.

No tengo oficio, que peón no es oficio. No tengo tierra.

No tengo... —Se paró, porque iba a decir «padre» y no supo por qué iba a decirlo, que él se creía huérfano de padre como tantos en la frontera, hijo de un hombre que se fue o que murió antes de que él tuviera memoria, sin que aquello le hubiera dolido nunca hasta aquel momento en que, por primera vez, contando lo que no tenía delante de la muchacha que quería, sintió el hueco del padre como se siente el hueco de una muela que se acaba de caer—.

No tengo nada que ofrecerle a una señora.

Y tú vas a ser señora aunque no quieras, porque eres la única, y eso no lo cambia que la gente sea justa.

A ti te van a casar, Anderquina. Con uno que traiga algo.

Tierra, o gente, o paz con el conde. Eso lo sabes tú mejor que yo.

Anderquina no lo negó, y aquello fue lo peor para los dos, que no lo negara, porque negarlo habría sido un consuelo aunque fuera mentira y no negarlo era la verdad desnuda puesta entre los dos en la solana, a la última luz, con el cuévano de uvas a medio llenar y el mosto secándose en las manos.

No lo negó porque era demasiado lista y demasiado honrada para negarlo, porque sabía, aunque no quisiera saberlo, que su padre el señor no la había criado suelta para que se casara con un peón sin nombre por mucho que la peña midiera a la gente por lo que hacía, sino que la criaba para mandar, y que mandar en la frontera era, antes que ninguna otra cosa, casarse con quien convenía a la casa, traer con el matrimonio lo que la casa necesitara, una alianza, una tierra, una paz; y que ella, el día de mañana, haría lo que tuviera que hacer por la casa, porque para eso era de la casa, porque ser de la casa era justamente eso, anteponer la casa a lo que uno quiere.

Lo sabía. Pero tenía diecisiete años, y a los diecisiete una cosa se sabe con la cabeza y otra muy distinta se quiere con todo lo demás, y ella, que sabía con la cabeza que aquello no podía ser, lo quería con todo lo demás, y se quedó mirando el río sin decir nada, dejando que Ervigio tuviera razón, que era la única cosa que podía darle, la razón, ya que no podía darle nada más.

Subieron de la solana cuando ya era casi de noche, los últimos, y al llegar a lo alto, a la explanada de la torre, Anderquina vio una cosa que no había visto nunca con aquellos ojos, porque hasta entonces no había tenido motivo de mirarla, y que aquella tarde le entró en la cabeza como entra una astilla, de lado y para quedarse.

Su padre estaba en la puerta de la torre despidiendo al merino del conde, que bajaba al llano, y a su lado, un poco atrás, sin que nadie se lo hubiera mandado, se le habían juntado los cabezas de la peña, el del grano, el del agua, los oficiales viejos de la cantera, formando alrededor del señor ese corro suelto que se le forma sin que se llame al que manda de verdad; y cuando Anderquina cruzó la explanada, el corro se abrió para dejarla pasar hacia su padre con una naturalidad que no tenía cuando pasaba cualquier otra moza de la peña, una deferencia pequeña, casi nada, un paso atrás, un saludo con la cabeza, el sitio que se le hace al que un día mandará.

La hicieron sitio. A ella. Y ella, que había bajado de la solana caminando un palmo por encima del suelo con el sabor de las uvas y de los dedos de Ervigio en la boca, sintió aquel hueco que le abrían como se siente una mano fría en el cuello, porque entendió de golpe, sin que nadie se lo dijera, lo que Ervigio había tratado de decirle entre las cepas y ella había querido no oír: que era verdad, que iba a ser señora, que lo era ya un poco, que la peña entera, sin discutirlo, la había puesto del lado de los que mandan, y que Ervigio, que venía detrás con el cuévano vacío a la espalda, se había quedado en el corro, fuera, del lado de los que abren sitio, y que entre el sitio que le abrían a ella y el sitio donde se quedaba él había exactamente la distancia que él le había dicho que había, ni más ni menos, la distancia que ni la justicia de su padre ni la frase bonita de que a la gente se la mide por lo que hace iban a poder cerrar nunca.

Buscó a Ervigio con los ojos por encima de las cabezas del corro, y lo encontró mirándola, y supo, por cómo él apartó la vista enseguida, que él había visto lo mismo que ella, que había visto abrirse el hueco, y que lo había entendido antes y mejor, porque él llevaba la vida entera al otro lado de los huecos que se abren, y que aquella distancia, que en la solana había sido una pena dulce de dos muchachos, allá arriba, en la explanada, a la luz de las antorchas, delante del corro de los que mandan, se había vuelto de pronto una cosa dura y real que ya no se podía deshacer comiéndose una uva.

Los vio Recesvinta. Subía de la solana con un cesto de racimos a la cadera, rezagada como siempre, sola como siempre, y los vio desde abajo, recortados contra el cielo del anochecer en lo alto del liño, las dos cabezas juntas, el racimo en las dos manos, la quietud de los dos cuerpos que no se tocaban y que estaban más juntos sin tocarse que si se hubieran abrazado; y se le paró el corazón, y se le paró el paso, y se quedó a media cuesta con el cesto clavándosele en la cadera, mirando lo que cualquier mujer de la peña habría mirado con una sonrisa, dos muchachos enamorándose en la vendimia, lo más viejo y lo más limpio del mundo, y que ella no podía mirar con una sonrisa porque ella sabía lo que ninguno de los dos sabía, lo que nadie en la peña sabía sino ella y unos pocos que callaban: que el muchacho de los hombros anchos que le tendía una uva a la heredera con la cara seria del primer amor era hijo de Adulfo, hijo del traidor que la peña había echado, hijo del hombre que en aquellos mismos días le ponía a ella la palanca del silencio en el cuello y rondaba la peña a la sombra del conde; y que aquella muchacha de los ojos negros era la heredera de la casa que había echado a su padre, y que entre los dos, invisible, sin que ninguno la viera, corría una raya de sangre y de rencor heredado más honda que todas las rayas que el señor defendía a diario.

Recesvinta vio en aquel racimo compartido todas las desgracias que vendrían, vio el día en que se supiera de quién era hijo Ervigio y la cara que pondría Anderquina, y la cara que pondría el señor, y la cara que pondría el propio Ervigio al saber a la vez de quién era hijo y a quién había querido; vio, sobre todo, que ella era la única que podía pararlo y que no había manera de pararlo sin abrir la cosa misma que llevaba la vida entera tapando, porque para decirle a su hijo «de esa muchacha apártate» tendría que decirle por qué, y el porqué era justamente lo que no podía decir.

Subió la cuesta con el cesto clavándosele en la cadera y no dijo nada, ni a ellos, que no la habían visto, ni a nadie, que no había a quién decírselo sin abrir la herida; pero aquella noche no durmió, y mientras Ervigio dormía en el camastro de al lado con el sueño hondo y limpio de los diecisiete años, soñando seguramente con uvas y con ojos negros, ella miró el techo en la oscuridad y supo que a las dos palancas que ya le apretaban el cuello, la del silencio de Adulfo y el miedo a que su hijo supiera, se le había sumado una tercera, peor que las otras dos porque no venía de fuera sino de dentro de su propio hijo, del corazón de su propio hijo, que se había ido a enamorar, entre todas las mujeres de la frontera, de la única con la que su sangre lo hacía imposible; y que aquel amor, que era lo más limpio que le había pasado al muchacho en su vida corta, era también, sin que él lo supiera ni pudiera saberlo, la mecha más corta y más segura de todas las que cercaban a Velagra, porque las otras se podían apagar con grano o con palabras o con tiempo, y aquella, cuando creciera, y crecería, que el amor de los diecisiete crece como crece la zarza, sin que nadie lo riegue y contra todo lo que lo corta, no iba a dejarse apagar con nada, y al estallar iba a sacar a la luz, de un solo golpe, todo lo que la peña llevaba cien años guardando en lo hondo.