16
Ervigio tenía dieciséis años el verano en que entendió, sin que nadie se lo dijera, que Anderquina había dejado de ser la niña con la que trepaba a los andamios para convertirse en otra cosa que no sabía nombrar y que le dolía un poco en el pecho, como duele un músculo que se estrena.
Estaban los tres en la cantera de la falda, donde Ansur trabajaba ya de cantero hecho, con su marca propia picada en cada pieza que salía de su mano y una cuadrilla pequeña a su cargo, aunque no tuviera más que diecinueve años, porque en Velagra el oficio se medía por la mano y no por los años que llevara puestos el que la movía, y la mano de Ansur, hijo de Vímara y nieto de aquel Froila del que los viejos hablaban bajando la voz como se habla de un santo de la piedra, era de las que se ven una vez en una generación si se tiene suerte, y a veces ni eso.
Lo decían los oficiales viejos, los que habían trabajado con el padre y aún se acordaban del abuelo: que aquel zagal sacaba de un bloque la forma que el bloque escondía como si la viera dentro antes de empezar, igual que su abuelo, que la piedra parecía obedecerle no por miedo al cincel sino por gusto.
Ervigio le hacía de peón cuando podía escaparse de lo suyo, que no era cantero ni lo sería nunca, le faltaba el ojo y le sobraban las ganas, pero le gustaba estar cerca de la piedra y, sobre todo, cerca de Ansur, que lo trataba como a un hermano menor desde que los dos tenían memoria, que se habían criado revolcándose en el ripio de la misma cantera.
Y Anderquina subía a la falda cuando se le antojaba, que era casi todos los días, porque su padre el señor la dejaba andar suelta por la peña más de lo que las otras hijas de casa noble de la frontera andaban, encerradas a coser y a esperar marido; decía la gente, por lo bajo, que la dejaba suelta porque no le había dado Dios varón y la criaba a ella para mandar el día de mañana, y decía la propia Anderquina, cuando alguna vieja se lo echaba en cara, que su padre la dejaba suelta porque sabía mejor que nadie que ella no se iba a perder, que para perderse hay que no saber quién es uno, y ella lo sabía de sobra, o eso creía, que aún le faltaba enterarse de la mitad.
Aquella tarde Ansur tallaba una clave de bóveda, una pieza difícil, de las que se hacen una vez y no perdonan el error, porque una clave mal sacada no se reaprovecha, se tira, y con ella se tira el jornal de una semana y la cara del cantero ante su cuadrilla.
Trabajaba despacio, llevándole el puntero a la piedra con golpes cortos y medidos, parándose cada pocos a soplar el polvo y a mirar a contraluz lo que llevaba, y los dos jóvenes lo miraban en silencio desde la sombra de un sillar, porque hasta ellos sabían, de criados en la cantera, que a un cantero en la clave no se le habla, que una palabra a destiempo es un golpe de más y un golpe de más es la pieza perdida.
Ervigio miraba la piedra y el modo en que iba saliendo de ella la forma, que era una cosa que no se cansaba de ver, cómo de un bloque tosco la mano de Ansur sacaba, despacio, algo que tendría sentido dentro de un arco que todavía no existía.
Anderquina miraba a Ansur, la espalda inclinada, la fuerza contenida de los golpes; y luego, sin saber por qué, sin proponérselo, miró a Ervigio mirar la piedra, le miró el perfil quieto y atento, y Ervigio sintió la mirada en la mejilla antes de entenderla, como se siente el calor de una lumbre que no se ve, y levantó la cara y se encontró de lleno con los ojos negros de ella, los ojos del sur que la hacían distinta de todos en la peña, parados en él un instante de más, un instante que no era de los de mirar a un amigo.
Los dos apartaron la vista a la vez, deprisa, como dos que se han tocado sin querer la mano en la oscuridad y se asustan de la piel ajena.
No pasó nada. No se dijeron nada. El puntero de Ansur siguió sonando contra la clave, ajeno, tac, tac, midiendo el tiempo.
Pero Ervigio bajó aquella tarde de la cantera con un peso nuevo y dulce en el pecho, un peso que no había tenido nunca y que no se parecía a ningún otro, y supo, con la certeza tonta y entera de los dieciséis años, que prefería estar mal por aquello que bien por cualquier otra cosa que el mundo pudiera ofrecerle.
Lo que Ervigio no sabía, lo que ninguno de los tres sabía del todo, era de qué estaban hechos, qué sangre y qué secretos cargaban sin saberlo, como carga un muro un peso que no ve.
Ansur lo sabía a medias, que era lo peor, porque media verdad pesa más que una entera o que ninguna: sabía que su padre y el padre de Anderquina y el monje del archivo se reunían a deshora algunas noches en la celda baja del monasterio, y que aquello venía de antiguo, de su abuelo Froila, del que él no tenía más que la lápida con la marca escondida en una esquina que su padre le había enseñado a leer; sabía que tenía que ver con la peña y con algo que se guardaba en ella, una cosa que no se nombraba y que pesaba en la cara de su padre ciertas noches.
Y se lo callaba, todo, hasta a Ervigio y a Anderquina, que eran su sangre del alma aunque no de la suya, porque Vímara le había dicho, el día que lo llevó por primera vez a aquella reunión de cabezas juntas a la luz de un candil, que un hombre que sabe guardar un cincel sin que se le caiga sabe guardar una palabra sin que se le escape, y que de las dos cosas la segunda era la difícil, la que de verdad separaba a un cantero de un maestro, porque cualquiera aprende a no soltar la herramienta y casi nadie aprende a no soltar lo que sabe.
Anderquina no sabía nada todavía, nada de la sangre, pero la llevaba puesta en la cara para quien supiera mirar, los ojos negros y los pómulos marcados del bisabuelo que nadie le nombraba, el que estaba enterrado bajo un almendro mirando al sur sin lápida ni nombre; y crecía sintiendo, sin razón ninguna que se lo explicara, esa cosa rara de saberse distinta de los que la rodeaban, de notar que ella no era del todo de donde era, de intuir que en su casa, detrás de la quietud de su padre, había una puerta cerrada con llave que algún día le iba a tocar a ella abrir, y de temerla y de quererla abrir a la vez.
Y Ervigio, de los tres, era el que menos sabía y el que más le habría convenido saber: no sabía que el arriero viejo que a veces subía la peña a la sombra del conde y que se le quedaba mirando desde lejos, un instante de más, con una cara rara que no era de arriero, era su propio padre; ni que aquel padre había sido echado de Velagra años antes de que él naciera por traidor a la peña; ni que la mujer callada, dura y trabajadora que lo había criado y a la que él llamaba madre, Recesvinta, se ponía blanca como la cal y se le caía lo que tuviera en las manos cada vez que aquel arriero rondaba el recodo del río.
Ervigio se creía, sin más, uno de tantos de la peña, un hijo de la peña criado por la peña, y la peña entera, que lo quería bien porque era buen muchacho y porque la culpa del padre no se le carga al hijo mientras el hijo no la sepa, lo dejaba creerlo, y se cuidaba, casa por casa, de no sacarlo nunca de su engaño, que era el engaño más piadoso que Velagra guardaba.
—Vais a ser señora, vos —le dijo Ervigio a Anderquina, aquella tarde, bajando juntos por la rampa de la cantera, por decir algo, porque el silencio entre los dos había empezado a pesar—. Y yo no voy a ser ni cantero. Peón, todo lo más.
—Mi padre no manda porque sea señor —contestó Anderquina, que tenía respuestas de hombre mayor metidas en cuerpo de muchacha—.
Manda porque la gente le deja. Y la gente le deja porque es justo, no porque su padre lo fuera.
El día que yo mande, si mando, será igual: porque me dejen.
Y a mí me da lo mismo que seas peón. —Lo dijo deprisa, mirando al río, y se le subió el color a la cara morena, y Ervigio sintió que el corazón le daba un brinco como la piedra que salta de la cuña bien puesta—.
Quiero decir que en esta peña no se mide a la gente por lo que es, sino por lo que hace.
Lo dice tu propio... lo dice Vímara. La piedra no sabe de quién es la mano que la talla. Solo sabe si está bien tallada.
Ervigio se calló, porque no tenía palabras para lo que sentía y porque intuía, con el buen instinto de los humildes, que las palabras de Anderquina habían rozado sin querer algo verdadero y peligroso.
La piedra no sabía de quién era la mano.
Pero los hombres sí sabían de quién era la sangre, y Ervigio iba a aprender, con los años, que la frase bonita de Anderquina era la apuesta entera de Velagra contra el mundo, y que era una apuesta hermosa y todavía sin ganar.
De momento solo sabía que ella había dicho que le daba lo mismo que fuera peón, y con eso le bastaba y le sobraba, y bajó la rampa de la cantera caminando un palmo por encima del suelo, sin pisar las piedras, mirando el río que abajo abrazaba la peña y le parecía aquella tarde más hermoso que ningún otro día de su vida.
No sabía, no podía saber, que en aquella peña que lo había criado y que él creía suya como suyo era el aire corría una raya de sangre invisible, sin marca ni mojón, que pasaba justo entre él y la muchacha de los ojos negros: la raya que separaba a la heredera de la casa del hijo del traidor que la casa había echado.
Era, de todas las rayas que Gélmiro defendía a diario, la del conde, la del grano, la de la puerta, la única que ni el propio Gélmiro sabía todavía cómo iba a poder defender, porque las otras se defendían con grano y con palabras, y aquella, cuando el amor de dos muchachos creciera, no iba a dejarse defender con ninguna de las dos cosas.