Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 15
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Vítulo había escrito, en sus pocos años de oficio, los fueros de once aldeas de la frontera, y de las once no se acordaba de ninguna en particular, porque eran todas la misma aldea repetida: tierra que empezaba con el primer hombre que la poblaba, una memoria que no llegaba ni a los abuelos del más viejo, un mundo recién nacido y desnudo que cabía entero en media tarde de pergamino y aún sobraba piel.

Cuatro casas de barro, un señor que no sabía el nombre del padre de su padre, unos límites que se discutían a pedradas porque no había escrito que los fijara.

Eso lo despachaba un escriba en una sentada, y la gloria, si gloria había, estaba en ser el primero que ponía una letra sobre una tierra sin letras.

Por eso había venido al norte a servir al conde Gatón, dejando atrás un escritorio acomodado en un monasterio del que no echaba de menos nada, y no se arrepentía: escribir el principio de una tierra, ser la mano que ponía la primera palabra donde no había ninguna, le parecía la única tarea de verdad digna de un hombre de letras en un siglo en que de cada mil hombres apenas uno sabía formar su propio nombre.

Lo que no esperaba, lo que en ninguna de las once aldeas le había pasado ni había imaginado que pudiera pasarle, era subir un día por un recodo del río y encontrarse con una tierra que tenía más pasado del que su pergamino tenía sitio para contener, y un señor que lo miraba abrir el archivo como se mira a quien entra en el cuarto donde está el muerto de la casa.

El archivo de Velagra estaba en una cámara baja del monasterio, fresca y seca, con los rollos guardados en alacenas de madera negra de puro vieja, y lo tenía a su cargo un monje al que llamaban Eldemiro, sucesor de un tal Vincencio que había muerto, le dijeron, viejísimo, hacía pocos años, y de un Honorato antes que él del que ya nadie se acordaba sino por la letra.

La cámara olía a piel curtida y a cera y al moho seco del pergamino viejo, que para Vítulo era el olor de su vida entera, el único sitio donde se sentía en casa, y el primer día, al entrar, había aspirado aquel aire con el gusto del sediento que llega al pozo, porque en las once aldeas que llevaba inventariadas no había olido aquel olor ni una sola vez: las aldeas de ayer no tenían pasado que oliera a nada.

Eldemiro era hombre callado, de los que dan lo que se les pide y ni un dedo más, y los primeros días vigiló a Vítulo de cerca, sentándose con él, sacándole los rollos uno a uno y guardándolos en cuanto los soltaba, con la desconfianza serena del que custodia algo desde hace tanto que ha dejado de preguntarse qué custodia y solo sabe que no se enseña.

Pero Vítulo tenía la paciencia del que lleva la prisa por dentro, y sabía, de haber vencido a otros guardianes en otros archivos, que a un guardián no se le gana de frente sino aburriéndolo, dándole tantos días iguales que se canse de vigilar lo que no parece valer la vigilancia; y se dejó aburrir.

Pidió primero lo de fuera, las cuentas del grano de los últimos años, los pleitos de lindes, los repartos del agua de las cisternas, las menudencias que a un escriba del conde le tocaba inventariar y que no decían de la peña más de lo que la peña quería que se supiera, y las fue copiando despacio, con buena letra, sin levantar más polvo del necesario, hasta que Eldemiro, viéndolo un día tras otro inclinado sobre cuentas de fanegas, se confió, y empezó a dejarlo solo con las alacenas mientras él bajaba a rezar sus horas a la iglesia vieja.

Y fue solo, una tarde de las que se le iba la luz por el ventano, cuando Vítulo encontró lo primero que no cuadraba.

Era una cuenta de obra, de las muchas que el archivo guardaba, porque en Velagra hasta las piedras tenían su pergamino.

Pero esta era vieja, la tinta parda casi comida, la letra de una mano que ya no escribía nadie así, redonda y firme, con los rasgos de quien aprendió a escribir cuando aún había de quién aprenderlo bien, y hablaba de sillares y de cal y de jornales con la minucia maniática de un maestro que apuntaba cada hilada como si le fuera en ello el alma.

Vítulo no era cantero y no entendía la mitad de los términos del oficio, pero sabía contar, y de contar vivía, que un escriba del conde era antes que nada un hombre de números; y al ir sumando los años que aquella cuenta abarcaba, hilada tras hilada, jornal tras jornal, se le fue parando el cálamo en el aire hasta que se le quedó quieto del todo.

La obra que aquel pergamino describía, la torre del homenaje de Velagra, la mole oscura que él veía recortarse cada amanecer contra el cielo desde la puerta de la cámara, se había empezado, según la cuenta que tenía sobre las rodillas, en tiempos en que la tierra entera, según todo lo que el conde y el rey y las crónicas del norte daban por cierto y por sabido, estaba muerta, vaciada, desierta.

Cuando no había aquí, en teoría, más que pastores sin amo y ruinas sin nombre, alguien con oro bastante para pagar veinte años de jornales y maestros bastante diestros para tallar una bóveda estaba levantando, calladamente, la mayor obra de cantería de la frontera desde que los romanos se fueron.

«Una tierra muerta no construye», escribió Vítulo en su propia tablilla de cera, despacio, formando bien cada letra como hacía cuando algo lo asustaba, y se quedó mirando la frase, y borró con el pulgar las dos últimas palabras y dejó solo «Una tierra muerta», porque la frase entera, dicha del todo, le decía una cosa que él aún no estaba listo para escribir: que la tierra no había estado muerta, y que todo lo que el norte creía saber de ella partía de un error.

Lo segundo lo halló buscando lo primero, que así pasa siempre con los archivos, que una pregunta abre otra y un rollo manda a un rollo.

Quiso saber quién pagaba aquella obra imposible, de dónde salía el oro de una tierra muerta, y fue a los rollos del linaje, a las memorias de la casa, que en Velagra se guardaban cosidas y fechadas con un cuidado que en las aldeas de ayer habría sido ridículo, presunción de pobre, y que aquí, en cambio, empezaba a parecerle a Vítulo la única cosa razonable que había encontrado en toda la comarca.

Y encontró un linaje. No la genealogía soñada que los señores de frontera se mandaban componer por un saco de grano para parecer godos antiguos y descender de reyes que nunca los engendraron, esas que Vítulo distinguía de un vistazo por lo redondas y lo vacías; un linaje de verdad, cosido pergamino con pergamino, atado a las cuentas de obra y a los pleitos y a las dotes, con nombres que iban hacia atrás escalonados como los sillares de un muro bien aparejado, cada uno cargando sobre el de abajo, sin un hueco, sin un salto, hasta uno que le erizó la nuca y le obligó a acercar la lámpara: un conde.

Un conde de verdad, con nombre de los de Toledo, de los del último mundo, muerto el año de la caída, el año en que el reino godo se acabó y empezó la cuenta nueva de los siglos.

Y de aquel conde muerto en Toledo a este Gélmiro de ojos negros que lo miraba como se mira a un ladrón corría una línea de sangre sin cortar, generación tras generación, demasiado larga, demasiado entera, demasiado bien guardada para una tierra que el norte se suponía recién nacida bajo su pluma.

Vítulo se quedó quieto en la cámara fría, con el rollo abierto sobre las rodillas y la luz muriéndose en el ventano, y sintió por primera vez, debajo del placer de entender, que algo se le helaba.

Porque él había venido a escribir el principio de una tierra.

Había venido convencido, como venían todos los del norte, de que aquí no había nada antes de ellos, de que la repoblación era una pluma sobre una hoja en blanco, y que la gloria del conde Gatón y del rey y la suya propia estaba en ser los que escribían la primera palabra sobre el vacío.

Y ahora tenía sobre las rodillas la prueba de que la hoja no estaba en blanco.

De que antes de que el norte se acordara de esta tierra, esta tierra ya tenía señor, y obra, y memoria, y un linaje que bajaba sin romperse del último mundo hasta el primer día del nuevo.

No estaban poblando un desierto. Estaban llegando tarde a una casa que llevaba cien años habitada, y el dueño les abría la puerta con cortesía y les daba grano de fuera de ella mientras les escondía, de la puerta para dentro, que la casa era suya desde mucho antes de que ellos supieran que existía.

Lo que un escriba honrado y fiel a su señor hacía con un hallazgo así, lo sabía Vítulo tan bien como sabía formar las letras, era enrollar el pergamino, atarlo, bajar al llano y ponérselo en la mano al conde Gatón.

Aquel linaje que no se cortaba, aquella obra de antes del primer día, aquel oro venido de ninguna parte, eran exactamente, punto por punto, lo que un señor que se suma de palabra le esconde de obra a su nuevo amo; y un señor que esconde, miente aunque calle, y un señor que miente le da a su amo todos los motivos para no fiarse, para apretar, para entrar con los oficiales y los soldados a ver qué se calla.

Entregar aquello era cumplir. Era lo justo, lo debido, lo que el conde esperaba de su pluma cuando lo mandó al sur a inventariar la verdad de las plazas.

Pero lo que un escriba con hambre de entender hacía con un hallazgo así era otra cosa muy distinta, y Vítulo, sentado en el frío de la cámara con el rollo abierto sobre las rodillas y la luz muriéndose, supo cuál de los dos hombres era él antes de tener tiempo de decidirlo, lo supo por dónde se le iba la mano, que no era hacia atar el rollo sino hacia abrirlo más.

No enrolló el pergamino. Lo leyó otra vez, despacio, buscando dónde se cortaba la línea, dónde estaba el eslabón flojo, qué le faltaba todavía para entender de dónde había salido el oro de una tierra muerta.

Y al levantarse, ya de noche, con la lámpara de Eldemiro viniéndole de vuelta por el corredor, escondió en su tablilla, no en el archivo, lo que había sumado, porque presintió, sin tener aún ningún nombre que ponerle, que en aquella peña había una palabra que lo explicaba todo, una sola, y que estaba escrita en algún sitio que él todavía no había mirado, y que el día que la encontrara dejaría de ser un escriba que inventariaba aldeas para convertirse en un hombre que sabía algo demasiado grande para su tablilla.