Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 14
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Gélmiro supo que había perdido aquella raya el día en que el merino del conde subió la peña con cuatro hombres armados y una carta sellada, y la carta no pedía, mandaba.

Recaredo se llamaba el merino, un hombre seco de cara afilada que cobraba los tributos del condado por toda la frontera y que tenía, de tanto cobrar, la costumbre de mirar las cosas como se mira lo que ya se posee, midiendo de reojo el grano de las trojes y las cabezas del ganado y hasta las losas del patio, no por curiosidad, sino por inventario.

Subió sin desmontar hasta el último repecho, lo cual era ya un modo de decir algo, que un hombre que no echa pie a tierra hasta la misma puerta es un hombre que no viene de visita, y entregó la carta a Gélmiro en propia mano sin más saludo que un gesto de la barbilla.

La carta decía, con la letra redonda y fría de Vítulo, que era quien escribía ahora cuanto el conde mandaba escribir, que el conde Gatón, velando por el orden del rey en la comarca y por la seguridad de los caminos y de los caudales que por ellos viajaban, disponía alojar de manera permanente en la plaza fuerte de Velagra a su oficial mayor, Egica, con seis hombres de armas, para que velasen por la justicia del condado de la puerta para dentro como ya se velaba de la puerta para fuera; y que el señor de Velagra, vasallo leal del rey y amigo del conde, recibiría a aquellos hombres como recibe un anfitrión a los huéspedes que le honran.

Gélmiro la leyó dos veces, despacio, no porque no la hubiera entendido a la primera, que la entendió antes de acabar la primera línea, sino para darse tiempo, que era lo que su padre le había enseñado a hacer cuando lo que se tiene delante no tiene buena salida: ganar tiempo aunque sea el tiempo de leer dos veces una carta, porque en el tiempo cabe a veces una idea que en la prisa no cabe.

No le vino ninguna. La carta no dejaba sitio para el regateo que él había sabido sostener con Sisnando un año atrás, cuando todo aquello era todavía una cuenta de fanegas y una raya de palabra.

Ahora era una carta sellada con seis hombres detrás, y Gélmiro entendió, doblándola despacio, que la diferencia entre la mañana en que había dicho «de la puerta para dentro mando yo» y aquella en que tenía la orden en la mano era que entremedias Velagra había entrado en el mapa, con su nombre escrito y fechado en los pergaminos del condado, y que una peña en el mapa ya no puede negarse a lo que se le niega a las peñas que no figuran, porque negarse, escrita y fechada, no es defender una raya, es alzarse contra el rey, y eso es otra cosa, y se paga con otra moneda.

Negarse en redondo era llamar al conde a las puertas.

Eso lo sabía. Y la corona dormía en el torreón a treinta pasos del patio donde ahora iban a dormir los hombres del conde.

Así que hizo lo que su padre le había enseñado a hacer con lo que no se puede negar entero: lo negoció a pedazos, regateando no el sí, que el sí ya estaba dado por la carta, sino las condiciones del sí, que es donde un señor sin fuerza para decir no se juega lo poco que aún le queda por jugar.

Recibió a Egica con cortesía de anfitrión, le dio para él y sus hombres el cuerpo bajo de la casa de la guardia, junto al primer aljibe, que era zona de paso y de gente, lejos del torreón y del monasterio; les abrió la mesa y el pozo y el horno, porque a un huésped que come de tu pan le cuesta un poco más husmear en tu casa, aunque solo sea un poco; y les puso, sin decirlo con esas palabras, sin decirlo siquiera con palabras, una raya invisible que iba del aljibe a la torre y de la torre a la puerta, dentro de la cual el oficial del conde era huésped y fuera de la cual empezaba lo que en Velagra no se enseñaba.

Egica no era Recaredo. Eso Gélmiro lo vio el primer día, y le gustó y le preocupó por igual, que las dos cosas suelen venir juntas en los hombres que valen.

Era más joven que el merino, de unos treinta y pocos, de buena planta, cortés sin servilismo y curioso sin descaro, de los que preguntan poco y miran mucho, y de los que cuando miran no miran lo que el otro les enseña sino lo que el otro aparta de la vista, que es el peor mirar de todos.

A los pocos días de estar en la peña conocía ya el nombre de medio mundo, el del herrero y el del molinero y el de las mozas del lavadero, saludaba por su nombre a los que se cruzaba, ayudaba a empujar un carro atascado sin que nadie se lo pidiera, y se había hecho, con la facilidad de los hombres que caen bien sin proponérselo, una suerte de vecino más, uno que comía aparte y vestía mejor pero que pasaba el día entre la gente como si fuera de la gente.

Y Gélmiro, que sabía leer a los hombres porque para gobernar una peña de frontera no hay otro oficio, supo que aquella simpatía era el verdadero peligro, más que las seis lanzas, porque un soldado torpe y odiado se queda fuera de los corazones y de las conversaciones, y un huésped que cae bien entra en las dos cosas, y en las dos cosas se guardan los secretos de una peña, en los corazones y en las conversaciones, mucho más que en los muros.

El incidente vino antes de lo que Gélmiro temía, y vino, como vienen estas cosas, no por donde se vigila, sino por donde no.

Fue por el agua. El agua de Velagra bajaba de la cisterna alta por la canal de piedra que el viejo Froila había tallado, y de la canal repartía a los lavaderos y a los abrevaderos según un reparto que en la peña era ley sin estar escrita, cada casa su turno, cada cuadrilla su hora, un orden viejo que nadie discutía porque venía de antes que todos y porque el agua, en un sitio levantado sobre la roca, no es cosa de discutir.

Uno de los hombres de Egica, un mocetón del norte llamado Argimiro, ancho y bravucón, de los que confunden la lanza que llevan al hombro con un derecho sobre todo lo que la lanza alcanza, abrevó sus caballos y los del oficial en el turno que era de las mujeres, echando a un lado, con malos modos y peor lengua, a la mujer del herrero, que esperaba con sus cántaros la hora de siempre; y cuando el herrero, que se llamaba Gisvado y tenía los brazos de su oficio y el genio corto que da la fragua, bajó a pedirle cuentas, el del norte le contestó con una fanfarronada sobre quién mandaba ahora en la peña y de quién era el agua y a quién le tocaba esperar, y de la palabra se pasó al empujón y del empujón al golpe, y el herrero, que de empujones entendía menos que de yunques, le rompió al norte la nariz de un solo puñetazo y le habría roto algo peor si no los separan.

Egica reclamó justicia, y la reclamó por el cauce que más le convenía, que era el del conde: su hombre golpeado por un hombre de la peña, dijo, era el orden del rey desafiado de la puerta para dentro, justamente lo que él estaba allí para velar, y pidió que el herrero fuera entregado a la justicia del condado, que se juzgaba abajo, en la casa fuerte, ante el merino.

Y ahí Gélmiro vio entera la trampa de tener al conde dentro, y la vio fría y clara como se ve el fondo de un aljibe en agua quieta: que si entregaba a Gisvado a la justicia de abajo, reconocía que de la puerta para dentro ya no mandaba él, que la raya que había defendido con palabras ante Sisnando estaba borrada de hecho, que cualquier riña entre un hombre suyo y un hombre del conde se juzgaba en la casa fuerte del llano y no en la sala de su torre, y que aquello, repetido riña tras riña a lo largo de los años, era el modo lento y seguro en que una peña deja de ser de su señor sin que medie un solo asalto, palmo a palmo, pleito a pleito, hasta que un día el señor se mira las manos y ve que ya no le queda en ellas más que el nombre.

Pero si no entregaba a Gisvado y juzgaba él la riña en su sala, dándole la razón al suyo, como el herrero la tenía, le daba a Egica y al conde lo que estaban buscando desde el principio, que era la prueba de que Velagra desacataba la justicia del rey de la puerta para dentro, el motivo escrito, fechado y testificado para subir con más que seis lanzas.

Lo resolvió por el único sitio por donde tenía salida, que era partiéndolo en dos como había partido la carta.

Juzgó la riña él, en su sala, porque la riña había sido en su peña y entre vecinos suyos, aunque uno fuera huésped, y eso lo dejó claro de entrada, sin discutirlo, como se deja claro lo que no se discute: que dentro de los muros de Velagra el agua y el orden los reparte y los juzga el señor de Velagra, ayer, hoy y mientras quede una piedra en pie, y que esa no era cuestión de tributo ni de lealtad al rey, sino de quién es uno en su propia casa.

Pero, dada esa raya por sentada y defendida, no le dio la razón a Gisvado, que la tenía.

Lo castigó. Delante de Egica, delante del norte de la nariz rota, delante de medio mundo que se había juntado en el patio a ver qué hacía el señor con el suyo, condenó al herrero a tres días en el cepo y a reponer al oficial del conde el daño de la nariz con hierro de su fragua, una reja buena, de las que no se hacen en una semana, y se lo dijo a Gisvado a la cara, sin levantar la voz, mirándolo a los ojos para que lo entendiera quien tenía que entenderlo.

Que llevaba razón en lo del agua. Que el del norte había hecho mal y lo pagaría también a su modo, que de eso se encargaría Gélmiro con Egica.

Pero que un hombre de Velagra que rompe una nariz delante de los huéspedes del conde, por buena que sea su razón, no le rompe la nariz a un norte: le rompe a su señor la única raya que su señor tiene que defender, y eso vale más que una nariz y que una razón, y por eso lo pagaba el que la rompió y no el que la tuvo.

Gisvado lo entendió, o no lo entendió pero obedeció, que en la frontera muchas veces era lo mismo, y entró en el cepo sin rechistar, mirando a su señor con una cara que a Gélmiro le costó sostener, la cara del que sabe que paga justo por una causa injusta y que su señor lo sabe igual que él, y que es de los suyos quien lo castiga y no quien le rompió a su mujer el turno del agua.

Y Egica, que había venido a la sala esperando, o un desacato que llevarle al conde, o una rendición de la justicia de la peña a la de abajo, se encontró con una tercera cosa que no esperaba y que le costó digerir: un señor que castigaba duramente al suyo sin entregarlo, que afirmaba su justicia y a la vez castigaba a quien la había ejercido bien, y que con un solo fallo dejaba en pie la raya y desarmaba la queja.

El oficial inclinó la cabeza, dijo que el conde sería informado de la firmeza con que el señor de Velagra guardaba el orden en su plaza, y lo dijo sin ironía, lo cual era lo más inquietante de todo, porque significaba que lo había entendido y que lo respetaba y que, precisamente por entenderlo y respetarlo, lo iba a contar tal cual, y que el conde, oyéndolo, mediría por primera vez con exactitud lo difícil que iba a ser quitarle a aquel hombre lo que aquel hombre no daba.

Aquella noche Gélmiro bajó al cepo cuando ya no había nadie en el patio, con un odre de vino y una manta, y se las dejó a Gisvado sin decir palabra, que las palabras ya estaban dichas y sobraban, y el herrero las cogió sin decir palabra tampoco, que también lo había entendido.

Y al volverse para subir a la torre, Gélmiro vio, en el repecho que llevaba al monasterio y al torreón, una sombra quieta que miraba hacia arriba, hacia la mole oscura del torreón viejo recortada contra las estrellas, y supo por la planta que era Egica, que no dormía, que daba una vuelta de noche por la peña como dan los que velan por costumbre y por oficio, y que estaba mirando, no la torre del homenaje, que esa la miraba todo el mundo, sino el torreón del ángulo, el más viejo, el del primer día, el único sitio de la peña adonde, en los días que llevaba dentro, nunca había podido pasear sin que algún vecino apareciera como por azar a echarle conversación y a llevárselo de allí con buenos modos.

Gélmiro se quedó quieto en la sombra, sin que el otro lo viera, y vio a Egica mirar el torreón un rato largo, despacio, con la quietud del que no mira por mirar sino por anotar, y lo vio luego sacar algo del cinto, una tablilla pequeña, y raspar en ella un instante a la poca luz, y guardarla, y seguir su ronda como si tal cosa.

Y entendió, subiendo a la torre con el corazón frío, que había ganado la riña del agua y la nariz del norte y el pleito del herrero, que había guardado la raya un día más, y que sin embargo había perdido lo único que importaba de verdad: porque un señor puede cerrarle a un huésped una puerta, y otra, y todas las que quiera, pero no puede cerrarle los ojos, y el oficial del conde acababa de apuntar en su tablilla, sin necesidad de que nadie se lo dijera, la única frase que en aquella peña valía más que todas las fanegas de la frontera, la frase de que en Velagra había un sitio adonde al hombre del conde no lo dejaban entrar.