13
Gélmiro había aprendido de su padre que un señor no defiende su casa con la espada, que para eso se llega siempre tarde, sino con lo que cede a tiempo, y que el arte de gobernar una peña en tierra de frontera estaba todo entero en saber qué dar para no tener que darlo todo.
Aquella mañana se lo estaba enseñando a sí mismo otra vez, en la sala de la torre, delante del oficial del conde que había subido a poner por escrito lo que Velagra debía.
El hombre se llamaba Sisnando, era recio y sin doblez, de los que cumplen una orden como se clava un sillar, sin preguntarse por qué va ahí, y traía en una tablilla encerada la cuenta de lo que el conde Gatón esperaba de la peña: tantas fanegas de la cosecha para el granero del condado, tantos hombres para las obras del rey cuando se llamasen, dos de sus oficiales alojados dentro de los muros para velar por el orden y por la justicia del señor del norte.
Lo dijo de corrido, sin levantar la vista de la tablilla, como quien lee una letanía que ha leído ya en otras diez peñas del camino, y al terminar miró a Gélmiro esperando, no la respuesta, que esa la daba por sabida, sino el regateo, que era lo único que en su experiencia hacían los señores de la frontera cuando se les ponía la cuenta delante.
Gélmiro no regateó las fanegas. Las concedió enteras, sin pestañear, asintiendo a cada partida de la cuenta como quien acepta lo razonable, y vio en la cara de Sisnando el pequeño desconcierto del que venía preparado para pelear por lo primero y se lo encuentra regalado, y que no sabe si alegrarse o desconfiar, porque un hombre que cede lo de fuera demasiado fácil suele ser un hombre que guarda lo de dentro demasiado fuerte.
Tenía cuarenta años Gélmiro aquella mañana, diez más de los que su padre Gundemaro tenía cuando bajó por primera vez el del astur a mandar vaciar la tierra, y lo había heredado todo de aquel padre callado: la cara morena, los ojos negros y los pómulos del sur que de niño hacían volverse a las viejas en la fuente y que ahora, de hombre hecho y señor, daban a su quietud algo que la gente del norte tomaba por hondura de sangre noble y que era, casi siempre, cálculo puro; y, sobre todo, la lección de fondo, la única que su padre le repitió en el lecho de muerte cogiéndole la mano con la poca fuerza que le quedaba: que el rey o el conde de turno siempre va a pedir, que pedir es lo que hacen los que mandan, y que el arte no está en negarse, que negarse es darle al que pide la excusa para tomar, sino en darle de comer de la mano lo que no duele para que no muerda lo que mata.
Sabía lo que su padre Gundemaro le había machacado hasta el último invierno de su vida, sentado al fuego con la voz ya cascada, repitiéndoselo como se repite lo que de verdad importa, hasta que el hijo lo tuvo metido en el hueso: que el grano se da y se vuelve a coger, que una cosecha que falta la entiende cualquiera y al año siguiente se llena la troje otra vez, que las fanegas son agua de presa, agua que se deja correr a propósito por el aliviadero para que el muro no reviente por donde no debe.
Eso se da, y se da sonriendo, que dar lo que vuelve no es perder.
Lo que no se da nunca, lo que un señor guarda aunque le cueste la cosecha entera y el invierno con hambre, es el adentro: quién duerme tras los muros y quién no, quién manda en la gente y quién la juzga, qué sabe la peña de sí misma que no quiere que sepa nadie.
El día que dejas entrar a un hombre del conde a dormir dentro de tus muros, le enseñas el agujero por donde la peña respira, le enseñas cuántos sois de verdad y cuánto coméis y qué se calla en las casas, y lo que ese hombre ve por la noche se lo cuenta al conde por la mañana, y ya no hay raya que valga.
Por eso las fanegas, sí; los oficiales dentro, jamás, ni por todo el grano de la frontera.
—Las fanegas, las tendréis —dijo Gélmiro—.
Hasta la última que diga vuestra cuenta, y si el año viene malo, las pondré yo de mi troje antes que faltarle al conde.
Los hombres para la obra del rey, también, cuando se llamen, que un brazo prestado vuelve.
—Dejó pasar el tiempo justo, el que su padre le había enseñado a dejar pasar para que la negativa no sonara a negativa sino a sentido común—.
Lo de los oficiales dentro de los muros, eso no.
Sisnando alzó la vista de la tablilla.
—No es cosa que se discuta. El conde aloja oficiales en cada plaza que entra en el condado. Es lo que se hace.
—Es lo que se hace en plazas que el conde ha tomado —dijo Gélmiro, sin dureza, porque no se gana nada poniendo dura una verdad que ya pesa sola—.
Velagra no la ha tomado nadie. Velagra se ha sumado.
Y un hombre que se suma por su voluntad da grano y da brazos y da lealtad al rey, pero no da las llaves de su casa, porque el día que las da deja de ser quien se sumó y pasa a ser quien fue tomado, y entonces ya no le debe al conde gratitud, sino rencor, que es peor pagador.
Decidle eso al conde con mis palabras. Que tendrá de Velagra todo lo que se da de fuera de la puerta.
Y que de la puerta para dentro mando yo, como han mandado los míos desde antes de que hubiera condado, y que esa raya es justamente lo que hace que valga la pena tenerme de parte.
Lo dijo y se calló, y dejó que el silencio trabajara, que era otra cosa de su padre: que las palabras justas, dichas y soltadas, pesan más cuanto menos se las defiende.
Sisnando lo miró un rato, raspó algo en la cera con el punzón, y Gélmiro supo, por la manera en que el otro guardó la tablilla sin insistir, que la raya había quedado puesta donde él quería, al menos por aquel año.
Estaba todavía saboreando aquella pequeña victoria, que en la frontera las victorias eran todas pequeñas y se cobraban en años, cuando el rapaz de la atalaya entró con el aviso de que subía gente por el recodo del río, y que entre la gente venía uno que no era soldado ni arriero, uno que iba a lomos de una mula con dos arcas atadas a los costados y que, según el muchacho, no soltaba de la mano un fardo de cuero como si dentro llevara el santo viático.
Gélmiro bajó a la explanada a recibirlo, más por curiosidad que por cortesía, porque un hombre que en un camino de frontera, donde todo el mundo defiende con uñas y dientes el grano y el ganado y la mujer, defiende en cambio un fardo de cuero como si le fuera la salvación, o trae una mercancía muy rara o trae una cabeza muy rara, y las dos cosas merecen que un señor baje a mirarlas de cerca.
Y al verlo echar pie a tierra, torpe, con las piernas agarrotadas del camino largo, sin acordarse de estirarse antes de soltar el fardo, entendió que era lo segundo, que aquel hombre no traía mercancía sino cabeza, porque a un mercader lo primero que se le mira es la cara que les pone a las cosas que vende, y a aquel lo primero que se le veía era la cara que le ponía a las cosas que entendía.
Era joven, no llegaría a los veinticinco, flaco de la flacura de los que comen poco no por pobres sino por descuido, con la tonsura mal crecida de quien lleva semanas de camino sin quien se la rape, y unos ojos vivos que, antes de saludar a nadie, antes de sacudirse el polvo del hábito, ya estaban subiendo por la torre de abajo arriba como había subido los del astur años atrás, pero al revés: no contando lo que aquello costaba de tomar, sino lo que aquello costaba de entender.
—Soy Vítulo —dijo, y la voz le salió cascada del camino—.
Vengo de parte del conde Gatón, a quien sirvo con la pluma, no con la espada, que para lo otro no valgo.
Me manda inventariar la comarca, escribir los fueros de las plazas que se suman, poner por escrito quién tiene qué y desde cuándo, para que mañana, cuando todos los que hoy lo sabemos hayamos muerto, haya un pergamino que lo diga.
—Hizo una pausa, miró otra vez la torre, y añadió, más para sí que para el señor, con un asombro que no se molestó en disimular—.
Aunque empiezo a temer que en esta peña el pergamino va a darme más trabajo que en todas las demás juntas.
—¿Por qué lo decís? —preguntó Gélmiro, y lo preguntó en guardia, porque un hombre que llega anunciando que una peña le va a dar trabajo es un hombre que ya ha visto algo.
—Porque las demás son aldeas de ayer —dijo Vítulo—.
Cuatro casas de barro, un señor que no sabe el nombre de su abuelo, una tierra que empieza con él.
Eso se escribe en una tarde. —Posó la mano en el fardo de cuero, lo apretó contra el costado, y sonrió por primera vez, una sonrisa cansada y golosa a la vez, de hombre al que le han puesto delante el plato que más le gusta después de un ayuno largo—.
Y esto no es una aldea de ayer. Esto es romano debajo y godo encima y no sé todavía qué en medio, y tiene una torre que no la levantó gente que empezaba, y un señor que me mira como si yo viniera a robarle algo que no es el grano.
Llevo media vida queriendo encontrar un sitio que no me cupiera en una tarde de pergamino.
—Miró a Gélmiro a los ojos, y por un momento al señor le pareció que aquel clérigo flaco veía más de lo que un recién llegado tenía derecho a ver—.
Creo que acabo de encontrarlo. ¿Me dejaréis ver vuestro archivo?
Gélmiro sostuvo la pregunta sin contestarla, igual que había sostenido el regateo de Sisnando, y por dentro, donde nadie lo veía, sintió por primera vez en aquella mañana de cesiones medidas que acababa de subir a su peña algo que no se arreglaba dando fanegas.
Las fanegas se daban y se volvían a coger.
Pero a un hombre que sabe leer no se le quita ya lo que entienda, y aquel sabía leer, y miraba el archivo de Velagra con la misma hambre con que un cantero mira una buena cantera virgen.
Le dijo que sí, porque negárselo de golpe habría sido enseñarle que había algo que esconder, y eso era peor que enseñarle el archivo.
Pero bajó de la torre con un peso nuevo encima, el peso de saber que el conde no le había mandado un soldado a quitarle el grano, sino algo mucho más difícil de torear: un hombre con ganas de entender, suelto entre los papeles de cien años.