Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 12
29%

12

Vímara subió a lo alto de la torre la noche en que se cerró el otoño, no a trabajar, que ya no se veía, sino a mirar la comarca como su padre Froila le había enseñado a mirarla, no con los ojos del cantero sino con los del que cuenta lumbres, porque las lumbres en la noche dicen de una tierra más verdad que cualquier mapa.

Y la comarca, desde lo alto, ya no era la que él había mirado de niño.

De niño, asomado a aquel mismo antepecho de la mano de su padre, lo que se veía de noche en la vega y en las lomas era la oscuridad, una oscuridad redonda, total, de tierra sin nadie, donde la única lumbre en leguas a la redonda era la de la propia peña, una brasa solitaria en mitad de la nada negra, que era exactamente lo que los había mantenido vivos: ser la única luz, y no tener a nadie cerca a quien hacerle sombra ni de quien recibirla.

Ahora, asomado al mismo antepecho, Vímara contaba lumbres en la oscuridad y se le iban los dedos.

Las tres de la vega, que en noviembre habían sido tres y a finales de otoño eran ya seis.

Las de la loma del nogal, que eran las hogueras del campamento del conde, que no se había vuelto al norte, sino que había mandado plantar casas y empezaba a parecer que se quedaba.

Las de río arriba, donde decían que el conde había puesto a colonos a roturar el soto.

Una constelación nueva, débil todavía, pero crecida, había brotado alrededor de la peña en un solo otoño, y cada una de aquellas lumbres era, a la vez, una promesa y una amenaza, igual que se lo había dicho al rapaz aquella primera mañana, sin saber entonces cuánta razón llevaba.

Velagra ya no era la única luz. Y por lo tanto Velagra ya no era invisible.

Lo pensó despacio, apoyado en la piedra fría en que se habían apoyado a pensar su padre y, antes que su padre, la vieja señora Adosinda, a la que él no conoció pero de la que tantas veces había oído que subía allí a cargar a solas lo que abajo no podía soltar.

Durante cien años, desde Guadalete, lo que había guardado a Velagra no había sido la muralla, ni la torre, ni los aljibes, con ser todo aquello obra suya y de los suyos.

Lo que la había guardado era no figurar.

Ser una mancha que ningún rey contaba. Una pobreza que no daba gloria tomar.

Esa había sido la verdadera muralla, la invisible, la que su padre llamaba el tesoro de no tener nada que se viera; y aquella muralla, la única de verdad inexpugnable, acababa de caer aquel otoño, no a golpes de ariete, sino al revés, por exceso de vecinos.

Lo que durante un siglo los hizo invulnerables, estar solos, se había acabado.

Y se había acabado, además, no por una desgracia, sino por lo que en cualquier otro sitio sería una bendición: que la tierra se llenara de gente.

—Padre.

Era Ansur, que había subido detrás de él, como subía Vímara detrás del suyo, porque las cosas en aquella peña se heredaban subiendo escaleras de caracol en la oscuridad.

—Mira, hijo —dijo Vímara, y le señaló las lumbres con la barbilla, sin soltar la piedra—. ¿Sabes lo que es eso?

—Vecinos —dijo Ansur—. Por fin. La gente está contenta. Dicen que ya hay con quién comerciar sin esperar a los arrieros, que va a haber feria en la vega, que igual se acaban los años de pasar hambre cuando el moro corta el camino del sur.

—Y tienen razón en estar contentos —dijo Vímara—.

Todo eso es verdad. Va a ser mejor para vivir.

Va a haber pan, y tratos, y bodas, y manos para terminar el torreón.

—Calló un momento—. Pero mira bien esas lumbres, Ansur, y aprende a leerlas, que es la última cosa que de verdad importa que te enseñe, más que tallar un sillar.

Cada una de ellas es un par de ojos que antes no había.

Y entre todos esos ojos baja el conde, que ya no es un viajero que pasa, sino el dueño nuevo de la comarca; y a la sombra del conde anda el otro, el que volvió, el que se llama Adulfo, husmeando lo que husmeaba su abuelo.

Hemos dejado de estar solos, hijo. Y eso, que nos salva del hambre y del moro, nos pierde de la otra manera.

Porque lo que guardamos, lo que tú sabes y lo que no sabes todavía, solo estaba seguro mientras nadie nos miraba.

Y ya nos miran. Todas esas lumbres nos miran.

Ansur se quedó callado, mirando la comarca con ojos nuevos, intentando ver lo que su padre veía, y Vímara supo, por el silencio del hijo, que algo le había entrado, que algún día, asomado a aquel mismo antepecho con un hijo suyo al lado, Ansur sabría leer las lumbres como las leía ahora él.

Pero no le dijo lo más hondo, lo que de verdad le quitaba el sueño aquella noche y que aún no era hora de cargar sobre el muchacho.

No le dijo que ya no bastaba con esperar y medir, como había acordado con Gélmiro en la celda del muerto.

No le dijo que el conde se quedaba, que Adulfo estaba abajo, que el secreto de cien años llevaba dormido un otoño más bajo el ángulo del torreón que Ansur empezaría a labrar en primavera, y que tarde o temprano, ahora que la peña estaba en el mapa y los ojos no se irían, alguien iba a tener que decidir qué hacer con lo que guardaban, porque la vieja salida, hacerse los muertos, ya no servía: no puede hacerse el muerto el que está rodeado de gente que sabe que está vivo.

Bajó de la torre antes de la medianoche, con Ansur detrás, peldaño a peldaño de la escalera de caracol que su bisabuelo había trazado para que un solo hombre la defendiera contra muchos; y mientras bajaba a oscuras, tanteando la piedra que conocía de memoria, Vímara comprendió, con el cuerpo entero y no solo con la cabeza, que lo que durante un siglo había guardado a los suyos, no figurar, se había terminado para siempre aquel otoño, y que el tiempo que ahora les tocaba no se iba a decidir, como el de su bisabuela, en una brecha con una corona en alto; sino en una pregunta lenta y fría que ya no admitía la respuesta de siempre, y que él, Vímara, maestro de obra, único hombre vivo que sabía tras qué sillar dormía la corona, presintió que tendría que ser, antes o después, el primero en atreverse a hacer en voz alta: qué hacer con lo que guardaban, ahora que guardarlo escondido había dejado de ser posible.