11
El arriero subió a la peña un día de marzo, con el primer barro del deshielo en las patas de las mulas, y no traía grano, ni sal, ni hierro, ni nada de lo que suben los arrieros, sino una cosa pequeña, envuelta en un trapo, que pidió poner en mano del señor de Velagra y de nadie más, porque, dijo, se la había hecho jurar un muerto.
A Gélmiro lo avisaron a media tarde, que había un arriero viejo en la puerta baja, forastero, de los que ya no se veían, de los que subían del sur por los caminos que el moro tenía cortados casi todo el año, y que decía traer un recado para él en persona.
Gélmiro bajó a la puerta con esa cautela que se le había vuelto segunda piel desde que el conde acampó en la loma, midiendo si aquello sería treta del conde, o de Adulfo, o una de las mil cosas malas que ahora podían subir el recodo; y se encontró con un hombre tan viejo que parecía hecho del mismo cuero de sus correajes, la cara cuarteada de soles de muchas fronteras, los ojos casi blancos de cataratas, sostenido en pie por una vara más que por las piernas.
—¿Vos sois el señor —dijo el viejo, en un romance trabado, mezclado de palabras del sur, de las que Gélmiro conocía de oírlas de niño sin saber bien de dónde le venían—. ¿El nieto del que la peña llamaba Gundemaro?
—Su hijo —dijo Gélmiro—. Gundemaro fue mi padre. Murió hace años.
El viejo asintió despacio, como quien tacha un nombre de una lista corta que ya casi no tiene nombres, y se quedó un rato callado, masticando el aire con las encías, antes de sacar de la pechera el trapo y empezar a desliarlo con unos dedos que apenas obedecían.
—Vengo de lejos —dijo mientras lo desliaba—.
De más al sur de lo que vos habéis ido nunca.
Tardé un año en subir, parando en cada invernada, que ya no doy para más de un par de leguas al día.
Casi me muero tres veces en el camino, y no me morí, terco que es uno, porque tenía esto que entregar y lo había jurado.
—Acabó de abrir el trapo, y en la palma cuarteada quedó una hebilla.
Una hebilla de cinturón, de bronce, vieja, labrada con un trabajo fino que ya no se hacía, con una greca de hojas y, en el centro, medio borrada por el roce de mucho llevarla, una media luna—. ¿Sabéis lo que es esto?
Gélmiro la tomó. Pesaba más de lo que prometía, del bronce bueno, y al darle la vuelta vio, rascada en el reverso con la punta de un cuchillo, tosca, hecha a mano por alguien que no era grabador, una marca que conocía, que llevaba grabada en algún rincón del alma sin saber de dónde: dos eslabones trabados.
La marca de la cadena. La seña. «Uno de los nuestros. »
Se le secó la boca.
—¿De dónde has sacado esto —dijo, y le costó que le saliera la voz.
—No la he sacado de ningún sitio —dijo el viejo—.
Me la dieron a guardar. Me la dio, hace ya no sé cuántos años, un hombre que se moría, allá en el sur, en una alquería de la sierra donde yo paraba con las mulas.
Un hombre muy viejo ya entonces, más viejo de lo que soy yo ahora, que de mozo había sido soldado, dijo, de los de la otra orilla, de cuando esto eran fronteras de verdad y no este silencio.
Yahya, se llamaba. —El nombre cayó en el aire de la tarde y Gélmiro lo sintió caer como cae una hilada, con peso—.
Me hizo jurar que si alguna vez subía tan al norte como para llegar a una peña sobre el Duero que llamaban Velagra, le entregara esto al señor de la casa, y le dijera tres cosas, ni una más, que me las hizo repetir hasta que las supe. ¿Las queréis oír?
—Dilas —dijo Gélmiro.
—La primera: que la hebilla fue de un hombre que cayó aquí, en esta peña, hace mucho, peleando del lado de fuera, y que la mujer que lo enterró se la quitó y la mandó al sur con un mensajero para que los suyos supieran que había muerto con honra y que tenía descendencia en la peña.
—El viejo tomó aire—. La segunda: que ese mensajero fue Yahya, que era el segundo de aquel hombre, y que guardó la hebilla cincuenta años esperando un día devolverla, porque, dijo, lo que se manda de una orilla a otra del río tiene que poder volver, o las orillas se olvidan de que fueron una.
Y la tercera. —El viejo se calló, buscó las palabras exactas, las que el muerto le había hecho repetir—.
La tercera es esta, palabra por palabra: «Decidle al de la sangre que ya no queda nadie de este lado que la conozca.
Que el último era yo. Que se quede la hebilla, porque el sur que la mandó ya es ceniza, y el único que puede guardarla ahora es él. »
Gélmiro se quedó mirando la hebilla en su mano, la greca, la media luna borrada, los dos eslabones rascados al dorso, y por un momento no pudo decir nada, porque entendió, todo de golpe, lo que el viejo no sabía que le estaba entregando.
Aquel hombre que cayó del lado de fuera, peleando contra la peña, enterrado por la mujer que le quitó la hebilla, era Hilal.
Su abuelo. El bereber, el del otro lado del río, el que dejó en la cara de los suyos los ojos negros del sur que Gélmiro llevaba y que su padre llevó antes que él.
Y Yahya, el que guardó la hebilla medio siglo, había sido el segundo de Hilal, el último hombre vivo del otro lado que sabía que en aquella peña cristiana del Duero corría, escondida bajo la sangre goda y la corona de un reino que pregonaba pureza, la sangre de un comandante bereber muerto en un asedio que nadie del sur recordaba ya.
Y ahora Yahya también estaba muerto. Y con él se moría la última memoria de la otra orilla.
—El que te dio esto —dijo Gélmiro, despacio—. Yahya. ¿Hace cuánto que murió?
—Diez años, doce —dijo el viejo—. No sé contarlos ya.
Lo enterramos los de la alquería, que no tenía a nadie.
Fue de los últimos de su tiempo. Por allí abajo, señor, donde yo vengo, ya no hay nadie que recuerde las guerras de antaño.
Los viejos que pelearon están todos muertos.
Los mozos no saben ni que hubo un tiempo en que estas fronteras hervían.
El emirato se hizo fuerte, cerró sus caminos, mira para adentro; y la franja de en medio, esta por la que yo subo con las mulas, se quedó muda, ni de unos ni de otros, una tierra de nadie por la que ya no pasa más que algún terco como yo.
—Sonrió, con las encías—. El sur del que vengo no es ya frontera, señor.
Es espalda. Le ha dado la espalda al río.
Ya no mira al norte. Y por eso he tardado un año en llegar, y por eso no volveré, que no tengo fuerzas, y aunque las tuviera, ¿a qué?
Allá ya no queda nadie que me espere para que le cuente que entregué la hebilla.
Gélmiro lo retuvo aquella tarde más de lo que el viejo esperaba, no para sonsacarle, que el viejo ya había dicho todo lo que sabía, sino porque no quería dejarlo marchar sin haber oído del otro lado del río una última cosa, aunque no supiera bien cuál.
Le dio de comer junto al fuego de la torre baja, y mientras el viejo masticaba despacio el pan con las encías, le fue preguntando por el camino, por las tierras de allá, por cómo era ahora aquel sur del que él, Gélmiro, llevaba la mitad de la sangre sin haberlo pisado nunca.
Y el arriero, agradecido de que alguien le diera conversación al cabo de un año de soledades, le habló de alquerías abandonadas en las que ya solo vivían los lagartos, de norias paradas porque no quedaba quién las hiciera girar, de mezquitas pequeñas de aldea con el tejado caído, de caminos antaño pisados por ejércitos y por mercaderes y ahora comidos por la retama, donde el único rastro de hombre eran las piedras de los miliarios romanos que ni el tiempo se llevaba.
Hablaba de todo aquello sin pena, con la naturalidad del que ha visto morir un mundo despacio y se ha acostumbrado a su muerte como uno se acostumbra a la cojera; y Gélmiro lo escuchaba con un nudo raro en el pecho, porque le estaban describiendo, sin saberlo, el solar de sus muertos, la tierra de Hilal, vuelta soledad y silencio.
—¿Y no preguntan, los de allá —dijo Gélmiro al fin—, qué fue de los que subieron al norte hace cien años a guerrear y no volvieron? ¿No queda memoria de ellos?
El viejo se rió, una risa seca, sin maldad.
—Señor, los de allá no preguntan ya ni por sus propios abuelos —dijo—.
Bastante tienen con el día. La memoria es cosa de gente que cree que mañana habrá quien la herede, y por allá abajo ya nadie cree mucho en mañanas.
El que se murió guerreando en el norte hace cien años se murió dos veces, señor: una en la pelea y otra el día que el último que lo recordaba cerró los ojos.
Y ese último, por lo que se ve, era el Yahya ese que me dio la hebilla.
—Se la quedó mirando, en la mano de Gélmiro—.
Por eso me la hizo jurar, ahora lo entiendo mejor de viejo: no era por la hebilla, que es bronce y poco vale.
Era por no morirse del todo. Mandarla aquí era su manera de que algo suyo siguiera vivo en alguna parte cuando él ya no lo estuviera.
Y mirad, lo consiguió: aquí estamos, hablando de él, un señor godo y un arriero medio ciego, los dos vivos por un día más, acordándonos de un soldado moro que se murió en una sierra. No es poco, para un muerto.
Gélmiro no contestó. Le dio al viejo un sitio caliente donde dormir, y al día siguiente el arriero bajó el recodo con sus mulas vacías, camino del sur al que decía que no volvería, y Gélmiro no lo vio más, ni supo nunca si llegó a alguna parte o se quedó en una cuneta del deshielo, que así se van los últimos de un tiempo, sin que nadie apunte el día.
Subió a la torre aquella noche, solo, con la hebilla en el puño, y se asomó al antepecho desde el que su padre y su abuela habían mirado la comarca, y miró las dos orillas del río que la luna le dibujaba abajo.
La del sur, allá enfrente, era oscuridad entera, monte negro, sin una lumbre en leguas, la tierra que se había vuelto espalda, el mundo de Hilal y de Yahya convertido en silencio y en ceniza, sin un alma viva que supiera ya que la sangre de aquel comandante seguía latiendo en la peña de enfrente.
La del norte, en cambio, la de él, hervía de lucecitas nuevas: las del campamento del conde hecho ya aldea, las de los colonos de la vega, las de las roturas río arriba, una constelación crecida en dos otoños, viva, hambrienta, subiendo por el valle con sus arados y sus mojones y sus sellos de cera y sus condes, viniendo a por aquella tierra que cien años atrás había dado por muerta.
Y Gélmiro entendió, apretando la hebilla, lo que el viejo le había puesto en la mano sin saberlo: que de las dos orillas que lo habían hecho, la sangre de los dos lados del río de la que tanto le había hablado su padre, una se acababa de apagar para siempre, sin ruido, en una alquería del sur donde un viejo soldado había muerto siendo el último que sabía; y que él, Gélmiro, se quedaba solo, custodio no de un secreto sino de dos, el de la corona dormida en la piedra y el de la sangre dormida en su cara, sin nadie vivo al otro lado del río con quien compartir ninguno de los dos, sin nadie del sur que lo conociera, sin más mundo alrededor que el que subía del norte con prisa a quedarse.
Guardó la hebilla donde guardaba lo que no enseñaba a nadie, junto al disco de plomo de la cadena, los dos eslabones del bronce contra los dos del plomo, la única familia que le quedaba al otro lado.
Y antes de bajar de la torre se quedó un rato más mirando, no la orilla muerta del sur, que esa ya no tenía nada que decirle, sino la viva del norte, la de las lumbres, la que subía por el río con arados y sellos, y supo, con una claridad fría que no tenía nada de consuelo, que el único reino que iba a volver a llamar a su puerta no vendría nunca del sur del que él venía a medias, sino de aquel norte que se acercaba, y que cuando llegara la hora de la corona, si llegaba, no habría a quién mandar una hebilla a la otra orilla para avisar de cómo había acabado todo, porque la otra orilla ya no escuchaba.