10
Adulfo durmió aquella primera noche bajo la peña como no había dormido en trece años, no de paz, que de eso no sabía, sino de la satisfacción rabiosa del que vuelve, por fin, al sitio del que lo echaron, y vuelve por arriba, montado, con un conde por sombra, mirando la torre que lo escupió desde una loma que era, por una vez, más alta que ella.
Trece años fuera no le habían quitado el rencor, se lo habían curtido, como cura el sol un cuero, dejándolo más duro y más seco.
Había subido al norte con lo puesto la mañana de la expulsión, y había hecho allí lo que sabía hacer su sangre desde el viejo Bermudo, su abuelo: vivir de lo que se sabe de los demás.
Se había puesto al servicio de unos y de otros, había llevado y traído noticias, había aprendido los caminos del reino y las cortes pequeñas de los señores del norte, y había guardado siempre, debajo de todo, como un tizón que no se apaga, la certeza de la corona.
Esa era su herencia verdadera, la que le dejó Bermudo, no el oficio de arriero sino el de topo: la corona existe, está en Velagra, vale más que un reino, y el que la saque manda.
Su abuelo se murió creyéndolo sin lograr nada; su abuelo no tuvo nunca un conde detrás.
Adulfo, sí. Adulfo había esperado trece años a que del norte bajara alguien lo bastante grande para que la corona le importara, y lo bastante de fuera para no saber dónde buscarla, y ese alguien acababa de plantar el campamento en la loma del nogal.
Lo había olido en cuanto vio el pendón de la cruz, como su abuelo olió en su día al del rey astur: que el comprador con el que había soñado toda la vida le pasaba por delante, por fin, con prisa.
A la mañana siguiente cabalgó hasta el lindero de la vega, sin entrar en la peña, que entrar le estaba vedado bajo pena de muerte y no era tan necio como para olvidarlo, pero acercándose lo bastante para ver el camino del manantial y la era y la puerta baja por la que la gente bajaba a los huertos.
Se quedó un rato a la sombra de un nogal, con el caballo del ramal, mirando como mira un hombre el sitio donde fue otro.
Y fue allí, mirando, cuando vio bajar por el sendero del manantial a un grupo de mozos con cántaros y aperos, riendo, dándose empujones como dan los de esa edad, y entre ellos uno que le hizo, sin saber por qué, soltar el ramal del caballo y dar un paso adelante sin pensarlo.
Era un muchacho de unos trece años, espigado, moreno, con un palo tallado pasado por el cinto a falta de mejor herramienta, que se reía echando la cabeza atrás de una manera que Adulfo conocía, porque era su manera, la suya, la de él, la que le veía a su propia sombra cuando algún arroyo se la devolvía.
Adulfo se quedó mirando a aquel niño con una sensación rara en el pecho, sin saber al principio qué era, y le costó un rato largo entenderla, porque era una sensación que no había sentido nunca y para la que no tenía nombre hecho: que aquel niño era de él.
Echó la cuenta sin querer echarla. Lo expulsaron en invierno.
Recesvinta se quedó. Y Recesvinta, la última noche, antes de que él bajara el recodo, le había dicho una cosa que él, en la rabia de aquella mañana, no había querido oír: que no se iba con él porque no podía, que había algo que la ataba a la peña más fuerte que él.
Adulfo había creído que era cobardía, o el cariño de la gente, o el miedo al camino.
Mirando ahora a aquel niño que reía como reía él, entendió, trece años tarde, qué era lo que la ataba.
Era esto. Era él. Tenía un hijo. Tenía un hijo en la peña que lo había echado, criado por la mujer que no quiso seguirlo, un hijo que reía como él y que no sabía que existía un hombre llamado Adulfo, ni que ese hombre era su padre, ni que estaba allí, a la sombra de un nogal, mirándolo bajar al manantial con un cántaro.
Se le revolvió algo dentro que no esperaba, y se quedó un rato sin saber qué hacer con ello, que un hombre que ha hecho del rencor su único alimento no sabe qué hacer cuando le ponen delante una ternura.
Por un instante, uno solo, Adulfo pensó en cosas que no pensaba desde hacía años: en quedarse, en buscar a Recesvinta, en conocer a aquel niño, en ser algo más que el topo expulsado.
Por un instante la peña dejó de ser la cosa que odiaba y fue otra vez la casa donde una moza lo quiso.
Pero el instante pasó, como pasan los instantes blandos en los hombres que se han hecho duros a propósito, y por debajo del instante volvió a subir, fría y vieja y conocida, la otra cosa, la que de verdad lo movía, y que el niño, sin querer, en vez de apagar, había avivado.
Porque si aquel era su hijo, pensó Adulfo mirándolo subir de vuelta con el cántaro a la cadera, entonces aquella peña le debía algo más que un rencor.
Le debía un hijo robado, trece años de no saberlo, una vida de la que lo habían apartado.
Y la corona que dormía en aquella peña, la que él había visto de cerca el día que casi la encuentra, la que le costó la expulsión, la corona de los reyes godos que valía más que toda la frontera, era, se dijo, lo que aquella peña le debía.
No iba a quedarse a ser un cantero pobre criando a un niño bajo unos muros que lo odiaban.
Iba a sacar la corona, esta vez sí, con la autoridad del conde detrás, y con la corona en la mano iba a hacerse señor, un señor de verdad, y entonces, solo entonces, volvería a por su hijo, no como un topo que se cuela por la poterna, sino por la puerta grande, montado, para sacarlo de aquella miseria y hacerlo heredero de algo.
La ternura, en un hombre como Adulfo, no apagaba la codicia: la justificaba.
Ahora ya no robaba la corona solo para sí. La robaba, se dijo, para su hijo.
Aquella tarde, al volver al campamento, dio el primer paso.
Buscó a un arriero de los que subían grano a la peña, uno viejo que él conocía de antaño, y le pagó por una cosa pequeña: que llevara recado a Recesvinta.
No una amenaza, todavía, que Adulfo había aprendido del topo Bermudo, su abuelo, que al pez no se le saca del agua de un tirón.
Solo un saludo. Cuatro palabras. «Adulfo ha vuelto, y sabe.
» Que Recesvinta entendiera lo que quisiera entender de aquel «sabe», que se pasara las noches en vela preguntándose qué sabía él, si lo del niño, si lo de la corona, si las dos cosas; que el miedo le ablandara la lengua y la voluntad antes de que él tuviera que apretar de verdad.
Porque Recesvinta vivía dentro. Recesvinta había sido de la peña toda su vida, conocía sus rincones, oía lo que se hablaba en los lavaderos y en las fiebres.
Recesvinta era, sin saberlo todavía, la palanca que Adulfo necesitaba para entrar en una peña que no lo dejaba entrar.
Y mientras el arriero subía el recodo con su recado de cuatro palabras, Adulfo se quedó a la entrada del campamento, mirando otra vez la torre negra contra el cielo del anochecer, y se hizo a sí mismo, en voz baja, sin testigos, un juramento que no era nuevo pero que aquella tarde, por primera vez, tenía dos motivos en vez de uno: que esta vez la corona saldría de aquella piedra, costara lo que costara y cayera quien cayera; y que con ella, por fin, él dejaría de ser el perro que echaron, para ser el amo que vuelve.