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El parlamento se tuvo en la explanada de delante de la torre, no dentro de los muros, que en eso Gélmiro hizo como hizo su padre con el del norte: la cortesía es agua y cebada para las bestias, pero la casa no se enseña, que una cosa es recibir y otra abrir.
Subió el conde Gatón en persona, no un emisario, lo que Gélmiro tomó por lo que era, una señal de que el conde había decidido que aquella peña merecía su propia cara y no la de un recadero; subió con una escolta corta y bien armada, y desmontó en la explanada con la soltura del señor que se sabe en su derecho aunque esté en tierra ajena.
Era un hombre de buena planta, de unos cincuenta años, con la barba recortada de quien tiene quien se la recorte, y miró la torre y la doble muralla y los adarves no con la boca abierta de los fugitivos, sino con el cálculo frío del que mide una plaza que quiere para sí.
Gélmiro lo recibió a pie, sin armas a la vista, con Vímara a un lado, como mandaba la costumbre de la cadena, aunque al otro lado, donde siempre estuvo Vincencio para oír las palabras de debajo de las palabras, ahora no había nadie, y aquel hueco le pesó a Gélmiro como le pesaba en la celda.
—Soy Gatón —dijo el conde—, conde por la gracia del rey, que me envía a poblar y a regir esta frontera en su nombre. ¿Vos sois el señor de esta peña?
—Yo soy —dijo Gélmiro—. Gélmiro, señor de Velagra. Y sed bienvenido a ella, conde, si venís en paz.
—Vengo en paz —dijo Gatón, y miró otra vez la torre—. Vengo, además, sorprendido. Me dijeron que esta tierra estaba vacía. Y me encuentro una plaza que no levantaría yo con todo el oro del rey. ¿De dónde sale esto, señor de Velagra? ¿Quién os manda?
—No me manda nadie, conde —dijo Gélmiro—.
Esta peña la levantaron mis abuelos cuando los vuestros aún no habían pensado en bajar al Duero.
La pagamos con nuestro trabajo, la defendemos con nuestra sangre, y llevamos en ella cien años, mientras el reino que ahora os manda poblarla la daba por muerta.
No salimos de ningún sitio, conde. Estábamos aquí desde antes.
Gatón lo miró con atención nueva, y Gélmiro vio que el conde acusaba el golpe y lo encajaba como hombre que sabe encajar; y vio también, por un instante, en los ojos negros del conde mirando sus propios ojos negros, ese cálculo rápido que él conocía de toda la vida, el del forastero que se pregunta por qué un señor de godos tiene la cara que tiene.
Pero el conde no era un soldado bocazas, y se lo guardó.
—Pongamos que es como decís —dijo Gatón—.
No vengo a discutir vuestros abuelos. Vengo a deciros lo que va a ser.
El rey puebla esta frontera. Va a haber aldeas nuevas, fueros nuevos, un orden nuevo, y un conde, yo, que responde ante el rey de todo lo que aquí pase.
Y en ese orden, una plaza fuerte que no responde ante nadie es una astilla clavada en la mano.
Os ofrezco entrar en él. Reconocéis al rey, me reconocéis a mí como su conde, integráis Velagra en el condado, pagáis lo que pagan los demás, dais los hombres que dan los demás, abrís vuestras puertas a mis oficiales.
Y a cambio el rey os reconoce vuestra peña y vuestra gente, y dejáis de ser una mancha que cualquiera puede borrar, para ser una pieza del reino, defendida por el reino.
—Os reconozco al rey de buen grado —dijo Gélmiro, despacio, midiendo cada palabra como Vímara le había dicho que midiera, despacio, como se mide una piedra antes de cortarla—.
Y os reconozco a vos su conde. Pero entrar en un orden no es lo mismo que entregar una casa.
Velagra os dará lo que dan los demás en hombres y en tributo, cuando llegue su tiempo y se acuerde su medida, que ningún señor da hombres sin pacto.
Pero la peña la sigue rigiendo el que la ha regido cien años, y sus puertas las sigue abriendo y cerrando el suyo.
Lealtad al rey, sí. Lugartenientes vuestros dentro de mis muros, no.
Eso no es integración, conde. Eso es rendición, con otro nombre.
—No os ofendáis, conde —añadió, porque le había enseñado su padre que a un fuerte se le dice que no sin cerrarle la puerta—.
No os digo que no a vos. Os digo que no a la prisa.
Un señorío de cien años no se entrega en una mañana de parlamento, ni vos lo querríais, que un señor que entrega su casa al primero que la pide no os serviría de nada el día que el moro suba el río.
Lo que os ofrezco vale más que lo que me pedís: una plaza fuerte que el rey no ha tenido que levantar ni que pagar, leal a su corona, guardando esta esquina de la frontera como la ha guardado un siglo.
Eso es ganar para el rey, conde. Lo otro, meter vuestros hombres a la fuerza en mis muros, es gastar para perder.
Hubo un silencio. Gatón sonrió, sin alegría, la sonrisa del que reconoce a un negociador duro y casi lo agradece, porque tratar con un fuerte es más limpio que tratar con un débil.
Detrás de él, los hombres de su escolta miraban la torre y la muralla con esa atención de soldado que mide muros, contando hiladas, buscando el punto flaco por costumbre del oficio, y no se lo encontraban; y Gélmiro vio que el conde se daba cuenta de que sus hombres no se lo encontraban, y vio que aquello pesaba en la balanza del conde más que todas las palabras.
—Sois más godo de lo que parecéis, señor de Velagra —dijo, y dejó la frase ahí, a propósito, como una piedra puesta para ver si el otro la pisaba; y Gélmiro no la pisó, no movió un músculo, que también eso lo había mamado—.
Lo pensaré. Y vos pensaréis lo mío. No tenemos prisa ninguno de los dos.
La frontera es larga y los inviernos son muchos.
Se despidieron con la cortesía dura de los hombres que saben que no han terminado, y el conde montó y bajó el recodo con su escolta.
Pero aquella noche, en el campamento de la loma, fue cuando la cosa se torció de verdad, y la torció el hombre flaco, Adulfo, que había mirado la peña desde lejos todo el día con los ojos de quien vuelve a su rencor.
—Lo habéis visto regatear los hombres y el tributo, mi señor —le dijo a Gatón junto a la lumbre—.
Eso es lo de menos. Eso lo regatea cualquier señor.
Fijaos en lo otro. En que no os deja entrar.
En que las puertas «las abre el suyo». ¿Por qué un señor que dice no tener nada que esconder defiende sus puertas como si dentro guardara el tesoro del rey godo?
—Dejó caer la última palabra despacio, mirando al conde a los ojos—.
Yo os lo dije en León, mi señor, y os lo repito aquí: esa peña esconde algo.
Y mientras no sepáis qué, todo lo que os ofrezca en el parlamento es humo para que no miréis donde no quiere.
Gatón se quedó mirando la lumbre largo rato, y por encima de las llamas, allá lejos en la noche, la mole negra de la torre tapando las estrellas.
Era ambicioso, y la ambición, cuando le ponen delante la palabra «esconde», no descansa.
No le hacía falta creer a Adulfo del todo.
Le bastaba con que pudiera ser verdad. Porque si en aquella peña había de verdad algo que valiera más que la peña misma, entonces ya no se trataba de poblar una frontera.
Se trataba de hacerse con lo único que en aquel tablero podía hacer a un conde más que un conde.
Y Gatón, mirando la torre negra contra las estrellas, decidió, sin decírselo a nadie todavía, que averiguaría qué guardaba Velagra aunque tuviera que desmontarla piedra a piedra para verlo.