Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 8
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La piedra de la peña se acababa, y Vímara lo supo del modo en que un cantero sabe esas cosas, no por la cuenta de los sillares sino por el sonido, porque la veta vieja de la cantera de poniente, la que tres generaciones de su casa habían ido mordiendo desde los tiempos de Teudila, había empezado a sonar a hueco bajo el puntero, un sonido apagado, sordo, de piedra cansada, y una piedra que suena así ya no da sillares para coronar nada, da cascote, y con cascote no se levanta una iglesia.

Porque era una iglesia lo que tocaba ahora.

Esa era la última fase, la que su padre Froila no había alcanzado a empezar y su abuelo Teudila ni a soñar: coronar la peña, allá en lo más alto, junto a la torre del homenaje, con una iglesia de piedra, no la capilla pobre de tablazón y barro que les había servido cien años, sino una iglesia de verdad, con sus muros de sillería y su bóveda y su ábside vuelto al naciente, la obra que dijera, a quien subiera el recodo y mirara hacia arriba, que aquella peña no era un nido de fugitivos refugiados tras un muro, sino una casa con Dios dentro, una plaza con raíz, una cosa hecha para durar.

Vímara la llevaba dibujada en la cabeza desde hacía años, la había trazado en el suelo de la cantera con un palo cien veces, la había medido y vuelto a medir; y ahora que por fin tenía manos para empezarla, gracias a los colonos que bajaban a la peña a ganar grano picando piedra, resultaba que no tenía la piedra, que la veta de toda la vida se moría a hueco bajo el hierro.

—Hay que abrir veta nueva —le dijo a Ansur, una mañana de las primeras del año, los dos de pie ante el frente muerto de la cantera vieja, pasándole la palma a la roca como se le pasa a un animal viejo que ya no va a tirar más del carro—.

Esta ya dio lo que tenía que dar. Dio la torre, dio la muralla, dio los aljibes.

Ya está. Una veta es como un hombre, hijo: trabaja toda su vida y un día se acuesta y no se levanta, y no es justo seguir pidiéndole.

—¿Y dónde —dijo Ansur, que a sus diecinueve años empezaba a hacer las preguntas que importan, no las de antes.

—Ahí está la cosa —dijo Vímara—. Eso es lo que vamos a averiguar tú y yo estos días, y no es poco, que abrir veta es lo más serio que hace un cantero, más que tallar, más que levantar. Tallar mal echas a perder un sillar. Abrir veta donde no debes echas a perder hombres.

Tardaron media luna en encontrarla. Anduvieron Vímara y Ansur la falda entera de la peña por el lado que daba al río, golpeando la roca viva con el mazo y escuchando, que la piedra se ausculta como un pecho, palmo a palmo, buscando el sonido claro, limpio, de campana, que dice que debajo hay banco sano y no piedra reventada.

La hallaron al fin en el lado de poniente, más arriba que la cantera vieja, casi al pie del torreón del ángulo, donde un repliegue de la roca había quedado siempre tapado por la maleza y nadie había mirado, y cuando Vímara golpeó allí y la piedra le devolvió aquel sonido entero, redondo, de banco bueno, se quedó callado un momento más largo de lo que el hallazgo pedía, porque el sitio, justo aquel sitio, le puso en el cuerpo un desasosiego que no quiso nombrar delante del hijo.

Abrieron el frente. Quitaron la maleza, descostraron la piel terrosa de la roca, y debajo apareció la veta, hermosa, una caliza dorada de grano fino que prometía sillares como panes, de los que se tallan a gusto y asientan solos.

Vímara metió media docena de hombres, colonos nuevos y peones viejos mezclados, con Ansur de cabeza de cuadrilla por primera vez, que para eso lo había llevado, para que aprendiera a mandar piedra y hombres a la vez, que es lo difícil.

Y los primeros días la veta dio lo que prometía: piedra limpia, dócil, alegre.

Vímara subía y bajaba, repartía el trabajo de la iglesia y el de la cantera, dormía poco, comía de pie, feliz de aquella manera seca suya, porque un maestro que tiene piedra buena y manos para labrarla y una gran obra por delante es, aunque no lo diga, el hombre más feliz de la tierra.

Le tocó, además, en aquellas primeras jornadas, enseñar oficio a quien no lo tenía, que la mitad de la cuadrilla eran colonos del norte bajados a ganar grano picando piedra, hombres de azada y no de puntero, que cogían el hierro como se coge una herramienta ajena, con desconfianza, y a los que había que enseñar desde lo primero, que es a no temer la piedra y a no fiarse de ella, las dos cosas a la vez.

Vímara los miraba con un ojo nuevo, porque eran la cara de aquel mundo que subía del río, gente que un año atrás no existía para Velagra y que ahora picaba en su misma cantera, comía de su mismo pan y aprendía de sus manos a labrar la piedra con que coronaría la peña.

Uno de ellos, un tal Nuño, de los primeros que se asentaron en la vega, resultó tener mejor mano de la que él mismo se creía, y mejor cabeza, que preguntaba el porqué de las cosas en vez de solo obedecerlas, y Vímara, que reconocía a un hombre por cómo preguntaba, lo fue acercando a los trabajos que pedían tiento.

«De estos saldrán los canteros de dentro de cien años», pensó una mañana, viéndolo desbastar, «que así empezaron también los míos, peones venidos de fuera a quienes Teudila enseñó, y mira ahora»; y el pensamiento le gustó y le inquietó a partes iguales, porque enseñar el oficio a los de fuera era abrir la peña, y abrir la peña era justo lo que Gélmiro y él andaban midiendo si convenía o no, y resultaba que la obra, por su cuenta, sin pedir permiso a nadie, ya la estaba abriendo, una punta de hierro y un jornal de grano cada vez.

Hasta que la veta enseñó los pelos. Fue al cuarto o quinto banco, cuando ya habían bajado el frente lo bastante para entrar en la roca de verdad: la caliza dorada empezó a salir con pelos, esas vetillas finas, oscuras, traidoras, que cruzan un banco que parece sano y que son por donde la piedra, el día menos pensado, decide partirse por su cuenta.

Vímara lo vio en el primer sillar que salió con ellos, lo dejó aparte sin decir nada, esperó al segundo, al tercero, y cuando vio que los pelos no eran cosa de un banco sino que subían y se metían en toda la cara nueva del frente, supo que la veta buena, la de verdad, la que daría los sillares de la bóveda, no estaba allí donde habían abierto, sino más adentro, pasados los pelos, en el corazón sano de la roca; y que para llegar a ella había que vaciar primero todo aquel banco enfermo, que es la parte mala del oficio, picar piedra que sabes que no vale para llegar a la que vale.

Y fue picando ese banco malo cuando estuvo a punto de pasar lo que Vímara temía desde que oyó el sitio sonar a banco bueno.

Estaban arrancando un bloque grande de la parte alta del frente, uno de los enfermos, para descabezar la veta y bajar al sano, con las cuñas metidas en la grieta y los peones golpeando a turnos para abrirla; y uno de los colonos nuevos, un mozo que llevaba pocos días y no tenía aún el oído de la piedra, metió la cuña última de más, con más codicia que tiento, queriendo abrir el bloque de un golpe en vez de cansarlo despacio, y el bloque cedió, sí, pero no por donde debía: cedió por uno de los pelos que nadie había sabido leer, y en vez de soltarse limpio se partió en falso, y la mitad de arriba, varios quintales de piedra, se desprendió de golpe del frente y vino abajo justo donde estaba el mozo, que se quedó un instante mirando caer su propia muerte sin acabar de creérselo, como se quedan los que no han visto nunca caer piedra.

Lo salvó Ansur. No por más fuerte, que la piedra no la para nadie con la fuerza, sino porque había aprendido de su padre, sin saber que lo había aprendido, a mirar el frente entero y no solo el golpe, y vio venir el desprendimiento medio instante antes que nadie, por cómo le cambió el sonido a la roca, y agarró al mozo del cuello del sayo y tiró de él hacia el flanco con todo el cuerpo, los dos al suelo, rodando, mientras la piedra bajaba bramando y reventaba en el sitio exacto donde el mozo había tenido los pies, levantando una polvareda de cal que les tapó el cielo.

Cuando se asentó el polvo, el mozo estaba vivo, con un pie aplastado bajo un canto menor que ya le rompería temporada de trabajo pero no la vida, y Ansur encima de él, blanco de polvo, con un tajo en el brazo que sangraba y que ni notaba.

Vímara llegó corriendo desde la iglesia, y lo primero que hizo, antes de mirar al herido, antes de decir nada, fue parar la cantera entera con la mano alzada, que un maestro, cuando cae piedra, lo primero que para es el miedo de los demás, porque el miedo en una cantera mata más que la piedra.

Hizo sacar al mozo, mandó que le entablillaran el pie, le miró a Ansur el tajo del brazo y vio que era de carne y no de hueso, y solo entonces, cuando todo estuvo quieto y los hombres respirando otra vez, subió al frente, tocó el sitio de la rotura, leyó los pelos en la piedra recién partida, y tomó la decisión de maestro, la que solo él podía tomar y que nadie le iba a agradecer.

—Se abandona este frente —dijo—. Hoy. No se pica un golpe más aquí.

—Pero la veta buena está debajo, padre —dijo Ansur, todavía con el polvo en la cara, apretándose el brazo—. La sana. Solo hay que pasar este banco. Un par de días más y...

—La veta buena está debajo, sí —dijo Vímara—.

Y para llegar a ella hay que pasar por encima de un banco que ya nos ha pedido un hombre y ha estado a punto de llevárselo, y el siguiente igual no lo paras tú a tiempo.

La piedra te avisa una vez, hijo. Esta nos ha avisado.

El cantero que no oye el primer aviso paga el segundo con un entierro.

—Se limpió la cal de las manos en el mandil, despacio, mirando el frente como se mira a un perro que ha enseñado el diente—.

Abrimos otro frente, más arriba, esquivando los pelos por el lado.

Costará más. Habrá que subir la piedra desde más lejos, montar una rampa nueva, perder semanas.

Pero saldrá sana y nadie se dejará la vida sacándola.

Una iglesia que se levanta sobre un muerto no es casa de Dios, es tumba; y yo no he esperado toda mi vida a coronar esta peña para coronarla con la sangre de un mozo al que le faltó oído.

Subieron el frente, como dijo Vímara, esquivando los pelos por el costado, atacando la roca más arriba, donde la veta sana asomaba limpia de aquellas vetillas traidoras.

Y allí, en el frente nuevo, fue donde Vímara, midiendo con la cuerda y el plomo por dónde había que seguir cortando para no agotarla pronto, hizo la cuenta que le heló la sangre y que no compartió con nadie, ni con Ansur.

Porque la veta buena, la sana, la que daría toda la piedra de la iglesia, corría dentro de la peña en una dirección clarísima, la leía como se lee una palabra escrita: subía hacia poniente, hacia arriba, metiéndose en la roca justo por debajo y por detrás del torreón del ángulo, del viejo, del único que quedaba por rematar, el del rincón donde dormía, vuelta piedra entre las piedras, la cosa que solo sabían tres hombres vivos.

Vímara se quedó mucho rato con la cuerda en la mano, mirando la veta correr hacia allá, hacia el torreón, y entendió, con el cuerpo y con la cabeza a la vez, que la piedra, que nunca miente, le estaba diciendo algo que él no quería oír: que para terminar la obra de tres generaciones, para coronar la peña con la iglesia que la haría una casa de verdad, tendría que sacar la mejor piedra del único sitio del que no se podía sacar, del macizo mismo donde su padre Froila le había dicho, sillar por sillar, que dormía la corona; y que la obra, la dichosa obra a la que había entregado la vida, parecía empeñada, por su cuenta, en obligarlos a todos a tocar el muro que llevaban un siglo jurando no tocar.