7
Vímara llevó a Ansur a la cantera el día antes de que subiera el emisario del conde, no para esconderse de lo que venía, sino porque había aprendido de su padre que cuando el mundo se pone difícil arriba, en lo de los señores y los condes, el sitio donde un cantero piensa mejor es abajo, con las manos en la piedra, donde las cosas o asientan o no asientan y no hay palabra que las cambie.
—Coge el puntero —dijo—. El tuyo, no el mío. Y desbasta esa cara, la de poniente, hasta la raya. Despacio. Que no es una carrera.
Ansur cogió el puntero y el mazo y se puso.
Tenía dieciséis años y las manos ya casi de cantero hecho, anchas, con los nudillos empezando a engrosar; era el hijo mayor de Vímara, gen cuarta del oficio en aquella peña, bisnieto de Teudila al que no había conocido, y desbastaba con una seriedad que a Vímara le encogía el pecho de orgullo y no se lo decía, porque a un hijo el orgullo se le da en las correcciones, no en las alabanzas, que así se lo dieron a él.
Vímara lo miraba golpear, marcando el ritmo con la cabeza, corrigiéndole el ángulo del puntero con un gruñido cuando se torcía, y mientras lo veía trabajar le iba diciendo, sin parecer que se lo decía, lo que de verdad había bajado a decirle.
—¿Sabes por qué te enseño a ti antes que a tus hermanos —dijo—. No es porque seas el mayor. Es porque te paras a tocar antes de mirar. Lo otro se aprende. Eso no.
Ansur no contestó, que sabía que su padre no preguntaba para que le contestaran, sino para ir poniendo los sillares de lo que quería decir. Siguió golpeando.
—Va a subir un emisario del conde —dijo Vímara—.
Mañana. Y detrás del emisario, antes o después, va a subir el conde.
Y el conde va a ver lo que tú ves todos los días sin verlo, porque lo tienes delante desde que naciste.
Va a ver esto. —Abrió la mano hacia la cantera, hacia la peña por encima, hacia la doble muralla y la torre—.
Y se va a preguntar de dónde sale. Cómo es que en una tierra que su rey da por vacía hay esto en pie. Quién lo paga. Qué guarda.
Ansur dejó de golpear y se volvió.
—¿Y qué le decimos?
—Esa es la pregunta de toda la peña estos días —dijo Vímara—.
Y no la tiene fácil ni el señor. —Se sentó en un sillar a medio labrar, se sopló las manos—.
Hay dos maneras de hacer las cosas, hijo, y tu abuelo Froila las pensó las dos en su tiempo, cuando bajó el primer hombre del norte, hace casi cuarenta años.
Una es seguir escondiéndonos. Hacernos pobres.
Bajar la cabeza. Enseñarle al conde una peña menguada que no merece el viaje, como hizo tu abuelo con el del norte de entonces, que se llamaba Gutier, y le funcionó: aquel rey acabó olvidándose de nosotros, y vivimos cuarenta años más de no figurar.
La otra es lo contrario. Es plantarse. Mostrarse.
Decirle al conde: aquí estamos, esto es nuestro, somos una plaza fuerte y valemos, y o tratas con nosotros como con iguales o te va a costar muy caro tomarnos.
—¿Y cuál es la buena?
—Si lo supiera, no te habría bajado a la cantera a darle vueltas contigo —dijo Vímara, y por un momento se le escapó una media sonrisa, la primera en muchos días—.
Escóndete, y el conde, que ya ha visto la torre, igual la quiere precisamente porque la escondes, que nada da más ganas de abrir una caja que verla cerrada.
Muéstrate, y el conde quiere la plaza por fuerte, y un conde con un rey detrás siempre tiene más hombres que tú.
Las dos puertas dan al mismo cuarto, hijo, y en el cuarto está él.
Aquella noche se reunió la cadena, ya solo dos, en la celda que había sido de Vincencio y que todavía olía a él, con el cuarto sitio vacío como un diente que falta.
Gélmiro y Vímara, el de la sangre y el de la piedra, sin el del libro, y el hueco de Vincencio pesaba en la cámara más que su presencia.
Hablaron de lo de siempre, de qué enseñar al conde y qué callar, de si esconderse o plantarse; y por debajo de aquella conversación corría la otra, la que ninguno de los dos quería ser el primero en nombrar, hasta que Gélmiro la nombró, porque le tocaba, porque Vincencio se la había puesto en la mano al morir.
—El viejo me dijo, antes de irse, que a lo mejor está volviendo el reino —dijo Gélmiro, en voz baja, mirando la llama del candil—. Que si vuelve, alguien tendrá que decidir si esta es la hora. La hora de la corona.
Vímara se quedó muy quieto. Era el único de los dos que sabía, además, el otro secreto que la corona arrastraba, el de oficio: que sacarla no era cosa de querer, sino de poder, porque estaba emparedada en el macizo del torreón de poniente, vuelta piedra entre las piedras, y que solo había un hombre vivo que supiera cuál era el sillar exacto tras el que dormía, y ese hombre era él, porque se lo había dicho su padre Froila en el lecho de muerte, sillar por sillar, hilada por hilada, como un secreto de cantero que no se pone en ningún papel.
—No es la hora —dijo Vímara, al fin, despacio—.
Y te diré por qué, y no es por miedo. El viejo Vincencio decía que la corona sale «cuando vuelva a haber un reino donde ponerla».
Un reino, Gélmiro. No un conde con hambre.
Ahí abajo, en la loma, no hay un reino. Hay un hombre ambicioso que viene a hacerse grande, mandado por un rey lejano.
Si le enseñamos hoy la corona, no fundamos nada: se la lleva, y nos quedamos sin ella y sin peña.
La corona, sacada antes de tiempo, no legitima a nadie.
Solo es oro. Y el oro, en manos del que tiene más espadas, no vale como corona: vale como botín.
—¿Entonces?
—Entonces esperamos —dijo Vímara—. Y medimos al conde.
Despacio. Como se mide una piedra antes de cortarla, que un golpe dado en el sitio que no es la parte por la mitad y se pierde entera.
Le enseñamos lo justo. Tratamos. Vemos qué clase de hombre es, si es de los que saquean o de los que fundan, si ese reino que dicen que vuelve es de verdad un reino o solo otro rey con otra hambre.
Y si llega el día, si llega de verdad la hora, ya sabremos.
Pero la corona no se saca para salir del paso, Gélmiro.
Se saca una vez en cien años, y si se saca mal, ya no hay otra.
—Se levantó, le puso a Gélmiro la mano en el hombro, como su padre se la ponía a los oficiales—.
Esperar también es una decisión. La más difícil. Y a veces la única buena.
Salieron de la celda de madrugada, con el acuerdo de esperar y de medir, los dos solos, sin el tercero, conscientes los dos de que estaban decidiendo, sobre la hora de la corona, una cosa que ninguno de los dos podía saber si era acierto o error, y que no lo sabrían tampoco mañana, ni en un año, sino solo el día, ya tarde para arreglarlo, en que el conde de la loma enseñara la cara de verdad que traía bajo la del emisario.