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Recesvinta supo que el mundo se le había torcido cuando volvió del lavadero y se encontró a Ervigio en la puerta de casa, sentado en el poyo con un palo en la mano y los pies colgando, y el niño le dijo, sin levantar la vista de lo que tallaba, que había bajado un conde del norte y que con el conde venía un hombre que era de la peña, de antes, de cuando ella era moza.
—¿Quién te ha dicho eso —dijo, y se le quedó la cesta de la ropa pegada a la cadera, sin poder dejarla, sin poder hacer nada con las manos.
—Lo dicen todos en la era —dijo Ervigio, encogiéndose de hombros, sin darle importancia, porque a los trece años nada que no sea de uno tiene importancia—.
Que el conde acampa en la loma del nogal y que mañana sube emisario.
Y que con él va uno que nació aquí. Anderquina dice que su padre está que muerde, que lleva toda la mañana encerrado con el maestro Vímara.
—Levantó por fin la cara, y le sonrió, y tenía la sonrisa de su padre, la misma, exacta, que a Recesvinta se le clavó como un cuchillo frío sin que el niño supiera nada—. ¿Qué cenamos, madre?
Recesvinta entró en casa, dejó la cesta, se sentó en el banco junto al fuego apagado y se estuvo quieta un rato largo, mirándose las manos rojas del agua del lavadero, hasta que el corazón le volvió a la marcha de siempre.
Tenía cincuenta años cumplidos y los había vivido casi todos en aquella peña, y de aquellos años había uno que llevaba enterrado tan hondo que casi se había convencido de que no había sido suyo, sino de otra, de una moza tonta que se llamaba como ella y que se casó por amor con el hombre equivocado.
Adulfo. No le habían dicho el nombre, pero no le hacía falta.
¿Quién, de los nacidos en la peña, había sido echado de ella como un perro y había subido al norte con el rencor por todo equipaje?
Solo uno. El hombre con el que se casó de moza, contra el consejo de todos, porque era guapo y hablaba bien y le decía cosas que ningún otro le decía; el hombre que resultó ser nieto del topo Bermudo, de la mala sangre, y que andaba, como su abuelo, husmeando lo que la peña guardaba para venderlo; el hombre al que la cadena descubrió y expulsó una mañana de invierno, hacía ya trece años, echándolo de Velagra para siempre con la prohibición de volver bajo pena de muerte.
Y Recesvinta, que estaba encinta de él de tres meses sin que nadie lo supiera todavía, ni ella misma del todo, tomó aquella mañana, viéndolo bajar el recodo escupido por la peña, la decisión que le partió la vida en dos: no irse con él.
Quedarse. Parir en Velagra al hijo del traidor y criarlo de manera que el niño no supiera nunca, jamás, de quién era hijo.
Lo había conseguido durante trece años. Ervigio se había criado como uno más de la peña, querido por todos, sin que nadie le echara en cara una sangre que no había elegido; la cadena, que lo sabía, había callado, porque Vímara dijo, y Gélmiro estuvo de acuerdo, y hasta el viejo Vincencio asintió, que un niño no es culpable de su padre, y que castigar al hijo por la traición del padre era hacer lo mismo que hacía la facción, heredar el odio, y que Velagra no era eso.
Así que Ervigio crecía sin saber. Era amigo del alma de Ansur, el hijo del maestro, con el que se pasaba el día en la cantera mirando tallar y robando puntas de hierro para hacer sus propias marcas en las piedras sueltas; y andaba siempre detrás de Anderquina, la hija del señor, que era un año mayor que él y le mandaba como a un mozo, y a la que Ervigio obedecía con una devoción de perro que a Recesvinta, que veía esas cosas, ya empezaba a darle que pensar de cara a unos años más adelante.
Tres niños que se criaban juntos en lo alto de una peña, el del oficio, la de la sangre y el del enemigo, sin que ninguno de los tres supiera todavía qué pesos llevaban dentro.
Los veía juntos casi cada tarde, que en una peña no hay rincón donde los críos no acaben dando, y los miraba con el corazón en dos mitades.
Anderquina iba siempre delante, morena como su padre, con los ojos negros del sur y una manera de mandar que ya de niña asustaba un poco, porque no levantaba la voz: decía las cosas una sola vez y esperaba, segura de que se harían, y se hacían.
Ansur, callado, ancho de hombros antes de tiempo, iba detrás cargando lo que hubiera que cargar, con esa paciencia de cantero que le venía de casta y que lo hacía parecer mayor de lo que era.
Y Ervigio en medio de los dos, más vivo que ninguno, el que tenía la idea, el que se subía adonde no debía, el que hacía reír a Anderquina y rabiar a Ansur, el que llenaba con su ruido los silencios de los otros dos.
A Recesvinta le partía el alma verlos, porque eran como tres hilos de un mismo cordel sin saberlo, y porque el suyo, el del medio, el más alegre, era el único de los tres que llevaba dentro una sombra que no había puesto él, y que el día menos pensado un hombre del norte, montado, podía echarle encima.
Y ahora el padre volvía. Con un conde detrás.
Recesvinta se levantó del banco, encendió el fuego, puso el puchero, porque la vida, por mucho que se tuerza, sigue pidiendo que se haga la cena, y mientras soplaba las brasas le dio vueltas a lo único que de verdad la aterraba, que no era Adulfo, ni siquiera el conde.
Era que Ervigio se enterara. No por ella; ella aguantaría lo que hubiera que aguantar.
Por el niño. Porque Ervigio se había hecho a sí mismo, sin saberlo, sobre la mentira piadosa de que su padre había sido un cantero forastero muerto de fiebres antes de que él naciera, un hombre sin cara y sin tacha, una tumba limpia adonde el niño no iba nunca porque no había tumba; y sobre esa mentira el crío había construido todo lo que era, su honra de huérfano sin mancha, su sitio en la peña, su amistad con el hijo del maestro, su devoción por la hija del señor.
Si aquello se rompía, si un día alguien le decía «tu padre es el traidor que está ahí abajo con el conde, vendiendo la peña que te dio de comer», Recesvinta no sabía qué quedaría del niño después.
No lo sabía, y eso era lo que no la dejaba respirar mientras soplaba las brasas: que su hijo se había criado querido y limpio dentro de la casa misma a la que su padre venía, ahora, a destruir, y que el niño no tenía ni idea, y la cuchara con que removía el puchero le temblaba en la mano sin que ella pudiera pararla.
Ervigio entró, dejó el palo medio tallado en el rincón, se sentó a la mesa y le contó, con la boca llena, que Ansur le había dicho que el maestro iba a dejarle desbastar él solo un sillar de los pequeños, uno de verdad, para el torreón viejo, el del rincón de poniente, el último que quedaba por cerrar.
Y Recesvinta, removiendo el puchero, se quedó helada por una razón que el niño no podía ni imaginar: porque de todos los muros de la peña, el que su hijo decía que iban a dejarle tocar era, precisamente, el único bajo el que dormía la cosa por la que su padre había sido expulsado, y a por la que volvía.