Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 5
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El conde Gatón bajó al Duero esperando encontrar tierra muerta, como le habían jurado que encontraría, y a la tercera jornada de camino, cuando dobló el recodo del río y vio la peña, tiró de las riendas tan en seco que el caballo casi se sienta.

—¿Qué es eso —dijo, no a nadie en particular, a la mañana.

Detrás de él la columna se fue parando, jinete tras jinete, y todos miraron lo mismo que miraba el conde, y nadie supo qué contestar, porque ninguno de ellos esperaba tampoco aquello.

Gatón llevaba en la cabeza, como todos, el relato del rey: que la frontera del Duero era un desierto, una tierra que cien años atrás un rey antiguo mandó vaciar para que el sarraceno no la aprovechara, una franja de matorral y ruinas por donde no quedaba más que algún pastor perdido y los huesos de las aldeas que fueron.

Por eso lo mandaba el rey, a él, Gatón, conde de probada lealtad y de probada codicia: a poblar.

A bajar gente del norte estrecho, hambriento de tierra, y plantarla en el vacío del sur ancho, a roturar, a sembrar, a levantar iglesias y a poner mojones, porque un rey había entendido por fin lo que su abuelo no entendió, que la tierra vacía no la defiende nadie, y que el modo de quedarse con la frontera no es vaciarla, sino llenarla de gente que la sienta suya y la pelee.

Y allí, en mitad del desierto que le habían prometido, se alzaba una ciudadela.

No una ruina. No los cuatro muros mordidos de una fortaleza romana de las que jalonaban los caminos.

Una plaza fuerte en pie, viva, humeante, con su torre cuadrada negra contra el cielo, su doble muralla cerrada, su caserío apretado en la falda, sus huertos verdes en la curva del río, gente que se movía por los adarves, una cantera abierta con sus rampas, y, llegándole hasta el recodo amortiguado por la distancia, el repicar de una fragua, que es el sonido más vivo que hay, porque ningún sitio muerto tiene a alguien batiendo hierro.

—Me dijeron que aquí no había nada —dijo Gatón, en voz baja, y se le había puesto en la voz algo que sus hombres no le conocían, porque el conde no era hombre de quedarse sin palabras.

Era ambicioso, Gatón, y lo sabía, y no se avergonzaba de ello, que tenía para sí que la ambición bien puesta era la única fuerza que de verdad movía el mundo, y que un hombre sin ambición no levantaba nada ni para sí ni para nadie.

El rey le había prometido el señorío de cuanto poblara: cada aldea que él plantara en aquella frontera, cada molino, cada iglesia, cada alma que bajara y prendiera raíz allí, engrosaría su condado y su nombre.

Bajaba a hacerse grande sobre un vacío, a fundar de la nada, que es el sueño de todo hombre con hambre de futuro.

Y a la tercera jornada el vacío resultaba estar ocupado, y no por cuatro pastores, sino por una obra que él, con todo el oro del rey detrás, no sabría cómo levantar.

Aquello le revolvió las entrañas, pero no como creyó al principio.

Tardó toda aquella jornada, cabalgando despacio hacia la peña que no quería acercarse del todo, en entender lo que sentía; y lo que sentía, descubrió, no era contrariedad, sino algo mucho más peligroso para los que tuviera enfrente: deseo.

Porque una cosa es poblar un desierto, que es trabajo de años y de hambre y de muertos, y otra muy distinta encontrarse ya hecha, en mitad del desierto, la pieza más fuerte del tablero.

Quien tuviera esa peña tendría la frontera.

Era la llave del Duero, plantada en el meandro como un puño de piedra, y a Gatón, que sabía mirar un mapa, le bastó verla para entender que su condado entero, todo lo que el rey le había prometido, no valdría nada si aquella peña era de otro, y lo valdría todo si era suya.

No era hombre de los que cierran los ojos a lo que no les conviene, Gatón, y mientras se acercaba se fue diciendo a sí mismo las cosas incómodas, que era su manera de no equivocarse.

Aquella peña no la había levantado el rey, ni la sabía el rey, lo que quería decir que el rey lo había mandado a poblar una tierra de la que no tenía la cuenta hecha.

Aquella peña tenía dueño, y un dueño que se atrevía a estar en pie en una tierra que un reino daba por suya sin pedirle permiso a nadie, lo que quería decir un hombre fuerte, o respaldado, o las dos cosas.

Y aquella peña, sobre todo, llevaba allí, a juzgar por la pátina de los sillares de la torre, más años que el propio plan del rey de repoblar, lo que quería decir que la historia que a él le habían contado, la del desierto, la de la tierra muerta esperando colonos, era, cuando menos, una historia incompleta.

A Gatón no le gustaban las historias incompletas.

En su experiencia, lo que faltaba en una historia era siempre lo que de verdad importaba.

Llamó a su lado, sin desmontar, al mayordomo que le llevaba las cuentas de la expedición, un clérigo seco que sabía leer un pergamino y un granero con la misma frialdad.

—¿Tú sabías de esto? —le dijo.

—No, mi señor. En los papeles del rey esta comarca figura como yerma. Hay un nombre antiguo para ella, de los cronicones viejos, pero nada de una plaza.

—Pues anótalo —dijo Gatón—. Anota que el primer día de bajar al Duero nos encontramos una mentira en pie, con torre y muralla. Y que voy a averiguar de quién es.

Lo dijo sin rabia, casi con gusto, porque a un hombre de su clase pocas cosas le ponían la sangre en marcha como la de encontrarse, donde esperaba lo fácil, lo difícil.

—No nos acercamos hoy —decidió, y mandó plantar el campamento a media legua, en una loma desde la que se veía la peña sin estar bajo ella, que aquello también lo había aprendido, a no meterse bajo unos muros que no eran suyos hasta saber quién los guardaba—.

Mañana mando emisario. Hoy quiero saber qué es esto. Y quién manda en esto.

Fue aquella noche, junto a la lumbre del campamento, cuando un hombre de su escolta le trajo al otro, al que llevaba con él desde León sin haberle dado nunca importancia.

Un tipo flaco, ya entrado en años, de mirada baja y manos quietas, que se había ofrecido en la ciudad a servir de guía «porque conozco esa tierra como nadie del norte la conoce, mi señor, que de allí vengo y de allí me echaron».

—Mi señor —dijo el hombre, y se quedó de pie al borde de la luz, donde la cara se le veía a medias—. Me dijeron que os habíais quedado parado al ver la peña. Que no os la esperabais.

—No me la esperaba nadie —dijo Gatón—. ¿Tú sí?

—Yo nací debajo de ella —dijo el hombre, y al decirlo se le movió algo en la voz, un poso viejo que el conde, que era hombre de leer a los hombres, no dejó pasar—.

Me crié en esa peña. Me casé en esa peña.

Y me echaron de esa peña como se echa a un perro, hace ya años, por saber demasiado de lo que guardan.

—Levantó por fin los ojos, y a la luz de la lumbre tenían un brillo que no era de la lumbre—.

Velagra, se llama. Y os juro, mi señor, por lo poco que me queda, que esa peña esconde algo que vale más que todo lo que vuestro rey os ha prometido poblar.

Yo sé lo que es. Yo lo vi. Y sé quién lo guarda.

Gatón lo miró un rato largo, en silencio, midiéndolo como medía a los hombres, y vio en aquel guía flaco las dos cosas que un hombre como él sabía oler: que mentía a medias, como mienten todos los que quieren venderte algo, y que en el fondo de la mentira había una verdad de verdad, porque el rencor no se finge tan bien.

—¿Cómo te llamas? —dijo.

—Adulfo, mi señor.

—Pues, Adulfo —dijo el conde, y se echó atrás contra la silla de montar que le servía de respaldo, y sonrió por primera vez en todo el día—, mañana cabalgas a mi lado.