Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 4
10%

4

Enterraron a Vincencio a los tres días, en el suelo de la iglesia vieja del monasterio, sin más nombre en la losa que una cruz y la fecha, como él lo había pedido, y cuando se fue el último monje y se apagó el último cirio, Gélmiro se quedó solo en la celda del muerto, entre los arcones de cuero y los pellejos atados, con la silla vacía mirándolo, y entendió que enterrar al viejo había sido lo fácil, y que lo difícil empezaba ahora, porque alguien tenía que sentarse en aquella silla, y de cómo eligiera a ese alguien dependía un secreto de cien años.

«No lo elijas por la tonsura. Elígelo por los ojos.

Por cómo mire un papel viejo.» Eso le había dicho el viejo, raspándole las palabras al oído la última noche, y Gélmiro las llevaba clavadas como se lleva clavada la única instrucción que dejó un padre antes de morir, sabiendo que era, además de un consejo, una prueba: Vincencio había muerto sin decirle quién, solo cómo reconocerlo, y le había dejado a él la carga entera de no equivocarse, porque equivocarse en aquello no era poner a un mal copista al frente de unos pergaminos, era poner en manos torcidas la llave de dónde dormía la corona y de quién era de verdad la sangre de Velagra.

Empezó por mirar a los monjes sin que ellos supieran que los miraba, que era lo que el viejo habría hecho.

El monasterio no era grande, una docena larga de hábitos contando a los novicios, gente venida de la comarca y de más allá, algunos viejos ya, asentados en su rutina de horas y de salmos, otros jóvenes, recién tonsurados, con esa mezcla de fervor y de hambre que tienen los mozos que entran en religión por vocación o por no tener otro pan.

Gélmiro fue al monasterio con la excusa de ordenar las cosas de Vincencio, que de él se fiaban porque lo conocían desde niño en aquellas piedras, y se sentó días enteros en la celda con la puerta abierta, dejando que los monjes entraran y salieran a recoger un códice, a buscar un pellejo de los muchos que el viejo les copiaba, y los observó hacer.

No lo que decían, que decir dice cualquiera, sino lo que hacían con un pergamino en la mano.

Y vio lo que el viejo le había advertido que vería.

Vio al hermano cillerero, hombre de buen seso, coger un inventario y leerlo de corrido para ver cuánto trigo quedaba, y dejarlo sin más, que para él el papel era una cuenta y nada más.

Vio al prior, viejo y seco, tomar un salterio con respeto, pero con el respeto del que venera el objeto sin oír ya lo que dice, que de tanto rezarlo se le había vuelto sonido sin sentido.

Vio a un novicio listo, de manos finas, abrir un códice por la miniatura, embobarse en el oro y los colores, y pasar de largo por las letras como quien admira el cofre sin abrirlo.

Ninguno servía. Todos miraban el papel como quien cuenta lo que vale, que era justo lo que el viejo le había mandado descartar.

Empezó a impacientarse, que era cosa de su sangre y se lo había reprochado Vincencio toda la vida, y por la impaciencia estuvo a punto de hacer la tontería que el viejo más le habría reñido: forzar la prueba.

Pensó en reunir a los monjes y poner ante ellos, sin más, un pergamino difícil, de los de letra vieja, y preguntar quién sabía leerlo, a ver quién daba un paso.

Lo pensó y se rió de sí mismo en la celda vacía, porque oyó al viejo dentro de la cabeza, raspado y burlón como en vida: «Así no sale, zopenco.

Al que sabe lo descubres mirándolo cuando él no sabe que lo miras.

En cuanto sepa que lo mides, te enseña lo que cree que quieres ver, y entonces ya no ves al hombre, ves su disfraz.

La verdad de un hombre con un papel solo sale cuando el hombre se cree solo.

» Así que tragó la impaciencia, que era la primera lección del oficio que heredaba, y volvió a sentarse a esperar, que esperar era el oficio entero.

Un guardián que tiene prisa, entendió, ya no es un guardián, es un peligro, porque la prisa abre la boca antes de tiempo, y lo que el del libro guardaba pesaba demasiado para soltarlo por no saber aguantar el silencio de unos días.

Tardó casi una luna entera en aquel acecho paciente, fingiendo ordenar lo que ya estaba ordenado, dejando caer pergaminos viejos como por descuido para ver qué mano los recogía y cómo, y empezó a fijarse en uno de los jóvenes sin querer fijarse, porque el viejo le había dicho que no eligiera con la voluntad sino con el ojo, que la voluntad miente y el ojo no.

Era el más callado de los novicios, ni el más listo en la cuenta ni el más devoto en el coro, un mozo del que el prior decía, a media voz, que perdía el tiempo en los pergaminos en vez de en los salmos, que se quedaba pasmado leyendo cosas que no venían a cuento, genealogías de reyes muertos, escrituras de tierras que ya no eran de nadie, como si aquello le importara más que la regla.

Gélmiro guardó la observación sin dar señal, que el reproche del prior era, para lo que él buscaba, el mejor de los elogios.

Hasta que una mañana, removiendo Gélmiro en el arcón hondo donde Vincencio guardaba lo más viejo, lo que ni copiaba ni enseñaba, lo que él llamaba «los huesos», cayó al suelo un pellejo desatado, antiguo, oscurecido, con la tinta medio comida, y antes de que Gélmiro se agachara a recogerlo ya había un monje joven arrodillado cogiéndolo con las dos manos, con un cuidado que no era de quien teme romper una cosa frágil, sino de quien teme molestar a algo que duerme.

—Perdonad —dijo el monje, levantando la vista—.

Se os ha caído. —Pero no se lo dio enseguida.

Se quedó un instante con el pellejo abierto en las manos, los ojos corriéndole por las letras comidas, y se le quedó la cara quieta, atenta, ladeada, como se le queda la cara a un hombre que cree haber oído su nombre en una habitación a oscuras—.

Esto no es de Velagra —dijo, casi para sí—.

Esta letra es de muy al sur. Y es vieja, mucho.

Mirad la uve, cómo la cierra. Esto lo escribió alguien que aprendió a escribir antes de que se quemara Toledo.

—Levantó la cara, y se dio cuenta de pronto de a quién se lo estaba diciendo, y se le subió el color—.

Perdonad, señor. Hablo de más. El hermano Vincencio me reñía por eso, decía que yo leía los papeles como quien escucha hablar a los muertos en vez de leerlos como están.

Gélmiro se quedó muy quieto, con la mano todavía tendida hacia el pellejo que no había llegado a recoger, porque acababa de oír, en la boca de un mozo que no sabía lo que decía, las palabras exactas del viejo en su lecho de muerte.

«Si lo mira como quien escucha a un muerto, ese es.

» No era casualidad: era que Vincencio, antes de morir, ya había puesto el ojo en aquel monje sin decírselo a nadie, lo había reñido por lo mismo por lo que Gélmiro lo iba a elegir, y le había dejado a él la prueba montada para que la reconociera cuando la tuviera delante.

El viejo, fiel a su oficio de esconder la verdad hasta el último día, no había nombrado al sucesor: había escondido su nombre en una manera de mirar, y se la había descrito al heredero para que la encontrara solo.

—¿Cómo te llamas —dijo Gélmiro.

—Eldemiro, señor. Hermano Eldemiro. Soy de la comarca de arriba, del valle del nogal; me trajeron de niño porque aprendía las letras más rápido que los otros, y el hermano Vincencio me tomó para el archivo estos últimos años, porque ya no veía y necesitaba ojos.

—Bajó la vista—. Le copié lo último que copió.

No alcancé a aprender ni la mitad de lo que sabía.

—Nadie alcanzó —dijo Gélmiro—. Ni yo. —Y miró a aquel mozo de hábito pardo y manos finas y ojos despiertos, y supo, con una certeza que le dio frío, que la prueba estaba pasada, que aquel y no otro era el que Vincencio había visto venir, y que ahora le tocaba a él lo más difícil, no reconocerlo, que eso ya estaba hecho, sino confiarle a un desconocido el peso que cien años de muertos habían guardado con la vida.

No le dijo nada aquel día. Se llevó el pellejo, dejó al monje con su asombro, y se pasó tres noches en vela, no preguntándose ya si era él, que de eso no le quedaba duda, sino si tenía derecho a hacerlo, a cargar a un mozo de veintipocos años con un secreto que a él mismo le pesaba como un sillar mal trincado.

Porque una cosa era reconocer al que mira los papeles como quien escucha a los muertos, y otra muy distinta era saber que ese mozo era de fiar para callar lo que iba a oír, y eso ni los ojos ni Vincencio se lo decían: eso lo tenía que poner Gélmiro de su parte, a ciegas, como se pone la fe.

Lo llamó la cuarta noche a la celda del muerto, a solas, con la puerta cerrada por dentro, y lo sentó en el escabel donde se sentaba él, y se quedó él de pie, que lo que iba a decir se dice de pie.

—Voy a contarte una parte de una cosa —dijo Gélmiro—.

No toda. La toda no se cuenta de una vez, ni yo te la confiaría hoy aunque quisiera.

Pero una parte. Y antes de contártela quiero que sepas lo que pesa, para que digas que no si te ves flaco, que decir que no esta noche no tiene castigo, y decir que sí y flaquear mañana sí lo tiene, y grande.

—Hizo una pausa, y en la penumbra de la celda, con el candil temblando, el mozo lo miraba sin pestañear—.

Vincencio no era solo el monje del archivo.

Era el guardián de la memoria verdadera de esta peña, que no está en los papeles que enseña, sino en lo que esos papeles callan a propósito.

Hay una verdad en Velagra que llevan cien años guardando tres hombres en cada tiempo: uno de la piedra, uno de la sangre, y uno del libro.

Vincencio era el del libro. Ha muerto. Y al morir me dijo que buscara a su sucesor por una sola seña: por cómo mira un papel viejo.

Tú lo miras como él decía. Por eso estás aquí esta noche.

El monje no dijo nada. Tragó saliva, y a Gélmiro le gustó que no dijera nada, que no preguntara «¿qué verdad?», que no se lanzara a saber, sino que esperara, como espera el que entiende que lo que va a oír no se devuelve.

—El juramento es de callar y guardar hasta la muerte —dijo Gélmiro—.

Y la seña, para reconocer entre nosotros a uno de los nuestros cuando las palabras no basten, es esta: una marca de cantero en cadena, dos eslabones trabados, que verás repetida en sillares de toda la peña para quien sepa buscarla, y que quiere decir «uno de los nuestros», puesta ahí por los que vinieron antes para los que vendrían después.

—Se sacó del pecho un disco de plomo viejo, gastado, con la marca grabada, y se lo puso en la mano—. ¿Juras?

Y el monje Eldemiro, hermano del archivo, sucesor de Vincencio sin saber aún de qué, cerró la mano sobre el plomo frío y juró, en voz baja, con la voz firme de quien no jura por miedo sino porque ha entendido que le acaban de hacer el honor más grande que le harán en la vida.

Gélmiro salió de la celda más ligero de lo que había entrado, que repartir un peso, aunque sea solo una esquina de él, lo aligera a uno; y dejó al mozo allí, con su plomo en la mano, dueño ya del archivo, encargado por de pronto solo de la parte pequeña, la de ordenar y guardar y callar, sin saber todavía dónde dormía la corona ni de quién era la sangre, que eso vendría con el tiempo y la prueba.

Pero apenas había cerrado la puerta y dado tres pasos por el claustro frío cuando la voz del monje lo paró desde dentro.

—Señor. —Eldemiro asomó la cabeza, con un pellejo en la mano, el de los huesos, el viejo del sur—.

Una cosa, ya que me habéis hecho guardián de esto.

Llevo tres días dándole vueltas, desde que se os cayó, y no me cuadra, y vos sabréis más que yo.

—Levantó el pellejo a la luz del candil del claustro—.

Esto es una cuenta de obra. Vieja. De piedra movida, de jornales, de cal.

Una cuenta de cantería, de las que el hermano Vincencio guardaba a docenas.

Pero la fecha que trae, si he leído bien la era, es de cuando yo creía que aquí no había más que cuatro pastores y la mole romana caída.

—Frunció el ceño, joven, honrado, sin malicia ninguna, sin saber lo que removía—.

Señor, ¿quién pagaba jornales de cantero en esta peña tantísimos años antes de que naciera nadie que yo conozca?

Porque o esta cuenta miente la fecha, o esta obra que pisamos es muchísimo más vieja de lo que cuenta nadie.

Y las cuentas de obra, perdonad que os lo diga, son la única cosa en el mundo que no suele mentir la fecha, que el que paga jornales apunta el día de verdad.

Gélmiro se quedó parado en el claustro, en el frío, mirando a aquel mozo que en su primera noche de guardián, sin proponérselo, escuchando a los muertos como sabía hacerlo, acababa de poner el dedo, él solito, en la primera hebra del hilo que iba a tirar de todo lo demás.