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A Vincencio le llegó la hora una madrugada de diciembre, despacio, como se le acaba el aceite a un candil que ha alumbrado demasiado, y Gélmiro lo supo antes de que vinieran a buscarlo, porque hacía tres noches que no se apartaba de la celda del viejo y conocía ya el sonido distinto de aquella respiración.
Estaba sentado en el escabel junto al jergón, en la cámara baja del monasterio que había sido archivo y celda de Vincencio durante más de medio siglo, rodeado de los arcones de cuero y de los pellejos atados y de los pocos códices que el monje había salvado, copiado y guardado a lo largo de una vida tan larga que ya no quedaba en la peña nadie que recordara a Vincencio joven.
Olía a vela de sebo, a humedad de piedra y a la cera con que el viejo untaba las cubiertas para que el moho no se las comiera; y Gélmiro, que tenía cuarenta años y llevaba diez siendo señor de Velagra, respiraba aquel olor como se respira el de la casa de uno, porque en aquella celda lo habían criado tanto como en la torre.
Su padre Gundemaro lo mandaba allí de niño a que Vincencio le enseñara las letras y la cuenta y, sin decírselo con esas palabras, otra cosa más honda: a guardar.
El viejo monje era el tercer pilar de la cadena, el del libro, el que sabía leer un pergamino de hacía doscientos años y un hombre de hacía dos minutos con la misma calma.
—¿Estás ahí, Gélmiro? —dijo el viejo, sin abrir los ojos. La voz le salía ya de muy hondo, raspada, pero entera.
—Aquí estoy, padre.
—No me llames padre, que no lo soy, que el tuyo fue Gundemaro y buen señor. —El viejo movió la mano sobre la manta, buscando, y Gélmiro se la cogió; estaba fría y seca como un pergamino—. Aunque algo de padre te habré hecho, de tanto enseñarte a desconfiar. Eso enseña un padre.
Gélmiro no dijo nada. Sabía que el viejo no se moría con miedo, que un hombre que ha pasado cincuenta años copiando las muertes de otros no le tiene miedo a la suya, y que lo único que de verdad le pesaba era no haber acabado de poner en limpio el último arcón.
Pero también sabía que Vincencio no lo había mandado llamar tres noches atrás para despedirse.
Lo había mandado llamar para entregarle algo, y el viejo, fiel a su oficio hasta el final, no soltaría la última gota antes de tiempo.
—Acércate —dijo Vincencio—. Que esto no se dice fuerte.
Gélmiro se inclinó hasta tener la oreja casi en los labios secos del viejo, y olió la muerte de cerca, que huele a tierra fría, y oyó lo que el viejo había guardado para el final.
—Quedáis dos —dijo Vincencio—. Tú, de la sangre y el señorío, como tu padre.
Vímara, de la piedra, como el suyo. Falta el tercero, el del libro, el mío.
—Tomó aire, que le costaba—. Lo he pensado mucho, despierto por las noches, que ya casi no duermo.
El del libro no tiene por qué ser monje.
Lo fue Honorato, lo fui yo, porque éramos los que sabíamos leer.
Pero el del libro lo que tiene que ser es el que sepa, en cada tiempo, dónde está escrita la verdad y cómo se esconde y cómo se enseña.
Cuando venga el que tenga que venir, lo sabrás.
No lo elijas por la tonsura. Elígelo por los ojos.
Por cómo mire un papel viejo. Si lo mira como quien cuenta lo que vale, descártalo.
Si lo mira como quien escucha a un muerto, ese es.
—¿Y mientras no venga?
—Mientras no venga, guardas tú dos sillas. —El viejo apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba—. Y ahora lo otro, Gélmiro, lo que de verdad te he hecho llamar. Lo de la corona.
Se le cerraron los ojos al decirlo, y Gélmiro creyó por un momento que se iba allí mismo, pero el viejo solo estaba juntando el aliento.
—Tu abuela la enarboló en el asedio para no morir esa noche —dijo Vincencio—.
Tu padre la escondió para no morir todos los días, y la guardó sin tocarla hasta el fin.
Yo la he guardado en los papeles, que ningún pergamino de Velagra dice dónde está, y eso lo hice yo, y se muere conmigo cómo lo hice.
La cadena la jura guardar «hasta que vuelva a haber un reino donde ponerla».
Llevamos cien años diciendo esa frase, Gélmiro, y nadie de los que la juraron creyó nunca que llegaría a verlo.
Yo tampoco lo creía. —Abrió los ojos, y en la penumbra brillaban con una lucidez de pronto terrible—.
Pero esos humos en la vega que me cuentas.
Esos colonos. Ese conde que dicen que baja.
Gélmiro, escúchame bien, que no tengo otra noche: a lo mejor está volviendo el reino.
Y si está volviendo, alguien va a tener que decidir si esta es la hora. Y ese alguien, ahora, eres tú.
Gélmiro sintió el peso de aquello caerle encima entero, en la oscuridad de la celda, como cae un sillar mal trincado, sin aviso y de golpe.
Toda su vida la frase del juramento había sido eso, una frase, una cosa de viejos, una promesa hecha para un futuro tan lejano que era como el cielo, algo en lo que se cree sin contar con verlo.
Y ahora el último de los viejos se la ponía en la mano, viva, urgente, convertida de pronto en una decisión que él, Gélmiro, hijo de mestizo, señor de una peña en una tierra de nadie, iba a tener que tomar con sus dos manos.
—¿Cómo voy a saber yo si es la hora? —dijo, y le salió la voz de niño, la de cuando el viejo le enseñaba las letras—. ¿Cómo se sabe eso?
—No se sabe —dijo Vincencio—. Por eso es la cosa más difícil del mundo.
Por eso te toca a ti, que eres de los dos lados del río, y por eso la corona la guarda aquí, desde el principio, gente que no es de sangre limpia, aunque la corona pregone pureza.
—Sonrió, una sonrisa rota, sin dientes—.
Esa es la broma que Dios le gastó a esta peña, Gélmiro, y la mejor que le pudo gastar: que la corona de un reino que se creía puro la haya guardado un siglo una estirpe mezclada.
Tú llevas a Hilal en la cara, como tu padre.
Y vas a tener que decidir el destino de la corona de los godos.
Si eso no es una señal de que la pureza es un cuento, no sé qué lo es.
El viejo calló. Fuera, en la oscuridad, repicaba la fragua, terca, como repicaba desde antes de que Gélmiro naciera, como repicaría después de que él muriera, marcando la única hora que en Velagra no se detenía nunca.
Gélmiro se quedó con la mano fría del viejo entre las suyas, sin soltarla, hasta que dejó de haber pulso, y todavía un rato más, porque soltarla era ya quedarse solo del todo con la pregunta.
Cuando al fin se levantó, con las rodillas agarrotadas y la vela casi consumida, no rezó por el alma de Vincencio, que de eso ya se encargarían los monjes; se quedó mirando, en la penumbra, los arcones de cuero llenos de la verdad de cien años, y se preguntó, por primera vez en su vida, si aquella repoblación que subía del norte sería el reino que renacía, o solo otro rey con hambre de lo que no era suyo.
Y supo que de cómo respondiera a esa pregunta, él, un hombre, en una noche cualquiera, dependería que la corona durmiera otro siglo en la piedra o saliera por fin a la luz; y que no había nadie vivo a quien preguntárselo, porque el último que sabía acababa de morirse entre sus manos.