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Nuño bajó al valle del río un mediodía de noviembre, detrás de la yunta, con la mujer y el niño y un carro que crujía a cada vuelta de rueda, y lo primero que pensó al ver la vega abierta delante de él, ancha y parda y vacía bajo un cielo limpio de frío, no fue que aquella tierra fuera buena, que de eso ya iría sabiendo con el arado, sino que era demasiada para tan poca gente, y que una tierra así, sola, sin nadie que la peleara, o estaba maldita o tenía dueño escondido, porque en el norte de donde él venía no quedaba un palmo de cuesta sin tres hermanos riñendo por él.
Llevaba once jornadas de camino con los suyos.
Había salido del valle estrecho donde nació, allá arriba donde la montaña no daba ya de comer a tanta boca repartida, donde la heredad del padre, partida y vuelta a partir entre hijos y nietos, se había quedado en una lengua de prado en la que no cabían ni las cabras, y había bajado al sur con la promesa que corría de boca en boca por todas las aldeas hambrientas de la montaña: que abajo, en la frontera que un rey vació hacía cien años, había tierra para quien la trabajara, tierra de balde, valles enteros sin un mojón, y que un conde del rey bajaba a repartirla entre los que se atrevieran a roturarla.
Nuño se había atrevido. Tenía treinta años, dos brazos buenos, una mujer que no se quejaba y un hijo de seis que ya valía para espantar pájaros, y no tenía nada más, que era justo lo que hacía falta tener para no temer al camino: nada que perder arriba.
—Aquí —dijo Elduara a su espalda, no como una pregunta, sino como quien reconoce un sitio que ha visto en sueños—. Aquí hay agua, Nuño. Mira el verde de la curva. Donde el junco crece así, el agua no falta ni en agosto.
Nuño miró donde miraba su mujer, que de aguas y de panes sabía más que él, y vio que tenía razón, como casi siempre.
El río hacía allí una vuelta grande, perezosa, y en la parte de dentro de la vuelta, donde la corriente había ido dejando el limo durante quién sabe cuántas crecidas, la tierra era negra y se adivinaba honda, con su cañaveral de orla y sus alisos, una vega de las que en el norte se habrían matado por un cacho.
Plantó la aguijada en el suelo, hincó el talón, removió.
La tierra cedía blanda, sin pedregal, con olor a tierra de verdad, a la que ríe cuando le echas grano.
Era buena. Era de las que un hombre busca toda la vida sin encontrar.
Y estaba sola, y vacía, y de balde, y por eso mismo a Nuño le dio un punto de recelo en el estómago, porque su padre le había dicho una vez, partiendo un pan duro junto al fuego, que cuando una cosa muy buena sale muy barata es que el precio está escondido en otra parte.
Levantaron el chamizo aquella misma tarde, antes que nada, que en noviembre lo primero es el techo, contra una mota de tierra que cortaba el viento del norte, con los palos del carro y las ramas del soto y un primer parche de barro y paja que ya remendarían.
Encendieron lumbre. Comieron las gachas de siempre.
Y cuando cayó la tarde y el frío apretó y el niño se durmió arrebujado entre los dos, Nuño salió un momento a mirar la noche, como hacía siempre antes de acostarse, por costumbre de pastor de no fiarse de la oscuridad, y fue entonces, alzando la vista, cuando la vio.
No la había visto de día porque de día venía mirando el suelo, la yunta, el vado del río, las mil cosas que mira un hombre que llega; y porque la peña quedaba a su espalda según bajaban, río arriba, en la parte de la vega que él no había tenido por qué mirar.
Pero de noche, vuelto hacia el norte de donde venía el frío, lo que vio recortado contra el último resplandor del cielo, allá donde el valle se estrechaba y el río se metía entre las lomas, fue una mole negra, cuadrada, demasiado grande y demasiado recta para ser un monte, con un fuego pequeño temblando en lo más alto como una estrella mal puesta, y le costó un rato entero entender que aquello que tapaba las estrellas era obra de manos de hombre, una torre, una fortaleza, levantada sobre una peña en mitad de la tierra que a él le habían jurado vacía.
Elduara salió detrás de él, se echó el manto por los hombros, siguió su mirada.
—Madre del cielo —dijo en voz baja—. ¿Eso qué es?
—Eso —dijo Nuño, despacio, sin dejar de mirarla—, eso es lo que no nos contaron.
Se quedó mirándola un rato largo, con el frío metiéndosele por las abarcas, y por su cabeza fueron pasando las cosas que un hombre piensa cuando le quitan de golpe la idea con que se había echado al camino.
Le habían dicho tierra muerta. Le habían dicho desierto, un siglo de desierto, una frontera por la que no quedaba más que el viento y los huesos de las aldeas que el moro y el hambre se llevaron.
Por eso era de balde. Por eso un rey la regalaba.
Y allí estaba, plantada en la boca misma del valle más hermoso que él había visto nunca, una ciudadela que no la habría levantado el rey que lo mandaba a poblar, una torre más alta que la iglesia del monasterio de su tierra, con su lumbre encendida arriba diciendo a la noche que allí, en mitad de la nada, había gente despierta y velando.
Tierra vacía no tiene torres. Tierra muerta no tiene a nadie batiendo el hierro hasta esa hora, que ahora que afinaba el oído lo oía también, un repicar terco, lejano, viniéndole valle arriba con el frío, el sonido más vivo que hay, porque ningún sitio muerto tiene a alguien martillando en la oscuridad.
—¿De quién será —dijo Elduara, y no era curiosidad ociosa, que en su voz iba el mismo recelo que a él le mordía el estómago—. ¿Del conde?
—No —dijo Nuño, y no supo de dónde le salía la certeza, pero la tenía entera—.
El conde acaba de bajar, dicen, como nosotros.
Eso no se levanta en una temporada. Mira la traza.
Eso lleva ahí... no sé. Eso lleva ahí desde antes que el conde, desde antes que el rey que manda al conde.
Eso es viejo, mujer. —Calló, porque la idea que le venía detrás era de las que es mejor no decir en alto la primera noche en una tierra nueva—.
Y si lleva ahí desde antes, y sigue en pie, y tiene lumbre arriba y fragua abajo, entonces nos han mentido.
La tierra que nos dieron por vacía tiene dueño.
Y un dueño que se ha quedado en pie cien años en un sitio que un rey dio por muerto no es un dueño cualquiera.
Durmió mal aquella noche, Nuño, no de miedo, que no era hombre de miedos fáciles, sino de la inquietud honda del que ha apostado todo lo que tiene a una carta y descubre, ya echado el carro, que el juego no era el que le dijeron.
Al alba, antes de que clarease del todo, ya estaba fuera, mirando otra vez la peña, ahora a la luz gris del amanecer, y lo que de noche había sido una sombra amenazante era de día algo todavía más serio: una obra.
Una obra de verdad, de las que solo había visto en las historias que contaban los viejos de los romanos, sillares grandes y bien trabados, una doble cerca de muralla abrazando la roca, una cantera abierta en la falda con sus rampas y sus grúas de madera, gente menuda como hormigas moviéndose ya por los adarves a aquella hora.
No era una ruina heredada en la que cuatro desgraciados se guarecían.
Era una cosa viva, que crecía, que tenía cantera abierta, lo que quería decir que seguían construyéndola, que alguien, allá arriba, seguía empeñado, después de cien años, en hacerla más grande.
Pasaron tres días antes del primer trato, y lo trajo la propia peña, no él.
Bajaron por el sendero del soto tres hombres, sin armas a la vista pero sin venir tampoco como quien viene desarmado, con esa manera de andar de los que están en su tierra y saben que la pisan.
El que iba delante era de mediana edad, ancho, con las manos de quien trabaja la piedra, los nudillos gruesos y una calma en los ojos que a Nuño, que sabía leer a un hombre por cómo se planta, no le gustó ni le disgustó, sino que lo puso en guardia, que era lo que aquel hombre quería.
—Sois nuevos —dijo el de la piedra, parándose a unos pasos, sin más saludo—. ¿De dónde bajáis?
—Del norte —dijo Nuño, parándose también, dejando el azadón clavado, las manos a la vista—. De la montaña. Venimos a roturar. El conde reparte tierra al que la trabaje.
—El conde reparte tierra que ya tiene dueño en algunos sitios —dijo el hombre, sin levantar la voz, sin amenaza, como quien constata una hilada torcida—.
Esta vega no. Esta vega es de quien la siembre, que nunca fue de nadie más que del junco.
Sembrad en paz. Pero sabed una cosa, y decídsela a los que bajen detrás de vosotros, que bajarán: el agua de esa curva la beben también nuestros huertos, río abajo, y el día que la enturbiéis o la cortéis para vos solos, ese día dejamos de ser vecinos.
—Hizo una pausa, y en la pausa miró el chamizo, el carro, a Elduara en la puerta con el niño detrás de la saya, y algo en su cara se ablandó un punto sin llegar a sonrisa—.
Por lo demás, si os falta grano para pasar el invierno, que os faltará, que el primero siempre falta, subid a la peña y se os dará a cambio de trabajo en la cantera.
No de balde, que lo de balde no enseña, pero se os dará.
Nadie se ha muerto de hambre a la sombra de Velagra teniendo brazos.
Velagra. Así que tenía nombre. Nuño se lo grabó, que un sitio con nombre es un sitio con historia, y un sitio con historia esconde siempre más de lo que enseña.
Trataron un rato, allí de pie, sin sentarse, que el primer trato se hace de pie.
Midieron la tierra con palabras, los de la peña diciendo hasta dónde llegaba el agua suya y hasta dónde la del soto que Nuño podía tomar, y Nuño escuchando más que hablando, que así se aprende.
Acordaron un trueque para empezar el invierno: dos fanegas de centeno y una de habas a cambio de quince jornadas de Nuño en la cantera cuando aflojara la siembra, y la peña ponía además, de añadidura, sin pedir nada, un cordero parido tarde que no iba a aguantar el frío arriba y que abajo, al abrigo de la vega, a lo mejor sí.
Era buen trato. Era trato de gente que no quería enemigos pero tampoco se fiaba, que es la única clase de gente con la que se puede tratar de verdad.
Y todo el rato, mientras trataban, Nuño sintió que los tres hombres de la peña lo medían a él tanto como él los medía a ellos, que miraban su carro y su yunta y su mujer y su niño calculando, no si era buena gente, eso se ve a la legua, sino otra cosa, una cosa que a Nuño le costó nombrar y que solo entendió cuando ya se iban, peña arriba, los tres juntos: lo miraban como se mira a alguien que ha venido a quedarse, con la mezcla exacta de bienvenida y recelo con que un hombre recibe en su casa a un pariente lejano del que no sabe aún si viene a ayudar o a heredar.
Aquella noche, contándole a Elduara el trato junto a la lumbre, con el cordero ya balando en un rincón del chamizo y las dos fanegas de centeno apiladas como un pequeño tesoro contra la pared, Nuño se quedó callado al final, mirando otra vez por la abertura del techo la mole negra de la peña tapando las estrellas, con su lumbre arriba, terca, encendida como todas las noches.
—Buena gente —dijo Elduara, que era de conformarse con lo que la tarde traía.
—Buena gente, sí —dijo Nuño—. Pero esconden algo, mujer.
—Lo dijo despacio, sin alarma, como quien comprueba el filo de una herramienta nueva—.
No por malos. Por algo. Un hombre no defiende el agua de un huerto con esa cara.
Esa cara la pone uno cuando defiende otra cosa por debajo del agua.
—Removió las brasas, pensó en el rey que lo mandó a poblar un desierto y en la torre que llevaba un siglo en pie en mitad de ese desierto, y la pregunta que llevaba tres días royéndole por dentro salió por fin, en voz baja, para que no la oyera el niño dormido—.
¿De quién es esa fortaleza, Elduara? ¿Y por qué sigue en pie, llena de gente y de fragua, en una tierra que el rey juró vacía?
Algo se quedó aquí que no se quiso ir cuando todo lo demás se fue.
Y nosotros hemos venido a plantar el arado justo encima.