Tierra de castillos (La Piedra y la Corona 3) 21
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Gélmiro convocó a la cadena la noche del primer día de invierno, cuando el frío había vaciado los caminos y nadie andaba fuera para reparar en quién entraba a deshora en el monasterio, en la celda baja de Eldemiro, que seguía siendo, como en tiempos del viejo Vincencio y del Honorato de antes que él, el único sitio de toda la peña donde tres o cuatro cabezas podían juntarse de noche sin que la gente se preguntara por qué se juntaban, porque allí se juntaban siempre a rezar o a llevar las cuentas del grano, y lo de verdad se escondía detrás de lo de siempre.

Eran los que quedaban de la cadena y el que acababa de entrar en ella: Gélmiro por la sangre y el señorío, Vímara por el oficio y la obra, Eldemiro por el libro y el archivo, los tres pilares de siempre desde la señora Adosinda; y aquella noche, por primera vez, sentado un poco aparte y callado, el joven Ansur, que su padre Vímara había querido que estuviera presente y oyera con sus oídos lo que se iba a hablar, no porque tuviera voz todavía, que no la tenía, sino porque le iba a tocar a él, más que a ninguno de los viejos, vivir y cargar durante años lo que aquella noche se decidiera.

Gélmiro puso las cosas una al lado de otra, sin engañarse sobre ninguna, mirándolas de frente como su padre y el padre de su padre le habían enseñado a sopesar las cosas malas, que las buenas se miran solas y las malas hay que obligarse a mirarlas.

El conde apretaba: las fanegas de aquel año habían sido más que las del anterior, y las del siguiente serían más, porque el apetito de un poder que nace no se sacia con lo que se le da, se ceba; y un día, que Gélmiro veía venir como se ve venir la crecida por el color del agua, el conde pediría lo que él no le había dado todavía, los oficiales dentro de los muros, los ojos del norte de la puerta para dentro, y ese día Velagra ya no podría decir que no sin pelear, porque para entonces estaría en el mapa, con su nombre escrito y fechado en los pergaminos del condado por la mano de aquel escriba flaco que se pasaba los días en el archivo.

Adulfo extorsionaba: Recesvinta le había subido a la torre, blanca como la cera y con las manos temblándole en el regazo, el trato del arriero, la corona a cambio del silencio sobre el muchacho, su propio hijo usado de rehén por su propio padre; y aquello, por sucio que fuera, decía una cosa clara y mala, que Adulfo sabía que la corona existía y que estaba en un muro, no enterrada, y que solo era ya cuestión de tiempo, de oído y de palanca que supiera en cuál de los muros y en cuál de los sillares.

Y la obra amenazaba, que era lo más cruel, porque la obra era de los suyos: Vímara había explicado en aquella misma celda, días atrás, con la parquedad del maestro que da una mala noticia que no tiene arreglo bueno y no la adorna para no engañar, que la iglesia que coronaría la peña pedía abrir y recalzar la base del torreón viejo, y que abrir la base era arrimar el cincel a la corona más de lo que ningún hombre de la cadena lo había arrimado en cien años, y que a la cuadrilla que lo hiciera no se le podía decir por qué tenía que dejar piedra sin labrar dos hiladas antes de donde el oficio se la pedía.

—Tres cosas distintas —dijo Eldemiro, que tenía, como su antecesor, la costumbre de empezar por lo que todos sabían—, y todas apuntan al mismo muro.

El conde de fuera, el traidor de dentro, la obra de arriba.

Cien años la corona ha estado segura porque nadie tenía motivo para tocar aquella piedra. Y de pronto tres motivos a la vez.

—Lo que quiere decir —dijo Vímara, despacio— que el muro ya no la guarda. Que la guardaba el no figurar, como nos guardaba a todos, y eso se acabó. Un secreto que tres personas distintas quieren desenterrar deja de ser un secreto y pasa a ser solo cuestión de quién llega antes.

Gélmiro los escuchó a los dos, dándole vueltas entre los dedos a una piedrecita del río, que era cosa que había heredado de no sabía quién y que hacía cuando pensaba, y por dentro, donde nadie lo veía, una idea le crecía desde hacía semanas, una idea que ningún señor de Velagra antes que él se había atrevido a decir en voz alta, y que él tampoco había dicho todavía ni a sí mismo del todo.

La dijo aquella noche, porque presintió que si no la decía allí, entre los suyos, acabaría diciéndosela el miedo a solas, que es peor consejero.

—¿Y si la sacamos? —dijo.

Se hizo un silencio en la celda, de los que pesan. Vímara levantó la cara. Eldemiro dejó quieta la mano sobre el rollo que tenía delante. Ansur miró a su padre y luego al señor, sin atreverse a hablar, que era el más joven y estaba allí para oír.

—El juramento —siguió Gélmiro, y habló deprisa ahora, como quien ha roto el hielo y ya no quiere pararse— dice guardarla hasta que vuelva a haber un reino donde ponerla.

Lo juraron mi abuela y vuestro abuelo y el primer monje de este archivo, hace cien años, cuando no había más reino que el muerto y ningún otro a la vista.

¿Y si el reino ha vuelto? No el de Toledo, no el que ellos esperaban.

Pero un poder que sube del norte a poblar esta tierra, a darle ley, a escribirle los fueros, a ponerle dueños y nombre.

¿Eso no es un reino que nace? ¿No es esta, justamente, la hora para la que la guardaron?

—Miró a Vímara, al hombre del oficio, porque era a él a quien más le costaría oír aquello—.

Cien años la hemos tenido escondida esperando una hora.

¿Y si la hora es esta, y la dejamos pasar por miedo, y mañana la saca de aquel muro la palanca de Adulfo, o el cincel de la obra sin que lo mandemos, o el oficial del conde que un día registre la peña?

Una corona se saca una vez. Si la sacamos nosotros, para lo que la guardaron, la sacamos bien.

Si la sacan ellos, la perdemos, y con ella la única prueba de que esta peña es de los míos desde antes que de nadie.

Vímara no contestó enseguida. Bajó la vista a sus propias manos, las manos agrietadas de cantero que su padre le había pasado y que él pasaría a Ansur, y se quedó un rato mirándolas como si en ellas estuviera escrita la respuesta, que para un hombre del oficio muchas veces lo estaba.

Ansur, a su lado, miraba a su padre esperando que dijera que no, porque al hijo le habían puesto la mano en aquel sillar el invierno antes y para él la corona ya no era un cuento, era una piedra concreta que él había tocado, y mover lo que se ha tocado cuesta más que mover lo que solo se ha oído.

—Sacarla para qué —dijo Vímara al fin, y no lo dijo con dureza, ni como quien se opone, sino como quien necesita oír el resto antes de saber si se opone o cede, que era la honradez del oficio aplicada a las palabras—.

La señora del asedio, tu abuela, la enarboló una noche en lo alto del muro para sostener la moral de una peña que se hundía, y a la mañana siguiente, cuando el sol salió y los muertos eran muertos y la brecha seguía en pie, la bajó y la volvió a guardar.

No la sacó para tenerla. La sacó para una noche, y la guardó para que durara.

Esa es la diferencia, Gélmiro, y es toda la diferencia.

Si la sacas ahora, no la vas a poder volver a guardar, porque lo que se enseña una vez en tiempo de paz ya no se vuelve a esconder, eso solo se hace en una noche de fuego en que nadie tiene tiempo de fijarse dónde la metes.

Si la sacas, ya no la guardas: la usas. Y una corona usada se gasta, como se gasta el filo de un cincel contra la piedra dura.

Así que la pregunta no es si ha llegado la hora.

La pregunta es para qué la usas. Y mientras no sepas eso, no la toques.

Y ahí Gélmiro se calló, porque no tenía todavía la respuesta entera, y un señor de Velagra, eso lo había mamado, no dice en voz alta delante de los suyos lo que no tiene pensado del todo, que la palabra dicha a medias compromete entera.

Pero por dentro, mientras la piedrecita del río le giraba entre los dedos a la luz del candil y los otros tres esperaban en silencio, supo que la pregunta de Vímara era la verdadera, la única que de verdad importaba de todas las que se habían dicho aquella noche, y supo algo más, algo que lo dejó callado un rato largo: que era, por primera vez en cien años, una pregunta que se podía hacer.

Sus mayores nunca se la habían hecho. Ellos solo se habían preguntado «¿dónde la escondemos?

, ¿cómo la guardamos?, ¿quién no debe saberlo?

», que eran las preguntas de los que viven escondidos, las preguntas de los muertos en vida.

Él, por primera vez, podía preguntarse otra cosa, «¿para qué la sacamos?

», que era la pregunta de los vivos, la de los que tienen futuro y no solo secreto.

Cien años de cadena, cien años de gente agachada guardando un oro que no podía ni mirar, habían servido para llegar a la noche en que esa pregunta nueva se pudiera por fin pronunciar en una celda.

Y Gélmiro, hijo de aquel Gundemaro mestizo que tardó media vida, le dijeron, en atreverse a saber de quién era la cara morena que llevaba puesta, sintió aquella noche, en el frío de la piedra, que la corona del reino muerto emparedada en el torreón y la sangre del sur escondida en su propia cara eran, en el fondo de todo, la misma pregunta con dos formas: las dos eran cosas guardadas que pedían salir a la luz, y la hora de sacarlas, las dos, la corona y la sangre, había empezado por fin a contar; aunque ni él, ni Vímara, ni Eldemiro, ni el joven Ansur que escuchaba con los ojos muy abiertos supieran todavía, aquella noche, para quién iban a salir.