Capítulo veintitrés
—¡Un minuto para medianoche! —gritó alguien.
Las manos de Sage se quedaron heladas. El vestido le pareció demasiado ajustado. Estaba pasando, y tenía sesenta segundos para huir o quedarse, y sus pies no se movían, así que se quedaba, lo cual significaba…
A su alrededor, Sullivan's Coffee volvía a la normalidad: alguien barría los últimos cristales rotos, la multitud se reagrupaba, las voces se elevaban hacia la cuenta atrás.
Alguien había subido el volumen de la música. El nivel de ruido aumentó: risas, anticipación, copas de champán que chocaban, esa energía especial de un pueblo pequeño a punto de celebrar haber sobrevivido otro año juntos. A través de las ventanas delanteras, Main Street estaba vacía, pero aquí dentro todo era calidez y luz de velas y demasiada gente en un espacio demasiado pequeño.
Sage y Cole permanecían en medio de todo aquello, tan cerca ahora que el caos parecía sucederle a otras personas, en otra habitación.
La carcajada encantada de la señora Patterson se elevó por encima de la música. Alguien cerca de la puerta ya cantaba «Auld Lang Syne» desafinado.
—¡Cincuenta segundos! —anunció la alcaldesa Greene, teléfono en mano.
Tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mantenerle la mirada.
La mano de él se alzó, vaciló, y luego le acunó el rostro.
Oh, no, pensó Sage. Está siendo tierno. Estoy perdida.
—¡Cuarenta segundos!
Cole apretó la mandíbula. Su pulgar se detuvo sobre la piel de ella.
—Me fijo en todo lo tuyo —dijo al fin—. Cuándo llegas. Cuándo te vas. Qué música pones. Cómo suena tu voz cuando hablas con los clientes. Cómo tarareas cuando arreglas flores.
Sage notó cómo el calor le subía por el cuello. No se había dado cuenta de que la pared fuera tan fina.
Él se detuvo, como si las palabras le costaran.
—Cómo maldices a tu nevera cuando la temperatura no está bien. Cómo cantas desafinada con Fleetwood Mac. Eso que haces de caminar de un lado a otro cuando piensas en un diseño. El silencio cuando la música paró.
Sage se quedó inmóvil.
Él había estado escuchando. Todas esas noches en que había puesto sus listas de reproducción demasiado alto, cantado desafinada con Stevie Nicks, tarareado mientras trabajaba, dado vueltas por la tienda a medianoche… él había estado al otro lado de esa pared, fijándose. Catalogando. Memorizando.
Y cuando ella paró después de Acción de Gracias, cuando el silencio se extendió entre ellos durante semanas, él lo había notado.
Lo había echado de menos.
La había echado de menos a ella.
—¡Treinta segundos!
—Me decía que era molesto —continuó Cole. Su mano se deslizó hasta la nuca de ella—. Que eras demasiado ruidosa, demasiado luminosa, demasiado.
Se detuvo.
—Me mentía.
—Cole…
—Se acabó fingir que no quiero esto.
—¡Veinte segundos!
El corazón le latía con fuerza a Sage. Vio el momento exacto en que la mirada de él bajó hasta su boca.
—No quiero silencio si el silencio significa que tú no estás en él —dijo.
La música. La pared. El silencio que se había extendido entre ellos durante semanas. Él lo había oído todo.
A Sage se le cortó la respiración. Llevaba meses aferrándose a algo, y por fin lo soltó.
—¡Quince segundos!
La cuenta atrás avanzaba. Todo el pueblo miraba.
A Sage le daba igual.
—¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!
La mano de Cole se apretó en su cintura. Lo bastante cerca para besarlo. Lo bastante cerca para sentir el calor que emanaba de él, para captar el olor a serrín y cedro bajo el champán. Lo bastante cerca para contarle las pestañas si quisiera, cosa que no quería en absoluto porque sería de locos.
—¡Siete! ¡Seis! ¡Cinco!
La otra mano de él le rodeó la cintura y la atrajo hacia sí. Ya no vacilante. Seguro.
Ella se puso de puntillas y cerró el último centímetro de espacio entre ellos.
—¡Cuatro! ¡Tres!
Cole empezó a decir algo (ella vio cómo su boca formaba la primera sílaba, la ene en sus labios), pero Sage se quedó completamente inmóvil antes de que llegara la segunda palabra.
Sabía lo que iba a decir.
No te muevas.
Pero esta vez ella se adelantó.
Le salió al encuentro. Se anticipó. Lo conocía.
La sorpresa que cruzó el rostro de él lo fue todo.
Él la agarró con más fuerza de la cintura.
—Tú…
—¡Dos!
—…eres malísima para seguir instrucciones —terminó, aunque casi sonreía.
—¡Uno!
Y entonces la sala entera estalló.
—¡FELIZ AÑO NUEVO!
Cole la besó.
Su boca era suave contra la de ella, con sabor a champán. La mano de él se deslizó entre su pelo, suave al principio, luego más adentro, y las horquillas cayeron al suelo. Las manos de Sage encontraron los hombros de él, se aferraron a su camisa. Sintió el corazón de Cole bajo la palma: latía rápido, al mismo ritmo que el suyo.
La barba incipiente le raspó la mandíbula. Él emitió un sonido grave cuando ella se apretó más contra él. La otra mano de Cole encontró la parte baja de su espalda, la palma cálida a través de la seda vintage, y la atrajo hacia sí hasta que no quedó espacio entre ellos. Ella olvidó a las cincuenta personas que miraban, lo olvidó todo excepto la forma en que él la besaba, como si llevara meses pensando en esto, como si hubiera memorizado exactamente cómo debía ser y por fin, por fin, estuviera poniendo a prueba la teoría.
La habían besado antes. En Nueva York, en la universidad, en aparcamientos de instituto y bares de mala muerte, y una vez en una azotea de Brooklyn que le había parecido romántica hasta este preciso momento.
Esto era diferente.
Este era Cole West, que había pasado cuatro meses fingiendo que no la soportaba mientras aparentemente catalogaba cada canción que ella ponía y cada vez que tarareaba desafinando. Cole, que había notado el silencio cuando la música se detuvo y lo había echado de menos. Cole, que acababa de cruzar toda la cafetería delante de todos sus conocidos para decirle que se había cansado de fingir.
Los dedos de él se enredaron en su pelo...
Y se quedaron atascados.
El reloj se enganchó en horquillas, laca y el milagro arquitectónico que Daisy hubiera construido tres horas antes.
Tommy Sullivan silbó. Alguien más empezó a aplaudir. La carcajada de la señora Patterson alcanzó niveles de decibelios que no deberían ser posibles para una mujer de su edad. La alcaldesa Greene, sin duda alguna, lo estaba grabando todo con el móvil para el boletín del pueblo. Cerca de la barra de café, alguien gritó:
—¡YA ERA HORA!
El ruido fue en aumento: vítores, risas, aplausos, el alboroto entusiasmado de un pueblo pequeño viendo a dos personas decidirse por fin.
En algún lugar cerca de la barra de café, Ruby chilló «¡POR FIN!», tan alto que probablemente lo oyeron hasta en Main Street.
Cole intentó apartarse. No pudo.
—No te muevas —murmuró contra sus labios, y la ironía no se les escapó a ninguno de los dos.
Sage se echó a reír. No pudo evitarlo. Ahí estaba ella, besando a Cole West a medianoche en Nochevieja delante de todos sus conocidos, y el reloj de él se había quedado atascado en su pelo como el héroe más torpe de una comedia romántica.
—Esto es muy romántico —dijo ella.
—Estoy en ello. —Era evidente que intentaba liberarse sin arrancarle la mitad del pelo ni ninguna de las horquillas que se le clavaban en la palma.
—Tómate tu tiempo. Tenemos público.
—Ya lo sé.
—Ya está —dijo por fin, sacando una horquilla.
—Gracias a Dios.
—Una más...
—¿Cuántas horquillas te pusiste?
—Mamá se emocionó.
La besó de nuevo. Más despacio esta vez. Más profundamente. Con ambas manos por fin libres para enmarcarle el rostro, y Sage se olvidó de las horquillas, del público y de todo lo demás, excepto de que él sabía a champán y a promesas.
Los dedos de ella se aferraron a la camisa de Cole. Ambos respiraban agitados cuando por fin se separaron, ninguno de los dos del todo dispuesto a soltarse.
Él seguía con los ojos cerrados.
—Entonces —dijo Sage, todavía sin aliento—, ¿vamos a hacer esto?
Cole abrió los ojos. La miró como si ella fuera lo único que tenía sentido en el mundo.
—Sí. —Se aclaró la garganta—. Vamos a hacerlo.
—Lo siento, Cole. Lo siento muchísimo. Tenía miedo.
—No pasa nada. Lo único que importa es el ahora y lo que viene. —Le apretó la mano y ella le devolvió el apretón.
A su alrededor, Sullivan's Coffee celebraba. Ruby estaba llorando, sin duda: Sage la oía decirle algo a Jake sobre «por fin» y «te lo dije». Tommy le dio un codazo a Zara y dijo algo que la hizo reír. La señora Patterson se carcajeaba con el pintalabios corrido en los dientes. La alcaldesa Greene probablemente ya estaba planeando cómo meter esto en el boletín del pueblo del mes siguiente.
Al otro lado de la sala, Rose y Dean estaban sentados junto a las fotografías antiguas. Rose cruzó la mirada con Sage y sonrió: serena, cómplice, con esa sabiduría particular de quien entiende exactamente lo que cuesta un momento así y lo que vale.
Dean alzó su copa en un pequeño brindis.
Cerca de la puerta, Daisy cruzó la mirada con Sage. La sonrisa de su madre era radiante y llena de aprobación: una sonrisa que decía «por fin» y «sabía que lo harías» y «estoy orgullosa de ti», todo a la vez. Asintió levemente.
Sage notó que se le humedecían los ojos y parpadeó para contener las lágrimas. El pulgar de Cole le acarició el pómulo, atrapando una que se escapó de todos modos, y ella se inclinó hacia su contacto.
La besó de nuevo. Más suave esta vez. Más dulce. Un beso que sabía a comienzo en lugar de a error.
Cuando se separaron —despeinados, sin aliento, ambos un poco avergonzados por el incidente de la mano atascada en el pelo—, Ruby estaba de pronto justo ahí.
Tenía champán en una mano, el móvil en la otra (grabando, obviamente) y una sonrisa capaz de iluminar toda la costa este.
—¡POR FIN! —anunció Ruby a quien quisiera oírla, blandiendo el móvil como un trofeo—. Llevo esperando esto desde Acción de Gracias.
—Se han besado a medianoche en Nochevieja delante de todo el pueblo —continuó—. Se le ha quedado el reloj atascado en el pelo. Esto es lo más romántico que ha pasado en la historia de Millbrook Falls.
—¿Se le quedó el reloj atascado? —Zara abrió los ojos de par en par—. Dios mío, me he perdido esa parte...
—Desastre de horquillas —dijo Ruby con regocijo—. Romance en estado puro.
—Estoy aquí mismo —dijo Cole.
—Lo sabemos —dijeron Ruby y Zara al unísono.
Sage se echó a reír y no pudo parar.
—Esto va a ser insoportable —murmuró Cole, pero su mano encontró la de Sage y no la soltó.
—Completamente insoportable —coincidió Sage.
—De nada —dijo Ruby—. Jake está preparando chocolate caliente, por si vosotros dos podéis dejar de ser adorables durante cinco segundos.
—Ya hemos terminado de ser adorables —dijo Sage.
—Mentira —dijo Ruby alegremente—. Vais de la mano. Tu pelo es un desastre. Esto es adorable en estado puro y lo sabes.
—Podríamos irnos —dijo él.
—Desde luego que sí.
—¡Cobardes! —les gritó Ruby mientras se dirigían a la puerta, todavía de la mano—. ¡Al menos llevaos el chocolate caliente!
Jake apareció con dos vasos para llevar.
—Antes de que Ruby explote de suficiencia —dijo, y se los entregó sin añadir nada más, pero su sonrisa lo decía todo.
Cole miró a Sage. Ella le devolvió la mirada.
Fuera, Main Street estaba oscura y en silencio. Había empezado a nevar: solo unos copos al principio, luego más, esa nevada lenta de copos grandes que lo convertía todo en una postal. Las farolas brillaban. El vaho de su aliento flotaba en el aire frío.
Sage apenas había dado diez pasos cuando sus tacones vintage pisaron una placa de hielo.
No llegó a caerse —Cole la sujetó del codo a tiempo—, pero estuvo cerca.
—Estos zapatos fueron una decisión terrible —dijo ella.
—Te quedan bien.
—Son trampas mortales.
—¿Quieres que te lleve en brazos?
Sage lo miró. Vio la sinceridad de su oferta. Calculó las dos manzanas que los separaban de casa.
—Si te quedas clavado, no pienso dar explicaciones a nadie.
—No me voy a quedar clavado.
—Eso dices ahora.
La expresión de Cole se suavizó. Le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Sage se pegó a él, y caminaron despacio por Main Street.
La nieve caía a su alrededor. Sus huellas eran las únicas marcas en el manto blanco que cubría la acera. Todo estaba en silencio: ese silencio profundo de las noches de invierno cuando todo el mundo está en casa, al calor, y el mundo parece pertenecer solo a dos personas.
—Entonces —dijo Sage después de media manzana—. ¿Tu casa o la mía?
—La mía, mejor café.
—La mía tiene mejor música.
Cole esbozó una media sonrisa.
—La tuya tiene un aislamiento horrible y pones Fleetwood Mac a horas intempestivas.
—Te encanta Fleetwood Mac.
—Tolero Fleetwood Mac.
—Estabas tarareando «Dreams» el martes pasado. Te oí a través de la pared.
—Eso es mentira y no puedes demostrarlo.
Sage se rio. Se detuvo. Se puso de puntillas —con cuidado, por el hielo— y lo besó allí mismo, en Main Street, con la nieve cayendo a su alrededor y todo el pueblo probablemente espiando desde detrás de las cortinas.
Cuando se apartó, Cole sonreía: una sonrisa amplia, sin reservas, sin guardarse nada.
—La tuya —dijo él—. Iremos a la tuya.
—¿Por la música?
—Porque tú ya estás ahí.
El corazón de Sage dio un vuelco que no sabía cómo describir. No hacía falta.
Caminaron el resto del trayecto de la mano, en silencio, simplemente juntos. Pasaron los escaparates a oscuras. Pasaron Bad Seeds con su fachada rosa apenas visible bajo la nieve, y West's Hardware a oscuras junto a ella. Bajaron por la calle lateral donde las casas dormían en silencio.
Primero la de ella: la casita de dos plantas con el porche techado, el jardín sepultado bajo la nieve. La de él justo al lado, separadas solo por la valla que compartían desde agosto.
Sage rebuscó las llaves con dedos torpes. Cole se las quitó, abrió la puerta y se la sostuvo.
La siguió adentro.
La casa estaba en silencio. Oscura. Solo ellos dos y la nieve cayendo fuera.
—¿Te quedas? —preguntó ella.
Cole dejó su chocolate caliente. La atrajo hacia él. La besó como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Sí —dijo contra su boca—. Me quedo.
El silencio entre ellos ya no estaba vacío.
Estaba lleno.