¿Tienes flores? (Millbrook Falls 2) Capítulo veintiuno
92%

Capítulo veintiuno

Dos semanas después de la pelea, Sage había perfeccionado el arte de evitar a alguien en un pueblo tan pequeño como Millbrook Falls.

Tenía un sistema. Un sistema detallado, con código de colores y ligeramente chiflado que habría enorgullecido a un agente de la CIA.

Bad Seeds abría a las nueve. West's Hardware abría a las ocho y media. Si llegaba a las ocho y cincuenta, aparcaba en la parte de atrás y entraba por la puerta trasera —que se atascaba y había que embestir con el hombro para abrirla—, podía evitar por completo que Cole la viera abrir la puerta de su tienda.

El sistema tenía un índice de éxito del 94%.

El otro 6% consistía en esconderse detrás de su propio contenedor de basura, que fue como descubrió a la familia de mapaches que vivía allí. Esos mapaches tenían opiniones sobre las decisiones que tomaba en su vida. Se notaba.

El problema de la Navidad en una floristería era que todo el mundo quería lo mismo: pino, bayas rojas, rosas blancas, cinta dorada. Eso significaba que podía hacerlo todo en piloto automático mientras su cerebro se iba a otra parte. El miércoles había hecho seis coronas idénticas sin proponérselo. Eran perfectas. Las odiaba todas.

Lo vio una vez, a través de la ventana del taller. Aparcó la camioneta en su sitio de atrás, se bajó y recorrió la mitad del camino hacia su puerta antes de detenerse. Se palpó los bolsillos, se dio la vuelta y volvió a apagar el motor que había dejado encendido. Se quedó allí un segundo con la mano en la puerta, sin entrar. Luego miró hacia Bad Seeds. Más rato del que se mira un edificio. Lo suficiente para que ella se apartara del cristal antes de que pudiera descubrirla.

Parecía que no había dormido en una semana. «Bien», se dijo, y no se lo creyó ni por un segundo.

Sage decidió, contra toda evidencia y sentido común, comportarse como una adulta.

Pasaría por delante de West's Hardware. Saludaría si veía a Cole. Actuaría como una persona normal que había discutido con otra persona normal, y no como una heroína victoriana consumiéndose de tisis.

Logró dar tres pasos más allá de su puerta antes de pararse. Se dio la vuelta. Volvió sobre sus pasos.

Tenía la mano en el pomo cuando lo vio a través de la ventana: atendiendo a un cliente, riéndose de algo que le habían dicho, con un aspecto tan absolutamente normal que le dolió el pecho.

Soltó el pomo. Dio dos pasos atrás.

Y entonces se tiró detrás de un coche porque, por lo visto, había perdido la cabeza por completo.

Un coche aparcado de la señora Patterson, que en ese momento estaba metiendo en el maletero algo que parecían sospechosamente adornos de Navidad.

—¿Sage? ¿Qué haces ahí abajo?

—Se me ha caído el... pendiente.

—Llevas pendientes de botón.

—El otro pendiente. El de repuesto. Siempre llevo uno de repuesto.

La expresión de la señora Patterson sugería que estaba reconsiderando la cordura de Sage.

—¿Estás bien, cielo?

A través de la ventanilla del coche, Sage vio a Cole saliendo. Acercándose.

—¡Genial! ¡Nunca mejor! ¡Lo encontré!

Levantó un trozo de gravilla en señal de triunfo.

—Eso es una piedra.

—Es una piedra muy especial. Reliquia familiar. ¡Me tengo que ir!

Se arrastró a cuatro patas hasta el siguiente coche antes de que la señora Patterson pudiera responder.

Logró doblar la esquina.

Se levantó.

Se sacudió la gravilla de las rodillas e intentó recordar en qué momento exacto su vida se había convertido en una farsa.

La Nochebuena llegó, estuviera lista o no.

Bad Seeds estaba cerrada por las fiestas, pero le había prometido a la señora Patterson que su centro de mesa estaría listo para recoger a mediodía, lo que significaba que necesitaba cinta de la tienda de manualidades de Main Street. Porque, cómo no, a la señora Patterson se le había antojado una cinta que ella no tenía.

Que estaba justo en la acera de enfrente de West's Hardware.

Fue andando, diciéndose que era para apoyar el comercio local y que no tenía nada que ver con que, quizá, posiblemente, pudiera verlo.

Pasó por delante de West's Hardware sin mirar. Compró la cinta. Se quedó en la tienda de manualidades hasta que vio entrar a un cliente, sabiendo que él probablemente estaría demasiado ocupado para mirar por la ventana.

Luego tuvo que ir al banco, lo que implicaba volver a recorrer Main Street, lo que implicaba aminorar el paso al pasar por el escaparate de la ferretería, donde podía verlo en el mostrador atendiendo a un cliente.

Parecía cansado. Tenía un aspecto horrible.

Sus pies dejaron de moverse. Se quedó allí plantada en la acera como una idiota, mirando a través del cristal al hombre al que le había dicho que se marchara.

Él se giró. Sus miradas se cruzaron.

Durante un segundo, ninguno de los dos se movió.

Entonces el cliente dijo algo y Cole apartó la mirada, volviendo a lo que estuviera cobrando.

Sage siguió caminando. Llegó al banco. Ingresó sus cheques. Volvió por otro camino hacia la tienda.

Iba por la mitad de Maple Street cuando lo vio caminando hacia Bad Seeds.

Se quedó paralizada detrás de una farola.

Lo vio caminar hasta su puerta. Llamar. Esperar. Volver a llamar.

Los hombros se le hundieron. Fue hasta su camioneta. Se sentó allí un minuto, simplemente... sentado.

Luego se marchó.

Sage se quedó detrás de la farola otros cinco minutos, odiándose.

Esa noche, plantada en su jardín a oscuras mientras la casa de Cole resplandecía con perfectas luces blancas al otro lado de la valla, Sage decidió hacer algo estúpido.

A las nueve y media de la Nochebuena, estaba en el jardín delantero sujetando lo que parecía un nido de luces navideñas hecho por pájaros muy enfadados y muy metódicos.

Al otro lado de la valla, la casa de Cole era perfecta como una foto de catálogo. La suya lucía oscura y sentenciosa.

—Esto está bien —le dijo a la maraña de cables. La maraña discrepó.

Veinte minutos después, había conquistado aproximadamente un metro veinte de alero y perdido la sensibilidad en tres dedos. Las luces se combaban como una conga de borrachos.

—¿Me estás TOMANDO EL PELO?

Se abrió una ventana en la casa de al lado.

Se quedó paralizada, con una mano atrapada en un nudo de cable y la otra aferrada a un clip roto, seguramente con pinta de estar siendo atacada por la mismísima Navidad.

—¿Sage? —la voz de Cole atravesó la valla.

—¡Solo estoy decorando! —se liberó la mano de un tirón. Las luces oscilaron como locas—. ¡Actividad navideña totalmente normal!

Apareció en la ventana, a contraluz y con cara de preocupación.

—Son casi las diez.

—El tiempo es un constructo.

—Tus luces están torcidas.

—Tu cara está torcida.

Silencio. Luego:

—¿Necesitas ayuda?

Lo miró allí de pie en la ventana. Miró la distancia entre sus casas. Todo lo que había pasado.

—No —dijo finalmente—. Puedo sola.

Él asintió. Se quedó allí un momento más.

—Quedan bien, Sage. Las luces.

—Parecen colgadas por un crío borracho.

—Sí —dijo él en voz baja—. Pero las colgaste tú sola.

Cerró la ventana.

Se quedó allí, con las luces enredadas en las manos, intentando no llorar.

Terminó el resto en obstinado silencio. Las colgó todas. Las enchufó. La mitad de la tira parpadeaba cuando no debía. El lado izquierdo se descolgaba. El resultado era ridículo.

Pero eran suyas. Y las había colgado ella sola.

La mañana de Navidad, el móvil vibró.

Ruby

Estás siendo ridícula.

Otra vibración.

Zara

Estamos preocupadas por ti.

Sage apagó el móvil y fue en coche a casa de su madre, donde al menos las críticas vendrían acompañadas de jamón.

La casa olía a jamón, a pino y a galletas de jengibre. El árbol en la esquina era más pequeño este año —reducido desde que Sage se había mudado— pero cubierto con los mismos adornos de siempre. La estrella de arcilla torcida de segundo de primaria. Carámbanos de cristal que atrapaban la luz de la tarde. El cascanueces de madera al que le faltaba un brazo desde los noventa.

Las guirnaldas adornaban la repisa de la chimenea. Las velas parpadeaban. Desde la cocina llegaba música navideña: Bing Crosby dando paso a Nat King Cole.

Llevaban años siendo solo ellas dos: un árbol más pequeño, un jamón más pequeño, dos calcetines navideños en la repisa en lugar de la hilera que Sage recordaba vagamente de antes de que su padre se marchara. Lo habían convertido en algo acogedor a su manera. Sage había dejado de notar lo pequeño que era hacía mucho. La mayoría de los días.

—Llegas tarde —dijo Daisy, atrayéndola hacia un abrazo que olía a canela y a Chanel N.º 5.

—Había tráfico.

—Estamos en Millbrook Falls. Aquí no hay tráfico.

Daisy dio un paso atrás y la estudió con la mirada.

—Siéntate. He preparado ponche.

—¿Del casero o del de brik?

—Del que lleva suficiente ron para que me cuentes qué te pasa de verdad.

Sage se dejó caer en el sofá, la misma monstruosidad floreada que llevaba allí desde que tenía diez años. Cojines hundidos. Una manta de ganchillo doblada sobre el reposabrazos, roja y verde y horrorosamente anticuada.

Daisy le pasó una taza de ponche que era claramente más ron que otra cosa.

—Tienes cara de agotada.

—Estoy bien.

—No paras de decir eso.

Su madre se levantó.

—Termínate ese ponche. Luego pasamos al té y me cuentas qué te pasa.

El ponche era tan fuerte que a Sage se le llenaron los ojos de lágrimas. Se lo bebió de todos modos.

Diez minutos después, sostenía una taza de manzanilla e intentaba explicar algo que ni ella misma entendía, mientras la luz de la tarde convertía los adornos en prismas giratorios de color.

—Tuvimos una pelea.

—Eso deduje.

—Me dejó fuera cuando pasó algo que le asustaba. No me lo contó. Simplemente lo manejó solo.

—Y estás herida.

—Sí.

—Y enfadada.

—Sí.

—Y asustada —añadió Daisy.

Sage alzó la mirada.

—¿Qué?

—Tienes miedo de que vuelva a hacerlo.

—Pues claro que tengo miedo de que vuelva a hacerlo. Ya lo hizo una vez.

Su madre dio un sorbo al té.

—¿Sabes qué hacía tu padre cuando tenía miedo? Reorganizaba el garaje. Por orden alfabético o por peso de las herramientas. Una vez clasificó los tornillos por nivel de oxidación.

Sage parpadeó. —¿Qué?