¿Tienes flores? (Millbrook Falls 2) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

Sonó la campanilla.

Cole estaba en el umbral.

El estómago le dio un vuelco. No suavemente, sino como si alguien hubiera cortado los cables del ascensor.

Tenía un aspecto destrozado. La camisa de cuadros mal abotonada, un lado más alto que el otro. El pelo revuelto. Los ojos inyectados en sangre.

Bien, pensó. Espero que estés sufriendo.

Y también: ¿Estás bien?

Y también: Tu camisa está torcida y me está volviendo loca.

—Hola —dijo él.

—Estamos cerrados.

—El cartel dice...

—Cierre especial.

Hizo un gesto vago abarcando su vida.

—Circunstancias.

Él entró de todos modos. Cerró la puerta a su espalda.

Ella tenía unas tijeras de podar en la mano. Las soltó antes de hacer algo de lo que arrepentirse.

—Necesito explicarte —dijo él.

—De verdad que no...

Retrocedió. Y chocó de lleno con la escalera que había dejado ahí después de colgar la dichosa bola de muérdago que la señora Patterson había encargado.

La escalera se tambaleó.

Cole reaccionó rápido: cruzó la tienda y la sujetó antes de que la derribara.

Sus manos en el aluminio. Las de ella aferradas a los peldaños. Estaba tan cerca que podía distinguir el tono exacto de gris de sus ojos.

El mismo tono en el que llevaba tres días intentando no pensar.

—Cuidado —dijo él.

—Siempre tengo cuidado.

—Perforaste una tubería de agua.

—Eso fue UNA vez.

—Pintaste mi camioneta de rosa.

—Ya puedes soltarla.

La soltó.

Se quedaron ahí.

Demasiado cerca. Y no lo bastante.

La tienda olía a pino y canela. Como si nada hubiera salido mal. Como si el fin de semana no hubiera pasado y siguieran siendo ellos y ella pudiera simplemente...

No.

—Tu camisa está mal abotonada —dijo ella.

Él bajó la vista.

—Ah.

—El lado izquierdo está más alto.

—Ya lo sé.

No se la arregló.

—Es que...

Se contuvo.

—Da igual.

—Quieres arreglármela.

—No quiero hacer nada.

—Mentirosa.

Algo asomó en su expresión. Casi una sonrisa. Casi.

Y por un segundo, solo un segundo, todo pareció normal. Como antes. Como si él fuera a soltar algún comentario sobre su caos organizativo y ella a defender su sistema, y fueran a quedarse ahí discutiendo por tonterías mientras estaban demasiado cerca en su floristería.

Le temblaron las manos. Con ganas de alargarlas y arreglarle los botones. De alisarle el cuello, que se le levantaba por un lado. De decirle que tenía agujas de pino en el pelo, vete tú a saber por qué.

—Te está molestando de verdad —dijo él. No era del todo una pregunta.

—Lo de tu camisa es un desastre total.

—Mira quién habla, la mujer que una vez fue a una reunión del pueblo con dos zapatos distintos.

—Eran zapatos PARECIDOS.

—Uno era negro. El otro, azul marino.

—Con poca luz son idénticos.

—Era mediodía, Sage.

—Me daba el sol en los ojos.

—Estabas dentro.

—Había ventanas. Con sol. Que entraba por ellas.

—Cómo te aferras a esto.

—Me aferro a todas mis posturas. Se llama tener principios.

—Se llama ser tozuda.

—Es lo mismo.

Y ahí estaba. Eso que hacían. Ese tira y afloja que fluía como respirar. Como si pudiera quedarse allí todo el día lanzándose pullas que no eran pullas de verdad mientras él casi le sonreía y ella fingía que su camisa torcida no la estaba sacando de quicio.

Casi se rio.

Y entonces recordó.

Tina. Luke. Todo el fin de semana de silencio. Cómo lo había visto a través del escaparate de Sullivan's, con pinta de ser la familia de otra.

La soltura se esfumó también de su rostro. Como si él también acabara de recordar por qué estaba allí. Por qué estaban de pie en su tienda a la hora de cierre en lugar de en casa de ella preparando la cena y discutiendo sobre a quién le tocaba elegir la música.

—¿Por qué estás aquí, Cole?

La ligereza se evaporó. Se le tensaron los hombros.

—El niño —dijo—. Luke. Creí que era mío.

Las palabras le cayeron encima de golpe. Como si le hubieran quitado la silla de debajo.

—¿Qué?

—Tres días —dijo—. Me pasé tres días echando cuentas. Su edad, cuándo se fue Tina, esos ojos...

Se detuvo. Se pasó una mano por el pelo.

—Todos en mi familia tienen esos ojos. No dejaba de mirarlo y pensar...

—Pero él no es...

—No. Su padre es un tipo de Boston. Rompieron el año pasado, pero sigue en su vida; Luke lo ve un fin de semana sí y otro no.

La risa de Cole sonó hueca.

—Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que yo pudiera pensar eso. Me había vuelto loco por una posibilidad que no existía.

—Eso no es poca cosa —las palabras le salieron antes de que pudiera frenarlas—. Pensaste que tenías un hijo del que no sabías nada. Eso es... Dios, Cole, tuvo que ser aterrador.

Su expresión se suavizó. Alivio, quizá, como si se hubiera preparado para la ira y en cambio hubiera encontrado compasión.

—Lo fue —dijo en voz baja—. Seis años desde que rompimos, un niño de cinco años con esos ojos... todos en mi familia los tienen. Las fechas encajaban demasiado bien como para descartarlo. No podía dormir, no podía comer.

Se detuvo. Miró al suelo.

—El viernes fui a la granja y me senté en el granero durante horas, intentando imaginar qué haría si ella decía que sí. Cómo te lo contaría.

Negó con la cabeza.

—El sábado le pregunté si quería tomar un café. Me convencí de que si pasaba tiempo con Luke, vería que no era mío. Pero fue peor. Cada vez que lo miraba, veía los ojos de mi padre.

—Cole...

—No pude más. Fui a casa de sus padres antes de que se marchara y se lo pregunté directamente: «¿Es mío?»

Se le torció la boca.

—Me miró como si me hubiera vuelto loco. Y luego se rio.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le salió la voz más débil de lo que pretendía.

—No sabía cómo.

—Solo tienes que decirlo —ahora el dolor se coló en su voz, más agudo—. Cuando la viste el viernes. Cuando empezaste a echar cuentas. Dices: «Sage, está pasando algo, tengo miedo y no sé qué hacer».

—¿Y si me equivocaba? ¿Y si me había asustado por nada y te preocupaba sin motivo?

—Pero ERA real para ti. Estabas aterrorizado.

Necesitaba moverse. Hacer algo con la energía que se le acumulaba en el pecho.

—Te alejaste y me pasé tres días viéndolo ocurrir. Viéndote desaparecer. Y no sabía por qué.

—Estaba en la granja...

—YA SÉ que estabas en la granja —se le quebró la voz—. Pero TÚ no me lo dijiste. Simplemente te fuiste.

Se detuvo. Respiró.

Él esperó.

—Pensé que ibas a volver con ella —dijo por fin.

—¿Qué?

—Os vi. En Sullivan's. Por la ventana.

Las palabras le salieron a borbotones.

—Estabais allí sentados, ella y Luke y tú, y simplemente... parecíais una familia. Como si encajarais. Y pensé: Claro. Claro que la elegiría a ella. Alguien refinada y sin complicaciones. No el desastre que le pintó la camioneta de rosa.

—Sage...

—Pensé que era demasiado. Demasiado caótica. Demasiado ruidosa. Demasiado de todo lo que siempre he sido en exceso.

Tenía un nudo en la garganta.

—Y tú simplemente... habías pasado página.

Él se acercó. Se detuvo tan cerca que ella tuvo que alzar la vista para verle la cara.

—No eres demasiado —dijo con voz ronca—. Nunca lo has sido.

—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste? —estaba llorando, no podía evitarlo—. ¿Por qué no confiaste en mí para lo difícil?

—Intentaba protegerte.

—¿De qué? ¿De que tu vida se complicara? ¿De la posibilidad de que tuvieras un hijo?

Se rio, pero le salió una risa rota.

—No necesito que me protejas de la realidad, Cole. Necesitaba que me dejaras entrar. Que confiaras en que podía afrontarlo contigo.

—Lo sé.

Apretó la mandíbula.

—Tienes razón. Debería habértelo dicho.

Se detuvo. La miró.

—Pero tú tampoco preguntaste.

Ella se quedó paralizada.

—¿Qué?

—Me viste con Tina y decidiste que me iba. Te montaste toda una historia en la cabeza. Te convenciste de que la estaba eligiendo a ella en vez de a ti.

No estaba enfadado. Solo cansado.

—Tú también me dejaste fuera, Sage. Solo que de otra manera.

—Eso no es...

—¿No?

La miró.

—Yo no hablé. Tú no preguntaste. Los dos simplemente... dimos cosas por sentado. Nos quedamos callados por miedo en vez de decir nada.

Las palabras quedaron flotando en el aire.

Quería discutir. Quería decirle que no era lo mismo.

No pudo.

Porque tenía razón.

—Tenía miedo —dijo por fin.

—Yo también.

—Pensé que te darías cuenta de que no merecía la pena.

—Pensé que tener un hijo arruinaría todo lo que estábamos construyendo. Pensé que te arrastraría a este lío y me verías con otros ojos.

—Yo no habría—

—No lo sabes. Ninguno de los dos lo sabe —su voz era suave—. Porque no hablamos de ello. Los dos nos... dejamos llevar por el miedo. Nos pusimos a imaginar cosas.

—Pero tú SABÍAS que me estabas dejando fuera —dijo Sage—. Sabías que te estabas hundiendo y elegiste no decírmelo. Yo solo te vi desaparecer.

—Y tú no preguntaste qué pasaba.

—¡Porque te estaba dando espacio!

—No quería distancia contigo —se le quebró la voz—. Quería resolverlo solo. Pensé que te estaba protegiendo.

—No necesitaba que me protegieras. Necesitaba que me dejaras entrar.

Se quedaron allí, en la tienda de ella, rodeados de decoraciones navideñas a medio terminar, agujas de pino y el aroma de las velas de canela que se iban consumiendo.

No podía respirar bien.

—No sé cómo arreglar esto —dijo ella.

—Yo tampoco —la voz de Cole sonaba ronca—. Pero sé que lo siento. Por dejarte fuera. Por no confiar en ti cuando las cosas se ponían difíciles. Por hacerte sentir que no importabas cuando...

Se detuvo.

—Importas. Más de lo que puedo expresar.

—Yo también lo siento. Por no preguntar. Por asumir lo peor. Por estar tan convencida de que era demasiado para ti que no te di la oportunidad de demostrarme lo contrario.

—No lo eres—

—Ya sé que no paras de decirlo —se abrazó el cuerpo—. Pero todavía no sé cómo creérmelo.

Silencio.

Él apretó la mandíbula, como si buscara las palabras adecuadas.

—No puedo con esto —dijo ella.

El rostro de él se volvió inexpresivo.

—Simplemente... desapareciste. Decidiste que no podía manejarlo sin siquiera preguntarme —se le quebró la voz—. ¿Sabes lo que se siente? ¿Verte alejarte sin saber por qué? ¿Inventarme historias porque no querías contármelo?

—Creía que estaba haciendo lo correcto.