Capítulo Dieciocho #2
—Sí tenía modales —protestó Dean—. Solo que no refinados.
—Comiste con las manos en la feria del condado.
—Era MAÍZ. El maíz se come con las manos.
—Era una mazorca con mantequilla chorreándote por los brazos.
—Aun así cuenta.
Sage captó la mirada de Cole al otro lado de la mesa. Sus hombros temblaban con risa contenida.
—¿Qué tal Chicago? —le preguntó Ruby a Dean, decidida a que la conversación siguiera fluyendo.
—Bien.
—¿Solo bien?
Dean dejó el tenedor.
—Ha sido una vida solitaria. No voy a mentir. Pero no podía volver aquí. No en aquel momento.
—¿Y ahora? —preguntó Rose en voz baja.
—Ahora estoy aquí, cenando contigo en Acción de Gracias. —Se le quebró la voz—. Es más de lo que jamás pensé que tendría.
La mano de Rose encontró la de él sobre la mesa.
Esta vez el silencio fue denso. Cargado con el peso de cincuenta años.
Fue Rose quien lo rompió.
—Las cartas —dijo, volviéndose hacia Sage—. Jake me dijo que fuiste tú quien las encontró. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo?
—En la pared de Bad Seeds. Detrás de las viejas estanterías del almacén. Las encontré durante la limpieza, después de que reventara una tubería.
—Bad Seeds. —Rose lo dijo despacio, como si el nombre estuviera removiendo algo en su interior—. Esa era la tienda de mi madre. En los sesenta.
La mesa quedó en silencio.
Rose se miró las manos.
—Desaparecieron mientras lo lloraba. Un día, simplemente ya no estaban. Pensé que las había perdido yo misma, en medio de todo aquel dolor. —Su voz no se alteró. Se mantuvo firme, lo cual era peor—. Pero estaban en su pared. Ella las cogió. Me vio llorar a un hombre durante cincuenta años y se llevó lo único que me quedaba de él.
—Ella pensó que estaba ayudando —dijo Dean en voz baja.
—Sé por qué lo hizo. —La mano de Rose encontró la de él—. Eso no significa que tuviera derecho.
Sage clavó la mirada en su plato. Una madre convencida de que sabía lo que era mejor. Llevándose algo que no le correspondía, porque ver sufrir a su hija era más difícil que dejarla conservar su dolor. El letrero de Bad Seeds le vino a la cabeza: el rostro de Daisy la primera vez que lo vio, el dolor que Sage había estado demasiado ocupada para comprender. Bajo la mesa, la mano de Cole encontró su rodilla.
—Entonces —dijo Zara alegremente—. ¿Quién quiere oír la historia de la clienta que intentó devolver un libro porque la protagonista tomaba malas decisiones?
—Dios, sí —dijo Ruby—. Por favor. Necesito distraerme.
Zara se lanzó a contar la historia. Incluía una novela romántica, una lectora furiosa y una discusión de quince minutos sobre libre albedrío frente a estructura narrativa que, de algún modo, había acabado con la clienta llorando y Zara recomendándole un libro de autoayuda sobre aprender a soltar.
—¿Qué hiciste? —preguntó Tommy.
—Le encontré el libro de autoayuda y le recomendé otro donde la protagonista toma decisiones EXCELENTES y vive feliz para siempre sin el más mínimo conflicto.
—¿Ese libro existe?
—No. Pero se fue contenta.
—Eso es fraude —dijo Jake.
—Eso es atención al cliente.
Cole se inclinó hacia Sage.
—Tu tarta me está mirando.
—Está en la encimera. No puede mirarte.
—Tiene ojos. Siento cómo me juzga.
—Eso es culpa. No es lo mismo.
—Me está MIRANDO.
—Estás paranoico.
—Me está acosando un postre.
Le dio una patadita por debajo de la mesa.
Ella le devolvió la patada.
Rose se dio cuenta. Su expresión se suavizó.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
Sage se sonrojó.
—No estamos... solo somos...
—Un mes —dijo Cole con calma—. Oficialmente.
—¿Oficialmente?
—Llevamos peleándonos desde agosto. Pero juntos-juntos, cosa de un mes.
—Él taladró mi tubería del agua —añadió Sage—. Espera. Yo taladré la suya. Nuestra tubería compartida. La de la pared. Había agua por todas partes.
—Romántico —dijo Ruby con sequedad.
—Fue un desastre.
—Sigue siendo romántico.
Dean los observaba con cierta diversión.
—Me recordáis a nosotros —le dijo a Rose—. Nos peleábamos constantemente.
—Una vez me tiraste un batido encima.
—Te lo merecías.
—No me lo merecía en absoluto.
—Dijiste que mi camioneta era fea.
—ERA fea. Era gris imprimación y le faltaba una puerta.
—Tenía CARÁCTER.
Ahora la sonrisa de Rose era genuina. Cálida.
—Era horrible. Pero la quería igual.
—Porque me querías a mí.
—Porque te quería a ti.
La mesa se quedó en silencio.
No incómodo esta vez. Solo... presente.
Dean alargó la mano y le rellenó la copa de vino, y Rose se lo permitió, y ese pequeño gesto cotidiano pareció significar más que cualquier cosa que pudieran haber dicho.
La velada fue apagándose poco a poco.
Dean se levantó para irse sobre las ocho. Rose lo acompañó hasta la puerta. Se quedaron en el porche hablando —visibles a través de la ventana, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra— durante un buen rato.
Dentro, la limpieza comenzó con la eficiencia de quienes necesitaban hacer algo con las manos.
—Eso fue intenso —dijo Ruby mientras recogía los platos.
—Te quedas corta —coincidió Zara.
—Estoy emocionalmente agotado —anunció Tommy—. Y ni siquiera HICE nada salvo cocinar el pavo.
—Lo hiciste genial con el pavo —dijo Jake.
—El pavo estaba perfecto.
—YA SÉ que el pavo estaba perfecto. Usé GRÁFICOS.
Sage agarró la tarta desastrosa de la encimera.
—Me llevo esto a casa.
—¿Por qué? —preguntó Ruby—. ¿Para qué?
—Para comérmela.
—Eso es un peligro para la salud.
—Está BIEN.
Cole apareció detrás de ella.
—No, no lo está.
—Sois unos amigos horribles.
—Somos amigos honestos —corrigió Ruby—. Hay una diferencia.
—Amigos brutales.
—Brutalmente honestos. Matiz importante.
Sage agarró la tarta de todos modos, acunándola como a un animal herido. Cole recogió la fuente de los panecillos.
Cuando Rose volvió a entrar, tenía los ojos enrojecidos, pero el rostro sereno.
—Se queda el fin de semana —dijo—. Mañana vamos a tomar un café.
—Eso está bien —dijo Jake con suavidad.
—Sí.
Le tocó la mejilla.
—Gracias por contármelo.
—No sabía si debía.
—Hiciste bien.
Su voz era firme.
—Merecía saberlo. Y él merecía saber que importaba.
Ruby dejó el plato que estaba fregando.
—¿Puedo preguntarte algo?
Rose se volvió.
—¿Te habría gustado saberlo antes? ¿Que estaba vivo?
Cole se quedó inmóvil. Sage captó la expresión de su cara: llevaba haciéndose la misma pregunta desde Chicago, y ambos lo sabían.
Rose guardó silencio un largo momento.
—No lo sé. Quizás. Probablemente.
Miró hacia la puerta por la que Dean acababa de salir.
—Pero agradezco saberlo ahora. Eso es lo que importa.
Los hombros de Cole se relajaron. Alivio, quizás. O simple agotamiento tras cargar con la tensión todo el día.
Ella se marchó poco después.
Ruby y Zara empezaron a recoger con la eficiencia de quienes ya lo habían hecho antes.
Sage y Cole se despidieron y salieron hacia su camioneta, el frío cortante tras el calor de la casa.
—¿Y si soy como él? —dijo Cole en algún punto del breve trayecto a casa—. ¿Y si me asusto y me convenzo de que te estoy protegiendo?
Sage se rio. Se inclinó sobre el asiento corrido. Lo besó.
—No —dijo simplemente.
—¿No?
—No. No te lo permitiré. Ahora deja de ponerte trascendental, es Acción de Gracias y llevo tres copas de vino.
Su boca se curvó. Aparcó junto al bordillo entre las dos casas y apagó el motor.
—¿Te quedas esta noche?
—En la mía —dijo ella—. Tengo mejor música.
—Tienes una música horrible.
—Tarareaste «Dreams» a través de la pared el martes pasado.
—Calumnias. —Pero ya estaba bajando de la camioneta, ya estaba rodeándola para ir a su lado, ya la seguía por el sendero hasta su puerta como si nunca hubiera planeado estar en otro lugar.