¿Tienes flores? (Millbrook Falls 2) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

El camión de mudanzas llegó a media mañana, lo que quería decir que Sage llevaba despierta desde el amanecer. Ya había recorrido tres veces el camino desde la casa de su madre hasta su nuevo alquiler, comprobando que la llave seguía funcionando, que la luz del porche seguía encendiéndose, que todo aquello no era un sueño febril producto de su imaginación.

No lo era. La casa era real: una casita de dos plantas con tejas desgastadas y un porche cubierto que rodeaba la fachada y un lateral. Los inquilinos anteriores habían dejado el jardín abandonado; Sage ya había pasado una hora la noche anterior arrancando malas hierbas con una linterna y planeando lo que plantaría en primavera. Lavanda a lo largo del camino. Quizás algunas margaritas cerca de la valla como ofrenda de paz para su madre, aunque no estaba segura de que fuera a notarlo. Ni a importarle.

Sacudió el pensamiento de su cabeza y abrió la puerta principal para los de la mudanza.

Los de la mudanza fueron eficientes con esa brusquedad profesional que hacía que Sage se sintiera agradecida e invisible a partes iguales. Subieron sus muebles por las estrechas escaleras sin quejarse. El espejo de su abuela reclamó la pared sobre la repisa de la chimenea: el marco dorado ornamentado que su madre había llamado «demasiado» y Sage había llamado «perfecto».

A las once, el camión se había ido y Sage estaba sola con sus cajas y la creciente sensación de que no tenía ni idea de dónde iba cada cosa.

El silencio fue lo primero que la golpeó. Nada de ruido de tráfico. Nada de sirenas. Ningún vecino del piso de arriba cuyos pasos se hubiera aprendido de memoria. Solo el crujido de la madera vieja al asentarse y el sonido distante de un cortacésped en algún lugar calle abajo.

Se quedó plantada en medio del salón con una caja de platos y sin idea de dónde estaba la cocina.

Ya estaba. Este era su hogar ahora. No el sofá de su madre, no un subarriendo en la ciudad, no otra parada temporal. Esta casa con sus suelos crujientes y su jardín esperando que lo llenara y su porche que daba a...

Se quedó helada.

A través de la ventana delantera, podía ver la casa de al lado. Dos plantas, porche cubierto, más grande que la suya pero con el mismo encanto desgastado. La pintura estaba mejor cuidada: un blanco nítido que hacía que el gris desvaído de su alquiler pareciera aún más ajado. Había jardineras bajo las ventanas. Un par de botas de trabajo junto a la puerta.

Y de pie en ese porche, taza de café en mano, mirándola directamente a través de su propia ventana...

Cole West.

Llevaba vaqueros y una camiseta desgastada. Su pelo oscuro parecía recién despeinado con los dedos. La taza de café, azul oscuro y robusta, estaba a medio camino de su boca, congelada en el aire.

Se le desencajó la mandíbula. La mano se le quedó paralizada en el aire. La taza de café se inclinó peligrosamente.

Se le cayó el alma a los pies.

No.

No.

Cruzó hasta la ventana lateral. Su patio trasero. El de él. Seis metros de césped y una valla.

Sage lo vio dejar el café con exagerado cuidado. Avanzó hasta el borde del porche y se quedó mirando la valla como si esta lo hubiera traicionado personalmente.

Luego levantó la vista. Sus miradas se cruzaron a través de la distancia.

—Tiene que ser broma —dijo él. Su voz llegó perfectamente clara en la quietud de la mañana.

—Oh, no. —Las palabras le salieron estranguladas.

Él se pasó una mano por la cara. Sage sintió unas ganas locas de reír, o quizás de gritar.

Esto no podía estar pasando. El caos del vecino en el trabajo era una cosa. El caos del vecino en casa...

No había forma de escapar el uno del otro.

Cole giró sobre sus talones y desapareció en su casa. La puerta se cerró de un portazo que resonó en ambos patios.

Sage se dejó caer en el sofá y se quedó mirando el techo.

A primera hora de la tarde, Sage había desembalado exactamente tres cajas, había reorganizado la cocina dos veces y, lo más importante, se preguntaba cómo no había visto la camioneta de Cole en el camino de entrada.

Había salido de casa esa mañana antes de que su madre se despertara, con el café en un vaso para llevar y una nota en la encimera que decía: «Los de la mudanza vienen temprano, no quería despertarte». Una salida de cobarde, quizás. Pero no tenía palabras para cualquier conversación que la estuviera esperando.

Alguien llamó a la puerta.

La abrió y se encontró con dos mujeres en el porche: una morena con una sonrisa fácil y manchas de café en la camisa, y una mujer menuda de pelo negro corto y ojos grises con un brillo travieso.

—¡Hola! —La morena levantó una bandeja de cartón con tres cafés con hielo—. Ruby, de Scattered Beans. He traído refuerzos. —Señaló a la mujer menuda a su lado—. Esta es Zara.

—Dependienta en la librería —añadió Zara. Ya estaba mirando por encima del hombro de Sage hacia el interior de la casa, evaluando el caos a medio desembalar—. Nos enteramos de que te mudabas hoy. También de lo de la pintura. Y lo del camión. Y de la cara de tu vecino cuando se dio cuenta de que vives al lado.

—Pueblos pequeños —dijo Ruby alegremente—. No puedes estornudar sin que seis personas te digan «¡Jesús!» y otras tres pregunten si te estás resfriando.

Sage relajó los hombros.

—Entonces estáis aquí para...

—Ayudarte a desembalar —dijo Ruby—. A menos que prefieras que nos vayamos y te dejemos terminar sola.

Sage miró la bandeja de café, luego a aquellas dos mujeres a las que no conocía de nada y que de alguna manera sabían cómo le gustaba el café y todo lo de su semana humillante.

—Habéis traído leche de avena.

—Ha sido chiripa —dijo Ruby—. Bueno, y que Jake mencionó que pediste uno en Sullivan's ayer.

—Así que sí, estamos aquí para ayudar —añadió Zara—. Pero también un poco por el espectáculo de verte colocar cosas como una loca.

—Me parece justo —dijo Sage, y las dejó pasar.

Empezaron por la cocina. Ruby tenía opiniones muy claras sobre cómo organizar los estantes. Zara las tenía aún más claras sobre ignorar las de Ruby.

—Las especias deberían estar en orden alfabético —dijo Ruby, sacando frascos de una caja.

—Las especias deberían estar agrupadas por tipo de cocina —replicó Zara.

—Eso es una locura. ¿Y qué pasa si quieres comino para tacos y también para curry?

—Pues entonces eres de las que tienen dos frascos de comino.

Sage las vio discutir por su cardamomo y decidió que las quería a las dos.

Para cuando pasaron al salón, Ruby estaba a mitad de una historia sobre un cliente de esa mañana.

—Así que va este tipo y entra con su propia taza —dijo Ruby, dejando una caja sobre la mesa de café—. Que está genial. Ecológico, me encanta. Pero luego va y se ofende cuando intento enjuagarla antes de servir.

—¿Y qué se pensaba que ibas a hacer? —preguntó Sage mientras desenvolvía el espejo de su abuela.

—Ni idea. ¿Juzgarle por la taza que usa? ¿Leerle el aura a través de las manchas de café? —Ruby negó con la cabeza—. Me dijo, literalmente: «Esa taza tiene un curado».

Zara levantó la vista de la estantería.

—¿Como una sartén de hierro fundido?

—Por lo visto ahora las tazas de café necesitan curado. A mí no me llegó esa circular.

—Por favor, dime que la enjuagaste igual —dijo Sage.

—La enjuagué a fondo —la sonrisa de Ruby se volvió maliciosa—. Sin quitarle los ojos de encima en ningún momento.

Zara reorganizó los libros de Sage por colores, pese a sus protestas.

—La semana pasada alguien intentó devolverme un libro —dijo Zara—. Decía que la protagonista tomaba malas decisiones.

—¿Qué libro? —preguntó Sage.

—Anna Karénina.

Sage se quedó a medio desenvolver.

—¿La tragedia?

—La tragedia —confirmó Zara—. Donde las malas decisiones son precisamente de lo que va todo. Le dije que si quería personajes con buen criterio, se leyera manuales de instrucciones.

—No se lo dijiste.

—Pues sí. Y luego le recomendé otros tres libros donde todo el mundo sufre con mucha elegancia —Zara dio un paso atrás para admirar su estantería multicolor—. Se los compró todos.

A última hora de la tarde, la planta baja estaba prácticamente desembalada y el dormitorio de Sage ya parecía habitable. Se dejaron caer en el sofá las tres juntas, sudorosas y satisfechas.

—El inquilino anterior dejó el jardín hecho un desastre —dijo Zara, mirando por la ventana lateral.

—Ya lo sé —Sage siguió su mirada hacia la maraña descuidada de malas hierbas y plantas perennes olvidadas. Llevaba años haciendo arreglos florales para otros: vestíbulos de empresas, bodas, novios culpables que ni se molestaban en elegirlas ellos mismos—. Ya estoy pensando qué plantar en primavera. Flores silvestres, seguramente. Quizá unas rosas trepadoras a lo largo de la valla. Cosas que crecen aunque te olvides de ellas una temporada.

Su primer jardín. No el de su madre. No el de ningún cliente. Suyo.

—La valla que compartes con Cole West —la voz de Ruby sonaba estudiadamente neutra.

Sage gimió y se tapó la cara con un cojín.

—Sí.

—Frank se pasó por Scattered Beans esta mañana expresamente para contarle a Ruby que Cole tenía cara de que le hubieras atropellado al perro cuando te vio con la mudanza —la sonrisa de Zara era afilada.

—Parecía horrorizado —dijo Sage contra el cojín.

—Tú también, me imagino.

—Quería que me tragara la tierra.

Ruby le dio unas palmaditas en la rodilla.

—Por si te sirve de consuelo, a mí me parece desternillante.

—Normal.

—Pues sí —Ruby se recostó y apoyó los pies en la mesa—. Pero en serio, ¿estás bien? Tiene que ser muy raro.

Sage bajó el cojín.

—Es... no sé. Le destrocé la camioneta. Me odia. Y ahora somos vecinos.

—No te odia —dijo Zara.

—Me odia.

—No, es que... —Ruby agitó una mano—. Cole es así. Le da muchas vueltas a las cosas. Dale tiempo.

Sage no estaba convencida, pero agradecía el intento.

—Bueno —Zara se levantó y se estiró—. Ya hemos cumplido con nuestra buena acción del día. Tienes las cajas desembaladas, los estantes organizados y unas amigas nuevas que se presentarán sin avisar en el futuro.

—Cuento con ello —dijo Sage, y lo decía en serio.

Ruby se paró en la puerta.

—Bebes, ¿no? ¿Alcohol de verdad?

—¿Es una pregunta con trampa?