Capítulo 57
Salieron a la gran cueva llena de cavernas mazmorra. El olor a carne cruda y a bestia encerrada les golpeó la nariz de súbito. Nahia miró hacia el pozo de alimentación, donde se veían algunos carros y a varios Tergnomus trabajando.
—¿Vamos a escapar por el pozo? —preguntó a Egil en un murmullo.
Egil entrecerró los ojos y miró en aquella dirección.
—No, mi querida amiga. Ese no es el camino de salida.
—¿Saldremos como la última vez, por el elevador detrás de la puerta con la runa?
El estratega se volvió para encarar el fondo de la gran caverna, que no se veía desde donde estaban, y negó con la cabeza.
—Tampoco ese es el camino de salida. Está muy vigilado en la parte superior, no lo conseguiríamos.
—¿Entonces cómo vamos a salir de aquí? —Nahia arrugó la frente, extrañada.
—Ya lo verás. Es difícil de explicar —Egil sonrió y señaló hacia delante—. Apresurémonos, han puesto una escuadra de dragones a vigilar este subnivel. Tenemos que llegar hasta Garran-Zilar-Denbo antes de que nos descubran.
Nahia y Logan alzaron la vista de inmediato hacia las alturas de la caverna.
Buscaron entre las rocas del techo y no vieron a la escuadra de dragones.
Aun así, Logan apretó la mandíbula y a Nahia se le secó la boca.
Una cosa era enfrentarse a una escuadra de brujos de dragón y otra muy diferente a una escuadra de dragones.
—Guíanos, Nahia. Tú conoces esto mejor que nadie —Egil le cedió el paso con un gesto de la mano.
—De acuerdo.
Echaron a correr. Nahia iba en cabeza, Egil en medio y Logan cerraba el grupo.
Los llevó por el camino de plata como tantas veces había hecho cuando repartía carne allí abajo.
Sabía que acercarse a las cuevas era peligroso.
Allí había todo tipo de criaturas y algunas no eran amistosas.
El problema era que estaba bastante lejos y tenían que recorrer un buen trecho de camino sin ser descubiertos.
Corrieron tan rápido como podían. Nahia echaba vistazos a su espalda para ver qué tal iba Egil.
Para su sorpresa, el estratega aguantaba el ritmo tan bien como ellos.
Se imaginó que había estado haciendo ejercicios en su celda todo aquel tiempo.
Solo de pensar en el sacrificio se le erizó la piel de los brazos.
Egil corría sin perder la respiración en ningún momento y Nahia supo que había merecido la pena.
También comprendió la razón que tenía Logan al insistir en que entrenaran pese a todo.
Continuaron por el camino de plata entre rugidos y gruñidos que salían de las cavernas. Algunas criaturas agresivas salieron de sus cuevas a intentar matarlos, pero las ignoraron. Mientras siguieran por el camino de plata, estarían seguros.
De pronto vieron algo más adelante un carro de reparto con dos Tergnomus trabajando. Tendrían que encargarse de ellos. Nahia fue a decirle algo a Logan y giró la cabeza hacia atrás. Se quedó muda un instante. La escuadra de dragones entraba en aquella zona de la caverna.
—¡Maldición! ¡Llegan los dragones!
Egil barrió la zona con la mirada en un instante y clavó los ojos en el carro de reparto.
—¡Al carro! ¡Corred!
Los seis dragones avanzaban en formación cerrada.
Volaban despacio porque no tenían ninguna prisa, realizando pasadas por las mismas rutas una y otra vez.
En la caverna solo se oía algún que otro gruñido o rugido distante, pero por donde pasaba la escuadra aérea no se escuchaba ni el más mínimo sonido.
La escuadra pasó por encima del carro de reparto con Zuri-Txar-Bekoa al frente.
El aire de sus alas agitó las piezas de carne.
Uno de los Tergnomus estaba de pie fuera del carro y otro encima.
Los dos agacharon la cabeza según la escuadra pasaba sobre ellos.
Los dragones continuaron por la enorme caverna hacia la siguiente sección y giraron a la derecha.
Debajo del carro, Nahia contenía la respiración. Tenía la punta de su espada en la espalda del Tergnomus que estaba de pie. A su lado, Logan había metido la mano entre las tablas del carro y agarraba el tobillo del otro. Egil permanecía inmóvil junto a ellos con los ojos fijos en las alturas.
—Ni una palabra si queréis vivir —susurró Nahia.
Los dos Tergnomus temblaban de pies a cabeza y no abrieron la boca. De hecho, ni se movieron.
Salieron de debajo del carro, ataron a los dos Tergnomus y los dejaron enterrados bajo piezas de carne para que no se los viera desde las alturas.
—Ha estado cerca, muy cerca. —Logan resopló y se limpió el sudor de la frente.
—La idea de Egil ha sido buena —Nahia bajó la espada.
—Hay que aprovechar lo que uno se encuentra en el camino —Egil se sacudió el polvo de las ropas con una sonrisa.
—Esto no lo tenías previsto —Nahia enarcó una ceja.
—He de confesar que no, pero como en todo buen plan, hace falta una dosis de improvisación para que las cosas salgan bien.
—Ya me estoy dando cuenta.
Retomaron la carrera por el camino de plata hasta que al fin llegaron a una cueva que Nahia reconoció al momento.
—¡Lehen-Gorri-On, sal! Estamos aquí —llamó.
Un momento más tarde salió de su cueva el gran dragón rojo, mano derecha de Garran-Zilar-Denbo. Sus ojos se posaron en Nahia y sus fauces se abrieron en una mueca.
«Vaya, vaya… Al final sí que voy a tener el placer de degustarte».
—Puede que así sea, pero no será hoy —Nahia le sostuvo la mirada sin pestañear—. Avisa a Garran-Zilar-Denbo. Nos marchamos.
El dragón rojo ladeó la cabeza y la miró con incredulidad.
«¿Marcharnos? ¿Quieres decir salir de aquí?».
—Sí, vamos a huir —Egil dio un paso al frente.
«Tú debes de ser la cabeza pensante».
—Me han llamado muchas cosas, pero esta no es mala —Egil asintió con un brillo divertido en los ojos.
El dragón rojo resopló por las fosas nasales.
« Continuad. Mi señor se alegrará de veros. Intentad que esta vez no nos echen a nosotros la culpa de la fuga».
—Lo intentaremos —prometió Nahia.
—En las fugas poco hay que se pueda prometer —intervino Egil.
Corrieron a la siguiente caverna justo cuando Garran-Zilar-Denbo salía a su encuentro.
«No puedo creer que estéis aquí, pero me alegra el alma».
—Te prometí que un día os sacaría de aquí —Nahia se plantó frente a él—. Y ese día ha llegado.
Garran-Zilar-Denbo bajó la cabeza hasta quedar a su altura.
«Siempre supe que eras una joven de palabra, por eso te ayudé, y hoy lo demuestras. Eres valiente y honorable, cualidades cada vez más raras. Me alegro de no haberme equivocado contigo».
—No te has equivocado conmigo porque puedes ver parte de los hilos del futuro. Ellos te han dicho que no te fallaría, ¿no es así?
Una carcajada profunda salió del pecho del dragón plateado y retumbó en la caverna.
«Y además es muy lista. Sí, hay un hilo del destino en el que vi que conseguíamos salir aquí. Tú estabas en ese hilo».
A Nahia se le escapó una sonrisa.
—Me alegro de saberlo. Eso quiere decir que lo vamos a conseguir.
«Es solo uno de los posibles futuros. No implica que lo vayamos a conseguir».
—Sí, ya me lo imaginaba —Nahia torció el gesto.
Garran-Zilar-Denbo se volvió hacia Egil.
«Encantado de conocer por fin al gran estratega después de todo este tiempo».
—El placer es todo mío —Egil hizo una reverencia—. Gracias por haber confiado en mí.
«La verdad es que no tenía mucha opción estando aquí abajo y en estas circunstancias».
—Aun así, gracias por la confianza.
«¿Tienes la diadema?».
—La tengo —Egil la sacó de entre sus ropas y se la enseñó.
«Muy bien. Comencemos entonces».
Nahia se volvió hacia Egil.
—¿Comenzar qué?
—Comencemos la parte final de la fuga —Egil hizo girar la diadema entre los dedos.
Nahia lo miró sin comprender.
—¿Qué tienes pensado?
—Ahora lo descubrirás —Egil se volvió hacia Garran-Zilar-Denbo—. ¿Dónde está el componente principal?
«Lo encontrarás dos cuevas más allá, en esa dirección».
—De acuerdo. Ahora venimos.
Logan y Nahia intercambiaron una mirada de desconcierto. Egil les hizo un gesto para que lo siguieran y los dos fueron tras él.
El estratega pasó por delante de la caverna de Aroa y la dragona blanca salió al verlos pasar a la carrera.
«¡Logan! ¡Nahia! ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué sucede?».
Los dos se encogieron de hombros e hicieron señas para que fuera con ellos.
Poco después llegaron a la cueva de Eki. El dragón plateado asomó la cabeza por la entrada.
—Aquí está el componente crítico —Egil lo señaló con una sonrisa—. Ven conmigo.
Eki miró a Nahia, Logan y Egil con expresión de total extrañeza.
«¿Qué sucede?».
—No hay tiempo para explicaciones. Ven conmigo —insistió Egil.
«¿Voy?» preguntó Eki a Nahia.
—Sí, hay que hacer lo que diga si queremos salir de aquí.
Egil echó a correr de vuelta hacia la cueva de Garran-Zilar-Denbo y todos lo siguieron.
«No podremos ir a la cueva de Garran-Zilar-Denbo. Los collares lo impiden» advirtió Eki.
—No os preocupéis, manteneos dentro del área de acción de la diadema. —Egil la llevaba en la mano y la levantó para que la vieran—. Es de unos cien pasos y anula toda magia de dragón, la de los collares incluida. Solo deja pasar la voz mental.
Eki y Aroa se miraron atónitos, pero no dejaron de seguir al grupo. Eki esperaba sentir el tirón del collar en el cuello a cada paso, pero no llegó.
Todos se reunieron frente a la cueva de Garran-Zilar-Denbo. El dragón rojo también se unió y entró de un fuerte salto en el radio de la diadema.
Los dragones rodeaban a Egil, que tenía a Nahia y a Logan a su lado.
—Vamos a escapar de aquí utilizando el poder del joven dragón plateado.
Eki echó la cabeza hacia atrás.
«¿Mi poder? ¿Cómo? Yo no tengo poder para hacer eso».
«Sí que lo tienes, y yo te ayudaré usando el mío» aseguró Garran-Zilar-Denbo.
Eki sacudió la cabeza. No entendía nada.
—Antes que nada, liberaos de los collares —Egil los recorrió con la mirada—. Nahia y Logan, en vuestro caso lo mejor será que os convirtáis en Nacida de la Llama e Hijo de la Tormenta. Si no me equivoco, en esa forma destruiréis los collares.
—No perdemos nada por intentarlo —Nahia se apartó un poco, pero sin salir del área de la diadema.
Logan hizo lo propio.
Egil se volvió hacia los dragones.
—Me temo que vosotros tendréis que usar la fuerza bruta. Dentro del área de la magia dorada vuestra magia no responderá. Solo os quedan las garras.
«Con mis garras me basta».
Con mucho cuidado, Garran-Zilar-Denbo metió una de sus garras por el collar. Luego tiró con mucha fuerza hasta que el metal se partió en dos y cayó al suelo con un tintineo.
«¡Sí, por fin! No sabes cuántas ganas tenía de hacer esto».
—Lo puedo imaginar —Egil le dedicó una sonrisa cómplice.
El dragón rojo arrancó el suyo de un tirón, lleno de rabia.
«¡Por fin libre de este collar maldito!».
A Aroa y a Eki les costó más. Forcejearon con las garras hasta que los collares cedieron.
Por su lado, Nahia se convirtió en llama viva y Logan en tormenta viviente. Tal como Egil había previsto, el fuego y los rayos deshicieron los collares.
—Ahora la parte importante —Egil se puso serio y se acercó a Eki—.
Tienes magia espacial y has manifestado la habilidad de pasar de un lugar a otro.
Eso es lo que necesito que hagas. Quiero que te concentres en un lugar fuera de estas cavernas.
Puedes transportarte allí, pero quiero que uses tu poder no para eso sino para crear un portal que nos traslade a todos.
«Yo no puedo hacer tal cosa. Nunca he creado un portal, solo he conseguido transportarme a mí mismo» Eki retrocedió un paso.
—Sí, pero es lo mismo que crear un portal. Lo que necesitamos ahora es que mantengas el portal abierto —explicó Egil.
Eki se agitó, inquieto.
«Te aseguro que me encantaría poder hacerlo, pero no puedo. No sé».
«Sí que puedes, joven dragón plateado. Y yo te ayudaré».
Garran-Zilar-Denbo se acercó a él, despacio pero con convicción.
«Te cederé mi energía para que puedas hacerlo. Tu energía y la mía son muy similares pues ambos somos dragones plateados. Son afines y podrás usarla. Te hará más poderoso».
«Aun así, dándome tu energía no voy a poder crear un portal. Eso está fuera de mi alcance».
«Para nada, joven plateado. Eres especial, lo sé desde que llegaste. Por eso avisé a Egil y planeamos esta escapada. Tú eres la pieza clave, la parte crítica porque tú crearás el portal que nos saque de aquí».
Eki se quedó inmóvil y paseó la mirada por los rostros que lo observaban. No creía que pudiera hacerlo, pero tampoco podía no intentarlo.
«Está bien, lo intentaré, pero os aseguro que no lo conseguiré».
«¡Adelante! ¡Inténtalo!» lo animó Aroa.
Eki buscó los ojos de Aroa y asintió.
—Esperad, tengo que alejarme con la diadema dorada o evitará que uséis vuestra magia plateada —advirtió Egil. Metió la diadema en su bolsa, se la colgó al cinto y se alejó por si acaso hasta la entrada a la cueva de Aroa.
Cerró los ojos y comenzó a concentrarse. Pensó en un lugar fuera de allí, arriba en la superficie. Lo eligió lejos de la academia pero no demasiado. Intuyó que ir más lejos requeriría muchísimo poder.
Al mismo tiempo, Garran-Zilar-Denbo empezó a destellar en plata. Una energía poderosa brotó de su cuerpo y pasó al de Eki. Un canal vibrante oscilaba entre los dos dragones plateados. La energía viva fluía de Garran-Zilar-Denbo a Eki ante los ojos de todos.
Eki apretó los párpados. Un fogonazo de plata chisporroteó frente a él y se apagó.
En ese momento sonó la alarma y un rugido enorme retumbó desde las alturas.
Nahia se volvió hacia el rugido. La escuadra de dragones se lanzaba en picado hacia ellos con el dragón blanco a la cabeza.
Zuri-Txar-Bekoa abrió las fauces y su voz mental estalló en la mente de todos.
«¡Presos intentando fugarse! ¡Rodeadlos! ¡Que no escape ninguno!».
«¡Nos han descubierto! ¡Vienen hacia aquí!» exclamó Lehen-Gorri-On.
—¡Defendamos a Eki o no saldremos de aquí! —Logan se plantó entre los dragones y la escuadra con los rayos crepitando a su alrededor.
—¡Entrad en la cueva de Garran-Zilar-Denbo! ¡Aquí estáis al descubierto! —gritó Nahia.
Eki no lo estaba logrando.
Se dirigió a la cueva junto con Garran-Zilar-Denbo y Egil entró en la caverna de Aroa.
Los demás se prepararon para hacer frente a los dragones.