Capítulo 56
El momento llegó sin previo aviso. Nahia desenrolló el mensaje que había llegado en el cuenco de la sopa agria y lo leyó. Solo contenía una frase.
Es esta noche. Venid a mi celda después de la ronda.
Su corazón estuvo a punto de salir despedido del torso. Había llegado el momento que tanto tiempo llevaban esperando. Habían aguantado lo indecible, pero al fin iban a escapar y sería aquella misma noche.
Se preguntó si los dragones tendrían alguna pista sobre lo que iba a suceder.
Esperaba que no, el dragón negro no había conseguido sacarle nada y a Logan tampoco.
Él había logrado encender su tormenta interior y ésta lo había salvado en los interrogatorios.
No podía estar más orgullosa de él. Ahora ambos podían activar su poder cuando lo necesitaban.
Nahia se acercó a la puerta de la celda.
—Esta noche va a ser más aburrida de lo normal.
Al otro lado, Logan captó de inmediato que se refería a que algo iba a suceder aquella noche.
—Duerme y descansa —añadió ella—. Es lo único que podemos hacer. Tenemos que mantenernos fuertes. El sueño es nuestro mejor aliado.
—Tienes razón. Eso haré, dormiré toda la noche.
Seguían sin saber si alguien los escuchaba. No habían encontrado prueba alguna de que así fuera, pero no se arriesgaban por si acaso. Además, se había convertido en un pequeño juego entre los dos. Lo que los mantenía entretenidos en aquellas horas interminables de cautiverio.
Nahia se preparó y aguardó. “Después de la ronda” significaba después de que la escuadra de las mazmorras realizase su última ronda del día. A veces hacían rondas inesperadas, pero las de la mañana, mediodía y tarde las hacían siempre en el mismo momento. Tanto Egil como ellos las tenían medidas.
Si alguna vez las horas habían pasado lentas, aquellas pasaron todavía mucho más. A Nahia le pareció que había transcurrido un día entero cuando escuchó las pisadas acompasadas de la escuadra.
Los brujos de dragón llegaron hasta ellos pisando fuerte y se detuvieron ante las dos puertas.
Nahia maldijo para sus adentros, lo último que necesitaba era un problema aquella noche.
Aguardó con los puños apretados. Deseaba que no les abrieran la puerta, lo hacían de tanto en tanto y nunca sabían cuándo. Era su táctica de intimidación.
No tuvieron suerte, como no podía ser de otra forma. Las puertas de ambos se abrieron. Tres brujos entraron en la celda de Nahia y otros tres en la de Logan y sin mediar palabra comenzaron a golpearles.
Nahia temió que Logan se resistiera, esperaba que hubiera entendido bien el mensaje y la importancia de aquella noche.
Logan lo había entendido y no se resistió a los golpes. Los dos se hicieron una pelota en el suelo con la cabeza cubierta y aguantaron.
Cuando terminaron, los brujos salieron y cerraron las dos puertas.
—Esto os espera un día sí y otro también, sucios traidores —gritó Drakoz desde el pasillo—. Haremos vuestra vida imposible. Desearéis no haber nacido.
Nahia escuchó cómo se marchaban mientras comprobaba que no tenía nada roto. Por fortuna, todo eran golpes y magulladuras. Le preocupó uno en el ojo derecho. Si se le hinchaba demasiado, le impediría ver.
Aguardó a que estuvieran fuera de alcance y se dirigió a Logan.
—¿Cómo estás? ¿Puedes continuar?
—Estoy bien. Adelante.
—Ha llegado el momento.
Nahia sacó la ganzúa y la introdujo en la cerradura.
Había ensayado para aquel día abriendo la cerradura sin llegar a salir de la celda.
El entrenamiento había dado sus frutos. Abrió su puerta en un abrir y cerrar de ojos, se asomó y miró a ambos lados del pasillo.
No vio a nadie. Los Serpetuss no pasaban hasta mucho rato después de la escuadra.
Fue hasta la puerta de Logan y la abrió también en un momento.
Logan salió y le dio un fuerte abrazo. Se besaron con pasión, aunque solo un instante. No había tiempo que perder.
Con un gesto, Nahia le indicó que la siguiera. Avanzaron por el pasillo hasta el final. Allí hundió la ganzúa en la cerradura de la reja de barrotes. Logan vigilaba en todas direcciones por si aparecía alguien.
Cruzaron al siguiente pasillo y continuaron rápido, pero con mucho cuidado, en sigilo. Nahia se encargó de las rejas hasta llegar a la celda de Egil.
—Egil, somos nosotros —susurró.
La mirilla estaba abierta y los ojos de Egil aparecieron en ella.
—Abre mi puerta, rápido.
Nahia obedeció. Un instante después, la puerta de la celda se abrió.
Egil apareció ante ellos sin la máscara y con una gran sonrisa.
—Va a ser una noche estupenda.
Nahia y Logan se miraron extrañados, pero no dijeron nada.
—Seguidme —Egil se puso en cabeza y abrió camino.
Llegaron al final de su pasillo, hasta los barrotes. Egil le hizo un gesto a Nahia para que los abriera. Ella lo logró tan rápido como pudo y sin hacer ruido. Accedieron al último pasillo, que desembocaba en unas escaleras que conducían a los pisos inferiores.
—Rápido, tenemos que llegar al final y bajar.
—De acuerdo —Nahia apretó todavía más el paso.
Y fue ahí donde la cosa comenzó a ir mal.
La escuadra de las mazmorras apareció por las escaleras. Bajaba desde el piso superior.
Los tres se quedaron quietos. No les tocaba volver a hacer la ronda.
Drakoz los miró. Su escuadra se detuvo y clavó los ojos en ellos.
—No puedo creer que me vayáis a dar la excusa que necesitaba para mataros —la sonrisa de Drakoz se ensanchó.
Nahia observó a los brujos de dragón, que ya se llevaban las manos a las empuñaduras de las armas. Esta vez no iban a tener piedad con ellos, tendrían que luchar y a muerte. Por desgracia, los brujos tenían armas y magia y ellos no.
Sacó la diminuta navaja que había fabricado y amenazó con ella a Drakoz.
Logan hizo lo propio.
El líder de la escuadra de las mazmorras soltó grandes carcajadas.
—¿Qué pensáis que vais a lograr con esas minúsculas armas? —se burló—. Estas son verdaderas armas.
Los seis componentes de la escuadra desenvainaron sus espadas.
Nahia sabía que no tenían opción y menos aún si sus rivales utilizaban la magia, pero no les quedaba otra que enfrentarse a ellos. Miró a Logan a su lado y él le devolvió un gesto afirmativo. Lucharían hasta la muerte.
—Quizás pueda ayudar a equilibrar un poco la balanza —ofreció Egil a sus espaldas.
Los dos lo miraron de reojo.
Egil cogió una bolsa de su cinturón y de ella sacó un objeto dorado cuyo resplandor bañó el pasillo.
Nahia lo reconoció, era la diadema dorada.
Calculó la distancia que los separaba de la escuadra, que no llegaba a veinticinco pasos.
Su mente no necesitó ni un instante más.
Miró a Drakoz, lo señaló con la navaja e invocó su habilidad Rayo de Fuego Múltiple.
Cinco rayos cayeron sobre Drakoz y su escuadra y los abrasaron donde estaban.
Drakoz y tres de sus secuaces se desplomaron medio carbonizados.
Logan reaccionó con la misma rapidez y descargó varios rayos de tormenta sobre los dos que quedaban en pie, que cayeron entre convulsiones mientras los rayos recorrían sus cuerpos y los mataban.
Ella avanzó hasta Drakoz. Tenía media cara en llamas y gruñía de rabia y dolor. Nahia se agachó a su lado y le clavó la pequeña navaja en el ojo que aún le quedaba.
—Quien tortura a un indefenso solo merece morir —se levantó.
Logan volvió a descargar rayos de tormenta sobre los seis brujos caídos, quería asegurarse de que no volverían a levantarse nunca. Sus días de verdugos torturadores habían acabado. Un olor a carne quemada llenó el pasillo.
Nahia se volvió hacia Egil.
—¿Desde cuándo tienes la diadema?
—Desde hoy, por eso escapamos.
—¿De dónde la has sacado? ¿No la tenía Garran-Zilar-Denbo?
—Por desgracia, los dragones se hicieron con ella, pero la hemos recuperado.
—Imagino que no habrá sido nada sencillo.
—No lo ha sido, pero contamos con aliados valientes y sacrificados. Irakas-Gorri-Gaizt te envía sus saludos.
Nahia abrió mucho los ojos.
—¿Mi antiguo líder de escuadra?
—El mismo. Sin él no tendría esto en la mano —Egil le mostró la diadema.
Nahia lo entendió.
—Algún día espero poder agradecérselo.
Egil asintió.
Los dos cogieron las espadas y dagas de los brujos muertos.
—Sigamos. Tenemos que llegar al subnivel tres.
Comenzaron a descender por las escaleras, pero surgieron problemas. Dos Serpetuss subían por ellas hacia el pasillo.
—Odio a estas criaturas —Nahia ya creaba una gran bola de fuego en la mano.
A su lado, Logan hizo lo mismo.
Los dos Serpetuss sisearon al ver a los fugitivos y se lanzaron al ataque. Abrieron mucho las bocas y mostraron unos largos colmillos y una lengua bífida. Nahia estaba convencida de que era venenosa.
Sin perder un instante, Nahia y Logan lanzaron sus bolas elementales contra los dos Serpetuss y las bolas estallaron llenando las escaleras de llamas y rayos.
Los Serpetuss murieron al momento. Nahia les tenía tal repelús que envió dos bolas de fuego más para asegurarse de que estaban muertos del todo.
Aguardaron un momento a que el fuego consumiera los cuerpos y luego saltaron por encima y continuaron el descenso.
El olor a quemado se les pegó a la garganta.
Los escalones bajaban en espiral hacia la negrura, solo la luz dorada de la diadema les abría paso entre la roca húmeda.
Había muchos escalones hasta llegar al subnivel dos.
Nahia lo sabía y aguzaba el oído a cada paso esperando escuchar en cualquier momento el tañido de una alarma o el retumbar de botas a su espalda.
Nada sucedió. Solo se oían el eco de sus propias pisadas y el goteo del agua en algún rincón.
Al llegar al subnivel dos se encontraron con varios Tergnomus de guardia, pero no eran rivales para ellos.
Solo estaban allí para correr y dar la alarma.
No lo permitieron. Los golpearon con la empuñadura de las espadas antes de que pudieran actuar.
Los Tergnomus cayeron sin sentido. Nahia se aseguró de que respiraban.
—Lo siento —dijo.
Desde allí siguieron descendiendo hacia el subnivel tres.
Cuanto más bajaban, más frío hacía. La piedra de las paredes rezumaba humedad y el aire se volvió pesado, olía a azufre y a bestia.
Desde las profundidades subía de tanto en tanto un rugido sordo que hacía vibrar los escalones.
Logan apretó la empuñadura de la espada y Nahia sintió el sudor frío en la nuca.
Allí abajo aguardaban los dragones, y también seres extraños y peligrosos.
Un nuevo encontronazo los obligó a detenerse.
En las paredes se toparon con los Drobeltz, las criaturas de la oscuridad que vigilaban las escaleras.
Eran horrorosas y letales. Su piel negra se confundía con la roca hasta volverlas invisibles, pero el destello dorado de la diadema salpicaba las paredes y reveló su presencia.
A Nahia se le erizó la piel de la nuca. Eran lagartijas descomunales, no tenían ojos y donde deberían estar solo había piel lisa y tirante. Aun así giraron las cabezas hacia ellos a la vez. Olfateaban el aire con fosas temblorosas.
Abrieron la boca mostrando hileras de dientes afilados y húmedos. Un siseo llenó la escalera y clavaron las garras en la piedra con un chasquido seco. Se descolgaban cabeza abajo y reptaban hacia ellos sin prisa, sabiendo que sus presas no tenían escapatoria.
—No les gusta la luz —dijo Egil.
—Yo me encargo de esos bichos.
Logan creó una pequeña tormenta de rayos frente a ellos y luego los dirigió hacia delante.
Rebotaron por todas las paredes y alcanzaron a las criaturas, que se movían como gigantescas arañas.
Las que no murieron huyeron a toda prisa cuando Logan envió una segunda tormenta con más rayos que rebotaron por doquier.
Logan los lanzó escaleras abajo a por las que huían.
No quedó ninguna con vida.
El eco de los truenos tardó en apagarse escaleras abajo y Nahia contuvo el aliento. Si alguien lo había oído, estaban perdidos. Aguardaron inmóviles en la penumbra, pero nada se movió.
—He de reconocer que sois unos guerreros de lo más poderosos —Egil meneó la cabeza, admirado.
—No sabes lo que significa poder recuperar nuestra magia —Nahia notó el calor de la llama en las palmas—. No pierdas esa diadema.
—No os preocupéis, no la voy a perder —aseguró él.
Llegaron al subnivel tres. Las antorchas de las paredes apenas iluminaban la galería. El calor de las bestias encerradas espesaba el aire.
Allí se encontraron con varios Tergnomus que trabajaban.
Logan fue a acabar con ellos, pero Nahia lo detuvo.
—Encerrémoslos. No es necesario matarlos, solo están trabajando. Pasan más miedo que nosotros alimentando a los dragones y a las otras criaturas que hay encerradas aquí dentro.
Logan asintió.
—De acuerdo.
Nahia se volvió hacia los Tergnomus.
—Tenéis dos opciones: os quedáis quietecitos y callados u os matamos a todos. Elegid.
—Vivir. Elegimos vivir —uno de los Tergnomus mostró las palmas de las manos.
Un momento después lo imitó otro, luego otro más y enseguida todos hicieron lo mismo.
Nahia los encerró en una de las estancias donde guardaban las herramientas de trabajo. Ya había estado allí abajo varias veces y conocía aquello muy bien.
Con todos los Tergnomus encerrados, se volvió hacia Egil.
—¿Y ahora qué?
—Ahora empieza lo más difícil, mi querida amiga —Egil abrió la puerta que daba acceso a la gran caverna prisión.