Capítulo 55
Cruzaron la ladera sembrada de rocas. Los dragones habían cavado alrededor de la entrada a la cueva un agujero por el que pasaba más de uno.
Habían intentado penetrar en las profundidades sacando tierra, roca y cuanto encontraban en su camino hacia el interior y ahora la lluvia había convertido la tierra revuelta en un barrizal lleno de charcos.
Kayti lideró el descenso y los demás la siguieron avanzando agachados entre paredes de tierra y raíces cortadas. Camu tuvo que quedarse a mitad de camino puesto que ya no podía pasar.
«No problema. Vosotros seguir. Yo guardar entrada».
Lasgol le indicó a Ona que se quedara con Camu y Argi se quedó con ellos. Gerd también se quedó atrás, no estaba en condiciones de seguir.
Lasgol creó un punto de luz que avanzaba frente a Kayti para alumbrar el camino entre las rocas, pues la luz del exterior ya no llegaba hasta aquellas profundidades.
Continuaron descendiendo y entraron en un túnel muy estrecho en el que apenas había sitio para que pasaran dos personas.
El aire olía a humedad y a tierra antigua.
Hacía frío y la ropa se les pegaba al cuerpo.
A medio descenso se dio cuenta de por qué los dragones sentían el poder de los objetos desde el exterior. Él mismo notaba el vello de su cuerpo erizado por culpa de ese poder. Si él lo percibía con tanta claridad los dragones también lo harían.
Siguieron bajando por estrechos túneles un buen rato y al fin llegaron a una caverna de grandes dimensiones. El eco de sus pasos se perdía en la oscuridad.
—Prended fuego a las antorchas —indicó Kayti a sus caballeros.
Cuando se hizo la luz el grupo contempló la caverna entera.
Las antorchas arrancaban destellos a las paredes de roca oscura.
Al fondo había una infinidad de objetos situados con cuidado sobre mantas, muchos envueltos y otros al descubierto, que emitían destellos de diferentes tonalidades.
Parecía un gran tesoro de un avaricioso dragón apilado contra la pared del fondo.
Era evidente que nadie había estado allí en mucho tiempo.
Lasgol sintió su poder emanar con semejante fuerza que pensó que todo el vello de su cuerpo iba a salir despedido hacia los objetos.
Kayti se adelantó y por un largo rato los examinó.
Tras comprobar que estaban todos allí resopló y dejó salir su angustia.
—Los dragones no han llegado a poner sus sucias garras sobre nuestros objetos sagrados.
—A menos que puedan hacerse del tamaño de una persona nunca van a llegar hasta aquí abajo —Hartz quiso tranquilizarla.
—Hay leyendas y mitos que establecen que los dragones pueden convertirse en humanos. Ya lo hicieron en el pasado cuando reinaron sobre Tremia y otros mundos, así que no me quedo tranquila.
—Vaya con esas malas bestias y sus retorcidas artes mágicas —se quejó Hartz.
—Vuestras armas doradas están aquí —anunció Kayti.
Las Panteras se aproximaron a la líder y esta les señaló unas mantas que envolvían los objetos a un lado de la cueva.
Lasgol fue quien cogió primero una de las mantas y de ella sacó una espada dorada.
—¡La Matadragones! —Ingrid la reconoció de inmediato.
Se la pasó. Él cogió una lanza dorada y dejó que sus compañeros buscaran las otras armas.
—Aquí está el Cuchillo de Sansen —Viggo lo levantó triunfal.
Astrid no tuvo mucha dificultad en reconocer la gran hacha de Gerd, la Doble Muerte de Grimm. Se la llevaría a su dueño.
Nilsa dio un bote de alegría cuando encontró el Rayo de Antior y manejó la jabalina en su mano con total soltura.
—Le voy a meter esto por un ojo a un dragón, ya veréis —aseguró a sus compañeras.
—Veo que os estáis armando para matar a esos monstruos, dejadme alguno, no os los carguéis todos —pidió Hartz en tono jocoso.
—No te preocupes, te dejaremos algunas sobras —replicó Viggo con una sonrisa.
Una vez estuvieron en posesión de las armas comprobaron que se hallaban en perfectas condiciones.
—¿Hay más armas doradas entre los objetos de poder? —preguntó Lasgol a Kayti.
—No estoy segura, nunca lo hemos estudiado desde ese prisma.
—¿Podríamos hacerlo nosotros? —Lasgol pidió permiso, pues sabía que aquellos objetos eran sagrados para Kayti y su hermandad.
—No tengo inconveniente en cederos cualquier objeto que ayude a matar a los dragones. Habéis recuperado nuestros tesoros, os lo debemos.
—Gracias, Kayti. Nos pondremos a buscar.
—Eso llevaría demasiado tiempo y no lo tenemos. Tengo una idea mejor.
—¿Cuál? —quiso saber Lasgol.
—Ahora mismo vuelvo.
Mientras esperaba Lasgol observó los cientos de objetos que había allí. Kayti tenía razón, les llevaría días ir objeto por objeto para comprobar si servían o no.
Kayti regresó al momento con un objeto en la mano.
—Este es el Orbe del Delirio, es el que me ha guiado a encontrar las armas doradas. Es un objeto extraño y poderoso. Indica dónde hay otros objetos de poder. Haradin me ayudó a obtenerlo.
—Entiendo. ¿Qué quieres hacer?
—Creo que deberíamos preguntarle al objeto y que encuentre armas doradas aquí.
Aquello despertó la curiosidad de todos.
—Déjame tu arco —pidió Kayti.
Lasgol sacó el arco de la espalda y se lo entregó.
Kayti dejó el arco en el suelo y junto a él el buscador. Introdujo una pequeña perla en la base del objeto y se produjo un destello blanquecino.
—Ya está activado. Ahora intentaré que encuentre objetos con el mismo tipo de magia que el arco.
—¿Lo has hecho antes alguna vez? —preguntó Lasgol.
—No, nunca, pero siempre hay una primera vez para casi todo.
Kayti cogió el objeto y tocó el arco. Se produjo un nuevo destello blanquecino y otro dorado del arco, como si reaccionara a la interacción con el buscador. El orbe destelló varias veces en blanquecino y una en dorado.
—Parece que algo sucede —comentó Lasgol.
Del buscador salieron dos haces dorados que se adentraron entre los objetos de poder.
—Sigamos los rayos dorados —indicó Kayti a Lasgol.
Los haces apuntaban a un escudo y a una pequeña daga de lanzar.
—¡Vaya, qué sorpresa! Parece que sí funciona tu sistema —reconoció Lasgol.
—¿Podéis confirmar que son objetos dorados?
—Nosotros no, pero estoy seguro de que Camu sí. Es magia contraria a la suya.
—En ese caso lo mejor es que vayáis a comprobarlo.
Lasgol llevó los dos objetos a Camu, que aguardaba tumbado sobre las rocas.
—¿Puedes ver si tienen magia dorada?
«Yo intentar. No estar seguro».
Camu cerró los ojos y se concentró hasta percibir la magia que los dos objetos emitían. Le costó un momento, pero hizo que refulgieran.
«No duda. Ser magia Ilenia. Ser igual que la de tu arco».
—Estupendo —Lasgol sonrió.
—Ya tenemos dos armas Ilenias más —señaló Ingrid contenta.
—Bueno, la daga de lanzar es un arma. ¿Pero el escudo? —comentó Viggo.
Ingrid lo cogió y lo observó.
—Parece un escudo normal, supongo que protegerá de la magia de los dragones.
—Sí, me imagino que eso será —convino Lasgol—, de la misma forma que la armadura de Kayti la protegió del aliento elemental.
Volvieron al fondo. Allí aguardaba Kayti con el resto de los soldados y caballeros de la hermandad.
—Son armas doradas —declaró Lasgol.
—No tenía mucha duda, pero era mejor confirmarlo —respondió Kayti.
—¿Qué planes tenéis?
—Vamos a trasladar los objetos de poder. De momento están a salvo aquí, pero estoy segura de que tarde o temprano los dragones encontrarán la forma de llegar hasta ellos. Además, no me deja nada tranquila que quieran hacerlo. Sin duda usarán su poder para el mal.
—Esa suposición ya la compartimos todos —aseguró Lasgol.
—Hay más objetos de poder por ahí, pero la pista de su posición se perdió y no he seguido buscando. Tampoco creo que ahora sea el momento adecuado, necesito proteger los que ya tenemos antes de buscar más.
—Me parece lo más inteligente —coincidió Lasgol.
—Por eso mismo he pensado que te vendría bien tenerlo. Yo no puedo seguir buscando objetos de poder, pero vosotros sí. Puede que encontréis más armas doradas.
—¿Nos lo vas a ceder? —preguntó Lasgol sorprendido mirando el buscador.
Kayti no respondió enseguida. Bajó la mirada al Orbe del Delirio y lo apretó contra el pecho. Le costaba despegarse de aquel objeto.
Después de un instante se lo tendió a Lasgol.
—Sí. Quiero que lo tengáis y encontréis armas doradas. Lo que habéis hecho hoy me ha dejado impresionada. De tu valía y honor ya era consciente, pero tus compañeros me han demostrado que son dignos de portar armas de poder para usarlas contra los dragones. Por ello os cedo el buscador.
—Gracias, Kayti. Sé que para ti es difícil cedernos los objetos.
—Lo es, va en contra de lo que la hermandad persigue.
Pero creo que en este momento de la historia de Tremia es necesario que alguien luche contra los dragones.
Han conquistado todos los territorios. La humanidad vive bajo tierra o escondida en bosques y cuevas.
Los que han de plantarles cara sois vosotros, de eso no tengo duda.
Cuando los tiempos sean mejores vendré a pedirte el buscador y espero que me lo devuelvas.
—Así lo haré, tienes mi palabra —prometió Lasgol.
—Una advertencia: no uses mucho el orbe, afecta a la mente.
—Gracias, Kayti, lo recordaré.
Unos días más tarde, las Panteras se preparaban para abandonar el bosque de los druidas. Se dirigirían al norte de Irinel para embarcar y regresar a Norghana.
—Espero que el viaje os sea propicio —deseó Aidan.
—Gracias, esperamos que los druidas y todo Irinel sobrevivan a los dragones y vuelvan a ser un reino poderoso —dijo Lasgol.
—Lo del reino poderoso no sé si es buena idea. No les fue tan bien en el pasado —dijo Valeria con una sonrisa.
—Muy cierto. Me ocuparé de que Irinel vuelva a ser próspera y con los druidas como corazón del reino —concluyó Aidan.
Lasgol asintió.
—Ese es un buen objetivo. Buena suerte.
—La necesitaremos, seguro —dijo Aidan—. Vosotros tened cuidado también.
—Lo tendremos —dijo Lasgol y luego se volvió hacia Valeria—. ¿Qué vas a hacer tú?
—Me alegra que me lo preguntes —sonrió ella—, porque vuelvo con vosotros.
Lasgol la miró intrigado.
—¿Vuelves a Norghana?
Valeria asintió.
—Tengo nuevas órdenes.
—¿De quién…? —Lasgol lo imaginó, pero quiso cerciorarse.
—De Egil, por supuesto.
—Ya veo… ¿Qué órdenes son esas?
—Es un secreto, pero te adelanto que tienen que ver con su liberación y regreso.
Lasgol abrió mucho los ojos.
—¿Liberación y regreso?
—Sí, el rey del Oeste regresa a casa.