Tiempos oscuros (La senda de los dragones 9) Capítulo 53
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Capítulo 53

Lasgol, Ingrid y Nilsa saltaron a los lados tan rápido como pudieron y por suerte no fueron alcanzados más que por las piedras y la tierra que desprendió el dragón al posarse con toda la fuerza del salto.

Una nube de polvo les cubrió la cara. Lasgol tosió y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Ona y Argi saltaron al cuello del dragón, que ahora quedaba dentro del área de las habilidades de defensa de Camu. Lasgol y sus compañeros tiradores se levantaron a continuación y tiraron contra la cabeza.

Viendo que lo estaban matando el dragón azul intentó echar a volar para huir, pero todos los soldados de la hermandad tiraban ahora con sus manos hacia abajo de las dos alas con tanta fuerza como podían y el salto fracasó.

El dragón solo se elevó una vara antes de volver a caer a tierra.

El golpe levantó una ola de polvo que tapó a los soldados que se resistían a soltar.

Viggo, Astrid y Gerd terminaron de abrirle el cuello y con un último rugido ahogado el dragón murió desangrado. Su cabeza cayó contra el suelo. No volvió a levantarse. El cuerpo quedó tendido con incontables heridas.

Lasgol se percató de que el sonido de las zarpadas al otro lado de la loma se había detenido y no le gustó nada, pronto tendrían compañía.

El dragón blanco consiguió ver a varios soldados de la hermandad que habían salido del área de protección de Camu y dirigió un ataque mental.

Los hombres cayeron al suelo llevándose las manos a la cabeza.

«No salir de mi lado» envió Camu. Era demasiado tarde para ellos, que ya se retorcían sobre la hierba.

Lasgol, Nilsa e Ingrid volvieron a tirar mientras Ona y Argi colgaban del cuello del dragón. Apretaban las mandíbulas con todas sus fuerzas para intentar ahogarlo. Las explosiones de las flechas elementales impedían al dragón defenderse, lo tenían confundido y algo aturdido.

Y entonces el dragón rojo surgió de detrás de unas rocas a la derecha de donde se encontraban.

Llevaba las escamas cubiertas de barro seco por el torso y las patas.

Avanzó con rapidez lanzando su aliento de fuego y alcanzando a los soldados caídos fuera de la cúpula de protección de Camu, que murieron en un abrir y cerrar de ojos.

Una oleada de calor llegó hasta Lasgol y le abrasó la garganta.

«Dragón rojo venir. ¡Cuidado!» advirtió Camu.

Lasgol no tuvo que indicar qué grupo debía encargarse de ese dragón porque ya lo habían planificado. Viggo, Astrid y Gerd corrieron con su subgrupo a hacer frente a la bestia sin salir del área de efecto de la cúpula de invisibilidad y la de protección mágica que Camu mantenía.

El dragón rojo no podía verlos, pero envió su aliento barriendo cuanto había delante. Siguió avanzando hacia el dragón azul muerto y enviando su aliento de fuego. Bajo la cúpula antimagia de Camu el aliento de fuego no tuvo efecto alguno.

Viggo, Astrid y Gerd atacaron al dragón de frente buscando llegar hasta la zona baja de su cuello.

Astrid y Viggo dieron grandes saltos de formidable habilidad y consiguieron alcanzarlo.

Clavaron sus cuchillos para permanecer colgados mientras el dragón se detenía y rugía de dolor.

Menos ágil, Gerd no pudo saltar y alcanzar el cuello, pero sí el torso.

Comenzó a escalar hacia el cuello clavando primero el cuchillo y luego el hacha.

Más arriba el dragón blanco soltó varios zarpazos a derecha e izquierda. Las garras no alcanzaron su objetivo, pero por muy poco. Lasgol temió por Ona y Argi y les envió un mensaje mental para que se retiraran.

«Ona, Argi, atrás, rápido».

Los dos se soltaron y echaron a correr. Por suerte el dragón no podía verlos. Sin embargo, se dio cuenta de que tenía que alcanzar a los tiradores.

Ya sabía dónde estaban, pero las garras eran muy lentas. En lugar de atacar con ellas se volvió y soltó un tremendo latigazo con su larga y poderosa cola.

El ataque cogió a Ingrid y Nilsa desprevenidas. La cola las alcanzó y las hizo volar. Lasgol consiguió saltar por encima. Varios soldados tampoco pudieron ponerse a salvo y salieron despedidos rodando ladera abajo.

El dragón avanzó y soltó de nuevo otro gran coletazo para despejar el área frente a él.

Esta vez alcanzó a Camu, que recibió el potente golpe y perdió la concentración.

Sus dos habilidades cesaron y todos se volvieron visibles.

Ya no tenían protección antimagia y sin la cúpula el aliento de cualquiera de las dos bestias les alcanzaría de lleno. Lasgol calculó que no aguantarían.

—¡Cuidado! —Lasgol alzó el arco sobre la cabeza—. ¡No tenemos protección!

De pronto se escuchó un terrible grito de guerra.

Era agudo y se prolongó sobre la ladera hasta quebrarse.

Lasgol se giró y vio a Hartz a la carga con la espada levantada sobre la cabeza, corriendo como poseído por una fuerza imparable.

Era el grito de guerra de los norriel. A varios pasos por detrás Kayti intentaba detenerlo sin suerte corriendo tras él con la mano tendida.

Hartz llegó a la carrera hasta el dragón blanco y le clavó la espada hasta la empuñadura con una terrible estocada. El dragón rugió lleno de dolor y abrió los ojos reptilianos, que se le salían de las órbitas. No podía creerse que el humano le hubiera clavado una espada.

Pletórico, Hartz volvió a emitir el grito de guerra de los norriel.

Sacó su espada y volvió a clavarla profunda en el torso.

El dragón rugió otra vez. Soltó un golpe de revés con su zarpa y envió a Hartz volando a un lado.

El norriel cayó al suelo con fuerza. Se puso de costado con dificultades para levantarse, tosió y se apoyó en el codo.

Tenía la cara negra de tierra y sangre y le temblaban los brazos por el esfuerzo.

En su mano seguía la espada Ilenia. La miró.

—Dame la victoria, este dragón es mío.

El dragón se dispuso a enviar su aliento de tormenta sobre Hartz, pero Lasgol lo alcanzó antes en el ojo izquierdo con un Tiro Múltiple.

La flecha de fuego estalló y le causó una herida que casi lo deja ciego de un ojo.

Con gran dolor, el dragón sacudió la cabeza y su aliento de relámpagos y rayos pasó rozando a Hartz sin alcanzarle.

Un olor a quemado quedó flotando sobre la hierba.

De nuevo el norriel volvió a la carga.

—¡Hoy voy a matar un dragón! —alzó la espada por encima de la cabeza—. Le cortaré la cabeza y la pondré como trofeo en mi sala de guerrero norriel.

Kayti llegó a la espalda de Hartz justo cuando este volvía a clavar la espada en el torso del dragón.

—¡Cuidado! —advirtió.

Esta vez la criatura no rugió, sino que bajó la cabeza con las fauces abiertas para devorar al norriel. El aliento caliente le llegó como aviso de que tras él venían los grandes dientes que lo devorarían, pero Hartz lo ignoró. En su mente solo había una idea: matar al dragón.

Kayti se lanzó a salvar a su amado. Lo agarró por el cinto con las dos manos y se lo llevó a un lado justo cuando las fauces se cerraban sobre él. El chasquido de los colmillos resonó en toda la ladera. Un hilo de baba caliente les salpicó.

Lasgol aprovechó para tirar de nuevo sobre el ojo herido y lo dejó tuerto.

Hartz se levantó como si no hubiese sucedido nada y volvió a clavarle la espada hasta la empuñadura en el torso, que sangraba a borbotones de las heridas que le había producido la espada Ilenia.

El dragón se retrasó un par de pasos e intentó recomponerse para volver a atacar, pero la última estocada había sido mortal. Abrió la boca para lanzar su aliento de tormenta.

No lo logró. Se desplomó a un lado y el suelo tembló bajo los pies de Lasgol.

Hartz llegó hasta la cabeza del dragón, que aún respiraba sus últimos alientos.

—¡Hoy la gloria es mía! ¡Hoy mataré a un dragón! —puso un pie sobre el morro de la bestia—. ¡Así me lo ha concedido la espada y así le daré de beber la sangre de esta criatura!

Cogió la espada con las dos manos y dio un tremendo tajo sobre el cuello del dragón para cortarle la cabeza.

Le llevó varios golpes, pero al final decapitó a la bestia.

La cabeza rodó ladera abajo hasta topar con una roca.

La sangre oscura empapaba la hierba alrededor y olía fatal.

Levantó la espada al aire y volvió a soltar el grito de guerra de los norriel con toda la fuerza de sus pulmones.

El sonido corrió ladera abajo hasta perderse en el valle.

Lasgol lo sintió en la piel y en el alma.

Le llenó de energía para seguir combatiendo.

Viggo y Astrid intentaban abrir el cuello del dragón rojo en canal y al mismo tiempo no ser alcanzados por las garras.

Clavaban sus cuchillos de asesino una y otra vez usando uno para aguantarse en el cuello sin caer al suelo mientras que con el otro asestaban los golpes que intentaban acabar con el monstruo.

Gerd, algo más abajo, escalaba desde el torso hacia el cuello golpeando con hacha y cuchillo, no tanto para matar sino para sujetarse, pero creando al mismo tiempo heridas que el dragón sentía y por las que rugía de dolor.

Con un zarpazo tremendo intentó liberarse de sus atacantes.

Viggo vio la zarpa buscar su cuerpo y se columpió sobre un cuchillo propulsando sus pies hacia arriba mientras la afilada zarpa pasaba por debajo.

Astrid realizó un movimiento similar solo que soltándose para dejar que la zarpa pasara por encima de su cabeza.

Según caía volvió a clavar los dos cuchillos en el torso del dragón y por la inercia de la caída le abrió dos grandes tajos hasta que su caída se detuvo.

Gerd no pudo esquivar la garra, que le alcanzó en el costado y lo lanzó una decena de pasos a un lado.

Golpeó el suelo con fuerza y rodó sobre la tierra húmeda.

Se palpó el cuerpo y encontró una laceración larga que le iba de las costillas al muslo del lado izquierdo.

Pensó que el dragón lo había matado al ver toda la sangre que perdía.

El dragón rojo rugió y envió aliento de fuego contra Viggo y Astrid.

Viggo se pegó contra el cuello como una garrapata.

Al estar tan alto, casi a la altura de la boca, el fuego no pudo alcanzarlo por el ángulo en el que caía hacia abajo.

Astrid se dio cuenta de que si no se apartaba la iba a calcinar.

Se dejó caer y rodó por debajo del dragón.

Sintió cómo las llamas le quemaban la capa.

La bestia intentó sacudirse a Viggo de encima moviendo el cuello y la cabeza con fuerza de lado a lado, pero el asesino se sujetaba con pies y cuchillos como si su cuerpo estuviera pegado al cuello del dragón y aguantó cada sacudida con las piernas apretadas contra la bestia.

Astrid terminó de rodar bajo el dragón sobre la hierba empapada. El barro se le pegaba a la ropa y a los cuchillos. Se apoyó en la propia pata trasera izquierda y dio un brinco para clavarle los dos cuchillos en el ombligo. La bestia soltó un rugido de dolor que retumbó por toda la colina.

El dragón envió a ambos un ataque mental de tremenda intensidad.

Astrid no pudo sujetarse y cayó al suelo llevándose las manos a la cabeza para intentar soportar el terrible dolor.

Se retorcía sobre el barro. Viggo, pese al sufrimiento, no soltó.

El agua le corría por la espalda. El dragón fue a enviarles un segundo ataque mental cuando le llegaron las flechas explosivas de aire de Lasgol.

Varias explosiones estallaron sobre la frente de la bestia.

El estruendo se impuso al repicar de la lluvia.

Fueron lo bastante fuertes para desconcentrarlo y no pudo atacar una segunda vez.

La bestia vio que estaba en peligro y decidió echar a volar para huir.

Dio un brinco para extender las alas y elevarse, pero Viggo ya trepaba hacia su cráneo clavando un cuchillo tras otro entre las escamas.

Alcanzó la cabeza en tres impulsos y le clavó los dos cuchillos hasta el cerebro.

El dragón se elevó unas pocas varas y cayó de nuevo sobre la colina. El impacto hizo temblar la ladera.

Antes de hacerlo, Viggo saltó de la cabeza del dragón y rodó pendiente abajo. Rebotó contra el barro y la hierba y la inercia lo llevó hasta la base de la colina. Terminó boca abajo con brazos y piernas estirados y el barro cubriéndole media cara.

Quedó sin sentido bajo la lluvia.